23 de enero de 2023

Soledad. Y buena compañía.

Pasado Riduerta encontraron un carro que hacía la misma ruta que ellos, y Matias, con ánimo de ahorrar aliento, preguntó al carretero si querría llevarles hasta las cañadas de la montaña. Así empezaba Víctor Català su Soledad, al que rindo homenaje hoy con esta entrada. Hoy no estábamos en Riduerta, ni había un carro que nos pudiera llevar de vuelta a nuestro coche, pero lo habríamos deseado con toda nuestra alma. 

        Hoy se ha levantado el día frío. Frío congelador del que no deja sacar las manos de los bolsillos. Frío del que te obliga a ponerte varias capas térmicas para no morir de hipotermia. Menos mal que ha llegado ese momento. Parecía que no íbamos a poder disfrutar de él este año. Pero ha llegado, y con fuerza. La misma que nos ha empujado a nosotros un buen domingo para ir de excursión a las afueras de Madrid, concretamente al río Guadalix. 

A las 11 habíamos aparcado el coche y empezábamos nuestra ruta. Por si alguien tiene curiosidad, mis compañeros de excursión de hoy han sido mis dos compañeros del trabajo que viven en Madrid y me llevan a Alovera. Mis padres madrileños. Bueno, argentinos. Sin ellos, seguramente, no podría trabajar donde trabajo. Y les debo mucho. Aparte de gasolina. Después de muchos trayectos y horas juntos, esos nervios con los que los conocí el primer día se han convertido en risas y confianza que uno agradece al pasar tanto tiempo con alguna persona. Si no, el trabajo se puede convertir en esas 8 horas que deseas que pasen para cobrar una nómina al final de mes. Con ellos siempre pasan mejor. Hasta uno tiene ganas de ir. 

        Llevábamos nuestros mejores atuendos, y todo preparado: agua, un bocadillo, la cámara, un libro -siempre hay que ir preparado por si acaso-, la chaqueta, las zapatillas y las gafas de sol. Gorro no tenía. Una pena. Habría ido increíblemente bien. El camino transcurría a continuación del río, y los momentos en los que más se separaba uno, lo podías seguir escuchando unos metros más allá. Verde por todos lados. Árboles que mi padre seguro identificaría. Yo no, la verdad. Algo debe tener ser graduado en Ingeniería Agrícola. Deformación profesional. Tras unos minutos caminados, encontramos la primera cascada que veríamos en la ruta. Tenía su encanto. Era pequeña, coqueta, brillaba con una luz especial, llena de verdes… Era la foto perfecta. Me había llevado la Polaroid por un momento como este. Saco la máquina, me la pongo en el ojo, la enciendo, y… sin batería. Perfecto. Lo mejor que podía pasar, y a principio de la excursión. Me dejé llevar tanto en lo analógico, que no fui a caer que necesitaba cargar la batería desde la última vez que la utilicé. Al menos tenía el móvil. 

Proseguimos el camino junto a un grupo de amigos y su perro llamado Toto. Toto, hoy vas a dormir para dos días. Madre mía, cómo corría el perro. De atrás, adelante, otra vez atrás, y así continuamente. Lo ha dado todo en todo momento, incluso en el agua, sin un respiro. Al final ha sido uno más en nuestra excursión. Tras un rato buscando a Toto, hemos llegado a las cascadas del Hervidero. Más imponentes que la primera, pero no tan naturales, a mi gusto. Natural, de naturaleza, porque la primera tenía una roca recta más artificial que el bótox del que hablaron en la oficina. Había mucha más roca, más altura, e impresionaban mucho. Nos subimos a la cima de donde caía el agua para disfrutar de las vistas, y para comprobar cómo el frío dejaba helada el agua que se encharcaba al no caer hacía el “laguito”. Las placas que se formaban podían ser tranquilamente del tamaño del torso de una persona, pero poner el pie y romperlo era hasta relajante. Ese “crec” que se escuchaba. Como romper individualmente el papel de burbujas. Relajante. 

