31 de marzo de 2022

Cronología de un aeropuerto

Esta vez son las 9 de la mañana. Día lluvioso con viento y malestar. Es pronto y el ambiente no augura demasiada felicidad. Mi madre acaba de dejarme en el aeropuerto, lugar que piso por décima vez este 2022 (evidentemente, teniendo en cuenta idas y vueltas) y estoy solo. Al llegar pronto y no tener la tarjeta de embarque, me siento en la cafetería y espero mientras no abren el mostrador de facturación. Enciendo mi portátil, algo que no hace ni 6 horas que he apagado antes de caer dormido, adelantar prácticas es lo que tiene, y abro mi blog. 

Hacía mucho que no lo consultaba. ¿Cómo estará? Ya no me acuerdo ni cómo se llamaba, pero eso da igual, porque veo que alguien de Estados Unidos entró 81 veces hace un par de semanas. A nivel de números puede ser una mierda, pero que alguien que esté en el otro confín del mundo entre en mi blog y se pase por todas las entradas, es algo, si cabe, gracioso. Pero hay veces que la magia ocurre. Tengo mucho tiempo y muchas ideas en la cabeza, de manera que la única manera de sacarlas es escribiendo un poco. Os gustará o no, pero llevamos así un año y medio. Y ni tan mal. 

Siempre he pensado que los aeropuertos son un lugar de tránsito. De personas. Mercancías que van y vienen. De vehículos, que despegan, aterrizan, transitan por la ciudad que forma ese recinto. Y también, un lugar de tránsito de emociones. ¿Quién no ha llorado al dejar a alguien querido en frente de ese control "aleatorio" que te va a distanciar? ¿Quién no ha llegado feliz por irse de vacaciones unos días a algún lugar querido? ¿Quién no ha llegado dormido porque su vuelo salía a las 7 de la mañana y no podía ni con su alma? Reconozco que es de las peores sensaciones. Todos hemos dejado a alguien cercano, nos hemos reencontrado con amigos, hemos ido a recibir a algún conocido, o simplemente, nos ha tocado ir al aeropuerto a trabajar, que también estamos algunos de esos. El aeropuerto es ese lugar en el que un arco divide el permanecer y el volar. Volar literalmente. Pero también volar lejos de ti, de lo tuyo y de los tuyos.

Hoy era un día de esos que notas los nervios en el estómago. Pisas el baño más veces de lo normal, y parece que tu estómago está de resaca. Hasta que no ha abierto el mostrador número 33 destino Palma y he podido sacar la tarjeta de embarque, algo que me está dando dolores de cabeza cada vez que me toca viajar (o sino que se lo digan a mi entrenador), yo no podía pasar el control. Seguía solo y no he tenido que hacer ni cinco minutos de cola. Eso sí, justamente me ha tocado que me abrieran la maleta. "Perdone, ¿me puede acompañar?", me ha dicho. ¡Cómo no te voy a acompañar, mujer! ¡Si tenemos este ala del aeropuerto solamente para los dos! Aleatorio dicen... Evidentemente, no me he podido resignar. He abierto todo lo que he podido y más. Más vale que sobre que que falte decían en mi casa. 

Tras 5 minutos de esperar los resultados, como si de un examen se tratara, he podido acceder a la puerta de embarque donde una hora más tarde empezaríamos a hacer cola para entrar en el avión. En ese momento, cuando he podido abrir mi mochila y sacar el libro escogido para este viaje, he dejado de estar solo. Kokoro, que así se llama esta narración del autor japonés Natsume Soseki (la o lleva una barrita encima que no sé ni como poner, así que espero que me perdonéis), tiene pinta de ser de esos libros que van a hacerme estallar la cabeza. ¡Cómo me gustan estos, y qué pocos hay!

El vuelo en sí no ha estado mal. No sé si llegábamos a 20 personas en un avión de 60 plazas, por lo que habríamos podido estar sin mascarilla y seguiríamos cumpliendo la distancia de seguridad. Pero no, todos con mascarillas y todo lo que haga falta. FFP2 de esta ya no, que son más incómodas que yo que sé. No sé cómo hemos podido llevarlas todos estos 2 años. 

En Palma hacía el mismo tiempo que en Menorca, aunque un poco menos lluvioso y con más ambiente. La felicidad es la misma, pero se afronta de otra manera. Mi dirección estaba clara; McDonalds. El estómago, por muy de resaca que esté, necesita llenarse para afrontar otro vuelo, éste de dos horas. Sé que son las 12.30, pero sino, la ventana de la comida se iba a cerrar sin ser consumida y eso no puede ser. Solo le estoy haciendo un pequeño favor al señor McDo que diría mi hermano. Oye, te voy a echar de menos estos días. A ti y al NBA. Quedan pendientes unas cuantas partidas entre tus Bulls y mis Warriors.

