30 de septiembre de 2021

Madridoterapia

¿Habéis sentido alguna vez esa sensación de estar en el sitio correcto en el momento exacto? ¿Esa sensación de saber que ese es tu lugar? ¿Esa misma sensación que sientes cuando eres pequeño y estás en tu casa con tu familia y amigos? Esa es la sensación que me viene a mi al pisar Madrid cada vez que voy. 

Como dije una vez hace más o menos un año, Madrid es esa ciudad que es lo que tu quieres que sea. Madrid es una ciudad terapéutica que te acoge y no te suelta si no quieres que te suelte. No será la ciudad perfecta para muchos, pero es mi ciudad. Madrid, sin quererlo, con el paso de los años ha pasado de ser una de las ciudades que menos había visitado, a mi segundo hogar.

Esto lo leerán mis padres y dirán: ¡oye, que en Menorca también estás genial! Totalmente cierto. Me cocinan, trabajo, estudio en mi salón con mi tocadiscos nuevo, juego a baloncesto y encima estoy con ellos, que es un punto más a favor. Pero esos momentos que me da Madrid de descanso, soledad, compañía, reflexión y alegría, no me los da ninguna otra ciudad. Madrid podrá estar sucia, podrá tener demasiada gente, podrá ser agobiante, o hasta contaminante, pero Madrid y su ambiente siempre convertirán un día malo en un día mucho mejor.

Puede que haya sido uno de los peores septiembres que recuerde, y cuando me tocó pensar en un regalo para mi futuro cumple, me auto-compré el billete para ir a mi segunda casa sin pensarlo ni un segundo. No vienen mal los autoregalos de vez en cuando, os los recomiendo. 

Llegar a Madrid y ver sus calles bañadas de naranja por los últimos rayos que lucía el sol a través de las ventanillas mojadas por la lluvia me hizo sentir que tenía 5 años y llegaba por primera vez a ese desconocido sitio. Era como si no hubiera pisado nunca la ciudad. Si habéis visto Tú a Londres y Yo a California, mi sensación era la misma que Annie, o Hallie, no sé cuál de las dos gemelas era, llegando a Londres por primera vez. Todo parecía nuevo y a la vez era todo conocido; Avenida América, Goya, Fuencarral, hasta Galileo. No había calle que no me resultara familiar, y mira que la mitad no las había pisado en la vida.

En casa -bueno, no en la mía, sino a la que iba- me esperaba mi querido amigo Rafel, amigo de la (casi) infancia, que lleva 4 años detrás de una ingeniería industrial que le está quitando el sueño, y el pelo. Eso sí, siempre con una sonrisa en la cara, que eso se agradece. Hacía un mes y algo que no nos veíamos, y durante el año pasado nos han dejado vernos poco. Es uno de esos amigos que siempre estará ahí, tenga un buen día, o el peor en años, pero siempre está para ayudarte, para hacerte reír o para hacerte un chiste de los suyos, que suele ir orientado a sus partes íntimas y poco agradables. 

Madrid también ha conseguido que me reencuentre con mis amigos de la universidad. A estos hacía casi un año que no los veía, y juntarnos todos (los que estábamos) para ir a comer y tomarnos algo quitó un poco esa espinilla que tenía de no haber podido despedirme nunca de ellos. El Covid llegó de imprevisto, como igual de improviso fue mi vuelta a Menorca y el cambio a otra carrera. Y ellos se quedaron ahí, sin el menorquín que dio nombre a nuestro grupo de amigos. Fue una terapia de grupo en la que todos fuimos contando nuestras historias, riéndonos, comiendo y bebiendo, algo que siempre ayuda en cualquier tratamiento. Ellos fueron el mejor psicólogo que uno necesitaba tener en ese momento, y encima me regalaron un par de cosas de ropa, que, para no verme en año y medio, atinaron suficiente en el gusto. ¡Así da gusto!