        Más tarde, para seguir el recorrido del río, hemos tenido tiempo para perdernos entre un campo donde iban apareciendo vacas de debajo de las piedras. El caminito para personas que pensábamos que existía era en realidad cacas de vaca pisadas por ellas mismas, y seco. Cuando ya hemos visto uno que tenía cuernos, hemos creído que era buen momento de volver al camino correcto. Un rato después, ya hemos puesto rumbo al Azud del Mesto. Por un momento hemos pensado en llegar a Pedrezuela, un pueblo de ahí al lado. Si había un Burger, ese era nuestro objetivo. Al ver que no había nada, hemos parado y nos hemos comido nuestro bocadillo de jamón. Muy aceitoso me lo hice. Eso de no tener dispensador se notó. 

Una vez hemos comido, hemos emprendido el camino de vuelta, por un trozo mucho más cómodo de recorrer. La verdad que la ida, cómoda, lo que se dice cómoda, no ha sido. La vuelta sí, aunque el cansancio hacía mella y la hora y media de la ida ha parecido 5 minutos comparado con la vuelta. El coche ha sido un oasis en medio del desierto, y la ducha al llegar a casa, me ha devuelto a 36 grados la temperatura corporal. 

        Pasado Riduerta encontraron un carro que hacía la misma ruta que ellos, y Matias, con ánimo de ahorrar aliento, preguntó al carretero si querría llevarles hasta las cañadas de la montaña. Hoy no estábamos en Riduerta, pero San Agustín de Guadalix se debe parecer mucho más a Riduerta que a Madrid. Se debe parecer mucho más a Menorca, de lo que se parece a Madrid. Porque el río Guadalix y las cascadas del Hervidero han sido un pequeño locus amoenus donde relajarse del estrés cosmopolita y disfrutar de un domingo de calma y buena compañía para coger fuerzas para la semana. Ahora nos espera Oporto. Cris, prepara la maleta que en nada nos vamos. 

Gracias por leer hasta el final. Esta entrada se la dedico a Edu, que seguro que la ha leído hasta aquí, y me encanta que lo haga y me lo diga. Siempre podré aprender cosas nuevas, como que Alovera no es manchega. Con San Agustín de Guadalix lo he comprobado por si acaso. Nos vemos a la próxima. Gracias a todos, como siempre. 


13 de enero de 2023

2023, vamos a por ti.

Vuelvo a escribir. Creo que han pasado unos dos meses de la última vez. El trabajo, la universidad, el metro y muchas cosas más han impedido encontrar un momento. Un momento que he dedicado a mi chica, a quedar con mis amigos, a ver a mis padres, a pasear por Madrid o a leer. 

        Ha sido un año que ha tenido muchos momentos distintos. Una montaña rusa de aventuras, que no de emociones. Ha sido un año intenso, como una de esas colonias varoniles que no te abandona ni aunque dejes de ponértela. Todos tenemos una que nuestra pareja no soporta. Seguramente, intentara recordar todas las cosas importantes que han pasado me dejaría muchas, y es mejor que no lo haga, porque luego, una vez termine de escribir esto, me va a venir a la cabeza y aún me voy a sentir peor. 

Pero como cada año desde que empecé este blog, me gustaría hacer un resumen rápido de todas las cosas que hemos vivido, que no han sido pocas. Empecé el año en Jaén, pasando mi primera nochevieja lejos de mi familia. Por facetime sabe distinto, pero esa excursión a Cazorla el día después sirvió para calmar la resaca y disfrutar de un paisaje increíble con una muy buena compañía. Esa entrada la tenéis ya en el blog, por lo que yo os recomendaría leerla (por si se os ha olvidado, que seguro que la habéis leído ya). En el trabajo tuvimos la primera mudanza del año, y empezamos febrero en un nuevo local mucho más cómodo para el nivel de trabajo que teníamos. Pasamos de una oficinita de 6 metros cuadrados, a una planta aceptable para una empresa pequeña de Alaior (pequeña, pequeña… bueno, con potencial). 