Oigo ya la megafonía. "Llamada para el señor Aleix Gomila". Uy, ese soy yo. "Última llamada para el vuelo AF4235, con destino Paris Orly. Embarque por la puerta, 90". Ay esa pausa de suspense. Allá vamos. Cris, espérame, que voy con las pilas cargadas. Estos días, mientras yo me pego unas buenas vacaciones en la ciudad del amor y de la luz, os dejo esta entrada para que no me echéis de menos. Bienvenidos otra vez, a los nuevos y a los de siempre, al blog de LeLector. El blog de todos. Muchas gracias.

1 de marzo de 2022

Día de Baleares. 1 año más.

1 de marzo. Si ayer mis amigos andaluces celebraban el día de su comunidad, no hemos tardado los baleares ni un día en celebrarlo también por nuestra cuenta. Envidia sana. Es broma. Mira que celebrar dos días seguidos teniendo 365 en un año… 

        Como día festivo que es, la oficina estaba cerrada. Y eso solo significa una cosa: o es un día en el que se puede dormir, o es un día en el que se pueden hacer cosas con la familia y amigos que normalmente no podemos. No por no querer, más bien por tiempo. Ay, el tiempo. Ese tiempo que tendremos cuando nos jubilemos, sin embargo, lo que no tendremos serán fuerzas para hacer todas las cosas que siempre hemos deseado. 

En mi familia llevaban unos días ya de puente, o acueducto casi, porque llevan 5 días de vacaciones. Trabajar en el colegio tiene esa ventaja: vacaciones cuando la conselleria manda. Y si la conselleria dice que hay puente, hay puente. Y vamos si hay puente. Yo me lo he tomado de otra forma. Puente no tenía, pero me he puesto enfermo con anginas, y de los 5 días, 4 he estado en casa sin moverme. Unas grandes vacaciones, depende de como se mire. 

        Hoy, ya casi al 100% recuperado, aunque nunca se esté del todo perfecto, nos hemos liado la manta a la cabeza, hemos arrancado el coche y nos hemos dirigido al norte. Y tan al norte. Cala el Pilar era nuestro destino, aunque no en sí su playa, sino una que se encuentra al lado. Tiene tantos nombres que no sé si me acuerdo de uno: Racó de’n Bombarda. O Cala Alforinet. Ni idea. Algo de eso me suena.

Llevábamos los tres nuestras ropas más excursionistas, la mochila con agua, por si acaso siempre, y nuestros móviles. Uno nunca sabe cuando lo puede necesitar. El Camí de Cavalls nos aguardaba, lleno de árboles de todo tipo y bichos que se pegaban a ellos rogando una vida más. Había procesiones de orugas por todos lados, buscando árboles donde pegarse, pero a la velocidad con la que iban, va a llegar el verano y seguirán ahí, paseando. También había más familias, disfrutando de sus días de fiesta, o puente. O lo que sea. Durante esas excursiones es el único momento en el que la gente que por la calle no te saludaría, básicamente porque no te conoce, suelta un “Hola”, o un “Bon dia” que se ve normal, a pesar de no saber quien es. La cosa es que no pasa con algunos, no. Pasa con todos, y si van separados, varias veces. 

        Poco a poco nos hemos ido acercando a la playa. Tocaba subir una montaña, y se nota en las piernas el año de jugar a baloncesto. Menos mal del físico y de mis entrenadores personales en los que se han convertido mis amigos. Sin ellos habría costado más. 

El aliciente para llegar a la playa no era ni un picoteo, ni encontrarme a Cristina, sino ver una playa llena de piedras redondas gigantes en las que uno se podía sentar. O esa era la leyenda. Lo que hemos visto desde lejos eran piedras normales que no valían la hora de andar que habíamos recorrido. Pero una vez hemos estado cerca de esa “arena” formada por los macs, o mags, que así se llama este tipo de piedras en Menorca, ya ha sido otra cosa bien distinta. No te podías sentar encima, pero poner los dos pies a la vez, sí. Y eso mola. 

