11 de enero de 2021

Cartas a una borrasca

Querida Filomena,

Mi nombre es Le Lector y te escribo desde Menorca. Sé también que tú y yo no hemos hablado mucho. Sé que no me conoces de nada, y lo entiendo, pero eso es porque llevas unos días en nuestras vidas y no has tenido la valentía de pasarte por aquí. No sé si es que para ti esas islas no existen o qué te pasa, pero formamos parte del mismo país que has paralizado esta semana.

        Empezaste a aparecer hace unos diez días por el norte de la Península. Vascos, gallegos y cántabros te sufrieron y se encontraban en alerta naranja, pero todos sabemos cómo son. Para uno de Eibar, Hendaya o de Arizgoiti, tú eras una simple brisilla, y eso te picó. Ya lo sé, y es normal. Pero piensa que están acostumbrados… No te lo tienes que tomar personal, porque no es por ti, sino que son ellos los especiales. Puede nevarles como nunca, pero no va a encerrarlos en casa. Lo raro es que no salieran en manga corta.

Pedimos hace 10 días una entrada tranquilita de año, en la que pudiéramos empezar a olvidar al anterior, pero se ve que el 202… -no me sale ni decirlo-, te dejó el pabellón bien alto y le has seguido el ritmo eh. Empezamos y a los 5 días se invade el Capitolio en EE.UU., algo impensable hace varios años -y en ningún momento de cualquier país democrático-. Y, ahora, dos días más tarde, nos dejas esta ola de frío en medio de la tercera de nuestro conocido el virus. ¿Qué más se puede pedir? Creo que ya tenemos el entrante, el primero y el postre. No necesitamos nada más porque vamos servidos. O al menos yo, qué quieres que te diga.

        Las semanas ahora mismo, pasan como si fueran años, ya que nunca sabemos lo que nos va a ocurrir. Tal vez, la semana que viene llega el tsunami más alto de la historia o un meteorito se estrella contra nuestro planeta azul. Nunca lo sabremos. Puede que sea el año de que el Atleti gane la Champions… ¡ay dios mío! Esperemos que no.

Hace 3 años nevó en Madrid, no mucho, pero nevó. Yo lo veía desde casa por las noticias, anhelando a que llegara mi estancia allí para que volviera a hacerlo y caminar por sus calles como si de una película se tratara. Me fui a Madrid y no nevó en los dos años que estuve. Me marcho y, ¿qué ocurre? Nieva el enero posterior al que yo me voy de ahí, en el mismo centro de la capital. ¿Es una jodida broma? Eso es lo primero que me pregunté. Veía la que habías liado por Instagram y sólo era capaz de sentir envidia por toda la gente que disfrutaba de esa ciudad de película, equiparable a Central Park nevado o a un Arendelle cubierto de blanco en Frozen.

        Primero sólo cubrías ciertas calles de los barrios lejanos, por lo que no era nada del otro mundo. El asombro vino cuando empezaste a cuajar en Gran Vía, Cibeles o el Retiro, con espesores de más de 40 cm, en el que la gente dejaba sus muñecos de nieve –algunos más conseguidos que otros. Mejor no busques qué muñecos hacían porque te saldrá de todo…-. Si cuando llueve la capital se vuelve loca, contigo es normal que dejaran de funcionar los semáforos, los coches se pararan y las vías se colapsaran. No están preparados para ello, pero lo viven como si sólo lo vivieran una vez en la vida.

Esta nevada destapó lo mejor de la gente: guerras de bolas de nieve en pleno Callao; bares improvisados en el que se ponía cerveza en el mismo hielo para enfriarla; gente paseando con esquís o gente que se cogía a sus perros y se hacía un trineo rollo Colmillo Blanco o Bajo cero. Hasta el mismo alcalde empujaba coches como uno más. Tiene cierta gracia, la verdad. Como ves, los españoles tenemos mucha inventiva. Eso nadie nos lo quitará. Aunque un poco gili**** también somos, para qué negártelo.

