18 de agosto de 2022

Manifiesto por la lectura.

Manifiesto por la lectura podría haber sido titulado como oda a la lectura, y todos estaríamos de acuerdo. Sin un pero que valga. Un libro extremadamente corto, con una de las ediciones más bonitas que últimamente recuerdo, solo al alcance de un clásico como Odisea o la novela ilustrada Federico. Su llegada a mis manos fue de lo más imprevista y totalmente sin querer. Es lo que tiene vagar por una librería sin un título en mente. Llegó a mis manos y de ahí ya no se fue. Era de obligada compra. Una vez en casa, la lectura de este mini ensayo, disertación, relato, o como queramos llamarlo, no ha durado más de 30 minutos. 30 minutos de auténtica pasión hacia la lectura, donde podemos corroborar ese dicho de que a veces las cosas más inútiles son las más útiles, como nos recuerda nuccio ordine en otro manifiesto bastante anterior. No hace falta que una actividad nos aporte millones de euros al año en nuestra cuenta bancaria para que nos sea útil; a veces solo necesitamos que esa actividad nos transforme. Como personas, como sociedad. Como un yo mismo. A veces solo necesitamos una novela que no nos cuente nada para que nos lo cuente todo. Nuestro momento vital influye, y mucho. Las palabras limpias de cualquier prejuicio que nos presenta la autora entran en nuestra mente haciéndonos ver que la lectura no servirá para nada, pero nos hace más empáticos, mejores personas. ¿y quién no quiere ser mejor? Todos aspiramos a esa platónica felicidad que hemos intentado encontrar durante muchos siglos. Tal vez podemos encontrar en las palabras de una novela de Ken Follet, de Homero o de Elísabet Benavent esa felicidad ansiada por cualquiera. La lectura es esa pasión que nos une a todos y nos diferencia en cada género. O simplemente en una página. La lectura es esa pasión que siempre perdurará en el espacio y tiempo, pasen los años que pasen, y también a pesar de los cambios sociales, guerras, virus y cualquier situación que nos afecte de manera externa. Una de las claves de la sociedad que conocemos hoy en día es la lectura de los clásicos, las leyes y las historias que escribieron hace años miles de personas que solo sabemos de ellas por sus palabras. Gracias a esas primeras historias que se contaban en las cuevas por existir. Gracias a Irene Vallejo por recordarnos de dónde venimos y adónde queremos llegar. La lectura es, sin duda, una de nuestras posibilidades, y tenemos que explotarla de la mejor manera para que llegue a la mayoría de gente posible. Sigamos leyendo, y seguiremos viviendo con esa felicidad como aspiración final. 

2 de agosto de 2022

El dúo del Trocadero.

Uno piensa en Trocadero, y lo más probable es que le aparezca la imagen de Paris. Ese lugar de ensueño en el que van todos los turistas -vamos- donde se puede observar la Torre Eiffel desde una perspectiva totalmente privilegiada. También puedo decir que es el lugar de una de las mejores creperías, a mi gusto, de la ciudad. Sin embargo, recientemente he conocido otro homónimo al emblemático lugar parisien que hoy os quiero presentar.
 
Me acuerdo la primera vez que pasamos por delante de ese restaurante hace un par de años, justo cuando empezaron su andadura en este mundo de la cocina con vistas al mar: “¿has visto eso?”, le pregunté a Cristina, ensimismado con cada uno de los rincones de ese "local". Si se le puede llamar así. Los dos nos quedamos flipando frente a esa inmensidad de restaurante. He visto muchos restaurantes bonitos en Menorca, muchos, y los hay en todas partes, pero como este, y os soy muy sincero, ninguno. Tenía un aura especial. La esencia de algo único. Cuando este año Cris me dijo, “mis padres han reservado en Trocadero”, mi respuesta, lamentablemente, solo pudo ser un “¿lo dices enserio?”. Mira que hay respuestas que podría haber dado. La lengua es tan rica que para mostrar mi estupefacción podría haber utilizado un, “dios, que guay”, “madre mía, qué pasada”, o un simple “ueeeeee”, sin embargo, me quedé pensando que eso no podía ser real. Íbamos con el coche hacia el restaurante y seguía pensando que eso no iba a ocurrir. Simplemente, en algún momento, nos desviaríamos del camino hacia otro restaurante más alejado de la costa. Pero no. Llegamos a una recepción, similar a la de un hotel, donde varias personas nos esperaron y acompañaron a la mesa.
 