        En abril volví a Paris, ciudad de la que me enamoré con Cris, llegando a ir a ver al PSG, club querido durante los primeros 6 meses del año por fichar a Messi, hasta su eliminación en Champions (qué temporada más bonita, por dios) y terminando el curso odiándolo (dichoso Mbappé). Volvimos a disfrutar de la Semana Santa, casi 3 años después de la última vez que pudimos hacerlo, esta vez ya, con todos los pasos, las procesiones y toda la parafernalia que montamos y queremos. 

Ya no volví a París, pero acompañé a uno de mis amigos a comprar un anillo de compromiso. Imaginad la cara que se me quedó al ser de las últimas cosas que pensaba que pasarían este año. Con el calor llegó la playa, llegó Fuengirola y empezaron las entrevistas para encontrar un trabajo en Madrid. Llevaba un par de meses tirando algún currículum, pero tampoco obtenía respuesta alguna. Mis amigos de la universidad se graduaron y yo sigo en tercero, pero ya nos queda nada y esto está chupao. Fui a Marbella por primera vez, tocamos en un montón de fiestas con la banda y volví a ver a mi abuela de Málaga. 

        Y llegaron las fiestas de Mahón, las últimas. Unas fiestas que recordaré porque en ellas se dio la llamada más importante seguramente de mi reciente vida. Yo estaba tocando y el móvil me vibró; sabía que serían ellos, y efectivamente, minutos después llegó el correo. Estaba dentro. Me iba a Madrid e iba a compartir ciudad con Cris después de 3 años en distancia. El cambio iba a ser grande, y despedirme de mis padres iba a ser lo más complicado. Y sigue costando cada vez que te vas. Aquí llegó la segunda mudanza del año. 

Llegué a Madrid y empecé a trabajar sin tener día de reflexión y acomodo. He aprendido a marchas forzadas y doy las gracias por la oportunidad que se me ha dado. Seré el más junior de la oficina, y soy muy junior, pero estas oportunidades a veces pasan una vez en la vida, y hay que darlo todo para que se mantenga el sueño el máximo posible. Es la mejor universidad que podría tener, aunque la real la tenga que estudiar en el coche yendo a trabajar. Volví a ver a mis amigos de allí después de dos años sin apenas verlos, y conocí a gente increíble gracias al carácter de estos, mis amigos, madrileños. 

        Y hoy escribo esto desde mi nuevo piso. Madrid me ha dado muchas cosas bonitas, pero el transporte hasta la oficina se lo quedó guardado para otros. La mía está en Alovera. Para el que no le suene, el pueblo fronterizo con la provincia de Guadalajara, pero por la parte de la Alcarria. Tras 3 meses he buscado un piso más cercano a mi transporte, y lo he encontrado. La zona es buena, la gente es guay, y el piso es grande. Tiene terraza, salón usable, y todo al alcance de la mano. Esperemos quedarnos mucho tiempo. 

Este ha sido un año de aprendizaje. De viajes, de lectura, de ocio, de música, de fiesta, de comidas, de nuevas experiencias, de nuevos compañeros, de nuevos retos, de empezar a ser independiente, de poner lavadoras, de limpiar el piso, de aprender a cocinar, de mudanzas, de fútbol, de baloncesto, de amistades, de familia, de pareja y de felicidad. Sobretodo, felicidad. Este año la vida me ha quitado alguna cosilla, pero me ha regalado muchas más buenas. Y eso es lo que realmente importa. Cuando uno es feliz, el resto no le importa una mierda. Es más importante saber que hay cosas por las que no podemos hacer nada e intentar disfrutar de las que sí podemos cambiar, que darle importancia y quejarnos por cosas ajenas y no disfrutar de las buenas que se nos ponen delante, aunque sean muy poco relevantes. Una vez te das cuenta de esto, aunque parezca muy míster wonderful, el resto es mucho más fácil -en mi cabeza sonaba mucho más sencillo, y lo he tenido que releer 3 veces-.

Y hasta aquí la entrada de hoy. La última entrada de 2022 -aunque sea la primera de 2023-. Un año que nos ha dejado muy buen sabor de boca. Por lo que, brindemos por otro año así, con salud, con trabajo, con amor, felicidad y que el siguiente sea, mínimo, como este, o mejor. 

Chin chin. 


4 de noviembre de 2022

¡Qué bonito volver a verte, Madrid!