        La subida luego, bueno. Horrible, la verdad. Larga y pronunciada, pero qué le vamos a hacer, this is Menorca. Bonita y con cuestas a partes iguales. Siempre estoy diciendo que me encanta Madrid, que es la ciudad donde quiero vivir, que la vida en esa ciudad es (casi) perfecta, pero sé que donde siempre querré volver, porque como en ese sitio, en ninguno, es a casa. A mi mar azul y prados verdes. A mi Menorca.

Porque no vale solo celebrarlo el día 1. De nuestras queridas islas se es todos los días del año o no se es. Aunque al resto del mundo os digo: si queréis playita, buen tiempo, fiestas, bienestar y tranquilidad… Yo no me lo pensaría. Al menos, para el día 1. Feliz día de las Baleares. 


7 de febrero de 2022

El camino (a Cazorla). Miguel Delibes.

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Así empieza Delibes su obra maestra por antonomasia. No hay mucho más que añadir. Así quiero empezar yo esta entrada, aunque ni queriéndome parecer al vallisoletano podría emular su literatura morfológicamente rica. Sin embargo, vamos a intentar sacarlo de la manera más digna posible.

        Corría el frío por Jaén. Un Gran Eje más solitario de lo normal y un cielo azul celeste emergían por la mañana. Nada parecido a la escena vivida los últimos días; gente por todos lados, coches yendo de un lado para otro, tiendas abiertas 12 horas al día. Hasta un calor extraño por los días en los que nos encontrábamos. Un nuevo año había empezado sin grandes cambios. Lo normal. Lo de siempre, más bien dicho. 

Tras una inesperada decepción en una de las cafeterías favoritas de Cris (ahora ya exfavorita), nos montamos los 5 en el coche y nos dirigimos a Cazorla, pueblo situado en la montaña a más de 50km de la capital. Digo los 5 porque venía Fito, el tercero en discordia de la relación. El hijo perruno de Cris y, por ende, el mío. 

        Esos 50km, mientras que a uno de Menorca se le hacían eternos por ser algo inusual, eran algo normal para cualquier peninsular. Siempre recordaré los veranos en los que hemos ido y vuelto de Fuengirola a Cádiz en el transcurso de 12 horas. Toda una odisea para mí. Después de recorrer una hora de autopista y ver extensiones de campo y montaña a los lados llegamos a lo que parecía un pueblo sacado de un cuento. Una aldea, dicho en su mejor sentido, subida a una colina llena de casitas blancas con sus tradicionales tejas marrones, enmarcado por un frondoso verde con un castillo reinando en lo más alto. 

Al bajar del coche y acercarnos a la playa mayor, la imagen de ese pueblo me iba resultando familiar. Tiendas de toda la vida -panaderías, bares, tiendas de fotografía-, un vecindario que parece de la misma familia, una única iglesia en todo el pueblo, niños corriendo por las calles como si fuera su casa… Me sonaba de algo todo eso. Hasta que caí. Ese pueblo, aunque no lo fuera, podría haber sido perfectamente el pueblo de Delibes en su camino. Nunca lo sabremos porque el autor no lo nombra en ninguna de sus páginas, aunque sí es verdad que nos lo sitúa en el norte (casi donde se encuentra Jaén, vamos). Esos niños que corrían como niños que eran podrían haber sido Daniel, el Mochuelo, la Uca-Uca o el Grescas viviendo alguna de las peripecias contadas en esa novela que se publicó en 1950. 

        Un libro que muestra, con una visión de una persona de hace 70 años, la realidad de los pueblos, algo que no ha cambiado tanto actualmente. Los pueblos siguen siendo ese escondite donde la gente de ciudad se refugia de los coches, del trabajo y se dedica a la naturaleza, a vivir el momento, a leer, donde tienen a sus verdaderos amigos de toda la vida, y donde las fiestas se celebran eternamente. Los pueblos también son de su gente, de la gente que vive allí todo el año, de la gente que trabaja para poder pagar su casa, de los que cuidan el campo, de los que están en el bar todo el día y de los que viven ahí porque lo pone su DNI solamente. Qué bien le hacen al mundo los pueblos, y que mal se lo recompensamos a veces. Y qué ganas tengo de leer Feria, otro libro que trata el mismo tema, con esta voz manchega que tanto caracteriza a su autora, Ana Iris Simón.