A la terapia psicológica, se unió también la parte física. Mens sana in corpore sano. No fui a correr, ni a jugar a baloncesto, ni siquiera estuve haciendo flexiones, pero hice algo que me daba vida entonces, y me la sigue dando ahora. Madrid tiene ese algo, que andes por donde andes, vas a encontrar lo que buscas. Yo me bajé del metro en Príncipe de Vergara, que por quien no lo sepa, está al otro lado del Retiro y andando, no sé cómo, llegué a Moncloa. Pasito a pasito, pasé por Goya, Colón, Alonso Martínez, San Bernardo… Iba buscando un metro que me llevara directo, y al final mis pasos me llevaron a casa. ¿El metro? ¿Se come? Paseaba por la calle y ese bullicio, ese olor característico a ciudad cosmopolita, esas luces de las tiendas, ese sonido de los coches pasando a tu lado, me iban entreteniendo a pesar de no llevar ni música, ni batería casi. Sin el móvil se podía vivir, y yo hasta ahora no lo había descubierto. Fue una hora de trayecto. Esos 4km consiguieron olvidarme de todo y centrar la mente en ese paseo, en cada uno de los 12.315 pasos que di (es broma, ni idea de los pasos que di, la verdad). Yo no sé vosotros, pero leer “El monje que vendió su ferrari” me está afectando más de lo que pensaba.

Este finde hemos salido de fiesta; he dormido en un sofá que a pesar de su condición me ha sido bastante cómodo; me he comido un McAitana con mis amigos de Menorca; he conocido a nuevas personas y amigos, que siempre viene bien y te alegran los días; he vuelto a estar en contacto con Luna, aunque sea por teléfono, que hacía mil años que no escuchaba su voz; hemos hecho vida de turista y comprado libros y discos de vinilo, y hemos comido. Mucho, mucho (me llevaría mil cajas de manolitos, jo).

Por todo esto, repito: Madrid es alegre, acogedora, bucólica y terapéutica. Madrid te sirve el día más feliz de tu vida y el más triste. Madrid es apta para todas las edades. Tendrá sus más y sus menos, pero lo que tú buscas, estará. Al menos, lo que busco yo, lo tiene. En un tiempo volveré, eso lo tengo más que claro, solo espero que no haya cambiado. Espero que sigan sus calles verdes, sus edificios marrones, sus cielos azules y sus calles repletas de gente. 

¿Habéis sentido alguna vez esa sensación de estar en el sitio correcto en el momento exacto? ¿Esa sensación de saber que ese es tu lugar? ¿Esa misma sensación que sientes cuando eres pequeño y estás en tu casa con tu familia y amigos? Esa es la sensación que me viene a mi al pisar Madrid cada vez que vuelvo. Porque a Madrid ya no voy, solo vuelvo. 

17 de septiembre de 2021

La vuelta al cole en 80 días

Ostras, después de estar tanto tiempo sin pasarme por aquí, no sé si me voy a acordar mucho de escribir. A ver, de escribir sí, evidentemente, porque es como ir en bici, pero la práctica hace al maestro, y ahora mismo, ni práctica, ni maestro, sinceramente. No os esperéis hoy una gran entrada. 

        Ha sido un verano movidito, con muchas sensaciones distintas; apareció el Covid en Menorca con la (no, o sí) celebración de Sant Joan y la llegada de turistas a nuestra querida islita. #FreeCovid hasta que empezaron a abrirse las primeras fronteras y cervezas. Ahí se embarulló la cosa, aunque al huir a Fuengirola, nos salvamos un poquito. Fue por poquito, porque por ahí también se fue agrandando la cosa, pero es que el verano es el verano, y según la cinética de partículas, cuanta más temperatura, más velocidad –“en Nando estaria orgullós. Lo xulo de sa física”-.

Como el año pasado, gran parte del verano lo pasé con mi querida Cris, disfrutando los dos juntos de unos días de vacaciones. El apartamento que os describí hace un mes y algo fue el mejor en el que hemos estado nunca, y las vistas que teníamos aún no se me han borrado de la cabeza. Como tampoco se nos borraba que en un mes empezaría de las aventuras más importantes de nuestra etapa como pareja. Mira que hemos superado cosas; pandemia, distancia por estudios, confinamientos, pocos vuelos… pero un Erasmus era lo único que nos faltaba. Si lo conseguimos, creo que pocas cosas nos quedan por aguantar. No será fácil, y menos a tanta distancia, pero “imaginémonos cosas chingonas”, como diría el Chicharito, y en menos que canta un gallo, que en este caso viene al pelo, volveremos a disfrutar juntos de un verano en pareja con cervezas y playitas. El tiempo dirá.