Manteles blancos, cuadros marineros, alfombras con telas preciosas, una carcasa parecida a la de un barco y las vistas más bonitas de toda la costa malagueña, seguramente. Sin duda, el restaurante más bonito en el que he estado. Puedo confirmarlo. No tengo pruebas, ya que tampoco osé sacar el móvil más de lo necesario, pero tampoco dudas de la afirmación que acabo de realizar. Las expectativas eran altas, aunque moderadas, ya que puedes encontrarte en uno de los sitios más bonitos del mundo y que la comida sea mejor en el bar de tu pueblo. Habría sido una pena. 
 
Una tabla de quesos, una ensalada césar y un entrecot más tarde, confirmamos que las expectativas se habían cumplido. Hasta superado. No pedimos más de la cuenta, porque al final los precios eran los que eran. La tabla de quesos, más variada de lo esperado, contenía un queso azul y un Chaumes que valía la pena degustar junto a la mermelada de frutas del bosque que acompañaba al plato. Sin embargo, la mermelada de naranja… ¿a alguien le gusta eso? En serio, que me hable por privado, porque sigo sin entenderlo. La ensalada era simple, con una gran cantidad de pollo, algo que se agradece, y el entrecot, al punto, increíble. Merecía cada euro y cada buen adjetivo que le pueda poner.
 
Aparte de la comida, sublime, las vistas fueron lo que más me impresionó. Oír las olas del mar como rozaban con el restaurante, la brisa que nos acariciaba la cara, ese cielo azul que se iba oscureciendo hasta convertirse en un negro cielo lleno de estrellas, la música ambiente y una muy buena compañía, convirtieron esa experiencia en algo memorable. Y aquí lo dejo por escrito. En unos años, lo releeré y podré volver a vivir cada momento. Eso sí, hay algo que recordaré por encima de todo, y es la frase de mi querida Cristina, que cuando volvió del baño, sin ningún miramiento me dijo: “tienes que ir, de verdad, es una locura”. Y allá que nos fuimos, una vez terminada la cena, a ver el baño. Hubo un momento en el que yo no sabía si estaba en un restaurante o en La Perla Negra. El baño era demasiado bonito, con un lavabo en cada cubículo, algo inusual en muchos públicos. Nadie ha pensado en si me quiero lavar las manos con cierta intimidad. Ni yo. Pero ahora que lo vi, ¡lo quiero en todos los restaurantes!
 
Del Trocadero, nos quedamos con un pequeño vídeo grabado subiendo del baño, ya que los mejores momentos no se capturan en imágenes, y con el recuerdo de haber pisado el restaurante más bonito que he visto nunca. Ojalá pudiéramos vivir de recuerdos. Mucha gente sería más feliz. Sin embargo, estos se desvanecen a veces, o cambian de estado, o simplemente, se mantienen inalterados, pero inefectivos. Este, ya os puedo asegurar, que no se me va a borrar de la cabeza nunca -o al menos, hasta dentro de mucho tiempo-. Nosotros vivimos todos esos recuerdos, cada uno de ellos, pero cada persona, en su interior, elige cómo recordarlo, y yo voy a hacerlo de la mejor manera posible. 

La gente conocerá el Trocadero de Paris, pero que se ande con cuidado, que el de Benalmádena le viene pisando los talones. Elegancia y clase tienen los dos para aburrir. Yo, como simple y humilde consumidor, os recomiendo… con la boca pequeñita … parís. Siempre. Toujours. Porque restaurantes bonitos hay muchos, pero ciudades como Paris, ninguna.

18 de junio de 2022

Las dos obras maestras de Tallón

Hay personas que escriben para vivir. Las redacciones están llenas de ellas. Gente que basa las horas de su día en la escritura mecánica de textos que se leerán y olvidarán. Se levantan a las 7 y se pasan toda su jornada laboral, con suerte, pensando cómo exponer su particular historia. No obstante, hay otras, muy pocas en este mundo, que viven para escribir y pasan los hermosos 86400 segundos que dura su día en escribir palabras que no tanta gente leerá y recordará toda su vida. Bastará con una frase. Con un párrafo como mucho, pero esos son los escritores que uno siempre quiere encontrarse. Son a veces escurridizos, y no siempre los encuentras en su primer libro. Pueden pasar las páginas y no parecer ver la luz. Hay veces que hay que dar una segunda oportunidad, sabiendo sin embargo, que esa segunda oportunidad puede marcar una historia muy bonita que te unirá a ese escritor que se ha puesto delante de un papel y un boli y se ha inventado una historia. Nada nunca volverá a ser lo mismo. "Eres un dramático". Seguramente. No os niego esa posibilidad, pero cuando os ocurra algo así, estaréis agradecidos a que una vez, un bloggero de Menorca os aconsejó no dejar ese libro que podía convertirse en vuestra Biblia particular. 