Me han contado que te has pasado también a visitar Zaragoza, Extremadura, Toledo, Ávila y hasta te has pasado por la costa mediterránea, parándote en la mismísima Comunitat Valenciana. Por Andalucia y Baleares se te ha olvidado, pero no te preocupes, que volverás. Hombre que si volverás. Mira que nosotros te ofrecemos lo mejor de lo mejor… Playa, cervecita, buen tiempo y gente muy simpática, pero veo que prefieres a otros. Tú sabrás.

        Bueno Filomena, no te quiero enredar mucho más. Sé que aún te quedan unos días más para irte, pero no quiero que lo hagas sin saber que todos nosotros te damos la bienvenida y adiós, que suficientes problemas tenemos ya como para añadir una borrasca. Muchas gracias por pasarte y ya nos dices si necesitas algo.

Con cariño,

Le Lec.

P.D. Si sigues nevando un par de días más me viene genial, que así se leen mi artículo. Envíame un whats y lo acordamos. Un beso ;)

6 de enero de 2021

De cuando vinimos de oriente

Primero de todo, ¡feliz año a todos! Si no lo habéis oído 30 mil veces, no lo habréis hecho ninguna, pero nunca viene mal repetirlo. Hoy es día de reyes. 6 de enero. Tanto monárquicos como republicanos, estos los solemos celebrar. Nos ponemos de acuerdo, y mira que en los tiempos que corren, eso es hasta inaudito y un tanto milagroso. También es sano, pero nos cuesta más reconocerlo, por lo que seguiremos peleándonos por mamarrachadas, como dirían nuestros amigos latinos. Había un tiempo en el que las cabalgatas, con sus reyes vistiendo sus atuendos más glamurosos, sus pajes sobre caballos o el recorrido de ocas en plena Cibeles, estaba permitido. Hoy no, por desgracia, pero no vamos a hablar de hoy, sino de hace concretamente 2 años.

Fue una navidad atípica, pero ilusionante por lo que llegaba el día 5 por la noche. Ese había sido mi primer año en Madrid, lejos de mis padres, con nuevos amigos, nuevos compañeros de clase y todo había cambiado. Pero había llegado Navidad, y con eso, volvía la normalidad y volvía yo también a casa, como El Almendro -y quien no haya entendido la referencia que busque; vuelve a casa vuelve, en Google y sabrá de qué le hablo. Ay siñor…-. 

        Hacía un par de meses que esperaba al día 5 de enero. Un día de otoño en la capital, comiendo unas lentejas del menú de la residencia, unas cuantas se me atragantaron al oír un mensaje de mi padre que me decía que le habían propuesto participar en la cabalgata del pueblo como rey Melchor y necesitaba dos pajes; evidentemente, había pensado en mi hermano y yo. Me dejaba pensarlo un par de días antes de decir algo. ¿Qué coñ* pensarlo? Lo tenía más que pensado des del momento que lo escuché. La respuesta era un sí; un sí como una catedral de grande, y si es como la Sagrada Familia, que aún no se ha terminado, mejor. Era la mejor noticia que me podían dar, y a un navideño como yo, no le podía hacer más ilusión. Encima de Melchor, que era nuestro rey favorito. Y el de casi todo el mundo. El pobre Gaspar no se come un rosco.

        Ese día comimos rápido; un bocadillo era suficiente. Éramos magos, y nada iba a poder con nosotros. Ni el frío, y menos, el hambre. Tocaba vestirnos, y el traje, que ya nos habíamos probado, nos venía como un guante. Bueno, uno sin dedos, porque con tanta ropa iba un pelín estrecho, y los zapatos eran imposibles de poner.