        A diferencia del año pasado, en este verano ha tocado trabajar. Y trabajar mucho. Ha sido diferente al trabajo de temporada, pero no sé si prefiero encontrarme en el aeropuerto contestándole a un guiri en qué bus tiene que montarse, o vendiendo Chromebooks en nuestra tiendecita de Alaior. Eso sí, las reuniones con Google, que no me las quite nadie. A día de hoy va llegando el momento de pedir un tiempo muerto, porque el agotador ritmo del día a día va quemando las neuronas y la paciencia. Y eso es algo que, en estos días, es más que necesario.

Este verano me he emocionado al ver a mi padre cumplir 50 años, aunque de mente tenga 12 a veces. Me he emocionado ver a mis padres viajar al hotel donde se conocieron para celebrar su 26º aniversario (ya, sé que no son las bodas de plata, pero es que el Covid les jodió un viaje a Milán). Me he emocionado al dejar a mi novia en el aeropuerto y no saber cuándo la iba a volver a ver. Me he emocionado al volver a ver a mi familia un año después de la última vez que nos volvimos a juntar todos. Hasta me he emocionado al recordar la época en la que jugaba al baloncesto y me he vuelto a apuntar. Sí. Como lo oís. Vuelvo a ser jugador de baloncesto. Bueno. Jugador no, pero delegado sí. Mi nivel es tan bajo, que ahora mismo no me ficha ni el club de veteranos de mi barrio, pero poco a poco voy asimilando jugadas y el buen ambiente del entreno hace que no juegue con la presión de tener que hacerlo perfecto. Y esto me da la vida. Durante un rato puedo meter alguna ostia para sacar la rabia acumulada, los agobios del trabajo, las ralladas de cabeza, y todo se olvida por una hora y media. Es verdad que tener que pensar en cortar, pasar, bloqueo y pick and roll, ayuda a no pensar en nada más. Ni en lo que voy a cenar luego (con lo importante que es para mi la comida), imaginad lo concentrado que estoy.

        También he empezado la universidad, pero al ser online, creo que me pondré este finde ya a empezar cosillas. No hay muchas, pero como se acumulen, tendré trabajo hasta diciembre, y no está ahora mismo el horno para bollos. Ale, después de 700 palabras, creo que ya va siendo hora de terminar este artículo. No será el mejor, pero no creo que sea el peor. A veces leo entradas anteriores y pienso, Aleix, ¿cómo pudiste escribir eso? Pues ea, ahí está, escrito para los siglos de los siglos. 

Los que hayáis echado de menos estas entradas, tranquilos, volvemos a la carga. A los que seáis nuevos, bienvenidos. Nos espera un año interesante en el que espero daros un poquito más la vara que el año pasado.

Y fin. Uf, qué cansado estoy. No estaba acostumbrado a esto eh… Preparo la bolsa y me voy a entrenar, que ya va siendo hora. Muchas gracias, y bienvenidos a la vuelta al cole. Bienvenidos a Le Lector. 2.0.

21 de julio de 2021

Fuengirola 21. Año 2.

Volaré, oh-oh
Cantaré, oh-oh-oh-oh
Nel blu dipinto di blu
Felice di stare lassù”

Así nos levantamos hoy. Y así llevamos levantándonos unos días aquí en Málaga. Esa canción que veis escrita no es nuestro tono de alarma, pero como si lo fuera. Las sensaciones que me transmite, a pesar de ser una de las canciones que más llegué a odiar un día en un avión, son parecidas a las que siento yo al correr las cortinas del cuarto y ver esa playa a 10 metros. Alegría. Emoción. Paz. Y también, felicidad.

 

Hoy ha sonado la alarma 6 veces. 6 veces que el iPhone nos ha recordado de mala manera que era hora de levantarnos. Yo estaba despierto desde la primera; es lo que tiene la costumbre (han sido días duros en el trabajo). A Cristina le ha costado un poco más; ha terminado hace poco los exámenes y aún lleva la resaca de necesitar dormir 10 horas al día. Siempre me ha tocado a mí apagar la alarma: no lo veo justo. La verdad. 