Ese día, si no voy equivocado, recorrimos el sendero del Rio Cerezuelo, uno de los más conocidos de la zona. Empezaba cerca de la Plaza Vieja y terminaba al lado de una casa rural, que bien cuidada, podría haber sido un hotel rural precioso -nosotros siempre tan soñadores-. Entre medias, dejamos atrás unos 45 minutos de subida en el que solo escuchábamos el agua del río bajar a nuestro lado. Aunque temíamos por Fito, le salió la vena de perro pastor y no había ser más feliz que él durante ese rato.  Mis pintas no podían ser mejores: zapatillas blancas y una chaqueta con la que parezco Michelin. Me estaba asando de calor y no nos la podíamos quitar porque necesitábamos las dos manos, por si acaso, ¿sabéis? Para no caerse, vamos. 

Una vez realizada la excursión, la cual os recomiendo encarecidamente, y con un ritmo de pulsaciones un pelín más alto de lo normal (aparte de por estar con ella -es broma. Lo leía y estaba viendo lo cursi que era), nos dirigimos al punto de inicio para tomarnos una buena y merecida cerveza. Ese es el culmen perfecto para cualquier plan. Nuestro clímax. Y así seguirá siéndolo, para muchos años más. 

        La comida, más autóctona imposible, estuvo al nivel del pueblo. Excelentemente deliciosa. Lagarto ibérico, patatas a lo pobre, migas y flamenquín de ciervo. Y para quien lo haya pensado, el lagarto no es una salamandra (y me incluyo en el grupo de los que lo pensó). También os digo que me oye un vegetariano y me crucifican, creo yo. 

Así como Daniel el Mochuelo tuvo que abandonar su pueblo a los 11 años para poder tener un futuro más allá de la quesería de su padre, yo lo tuve que abandonar para volver a mi Menorca. Pero al menos ahora siempre que lea el libro tendré la imagen de Cazorla, con la Plaza Vieja, las pequeñas tiendas, casas rurales con ventanales de madera o el monte con el castillo a lo alto para recordar por qué es tan importante ese libro, y porque son tan importantes los pueblos. Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. No sé Mochuelo, yo me habría quedado, la verdad. Tú piénsatelo bien.


21 de enero de 2022

¡Que viva Patria!

Sí, sin el artículo “la” en medio. ¡Que viva Patria! Y que viva también Fernando Aramburu, artífice de una de las novelas con más renombre de los últimos años en la literatura española. Todos nos acordamos del Quijote, de El Lazarillo de Tormes, del relato del Cid Campeador, Luces de Bohemia o La casa de Bernarda Alba. Éstas, obras que han ido formando la concepción de literatura española que conocemos a día de hoy son consideradas como las bases de nuestra lengua. Obras que se estudian en el colegio año tras año. Seguramente, sin quererlo ni beberlo, estemos también ante una novela que dentro de unos años va a entrar en este saco de grandes éxitos de la literatura que se estudian en la E.S.O. Patria, sin ningún lugar a duda, estará ahí. Pero paso a paso, empecemos por el principio.

“Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós”. Así empieza el primero de 125 capítulos con los que cuenta la novela escrita por el autor vasco. 645 páginas de pura literatura. Literatura en mayúsculas en cada una de sus líneas, unas líneas que se van marcando en tu mente a medida que las vas leyendo y no te dejan ir, por muy tarde que te vayas a la cama. Esa narración mental que hace el autor, como si lo estuvieras hablando con tú mismo. Frases a medio hacer, pensamientos recurrentes y una gran cantidad de recursos estilísticos predominan en cada párrafo de la novela.

Me acuerdo la primera vez que intenté ponerme con este libro. Mi madre lo acababa de terminar hacía poco tiempo y la serie aún no era ni un proyecto. El libro tenía muy buenas críticas y la trama invitaba a darle una oportunidad. Veranito, calor, pocos planes esos días, el momento idóneo para poder empezarlo. Y lo empecé. En esa época, mi amor por la literatura no era el mismo que ahora; han cambiado tantas cosas… Leía unas páginas, me iba a nadar, comía y volvía a leer por la tarde antes de salir por ahí con los amigos. El vaivén de los días hacía que no pudiera prestarle la atención que merece y al perderme en su idas y venidas de la historia lo dejé antes de las 50 páginas. Una miseria. Me acuerdo que me daba rabia no poder seguirlo, pero era incapaz. 

Luego estuve dos años sin volverlo a coger. Dos largos años en los que mis ganas de leer han ido exponencialmente aumentando poco a poco hasta llegar a los niveles en los que se encuentran ahora. Disfruto leyendo, aprendo, viajo a nuevos mundos, conozco y me pierdo en las palabras de autores como Delibes o Pablo d’Ors que hace unos años ni me habría planteado leer. Los tiempos cambian, y normalmente a mejor. Menos mal.