El primer punto de la ruta era el geriátrico. Ver toda esa gente mayor encerrada conmovía. Eran chicos de 8 años encerrados en un cuerpo de mayor. La ilusión era la misma, pero habiéndolo vivido toda una vida. Lo pasamos mal, ya que no era muy agradable verlos pasándolo de esa manera, pero fuimos recorriendo habitación a habitación, acompañando a nuestro rey, dándoles una pequeña alegría. Algunos sería la última vez que los verían, pero te recibían todos con una cara por la que valía la pena hacer todo ese recorrido.

El siguiente punto de encuentro fue el hospital, con gente que lo vivía de otra manera. Gente que se había roto la pierna, niños pequeños a los que habían operado, o mayores que pasaban ahí unos días por si acaso. Hasta uno nos preguntó si éramos reyes monárquicos o republicanos, que si éramos monárquicos no nos quería, ya que él había vivido para ver alguna vez en su vida, unos reyes que no fueran monárquicos. Algo muy de aquí ese pensamiento. Nos reímos, algo que necesitábamos después de haber pasado por algún momento malo.

        Finalmente tocó visitar la base militar, llena de niños y nos metimos en el barco, para dar la vuelta al puerto y llegar donde la multitud nos esperaba. Oías chillar a los niños y sentías como los pelos se iban erizando. Bajamos del barco y nos habían hecho un pasillo. La gente se agolpaba sobre las barreras y ni Cristiano Ronaldo era tan esperado entre sus fans. Sabías que acompañabas a la persona más deseada del mundo en ese momento y eso molaba un montón. Yo me dispuse a tirar todos los caramelos posibles, y los niños lo agradecían.

50kg de caramelos, una carroza y 1h y media por delante. Eso era lo que nos esperaba a los tres. Veías a amigos y seguías tirando caramelos, pero con lo que te quedabas era con todas las sonrisas de los niños que horas más tarde te esperarían en casa. Eso ya no lo íbamos a hacer, la verdad, porque mágicos sí, pero tontos no. La noche de reyes, cada uno en su casa. El trabajo duro ya lo dejamos a los reyes verdaderos y sus camellos.

Al día siguiente, nos levantamos y todos los regalos estaban ahí, bien puestos bajo el árbol. Esa es la mejor sorpresa de todos los años, aunque leer un artículo mío el día de reyes, no está mal tampoco. Fue uno de los días más especiales que recuerdo, pero espero que no sea la única vez en mi vida. Eso sí, la próxima como Melchor, sino no vale. Este año, ya sea en paramotor, en jeep, en caballo o vespino, se mantiene la ilusión. Es adaptarse o morir. Espero que hayáis sido buenos y os traigan lo que habéis pedido, que no mucho, pero muy bueno. Recordad a poner los zapatos debajo del árbol y dejar algo de comida, que sino no pasan. Yo ya tengo el mío. Y si os traen carbón, no importa, comprad salchicha, chuleta y verdura, que sale una barbacoa de locos. Felices reyes. 

31 de diciembre de 2020

El último tour de 2020

        Bienvenidos lectores, a la que es la última entrada de este 2020, un año horrible en muchos sentidos de nuestras vidas, que también nos ha dejado ciertas cosas buenas. Tal vez pocas, a nuestro parecer, pero revisando estos 365 días con tranquilidad, nos damos cuenta que podría haber sido peor.

Todo empezó en Londres, con un brindis por un año mejor al anterior; un año que nos trajera salud, dinero, felicidad, amigos, viajes y muchas cosas más. Yo estaba estudiando en Madrid, y enero nos pasó lentamente a todos. Un enero lleno de exámenes, que a los estudiantes no nos deja disfrutar de la navidad al 100%, pero si lo haces bien, la recompensa llega a finales de mes con el aprobado en todas las asignaturas. Ese mes tuvimos ya el primer capítulo de lo que sería el 2020: una amenaza de guerra entre Estados Unidos y no sé qué país más, pero si está EE.UU., ya asusta.