Soy una persona que no me ciño a la lectura marketiniana. Todos esos libros que aparecen en portada en los escaparates de las grandes librerías no consiguen detenerme y hacerme entrar por sus grandes puertas. No me seducen todos esos libros de intriga, amor, dulces para adolescentes, con los que pasaría un muy buen rato, y al cabo de unos días no recordaría ni su portada. Suele ocurrir lo mismo con las personas con las que ligas de fiesta. Aparecen un día, haciendo mucho ruido, embriagados por la colonia del alcohol, y a la mañana siguiente muchas veces ni consigues recordarlas. Hace años ya que no termino sucumbiendo a esos grandes títulos que nos ofrecen las mayores editoriales del mundo, cuyo único propósito es vender páginas vacías llenas de letras. No digo que sean peores, sólo que no me ofrecen, a mi particularmente, la misma experiencia que otros menos comunes. No siempre es así. 

Así llegó Juan Tallón a mi vida. Xoan Tallón, supongo, para sus amigos. Original de Villardevós. O Vilardevós. Me lo tendrán que confirmar mis amigos gallegos. Filósofo de carrera, escritor de columnas en diversos periódicos, escritor de discursos para un ministro, novelista, gran amante de los materiales artísticos y con pánico a empezar una novela y morir en el transcurso. Padre de una hija que le está enseñando a decir que no (algo muy importante que muchos no sabemos hacer, según dice en una de sus columnas) y, persona que según su padre es prácticamente un inútil. Remarcando ese adverbio inicial, que no hace más que rebajar el grado de inutilidad. 

Me encontré con este autor, para mi desconocido, en uno de los posts que subió Coco Davez en su Instagram. En él, recomendaba dos de sus últimos libros: el primero, Rewind, por dejarla en shock y romperte el alma a cada página que avanzas. Esa Rue Romarin nunca volverá a ser lo mismo; el segundo, Obra Maestra, por ser todo lo contrario al anterior, y narrar con una multi perspectiva jamás antes leída por mi ojo, la pérdida por parte del Reina Sofía de una de las obras más pesadas de la historia de la escultura. Solo puedo asegurar, con total convicción y certeza, que la próxima vez que pise esos suelos originalmente rotos de mármol del museo madrileño (los cuales estaban destinados a ser parte de un hospital), lo primero que buscaré será ese Gernika. No el de Picasso, sino el de Serra. Richard Serra. 

Después de terminar las dos novelas, puedo confirmar que Rewind es la verdadera Obra Maestra de Tallón. Qué palabras más bien empleadas. Qué frases tan bien puestas. Qué historias viven sus protagonistas. Qué bonita es la vida cuando te das cuenta de que mañana puede no seguir ahí (Hume decía lo mismo hace 400 años y a mi me parece bonito que ese pensamiento haya evolucionado hasta el presente. No en un sentido Mr. Wonderful, sino en uno más poético y filosófico). 

Empecé a seguir al gallego en sus redes y me enteré de las columnas semanales que escribe en El Periódico de España. Cada una mejor escrita que la anterior. Sobre la idea del no, la dificultad de llevar a cabo una mudanza, o lo bonito que debe ser calvo para una persona que vive en el gerundio de peinarse. Me quedaría horas y horas leyéndolo y deseando escribir algún día, con una milésima parte de la calidad que él tiene. En una reciente entrevista con la pintora dejó la siguiente cita: “Lo imposible a veces tiende a la realización”. Ojalá tengas razón. O al menos, un poquito. 