Empecé el libro el domingo 9 de este nuevo año 2022. Lo tenía muy claro. Esta vez lo iba a terminar, costara lo que costara. Mi madre me había aconsejado que cuando lo empezara no lo dejara, y así ha sido. Una vez empecé a embarcarme en la historia de los 9 personajes que participan en la novela no me bajé de ella hasta hace unos días que la terminé. Bittori, Miren, el Txato, Nerea, Arantxa… todos tienen su pequeña gran historia; todos tienen sus problemas, sus ganas de venganza, sus ideales, y su gran carácter. Cómo se nota que son vascos. 

En cada capítulo coge el testigo de la narración uno de los personajes. A veces esos narradores duran hasta 3 capítulos, pero no más. Acabas de encariñarte con uno de ellos y te empieza a hablar otro al que puedes odiar, contándote su historia. Un capítulo más tarde, ya te está hablando otro de un momento 20 años anterior. Y al final empatizas tanto con todos que es imposible no sentirte parte de esa historia. Yo no viví la época fuerte de ETA. Viví algunos atentados a lo largo de los 11 primeros años de mi vida, pero me acuerdo cuando atentaron en Palma de Mallorca y yo les pregunté a mis padres si eso significaba que lo siguiente que iban a hacer era atentar en Menorca. Poco tiempo después salió el comunicado que toda España esperaba en el que se retiraban de la lucha armada, y a partir de ahí no han vuelto a aparecer. Toquemos madera. 

Patria, como buena novela que es, nos enseña todos los puntos de vista de esta lucha armada que transcurrió en nuestro país durante más de 30 años. Nos enseña a Joxe Mari, culpable y encarcelado durante más de la mitad de su vida; nos presenta a Bittori, víctima de uno de los atentados; nos muestra a Miren, madre luchadora que es capaz de estar a favor de la muerte por proteger a su hijo; nos muestra a Gorka, hijo gay que no quiere meterse en problemas y se ve obligado a huir del pueblo para protegerse; nos muestra como el pueblo gira la cara a uno de los suyos por no pagar a la organización, o cómo la iglesia apoya el movimiento desde la sombra… Como veis, podemos encontrar de todo en cada una de las historias, porque Patria no es solo la historia de una familia a favor de ETA y una en contra. Patria es la historia de las vidas de 9 personas en ese exacto momento en el que se dan cuenta que ETA ha cambiado sus vidas para siempre. ¿Se arrepentirá Joxe Mari de haber vivido por una causa inútil? ¿Se dará cuenta Miren de que está dando la espalda a una de sus mejores amigas? ¿Se es posible ser feliz después de un suceso como este?

        Sean cuales sean las respuestas, lo tendréis que investigar leyendo el libro. Este libro no merece spoilers. No quiero contaros mucho más porque no voy nunca a poder explicaros tan bien la novela como su autor. Por algo la escribió. Aunque pasarán los años y no necesitaremos spoilers para conocer la historia. Pase lo que pase la novela perdurará en la mente de todos, como ha pasado con El Quijote, La casa de Bernarda Alba, Yerma u otros ejemplos. “Las dos se miraron un instante a los ojos antes de separarse. ¿Se dijeron algo? Nada. No se dijeron nada”.  

Y así te quedas, tan pancho. Dios, Fernando. Eres el p*** amo. Gracias por tanto. ¡Viva Patria! ¡Y viva la madre que te parió!

5 de enero de 2022

24 segundos de posesión para el 2021

Queridos lelectores – parece que soy tartamudo, pero es aposta-, os doy la bienvenida a esta entrada, la que era la última de este 2021. Sé que vamos un poquito atrasados, pero por motivos logísticos, un servidor no lo ha podido subir antes. El 2021 ha sido un año que ha dejado un poquito mejor sabor de boca que el anterior, aciago para muchos de nosotros. Como el año pasado, y algo que se repite dos años se convierte en tradición, vamos a repasar este año para ver la gran cantidad de cosas que han pasado. Que no han sido pocas.

Todo empezó en casa este año, ni Londres ni mierdas. En casa como siempre. Pero también en casa como nunca. La diferencia a otras veces fue el haberlo de celebrar solos, brindando los 4, sin poder celebrarlo más allá de la 1 de la mañana, hora en la que el toque de queda (esa palabra que ya nos queda tan lejana, pero a la vez repetida estos días en las noticias) entraba en vigor. Era un brindis solitario por un año mucho mejor que el que terminábamos: un año en el que hubiera más salud, amigos, viajes y todo a lo que estábamos acostumbrados en nuestra antigua normalidad.