Leo en el metro. Estudio en el coche. Trabajo en Guadalajara. Juego a baloncesto en Las Tablas. Vivo con un coreano, un italiano y un francés al que he visto una vez en un mes. Parece un chiste. Tengo un casero invisible. Tardo una hora y media en llegar a trabajar. No tengo espacio para mis libros, pero tengo una pantalla de 27 pulgadas. Cocino en mis ratos libres, y hago ejercicio por la mañana. Veo a mi novia siempre que puedo, y a mis amigos los fines de semana. Esta es mi vida en Madrid. Quien lea esto puede pensar que está siendo horrible, que debo querer volver a Menorca ya… Seguramente, si alguien del trabajo lo leyera, me estaría riñendo por haberme ido de mi querido paraíso del que ya han podido disfrutar de la sobrasada. Sin embargo, todo lo contrario. 

        Llevo poco más de un mes en la capital. 40 días. Como Jesús en el desierto. Aunque yo tengo un metro que me lleva a todos lados (menos a trabajar, sí), y comida siempre que mi cuerpo lo necesite. En estos 40 días me ha dado tiempo a muchas cosas. He visto al Madrid en el Bernabéu, al Madrid de baloncesto en el Wizink -dos veces-; he probado las empanadas argentinas y los alfajores originales traídos casi de la misma base del Perito; he visto salir el sol a través de la ventanilla del coche y un montón de accidentes al volver a casa; he visto a famosos por la calle y he ido al cine con mi novia; he comido en sitios nuevos y he vuelto a mis clásicos favoritos; he descubierto nuevas paradas de metro, nuevas zonas, y mucha gente. He tenido una boda en Menorca y su correspondiente despedida. He ido al Rastro, a las Torres Kio, al Barrio de la Concepción, he recorrido la M-30 subido en una moto y hasta me paseo por las Tablas dos veces a la semana. 

Si tuviera que elegir mi lugar favorito de esta etapa, sería el metro. Sí, el metro. Suele sorprenderme el hecho de entrar de día y salir de noche, o estos días, al contrario. El cambio de hora nos ha hecho un poco de daño. Aunque a mi esto de que sea de noche a las 18 me gusta -fusiladme, que no siento el dolor-. He renovado el bono dos veces, y esto de que cueste 10€ me gusta de cada vez más. Qué pena que dure hasta diciembre, o eso dicen… A ver si pasa como con la mascarilla y se olvidan de cambiar la norma. Ver las caras de toda esa gente a las 7 de la mañana, deseando que pase su jornada laboral, solo anima un poco más. Menos mal que llevo ya un café encima. 

        En estos 40 días en el desierto he vuelto a tener esa sensación de vivir en el sitio más bonito del mundo. De mi mundo. Ese lugar idealizado con arena blanca en el que cualquier rincón, por muy pintarrajeado que esté, es de los que recuerdas mucho tiempo con una sonrisa en la cara. Evidentemente hay sitios feos con ganas, y personas feas también, pero tampoco se lo decimos a la cara, y menos en un blog. Así que con Madrid igual. Madrid tiene un no sé qué que te envenena, tiene un qué sé yo que te entra por las venas, te enamora, te ciega los ojos y no te deja ver más. Puedes ir a cualquier otro sitio, que, como el encanto de Malasaña, La Latina, Chamberí o el mismísimo barrio de Recoletos, nada vas a encontrar. No hablo ni del Prado, el Reina o el barrio Salamanca. Una persona solo necesita pasearse por cualquiera de sus calles para darse cuenta de que ha encontrado la ciudad ideal. Una ciudad que te acoge con los brazos abiertos, igual que su gente. 