Hasta que no ocurra, seguiremos intentando escribir con la calidad que ya conocéis y leéis en mis entradas. Como dice Tallón, lo importante no es escribir una buena novela, sino una nueva novela. Habrá otros blogs mejores, más interesantes, con más ingenio, o más educativos, pero me quedo con las personas que leéis este por, ¿diferente? Porque no tenemos un tema concreto (eso se ve a primera vista), no tenemos un área específica, ni siquiera una periodicidad. Escribo cuando me da la gana, y vosotros estáis allí siempre. Por eso os doy las gracias, por vuestro inmenso aguante y soporte hacia mi persona. Hay mucha gente gilipollas en el mundo, o eso dice el escritor, pero vosotros estáis lejos de ellos. De eso ya podéis estar seguros.

Muchas gracias. Nos vemos en la próxima. Hasta pronto.

19 de mayo de 2022

Re-Read (ing) Barcelona

Barceloooonaa!! Todos habremos escuchado alguna vez esta canción que unió a Freddie Mercury con Montserrat Caballé en la intro de unos Juegos Olímpicos eternamente recordados.  Una mezcla que vendría a ser parecido a lo que ha hecho Rosalía: juntar flamenco y reggaetón, dos mundos totalmente distintos, que con un poco de esfuerzo, pegan hasta con cola. 

        ¿Por qué empiezo así la entrada? Porque no merece menos. Ni más tampoco. Hoy es un día especial, porque tras casi dos años que llevo escribiendo en este blog, nunca había podido dedicar una entrada a Barcelona, mi Barcelona querida. Vosotros no lo sabéis porque nunca lo he dicho, pero hubo un momento en el que me sabía el centro de la ciudad como si fuera la palma de mi mano. Es verdad que aún me la conozco bastante bien, pero ir 5 años después de la última vez, habiendo pasado una pandemia de por medio, ha hecho aparecer en mi palma algunas arrugas que yo no conocía y me dejaron un poquito perdido de primeras. 

Estamos hablando de un viaje que hicimos en diciembre. Ha pasado el tiempo, sí, pero como decíamos el otro día… pasa y pasará, y no por eso pierde la importancia. Llegamos con los amigos a Plaza Cataluña y volví a recordar un poco todas esas veces que había paseado por ahí con mis padres. El viaje había sido realmente improvisado, solo basta deciros que una semana antes yo solo me iba a Palma. Pero ahí estábamos, 5 menorquines, en un hostel de Plaza Cataluña, compartiendo habitación con un americano, un alemán y un francés. Parecía Toledo en tiempos de los Reyes Católicos (espero que entendáis por qué). 

        Fueron dos días, pero ¡qué días! Fueron 36 horas de pasear por todo el centro; 36 horas de comer y beber (con lo que nos gusta a nosotros el comercio y el bebercio); 36 horas de subir Montjuic y recorrernos toda la Gran Vía; 36 horas de salir de fiesta y terminar comiéndonos unos churros a las 5 de la mañana. Como veis, fueron 36 horas muy intensas en las que hicimos de todo un poco, pero si hay que recalcar dos cosas del finde estas dos serían, de menos a más importancia, el ver las luces de Navidad de Rambles y Portal de l’Àngel y la librería que descubrí gracias a ellos. 

Llegamos sobre las 18 y el sol se había apagado. La luna hacía su entrada en el cielo de Barcelona y todas esas luces ganaban más protagonismo, ya fueran las de El Corte Inglés o las del Mercat de Llúcia, situado en la plaza de la Catedral. Ahí, andaba yo buscando un caganer bonito para poner en el Belén, cuando me encontré el de Messi en el PSG. Habría sido un buen regalo para mis amigos culés, aunque debido a su alto precio decidí dejarlo en la estantería. Una pena.

        A la mañana siguiente, después de unas cuantas cervezas por la noche y haber cenado en el Mcdonalds de al lado del hostel, nos dirigimos a la Dick Waffle que se encuentra en plenas Rambles, justo delante del Liceu. Tiago y yo no lo teníamos claro, pero al final sucumbimos a ese gofre con chocolate blanco y oreo… Hay que decir que esos 17 centímetros eran deliciosamente ricos y dulces, por muy mal que suene. La vendedora, por suerte, estaba acostumbrada a ello.

Ese día transcurrió entre compras, cervecitas y una comida en un restaurante japonés que nos dejó la barriga a un maki de la explosión. Evidentemente, luego había que bajar todo eso, y decidimos poner rumbo a Montjuic desde Plaça Universitat. Esa media horita, entre paseo y carrera para subir las escaleras de la fuente mágica nos hicieron olvidar los nigiris y todas las gyozas que habían entrado en nuestra boca. Las vistas desde arriba eran preciosas, algo que no tenía recuerdo de haber podido contemplar nunca. Esa ciudad cuadriculada cortada por esa diagonal con algunos puntos que se desorganizaban, la montaña al fondo, el cielo azul, conformaban un cóctel perfecto para quedarnos ahí un ratito a disfrutar de la calma.