Febrero fue un soplo de aire fresco, nunca mejor dicho. Llegó el frío y para mi llegaron fines de semana de estar con mi chica, con mis padres y con mis amigos, hasta me fui a Toledo para sacarme el carnet de coche. ¡Qué tortura! Descubrí una nueva ciudad como Granada, que me pareció la mejor ciudad para estar acompañado por ella; Madrid la viví en su mejor momento y en Menorca descubrí nuevos lugares y viejos recuerdos que seguían latentes en mi corazón pese a no vivirlos todos los días. Segundo capítulo de 2020: incendios en Australia, un fenómeno que destrozó la tierra y a todo el mundo. Iba mejorando el año…

        Marzo empezó ya a preocuparnos con la escasez de mascarillas y geles hidroalcohólicos, hasta que el 14 de ese mes, Sánchez nos encerró en casa un tiempo indefinido. Sánchez, Merkel, Johnson y casi todos los países del mundo hicieron lo mismo. El problema se veía venir, pero no a ese nivel, por lo que todos los estudiantes nos dejamos casi toda la ropa en nuestras respectivas residencias. Qué suerte tener un hermano que ya utiliza la misma talla que tú para robarle la ropa. A él no le gustó tanto, creo…

Con la cuarentena empezaron las clases online –algunos más, otros menos-, hacer ejercicio como nunca, y cuando digo como nunca es que hacía 5 años que no hacía ejercicio enserio como en ese momento. Empezamos a cocinar, jugar a juegos de mesa, surgió Zoom, y nuestra rendija a la libertad era ir al supermercado a comprar. Repasando el carrete de confinamiento, pasamos de llevar jerséis y sudaderas a ir en manga corta, eso sí, todos los días se salía y se aplaudía a las 20, acompañados de un Resistiré, que se fue haciendo odioso a medida que iban pasando los días.

        Los youtubers iban aumentando visualizaciones y adeptos en sus canales y los chefs iban subiendo más fotos a sus stories de platos que cocinábamos. La locura del encierro nos iba pasando, y cuando vimos que podíamos, poco a poco, volver a salir, el poco a poco se convirtió en un “a tope”. Con restricciones, pisábamos otra vez las calles y los bares, con miedo a no saber por dónde ir –por si había cambiado algo-, con miedo a cruzarte con otra persona cerca, con miedo a contagiarnos y tener que encerrarnos otra vez.

En verano se suavizó la curva, y los aviones volvieron a volar. Volví a Madrid y lo primero que hice fue bajarme al sur a ver a Cristina. Conté la historia ya de nuestro reencuentro, pero después de 3 meses y medio sin contacto, ese primer abrazo sabía a gloria, como también supo a gloria el carnet de coche –a la segunda, también hay que decirlo-. Las idas y venidas a Toledo eran más largas que viajar de Barcelona a París, ya que debido a las restricciones me tocó recorrerme la España vacía que defienden algunos, día sí y día también. Dos horas de recorrido de ida por carreteras secundarias que se hacían eternas.

Y para siempre también se hizo el verano contigo, el mejor verano de nuestras vidas, que a su manera será también eterno. Primero en Fuengirola y luego en Menorca, recorriéndonos las playas y bares juntos, sin saber lo que nos esperaría al volver el setiembre. Yo me quedé en Menorca, cambiando drásticamente mi futuro; estudiando Marketing y no diseño y trabajando con mi padre todas las mañanas. Podía parecer una catástrofe, pero doy las gracias al coronavirus por abrirnos los ojos y ver que lo que no funciona, no debe seguir adelante. Terminó el verano y cogía experiencia trabajando. La cuenta del banco, que había caído como las bolsas en el crack del 29, resurgía poco a poco, aunque rápidamente se volvía a ir. Qué lentamente entra el dinero y qué rápido se va. Sólo con un clic.

Celebré mi cumple otra vez con mis padres en casa, como hacía varios años que no pasaba y lo celebré en Granada recorriéndome los bares de tapas y de copas más bonitos y “del rollo”, que tiene la última ciudad de Al-Andalus. La curva de contagios volvía a subir y antes del último confinamiento del año, volví a coger el avión para verla una última vez antes de volver a las pantallas del móvil.