Siempre recordaré las palabras que me decían antes de venirme por primera vez: los madrileños son gente bastante arisca. ¿Arisca? O he tenido mucha suerte o he caído muy bien. Eso seguro que es gracias a mis padres. Creo que me he juntado con más personas diferentes en 4 semanas que en 2 años en Menorca. También puede ser culpa mía esto último (y tengo suerte de mis amigos), pero es algo diferente. Tal vez no volverás a ver a ninguna de esas personas, pero te invitan. Y vente a tomar unas cerves. Y vamos al Rastro. Y hoy salimos de fiesta. Y hoy nos quedamos a cenar aquí. Y hoy porqué no vamos a tomarnos un café y hablamos. Lo bueno es que hay tantas cosas por escoger a tan distintas horas, que, aunque llegues a las 20 a Madrid, vas a encontrar algún plan por hacer. Pero os recomiendo que no decidáis ir a La casa encendida, porque vaya mierda de exposición. 

        En estos 40 días me he aficionado a la música clásica. Gracias Roger y tu Piú classico. A los clásicos de la literatura. A Lorca. A Joyce. A una buena cerveza al sol. A un buen par de cafés por la mañana. A una pachanga en el parque. Al reggaeton en el coche a las 8 de la mañana. A las formaciones a las 9. A teletrabajar en casa y levantarme 20 minutos antes. Este año me faltan mis vinilos. Eso sí, la librería en mi futura casa ya está negociada. Y también he descubierto muchas cosas; a guardar las llaves y el móvil volviendo de fiesta. A que hay pocas personas que dan las gracias a los camareros cuando te traen un café. A que hay que pedir ayuda cuando uno lo necesita. A guardar los documentos importantes correctamente. Y a que cuántos más amigos tengas, mejor será tu vida. 

Leo en el metro. Estudio en el coche. Trabajo en Guadalajara. Juego a baloncesto en Las Tablas. Vivo con un coreano, un italiano y un francés al que he visto una vez en un mes. Parece un chiste. Tengo un casero invisible. Tardo una hora y media en llegar a trabajar. No tengo espacio para mis libros, pero tengo una pantalla de 27 pulgadas. Cocino en mis ratos libres, y hago ejercicio por la mañana. Veo a mi novia siempre que puedo, y a mis amigos los fines de semana. Esta es mi vida en Madrid, y si tuviera que volver a elegir, la elegiría cien mil veces más. 


22 de septiembre de 2022

Nuevos comienzos

Hoy se cierra un ciclo. Dos años después, estoy a un vuelo de volver a Madrid. Dos años de carrera y de trabajo después, vuelvo a la capital como una persona nueva. Vuelvo a mi ciudad ideal, para lo bueno y para lo malo, con un contexto totalmente distinto a la vez que me fui. Corría marzo del 2020 y los estudiantes escapamos de donde fuera que estuviéramos para volver a nuestras casas con nuestra familia.

        En ese momento no era posible volver a Madrid y mi vida se dio la vuelta completamente. Dejaba una residencia, una carrera, unos amigos y muchas experiencias para volver a mi casa, con mis padres y una pandemia de por medio. El cambio de carrera era necesario, y buscar un trabajo, prioritario. Allí apareció Icono, la empresa que me lo ha dado todo durante estos dos años y con la que he aprendido todo lo que sé ahora de trabajar. Me ha enseñado a ir de p*** culo y seguir al 100%; de tener problemas y tener que solucionarlos al momento; de tener las cosas listas para ayer y de ir siempre un paso por delante de lo que la gente espera. Ha habido momentos mejores, y algún momento no tan bueno, pero así es la vida. Y esta era la vida que me tocaba vivir.

No tenía que pagar piso, y la mayoría de mis amigos estaban estudiando fuera. Entonces, ya os lo digo yo, el primer año me cerré en mi mismo. Error fatal. Salir, salí poco o nada, y para lo único que salía era para ir a trabajar. Un gran plan, evidentemente. El segundo año surgió la posibilidad de entrenar con el Alcazar, club donde jugué varios años de pequeño. Ahí empecé ya a ser otra persona. Hacer ejercicio siempre ayuda, liberas no sé qué de dopamina o alguna de estas otras que termina con nina, fina… que dicen que ayuda al estrés y ansiedad. Y tanto que ayuda porque seguramente es el mejor cambio que he tenido desde la pandemia. Aunque si tengo que escoger, me quedo con poder hacer cosas con gente. El hombre es un animal social. Nunca me cansaré de repetirlo. Y allí conocí a un grupo de gente que me acogió de la mejor manera posible. Borrachos pero buenos muchachos. Ese es nuestro nombre de grupo, y creo que no los puede reflejar mejor, aunque ese “borrachos” ahora haya pasado a con pareja y trabajando, pero buenos muchachos. Os adoro, y me habéis dado la vida. La vida cambia, y sois el perfecto ejemplo de que a veces, es para mejor. Todo lo bueno que os pase, será alegría mía, y eso es lo mejor que podemos tener.