Y entonces la normalidad dijo: “pa qué me invitan si saben como me pongo”. Y de repente en 10 días de enero se había asaltado el Capitolio, uno de los lugares más seguros del mundo después de Hogwarts, y la borrasca Filomena atacó a media España, dejando pistas de nieve por las calles de Madrid como postal más impactante y sorprendente. En febrero, después de una ola muy grande de Covid, las restricciones fueron aflojando y pude ver a Cris 4 meses después de la última vez (¡cuánta mierda hemos aguantado!).

Fueron momentos donde viajamos a mi ciudad querida, volví a Granada y a sus cervecitas con tapa tras un tiempo separados y la primavera fue apareciendo día a día. Tristemente, tuvimos que posponer la Semana Santa y rezar para que este año pueda haber (que ya veremos), y poco a poco la vacunación fue empezando a aumentar. Al principio iba al ralentí, pero una vez cogió velocidad, al llegar verano nos convertimos en uno de los países con una tasa de vacunación más alta, demostrando que los españoles podemos unirnos en las cosas importantes (aunque sea para ir más tranquilos al bar). Pero lo conseguimos.

Llegó verano y con ello todas las competiciones de deportes atrasadas del 2020. Ya lo dije en una entrada: el que quería podía estar las 24 horas conectado a la televisión. Mi hermano y yo, porque teníamos que dormir, porque sino lo habríamos hecho. Un año más volvió Fuengirola, esta vez con un apartamento que ni en los mejores sueños habríamos imaginado, sus playas, su “pescaíto” frito, su costa y nuestra felicidad. El verano terminó, eso sí, conmigo en Menorca y contigo en Paris, una distancia bastante considerable si no estuviéramos ya acostumbrados a estas cosas.

Y empecé el curso con novedades. Nuevo horario en el trabajo y una de las cosas de las que más orgulloso estoy de haber cambiado: me apunté a baloncesto y ahora mismo, escribiendo esto, llevo 4 meses entrenando. Sigo siendo una castaña de jugador, pero al que ya se le ven algunas cositas. Digo cositas porque aún estoy en un 34% de tiro, sino podría decir cosotas. No es el caso. Uno de los objetivos para este 2022 es llegar a jugar bien, como uno más. El tiempo dirá, y el entrenador también.

Termina un año lleno de nuevas oportunidades, nuevas ilusiones, y nuevas amistades. Porque el baloncesto no solo me ha dado oxígeno, sino que me ha dado un grupo de amigos al que quiero un montón y que se han convertido en la segunda familia que uno elige. Termina un año con mi familia al completo, que eso ya es mucho, con mis padres siempre a mi lado, con mi hermano disfrutando de este 2º de bachillerato que está sacando y conmigo intentando mejorar como persona, día a día, y como escritor, entrada a entrada. Con ellos sé que todo esto va a ser posible.

Solo deseo que el 2022 nos traiga más salud, más alegrías, más abrazos de la gente a la que queremos, más victorias, más cervecitas en el bar del pabellón, más facturas a entrar en el trabajo, más paseos, más fiestas, más cenas improvisadas, más domingos de peli en el sofá, más viajes y más felicidad. Como decía Aristóteles, si a final de 2022 no cambiaríamos nada del año vivido, es que hemos sido felices. Espero llegar a final de año y no arrepentirme de nada, por haber vivido todo lo que tenía que vivir, sin peros, sin excusas… porque la vida es esto: vivirla y seguir para adelante, que es muy corta y nunca sabes cuando se te va a cortar el grifo. Quedan 24 segundos de posesión de este año 2021. Tenemos bola para ganar el partido. Vamos a jugar unos cuernos arriba, y que el pívot haga el roll para abrir luego a la esquina. Con suerte, tendremos triple liberados y el tirador no va a fallar. Nadie dijo que iba a ser fácil, pero juntos lo sacaremos adelante. 

Esto es todo amigos, un año más. Llevamos ya más de un año con la tontería, y espero que no se acabe hasta dentro de mucho tiempo, si eso. Nos vemos el próximo año, en uno aún un poquito mejor. Brindemos por seguir juntándonos, por seguir jugando, besándonos, abrazándonos, saliendo de fiesta, haciendo el amor o leyendo este, nuestro blog. 

        P.D. Cris, prepara el cava en tu casa y el tartar falso, que vuelvo otra vez. Me he quedado con ganas de más. 

Chin chin.