        A partir de ese momento, decidí volver a escribir. Volver a sacar las cosas con palabras y no comiéndomelas yo. Con esto os hago partícipes de todos mis sentimientos, buenos y no tan buenos, y de los pensamientos que alguna vez, por mi cabeza, entran y salen. Navidad se acercaba, pero este no ha sido el año que ha traído más ilusión, sino el que nos ha tocado celebrarlo con los nuestros de manera más discreta y cerrada. Al menos, lo celebramos toda la familia por Meet, dándonos los regalos igualmente. Más fríamente, pero con el mismo cariño que todos los años. Y con las mismas copas algunos. Bécquer, poeta andaluz, dijo que volverían las oscuras golondrinas sus nidos a colgar y yo digo que volveremos todos a celebrarlo como antaño lo celebrábamos.

Este año ha sido malo, sí, pero este año nos ha dejado muchas otras cosas. Este año nos ha dejado una Liga del Madrid; la primera final de copa del Rey entre equipos vascos; 3 discos de Bad Bunny para hacer historia; la renovación tecnológica que necesitaba el mundo para estar más en contacto; una guerra en contra del racismo y por los derechos de todo el mundo; murieron Kobe, Maradona, Ennio Morricone, Rosa María Sardà, Pau Donés o Michael Robinson, entre otros; el 2020 nos ha dejado un cambio de presidente en Estados Unidos necesario; una Semana Santa que no se ha podido celebrar en las carreras ni en el Vaticano –pobre Papa-; una mejora del medio ambiente -¿alguien se acuerda de Greta?- y también mis entradas, que eso es mucho. Todo esto, entre muchas otras cosas más en las que podría enrollarme hasta el día 1 de 2021.

El 2021 será otro año. Tal vez no mucho mejor, pero mejor, que ya es mucho. Tiene la misma pinta que el 20, pero cambiándole un número, pero tenemos vacuna y la esperanza es lo último que se pierde. Responsabilidad, amor, y empatía, son las palabras clave que necesitamos para empezar este nuevo año con todas las fuerzas posibles. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero juntos lo conseguiremos. Mientras haya salud, todo es posible. Esto es todo amigos, por este año. Nos vemos en el próximo, en uno un poquito mejor. Espero encontraros leyéndome, o al menos, encontraros, que eso significa que estamos vivos. Chin chin.

22 de diciembre de 2020

El Rais. Por rice.

        No, no me he equivocado. No quería escribir País y me he confundido. Es tal cual está escrito: El Rais. Restaurante en Mahón al que tuve la oportunidad de ir el otro día. Al hablar de comida, ya se me hace la boca agua. Recuerdo un amigo mío que quería ser crítico gastronómico, y en chef se ha quedado. Nada malo por los posts de Instagram que veo. Pero ya que él hace la comida, yo me encargo de la crítica.

Celebrábamos muchas cosas; el 26º aniversario de la boda de mis padres –se dice pronto, pero son muchos años-, las notas de mi hermano, un concierto que habíamos hecho juntos que había salido increíblemente bien… Se necesitaba un sitio a la altura de la celebración. Y al puerto que fuimos. Para el que no lo sepa, Mahón tiene el segundo puerto natural más largo de Europa y el tercero del mundo, que, aunque no os sirva para nada, es un dato curioso que puede ser interesante en alguna conversación random. O no. Pero así ya lo sabéis y puedo fardar de puerto, que eso pocas veces se hace. Cogimos el coche, porque aquí, para ir a un sitio que está a 5 minutos en coche, se coge. Y ya está. No hay otras opciones.