        Estos dos años me dieron también mucha lectura. Muchos libros que han pasado por mis manos, y algunos que me he leído en menos de 24 horas. A ese punto llegó mi locura por la lectura. Sigo leyendo, mucho. El gran cambio fue cuando antes de dormir pasé de ver una serie a leer, y mis ojos agradecieron el no tener que ver una pantalla una hora más de su día. Ahora me toca decidir qué libros me quiero llevar a Madrid, y no está siendo una tarea nada fácil. Ellos tampoco ayudan. Sé que cuando llegue, Patri me llevará a una tienda de estas de segunda mano, y caerán 3 o 4 más, o sea que tampoco me preocupo.

Dejo para el final, las personas más importantes para mi: Cristina y mi familia. Familia todos, al fin y al cabo. Estos dos años me han dado 730 días con mis padres y mi hermano. Y qué 730 días más bonitos. Con todos sus segundos. Ha habido momentos que han sido más duros, pero han sido tan pocos que no merece ni la pena tenerlos en cuenta. Me habéis dado un amor, como siempre, y nos habéis cuidado como si siguiéramos teniendo esos 4 años que a mamá le gustaría que tuviéramos. El teletrabajo ayudará a venir más de lo que os pensáis. Y yo agradeceré siempre tener esa cama y la comida a punto. Roger, tú prepara el Fifa, que en nada vuelvo a estar allí y hay un equipo que subir a 2ª división.

        Cristina, ahora me dirijo a ti. 3 años de relación que se han basado en mucho Facetime, fines de semana que hemos aprovechado para vernos, y veranos que se han hecho felizmente eternos con la playa y el sol como acompañantes. Por fin podemos decir que vamos a vivir como una pareja normal. Por muy poco normales que seamos tú y yo. ¿Quién iba a decir que una jiennense y un menorquín iban a durar teniendo los 3 primeros años a distancia? Nadie. Menos tú y yo. Pasará lo que tenga que pasar en el futuro, pero al menos habremos tenido la oportunidad de seguir esto en la misma ciudad, y ya te digo, que si hemos pasado todo lo que hemos pasado, esto tiene que ser pan comido.

Cierro así un resumen de estos dos años que tienen 1000 veces más luces que sombras. Empieza una nueva vida, que va a ser igual o más bonita que la que he tenido hasta ahora. Solo tengo que acostumbrarme a la idea de que no vuelvo en junio a final de curso, sino que empieza una nueva vida en Madrid. Os mantendré informados -cuando tenga escritorio en mi piso-. Muchas gracias por seguir aquí leyendo esta entrada. Solo tengo que acostumbrarme a la idea de que no vuelvo en junio a final de curso, sino que empieza una nueva vida en Madrid. Solo tengo que acostumbrarme a la idea… Ay, qué raro va a ser. Y encima con La gent que estimo sonando en Spotify. Me cago en… ¡así no se puede!

11 de septiembre de 2022

Festes de Gràcia, que alegres són.

Y llegaron a su fin. Fueron breves, pero intensas. Tan intensas que uno no se da cuenta de que el tiempo va pasando. Y 3 años han pasado desde que pudimos disfrutar de nuestras últimas fiestas. Una pandemia, un volcán, una guerra y la muerte de una reina han sucedido en todo este tiempo, y las ganas de fiestas han ido en aumento desde la primera cancelación en 2020. 