 

Como he dicho, tenemos la playa a 10 metros. Este año sí. No sabéis el gusto que da abrir la ventana y encontrarte semejante paisaje justo delante de tus ojos. Detrás de mi chica, la playa de Torreblanca que, aunque no sea de las mejores de España, es una playa en la que siempre sabría qué fotos sacar. Tal vez la arena no será blanca, ni el mar cristalino, ni será virgen como Macarelleta, pero el encanto de los apartamentos justo detrás y la niebla que predomina cada mañana, son el encuadre perfecto para una foto con mi analógica. 

 

Poco a poco hacíamos el café, preparábamos las tostadas y sacábamos la fruta y las galletas a la terraza. También sacaba mis donuts, que por muy healthy que intente comer todo el año, siempre me permito mis caprichos -y el donut me pierde-. Puedo decir que pocas veces he desayunado con esas vistas, y pasaban los días y seguían asombrándome como si fuera el primero. Ese mar bravo que escuchábamos por la noche, ondeándose como si se quisiera unir a la fiesta de las discotecas costeras, mostraba una resaca como la nuestra por la mañana. Hubo días que el mar, a las diez, seguía de after. Aguantaba como nosotros ya no lo hacíamos. Ya tenemos una edad. Había tales olas que surferos y amantes del mar salieron a disfrutar del momento con sus tablas mientras los más cobardes nos encontrábamos en la orilla tomando el sol que inundaba cada rincón de la calle. De verdad que no había una triste sombra.

 

El año pasado os comenté qué me parecieron las playas de Fuengirola. Este año no os puedo decir mucho más nuevo; tampoco han cambiado demasiado. Sigue habiendo la misma arena, las mismas tumbonas, el mismo tipo de turistas, y nosotros. Solo os podría decir que el agua estaba más fría y con más algas, algo que nos echó para atrás más de una vez al querer meternos (siempre he dicho que la piscina mola mucho más). 

 

La sombrilla, en ese caso, es y será siempre nuestro mejor aliado. Clavada en la arena ya fueran las 12, las 15 o las 19. No había momento que estuviéramos en la playa en el que no estuviera abierta porque, aunque queríamos ponernos negros, la sombra en la cabeza era algo necesario para alejar de nosotros posibles insolaciones -requisitos de la dueña. Si tenéis alguna queja, ya sabéis adonde ir-. El agua, aceites y cremas y unas chuches solían rellenar la bolsa de la playa. 

 

A la hora de comer siempre teníamos el mismo debate: ¿dónde comemos? Os parecerá una tontería, pero para nosotros es una cuestión de vida o muerte de la que depende el futuro de nuestra relación. Aunque es verdad que no podríamos ser más iguales con ese tema. Nos gusta comer, y nos gusta comer bien. Tener el apartamento al lado de la playa ha ayudado a que hayamos comido más en casa, pero ir a un chiringuito, con su espetito, su pescaíto frito, su cerveza, el mar al lado, la terracita… ¡no tiene precio! Bajo mi punto de vista, es un “must” para la gente que baje al sur en verano. No sabéis lo que disfruto yo en un buen chiringuito. Me pasaría el día ahí, y si mi novia tiene una ducha al lado para refrescarse, ella también. 

 

Hablando de mi novia, no sabéis lo guapa que se pone por la noche cuando vamos a cenar por ahí. Es otra cosa que no me importaría ver todo el día. Para ducharse está un buen rato (más aún si le toca lavarse el pelo), pero luego, al verla salir por la puerta con alguno de sus vestidos y tacones, oliendo a su colonia y con el pelo liso y rubio, vale la pena estar solo en el salón esperando media hora larga. Yo me muero de calor, pero esa sonrisa no me la quita nadie. 