Nos habían hablado muy bien de un restaurante que era del mismo dueño que tenía otro restaurante en el centro; Ses Forquilles. Los tenedores, para quien no lo entienda. Vaya nombre eh. Pues la comida era igual de especial que el nombre. La diferencia con este era que el del puerto se especializaba más en el arroz, en el arte del grano. Que no del gramo, que ya os veo venir. Blanco, largo, redondo, basmati, bomba… Hay muchos tipos distintos, y en el Rais, los podías probar casi todos. Rais, imagino que de Rice. Si es así, el que pensó el nombre no fue muy original, pero bueno, de alguien que ha pensado Ses Forquilles, qué podemos esperar. También hay que decir que me costó pillarlo. Aquí uno que es un poco lento.

Con vistas al puerto y una decoración bastante moderna, el ambiente era muy agradable. La calma del mar y la música se unían en una sinergia perfecta que hacía de la comida, un atributo más a la esencia “Made in Menorca”. Fuimos pidiendo y los platos fueron llegando. Sabías que era un restaurante bueno por sus cubiertos y la forma en la que estaban colocados, con total precisión y delicadeza.

Pan de cristal con tomate y aceite –muy diferente al pan de cristal del 100 montaditos, ya sabéis cuál digo… espera, no se parece en nada a ese. No sé por qué será-, croquetón de pollo rebozado, cuyo crujiente no nos va a quedar así en la vida, por mucho que Arguiñano diga en el Hormiguero que cualquiera puede “cocinar”. Este Arguiñano se ha vuelto un poco Ratatouille este 2020. El siguiente entrante fueron unas papas arrozadas a la brasa, lo cual sobraba un poco, con salsa picante, para terminar con unos calamares bravos; bravos por ser menorquines y por sus salsas, que te dejaban la boca ardiendo.

Cuando terminamos los entrantes llegó la hora de los dos principales, que como no podía ser de otra manera, fueron dos arroces: uno cremoso con setas y otro negro, para abarcar una gran diversidad. El primero fue otro rollo. De verdad. Qué arroz más rico, más meloso… El sueño de todo cocinero es saber clavar el arroz y ese estaba más que clavado. Tanto, que se deshacía en tu boca al momento, mientras que el arroz negro era más normalito. No destacaba, pero tampoco hacía un feo a la comida. Para nosotros, el error fue el tipo de arroz, pero para unos incultos sobre comida, el arroz era como al electricista la vacuna del Covid, que sabe de qué le hablan, pero ni idea de cómo se pone.

Para terminar, tres probamos el helado artesanal, que estuvo rico, pero no sobresaliente. No repetiríamos, mientras que mi madre probó la tarta de manzana. Eso sí que fue digno de mención en este blog; el hojaldre estaba en ese punto en que es crujiente y a la vez al morderlo se deshace, que junto al caramelo y a la manzana bien hecha hacía del postre una verdadera obra de arte de la repostería. Samantha estaría orgullosa.

Para ser la primera vez que íbamos, yo le doy un 9 de 10. Riquísimo, pero nos faltó algo para ser perfecto. Ay ese arroz negro… si no fuera por él, tendría el 10 seguramente. Es verdad que no somos de ir a estos restaurantes, pero también es cierto que si adónde vas está rico y te gusta, ¿para qué cambiar? El hombre es un animal de costumbres. Ahí se terminó nuestra experiencia en el Rais, y aquí termina mi experiencia como crítico gastronómico. No creo que me gane un sueldo de esto, la verdad, pero para hacerlo alguna vez no está mal. El hombre es un animal social, como decía Aristóteles, y un animal de costumbres, como ya hemos dicho. El hombre o al menos yo. Y como somos seres de costumbres, espero que leer mi artículo ya sea costumbre en vuestras vidas. Os espero en el próximo. Un beso y feliz navidad. Cuidaros.

6 de diciembre de 2020

El merecido reconocimiento del ajedrez. Por fin.

        Tac. Blancas mueven. Peón a d4. Tac. Responde peón negro, colocándose en d5. Tac. Peón a c4. Así empieza el Gambito de dama. Así empezó Elizabeth Harmon, nuestra jugadora de ajedrez favorita. La huérfana que maravilló a todo el mundo en los años 60 y también, la niña que se ha ganado todos nuestros corazones este mes de noviembre en Netflix.