        Al bajar del cielo volvimos otra vez al mundo terrenal. Las calles llenas de taxis y de gente se iban oscureciendo poco a poco, e iban reluciendo las luces de navidad en Gran Vía. Y ahí fue donde por un momento estuvimos en el segundo lugar que he destacado por importancia al principio de esta entrada: Re-read.

Como su nombre bien indica, no se trata de una tienda oficial del FC Barcelona. Y si lo fuera, me temo que al club le queda tan poquito dinero que tendrían que cerrar por vacaciones durante un tiempo. Dejándonos de meter con el Barça, que suficiente tienen con jugar la Europa League (y haber quedado eliminados, que esto está escrito en enero), Re-Read es una librería de segunda mano donde cualquier lector sería feliz durante el rato en el que esté en la tienda. No solo por la cantidad de libros que uno puede encontrar en cualquiera de sus estanterías, sino por la calidad de ellos y la música de ambiente que a un friki del jazz le pone los pelos de punta (y otras cosas que mejor no comentamos). Para ser una tienda de segunda mano, todo estaba tan bien colocado y organizado que me podía recordar a mis paseos con Luna por La Central, en los que cada uno iba a su aire y nos perdíamos entre los pasillos repletos de títulos y nuevos autores que te apetecía descubrir. 

        Me habría podido llevar 1000 libros (por poder), pero la maleta no era mía y había que economizar peso. Yo me llevaba 6 y Ada otros 5. La competición entre los amigos había empezado. A ver quién se llevaba los mejores, aunque hay que decir que todos los que cogimos eran para cada uno, los mejores. Al ser fans de Harry Potter hubo uno que levantó ciertas ampollas en el grupo: ese no era otro que el de Historia de Quidditch, el cual encontré en un montoncito de libros enano. Sé que no me desearon ningún mal, pero en el fondo sé que querían que a mi libro le faltara alguna página -os aviso ya de que no ha pasado-. De allí salimos cargados y felices, listos para otra noche de fiesta, donde tras un momento de duda accedimos a pagar 20€ para entrar en una discoteca, y sin copa. Sí chicos, sí. Sin copa. Una mierda, pero bueno, dicen que una vez al año no hace daño, y esa fue la última de un 2021 que iba a quedar grabado en nuestras retinas de una forma u otra. 

Leer libros y comprar libros son dos actividades totalmente distintas. Ir a Barcelona y vivir Barcelona también. Yo me quedo con la segunda. Más apasionante y divertida. Diferente y con muchas sensaciones. Multicultural y cosmopolita. Leer blogs y leer el mío, eso sí son dos actividades totalmente distintas. Os recomiendo la segunda, más que nada porque así tengo que escribir otra entrada y me entretengo.

Y ahora, hacemos un punto y aparte, hasta la siguiente entrada. Gracias, como siempre. 


12 de mayo de 2022

Tic, tac. 40 días han pasado.

¿Os acordáis de la última entrada que escribí en este blog? Ha pasado más de un mes, y en este mes muchas cosas han pasado. Tal vez no tantas. Alcaraz ha ganado sus primeros Masters 1000, la inflación ha seguido subiendo, la guerra en Ucrania avanza ante la pasividad del mundo, nadie está a gusto con el poder de España… Tal vez no pasen tantas cosas. Lo único que sigue su curso de forma imparable es el tiempo. Esos segundos que para algunos son un mundo y para otros una miseria. Tic, tac, decía Pedrerol. Tic, tac suena en nuestro reloj. Aunque sea imposible parar ese sonido que confirma que ha pasado un segundo más de nuestra vida, hay veces que desearía pararlo todo y congelarme en los momentos que hemos vivido. 
 