 

Veréis que esta entrada seguramente no tenga ni pies ni cabeza. Lo sé, soy consciente. Hablo de playas, de comida, de mi novia, del apartamento… Parece que estamos en la última jornada de Liga en el Canal Multideporte. Este desorden ordenado es parte de mi proceso de escribir lo que me salga de allí en el que me embarqué leyendo ese libro que os comenté hace un par de entradas. Ahora estoy a punto de llegar a las 3 páginas. Lo único que os voy a añadir es que uno de estos próximos días os voy a volver a escribir, pero esta vez, de uno de nuestros chiringuitos favoritos de la zona, por si un día os queréis pasar por allí. Yo os lo recomiendo. Como también os recomiendo, siempre, una vez más, que os leáis el blog. Muchas gracias, y disfrutad del verano. Con precaución, siempre.

5 de julio de 2021

Invitación a una entrada. El mundo de la videollamada.

Un día más, entras al correo y pulsas en el link “Invitación a Google Meet”. 
 De momento solo estás tú y un par de compañeros más. Desactivas el micro y la cámara y te pones cómodo. ¿Para qué vas a ser el único que entre con cámara con tan poca gente? Poco a poco se van añadiendo más. Clase online de Comportamiento de los agregados económicos. O reunión de trabajo en casa. Empieza la videoconferencia, y de los 60 minutos que dura, tal vez solo escuchas lo que dicen durante 20. Es un tercio del tiempo, pero en ese contexto se vuelve complicado mantener la atención más rato.
 
Juan González se ha unido a la videollamada. Es algo a lo que nos hemos acostumbrado. Algo que tiene pinta que va a quedarse entre nosotros mucho tiempo. Algo que no gustará a todo el mundo, pero que, en definitiva, no vamos a cambiar. O al menos, ya es tarde para cambiarlo. Las tecnologías han crecido mucho en los últimos 25 años, y como gran muestra de ello tendríamos la aparición de Google y todos sus servicios, Apple y sus dispositivos rompedores o Amazon y su capacidad de gestionar pedidos alrededor del mundo. Concretamente ha sido Google la que más ha aportado a que la sociedad pueda cambiar de mentalidad; todas las facilidades que ofrece hacen que nos acostumbremos a la inmediatez, a tener todo lo que deseamos en un clic, y más en una situación como la que estamos viviendo a día de hoy.
 
“¡Chicos, si podéis activar la cámara os lo agradeceré!”. Me acuerdo perfectamente del día que cancelaron las clases en Madrid. Estaba en la residencia y mis compañeros celebraban que esa agonía a la que se enfrentaban cada día se hubiera terminado durante dos semanas. Eran dos semanas de vacaciones y después volveríamos a clase - ¡qué ingenuos! -. Lo que no esperábamos es que, durante más de un año, estas clases no volverían a la normalidad a la que estábamos acostumbrados. Cada universidad adoptó una política distinta, y así como hubo algunos que mantenían sus clases diarias de 9 a 13 de la mañana, otros tuvieron unas 10 clases en 3 meses. Eso sí, las prácticas y exámenes se mantuvieron. Ahí me acordé de Dumbledore, director que suspendió durante varios cursos los exámenes debido a los sucesos que habían acontecido ese año. Casi como aquí, cuando en enero, en plena tercera ola, aún debatíamos si se tenían que hacer presenciales. Como siempre digo: hay clases y clases. ¡Malditos muggles!
 
Raúl Vilas ha abandonado la reunión. (Qué cachondo el Raúl, saltándose la clase). En los trabajos pasó algo parecido: quien no se fue a un ERTE (que desgraciadamente fueron muchos), terminó trabajando desde casa, menos mi padre y los esenciales, que siguieron manteniendo al país, como nos recordaba él cada día. 
 
“¡Gabriel, apaga el micro porfa!”. Un año después, podemos valorar qué tal ha ido el teletrabajo (desde casa o donde sea), y si de verdad nos aporta tantos beneficios como se cree. Hemos dejado un año para valorarlo bien, porque al principio todo el mundo se vio envuelto en un caos burocrático y logístico del que era complicado salir. El resumen de las opiniones que pude recoger era unánime. Al principio el telecole y teletrabajo era hasta guay: uno se sentía relajado, se podía levantar casi a la hora de la clase porque si no tenía que poner la cámara, podía hacerla con el pijama, tenías más tiempo libre…pero luego se vio realmente lo que provocaba ese teletrabajo. Menos confianza con los profesores, dificultad para seguir la hora entera y reuniones infumables, poca socialización que hace que uno se aburra. Lo complicado luego también era desconectar. Uno se conectaba al ordenador, y cuando en una jornada normal habría hecho de 8 a 14, durante el tiempo de confinamiento iba conectándose por la tarde ya que no había nada más que hacer.  Yo fui el primero que tal vez me pasaba horas con trabajos de la universidad, mi madre contestando correos del colegio, o amigos realizando tareas de su trabajo hasta las tantas. Uno tenía que saber poner un freno, y eso era un poco complicado. 
 