        Alfil blanco a e5. Tac. Todo empezó un día que mi novia dijo; “hay una serie que está muy guay que va sobre ajedrez”. ¿Ajedrez? ¿De verdad? Eran dos cosas que no me cuadraban juntas. ¿Diversión y ajedrez? Podía ser cierto, pero se tenía que comprobar. Contesta el peón negro a c4. Tac. Para los dos, la cuarentena también dio para esto, para aprender a jugar. Ella con su padre y yo con mi hermano. Calidades distintas que nos permitieron jugar alguna partida en su casa. Con victoria de un servidor. Nadie lo dudaba tampoco. (Cristina, sabes que te quiero…).

        Caballo blanco a f2. Tac. Beth, o Elizabeth para los rivales, era una chica americana que había vivido su infancia en un orfanato. ¿El motivo? No es muy difícil de adivinar, pero tampoco os lo voy a contar todo. Responde alfil negro a f6, ampliando la zona de ataque. Tac. Era pelirroja y con flequillo. No muy agraciada la pobre, aunque con ese vestido, ni Kendall Jenner marcaría tendencia. Caballo blanco se come a peón 3. Tac. Durante sus años en el orfanato, descubre la práctica de un deporte, un tanto diferente. Un deporte poco seguido, en el que por muy sudador que seas, como yo, ni una gota te llegaría a caer. El ajedrez es un deporte complicado, laborioso, táctico. Y ella empieza a ganar. Y ganar. Y seguir ganando. Pero esconde un secreto, un secreto que se encuentra en el interior de unas pastillas. 

        Torre negra avanza 5 casillas. Tac. Harmon, que así se apellidaba la chica, representa perfectamente el paradigma del genio y la locura, y la fina línea que hay entre esas dos palabras. Si lo pensamos, muchos genios fueron así: Einstein con sus teorías, Newton con las manzanas, Steve Jobs y su innovación tecnológica nunca vista, Beethoven con sus sinfonías siendo sordo, Marie Curie y sus avances científicos, o Zidane, que, con sus alineaciones, a los madridistas nos tiene en vilo. En cada uno de ellos siempre reina la locura por encima de la razón, y tal vez por eso son tan buenos en lo suyo.

        Peón 4 negro avanza una casilla más. Tac. No solo se descubren nuevas jugadas de ajedrez, que evidentemente, ya sé que al que no juegue no le importan una m*****, sino que descubres una época distinta. Una época en la que se diferencian más las clases entre las personas; una época en la que predomina el machismo; la loca y seria Rusia sigue siendo igual o más fría que nunca -Napoleón y Hitler, bien lo saben-; una época en la que se siguen escuchando discos de vinilo -no como ahora, que sólo escucho yo y alguna persona más- y en la que también destacan los coches bonitos y los apartamentos diseñados por Frank Lloyd Wright y sus seguidores. ¡Qué estilo más espectacular! Tienen un aire tan vintage, que te entra por los ojos justo al verlo. 

        Reina blanca a d3. Jaque. Tac. Plan de domingo por la tarde. Con lluvia. No sabes qué hacer y las posibilidades en Netflix son infinitas. O casi infinitas, ya que la película que quieres ver no está. Ni en Netflix, ni en otra plataforma. Caballo negro se come a peón 4 -como pretendíamos-. No os he podido contar mucho, pero creo que es necesario ver la serie. Descubrir el personaje que muchos conocíamos por Peaky Blinders, pero que hemos perdonado y admirado por ser nuestra jugadora. Sufriendo hasta el último momento. En eso se parece más al Atlético de Madrid. 7 capítulos. Una partida intensa, emocionante, sensible. Una partida que lo tiene todo. Avanzamos, un artículo más, hacia la reina negra. Jaque mate. Os espero en el próximo artículo. Cristina, a ti te espero en la próxima partida. Quiero que me ganes.