        Tic. Pararía el tiempo justo en el día en el que escribí la anterior entrada. Oh, Paris. Oh, bendita ciudad que te encandila con el simple hecho de estar. De ser. Esos árboles, que en ese preciso instante florecían de purpúreos y alegres colores, nos recordaban que hay momentos que más vale disfrutarlos en vez de capturarlos. No tengo casi fotos de esos días. Tal vez por que no se necesitan fotos de los momentos que se quedan grabados en nuestra mente. Tal vez porque París seguirá allí muchos años más. Perpetua. Invariable. Desafiando a esos segundos que intentamos parar, como si no pasaran para ella. Si tengo que escoger el momento perfecto para visitar la ciudad, seguramente me quedaría en ese: ese momento de cielo azul que poco a poco va dejando su espacio a un cielo anaranjado con el que cerrar el día; esos paseos en los que observas los tejados “a la mansarda” de color gris en el que imaginas a un bohemio escribiendo su novela; ese camino desde el Arco de Triunfo a la Concorde guiado por sus altos árboles perfectamente cortados; esos momentos en los que paras en una cafetería al borde de la calzada para tomarte un café o unas patatas; todas las creperías del barrio Latino en las que parar después de visitar la Shakespeare & Company y todos esos monumentos a la vuelta de la esquina que nos quedan por visitar. No hay rincón sin encanto. O, puede ser, no quisimos verlo. La noche acaecía sobre cada una de sus calles, y no se nos ocurría otro plan que visitar la Torre Eiffel y su espectáculo de luces. Puede que pasen los años, y sin duda, pasarán, pero esos días en París quedarán para ti y para mí, guardados. Volveremos, Cris, sin duda. Esos crêpes de Trocadero no se van a quedar sin ser probados de nuevo. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo en ese momento en el que Rodrygo marcó el 2-1 contra el todopoderoso City y nos paró el corazón a todos los madridistas. Mira que este año no vamos exentos de sustos. Aunque tampoco de milagros. El PSG, Chelsea, o Sevilla en liga, habían sido testigos de algunas de las remontadas más increíbles que habíamos vivido en los últimos años. Y lo decimos algunos que hemos visto ganar una Champions en el minuto 93. Pero lo de ese día, hace dos semanas, era impensable. Imposible. No iba a ocurrir, pensábamos todos. O sí. Tenías esa pequeña esperanza guardada que abría la posibilidad al enésimo milagro de esta temporada. Y ocurrió. Después de un partido en el que el paso de los minutos iba cavando nuestra propia tumba, con un City lanzado al ataque y un Madrid salvado por Mendy y Courtois en la misma línea de gol, aparecieron los nuevos para salvarnos una vez más y demostrar que esta competición es la nuestra. Tampoco quiero decir mucho más porque esta entrada no se trata de una crónica deportiva, pero si tuviera que parar el tiempo, este sería uno de los momentos en los que lo pararía. Ese minuto en el que todo cambió. En el que el Bernabéu sonó más fuerte que nunca. En el que nos ganamos nuestro billete a París, mira que casualidad. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo finalmente el día 24 de abril. ¿Por qué? Tras una larga temporada entrenando por primera (segunda) vez con el club en el que me crie, jugamos nuestro último partido en casa. Recuerdo el momento de la última charla. Del último calentamiento. El último salto inicial. La última falta apuntada. Y también, la última victoria. Ha costado, y no hemos conseguido nuestro objetivo, pero lo hemos dado todo. Nos hemos dejado la piel en cada uno de los encuentros en los que nos ha tocado sufrir, o bien, la gran calidad de nuestros rivales, o bien, la intranquilidad de vernos 20 arriba y pensar que, un día más, íbamos a perder. No ha habido un partido tranquilo. Nuestro carácter no nos lo permitía. Pero al final hemos ganado 6, y nos hemos colocado a media tabla, algo que a principio de temporada nadie se imaginaba. Me quedo con el esfuerzo de todos y orgulloso, y que, a pesar de yo ser un simple novato delegado, me lo he pasado como nunca en un banquillo que voy a extrañar cuando no lo pise. Me quedo con haber jubilado a nuestro entrenador tras más de media vida dedicada al club con una última victoria; no hemos podido regalarle todas las que queríamos, ni la 2ª plaza de Menorca, pero nos llevamos un amigo para muchos años más, aunque raje de nosotros a pleno pulmón de vez en cuando. Tac. 
 
Tic, tac. Vuelven a pasar los segundos. Como veis, el tiempo pasa volando. Y sólo han pasado 40 días. Aunque si lo pensamos bien, 40 días no son nada. Pero también lo son todo. Espero veros pronto, tengo algo que contaros de Barcelona que hace mucho tengo guardado y mis amigos ya me lo están reclamando. Cuidaros, y nos vemos en la próxima. Tic, tac.