“Estamos a punto de terminar, chicos” Gabriel Pérez ha abandonado la reunión (no le ha sentado bien lo del micro). Hoy en día, el contexto ha cambiado. El telecole no es tan común antes, ni hay tantos teletrabajadores en casa. Ahora podemos observar los beneficios de hacer las cosas online, disfrutando a la vez de lo presencial. Porque los humanos necesitamos sentirnos cerca, necesitamos hablar con alguien sin una pantalla de por medio, necesitamos la rutina de ir a trabajar, el rato de coche o andar para llegar al colegio, poder preguntar una duda a un profesor y que nos la resuelva en el acto, tener suficiente tiempo para dedicarlo a otras cosas que nos apetezcan…pero también debemos poder recurrir a unas videollamadas si no podemos estar en el mismo sitio que la gente con la que nos reunimos, no estar obligados a juntarnos en un mismo sitio para un trabajo o una reunión y poder realizarlo desde nuestra casa. Las tecnologías están para ayudarnos. Han ido llegando para quedarse, y el uso que hagamos de ellas depende de nosotros. 
 
Todo el mundo ha abandonado la reunión y tú te has quedado ahí. Empanado. Estabas tomándote un café y leyendo mi entrada y no prestabas atención. ¡De verdad, a mi me daría vergüenza terminar así! Espero que la profesora no se haya enterado. Eso sí, si estabas leyendo mi entrada, puedes hacerlo mil y una veces más.  

22 de junio de 2021

El humor y la libertad; una relación potencialmente peligrosa.

Son las 8.30 de la mañana. Siempre he sido de escuchar música y me la pongo para todo. Acostumbrado a escuchar de todo, hace unos meses, me encontré un podcast del que me había hablado mi tía varias veces: 
Nadie sabe Nada¸ improvisado por Berto Romero y Andreu Buenafuente. O Andreu Buenafuente y Berto Romero. Como queráis, total, son inseparables. 

Nunca me había puesto a escuchar un podcast, y menos uno que se emite en la radio. La radio es ese medio que, aunque se haya tenido que adaptar muchas veces a los nuevos tiempos, sobrevive. Hace 50 años, un hombre que trabajaba en la radio era una persona trajeada y con bigote inmersa en una profunda intriga y desconocimiento por parte de la gente. Actualmente, los programas tienen un canal de Youtube, su perfil de Twitter y puedes asistir como público. Todo ha cambiado mucho, pero es verdad que esa atmósfera íntima y mágica que provocaban dos locutores en una sala llena de moqueta con dos micros tenía su gracia. 

Andreu y Berto serán muchas cosas, pero hay que reconocer que son muy buenos en lo suyo. Tal vez no llevarán trajes, ni serán dos señores con un vozarrón que destaque, pero su larga carrera habla por sí sola. Son dos comunicadores en toda regla, y ya sea en un programa de televisión o en la radio, saben cómo captar nuestra atención. Su programa, que empezó en 2015 y ya cuenta con más de 300 programas, se basa en la improvisación. Ellos mismos lo dicen, ¿qué puede salir mal? Pues ea, ahí lo tenéis: 6 años emitiéndolo. La verdad que no se pueden quejar. Entre los pasillos de los estudios se juntan con personajes como Àngels Barceló, Pepa Bueno, o Carles Francino, entre otros. No sé si os da la misma sensación que a mí, pero, los de La Ser tienen nombres que sabes que son de izquierda, ¿no? Luego tenemos a Broncano, que es como es y rompe todos los moldes. Entran en su plató, y junto a una botella de agua se dedican a dar respuestas a temas que propone el público por redes sociales. Parece fácil, sí. Sé que ahora todos podríais ser locutores, pero lo difícil es que la gente te escuche. Que la gente esté tan interesada en lo que haces como para que vayan llegando preguntas 6 años después semana tras semana, y que cada sábado tengan el plató lleno. Eso es lo difícil, y es lo que consiguen.  

Todo esto me sirve para introducir el tema del que quería hablar. Ellos son cómicos natos, y como cómicos, todo se lo toman a risa. Cualquier tema para ellos es como un juguete para un niño. Lo manosean como quieren, lo destrozan, lo vuelven a recomponer y le encuentran mil puntos de vista distintos. Esa indiferencia con todo que muestran cada sábado, que es la que deberíamos tener todos, a veces hace que alguna respuesta no siente bien a alguien. Evidentemente es normal que un comentario no le guste a todo el mundo, pero ¿cuánto de gruesa es la línea que separa lo ético de lo inmoral para los cómicos? ¿cuándo se pasa esa indiferencia y se convierte en ofensa? ¿hasta cuándo se puede considerar libertad de expresión? ¿cuándo pasa de chiste a mala broma?

De cada vez tenemos la piel más fina, y eso se nota en Twitter. Cualquier cosa que no nos gusta, nos ofende. La persona que nos la dice es un impresentable (para ser correcto, que, si digo algo más fuerte, mi madre se enfada) y le tenemos que contestar, porque, ¿quién se cree para decirme algo con lo que no estoy de acuerdo? Y esto pasa con todo: política, amigos, compañeros de trabajo, colegios… Así nos va, y eso es un mal de las presentes y próximas generaciones. Nos hemos convertido en seres intolerables y por eso nos cuesta ponernos de acuerdo. Berto y Andreu se han metido con los vascos, con Ayuso, con otros actores, con la gente que va de público, con la independencia, con Sánchez… ¿Lo dicen enserio? Posiblemente no. Al 90% no, pero ¿por qué nos molesta tanto? Total, es un programa de humor, y cualquier cosa que se diga, debería enmarcarse en un contexto de humor. Son dos tíos, con un café en la mano, que van sacando temas, dejando libre su imaginación. Si un futbolista saca un tema interesante, no nos lo creemos porque es futbolista y es tonto, entonces, qué problema hay en que lo diga un cómico si será una broma segura. Es verdad que habrá temas en los que se podrán hacer más bromas y otros en los que menos, pero ese es el mal con el que viven los cómicos. Un cómico intenta ser crítico y ver las cosas desde un punto de vista que el resto no tenemos; por algo son cómicos, y no periodistas. Si tuviéramos en cuenta que todo lo que decimos puede herir a alguien, no diríamos nada. El papel del cómico no existiría, y posiblemente nosotros como personas, tampoco. En este grupo también englobaríamos a programas de televisión como La Resistencia o La Vida Moderna, otro podcast presentado, entre otros, por David Broncano. Profesiones complicadas. 

El resumen es simple: tu libertad de expresión termina cuando empieza la mía, pero hay que aprender a tragar y relativizar. De no ser así, vamos a convertirnos en un país monótono, donde solo podremos hablar del tiempo que hace y poca cosa más, porque el resto nos va a molestar todo. Y así se consigue que la gente no piense por ella misma, no tenga opinión, y obedezcamos cualquier cosa. Recuerdo cuando Dani Rovira presentaba los Goya. Él decía que al día siguiente no solía mirar las redes, porque le llamaban de todo menos guapo. Yo quiero tener sus coj****. Sabes que te criticarán y aún así, presentas la gala. Si no, lo único que me queda es callarme y no decir nada. Aquí tendríamos que recordar a Aristóteles, cuya frase que ya he comentado alguna vez, “el ser humano es un ser social”, se volvería más real que nunca. 
 
Si hablamos, nos ofendemos. Si no hablamos, dejamos de ser personas. La solución es simple: sé y deja ser feliz. Escucha la música que te dé la gana; viste como quieras; sé del equipo que te apasione; enamórate de quien te salga de allí; sal con tus amigos; disfruta de tus hijos; ve a trabajar con alegría cada día; critica lo que quieras; aguanta que te critiquen, que por algo somos iguales. Y finalmente, lee. Lee lo que quieras, y si es este blog, mejor.