        Cada verano la isla se llena de turistas y de fiesta. Cada fin de semana podemos disfrutar de dos días en los que se mezcla buena compañía, caballos, alcohol, música, y comida. Mucha comida. Empieza el verano con las fiestas de Sant Joan, a las cuales hace tiempo que no voy, y a partir de ahí se van sucediendo: Es Mercadal, Alaior, Fornells, Ferreries… Todos y cada uno de los pueblos de la pequeña isla en la que vivimos tiene las suyas y toda la gente se traslada para poder vivir dos días de “bulla” en los que sabes cómo empiezas, pero no cómo terminas. 

Para mi ha sido un verano de mucha música. Bodas con Bon Ball Tenim donde tocar Quevedo y Rosalía se vuelve normal, pasacalles con la banda, conciertos, ensayos, pregones y dianas. He pasado más tiempo tocando que en la playa, sudando más que tomando cervezas en un chiringuito, pero esta es otra forma de disfrutar, y es la manera en la que disfruto yo desde que tengo 8 años y empecé con la banda. 

        Este año era mi decimocuarto cumpleaños con la banda, y mi sentimiento es el de un veterano curtido en cientos de batallas. Mil aún no. Era ver las caras de mis compañeros, muchos de los cuales eran de sus primeras fiestas que tocan, y se notaban esos nervios, las ganas de quedar bien, el cansancio de las primeras veces y la inexperiencia. Eso sí, sin ellos no habría fiestas. 

11.30h. Miércoles. Primeros acordes de El Gato Montés con Bon Ball Tenim frente a varios centenares de personas siguiéndonos al fin del mundo. ¡Lo que hemos conseguido en estos años es una locura! Quién iba a imaginar que en un día nos contactarían para 4 bodas y habría cientos y cientos de personas que nos seguirían en cualquiera de nuestras salidas. 3 horas después y varios litros de agua menos, llegábamos al final con la ilusión por las nubes y ganas de seguir la fiesta. 

16.15h. Mascletá terminá’ y la banda colocá’ y a empezar un pasacalles que se hace eterno. Aún con la comida en la boca casi y el sol dando de pleno, gigantes y bandas pasamos por las calles del pueblo para empezar una fiesta que solo acababa de dar su pistoletazo de salida. 

20.30h. Con un descanso de 45 minutos, poca cosa puede hacer uno. Un “mos” que decimos en Menorca, un par de vasos de agua y recoger las cosas para ir a tocar al Jaleo. Un poquito de colonia para oler mejor, y un poquito de hielo para el labio. Hasta 4 horas más tarde no íbamos a bajar del escenario. A las 00.30h, unos van volando, y nosotros nos vamos muriendo. Muriendo por sacar la pomada (Gin Xoriguer-limón) de la nevera y empezar la fiesta que la gente lleva disfrutando desde las 18.

6.00h. Jueves. Tras una verbena con amigos que este año me han acompañado todo el verano en esta odisea musical, es hora de irse a la cama. Sudando como un pollo -qué raro- y cayendo a plomo en la cama. Pero no has cerrado los ojos, y casi estás durmiendo. 

9.00h. Instrumento montado y gafas de sol puestas, empieza un pasacalle que siempre se habría podido ahorrar. Se cobra igual, y es lo único bueno que tiene, pero a veces no sé si compensa las horas que dejas de dormir. Tras varias canciones y chistes entre nosotros, tu cuerpo se va animando y ya no tienes la sensación de haber dormido solo 2 horas. Solo sabes que no has dormido, y que te importa nada.

12.30h. Tras una llamada inesperada, pero esperadísima durante meses, nos volvíamos a preparar para otro jaleo. Primera vez que tocábamos el día 8. Mi primera vez. Y los nervios volvían aparecer, más después de la última noche. La gente que te conocía te decía: ¿otra vez estás por aquí? ¿No estás muerto? Mi respuesta fue “naah, si ahora queda lo más corto”. Qué vacilón. ¿Lo más corto? 5 horitas de tocar a mi no me parecen cortas, pero en ese momento no te paras a pensar en nada. Tocas. Intentas disfrutar. Y te olvidas de todo. Al menos me olvidé de que en las últimas 24 horas había tocado 17. El labio lo tenía hinchado y con algún corte interior, pero veía esa gente ahí disfrutando y tú intentabas dar todo lo que te quedaba para terminar de la mejor forma posible. 

18.00h. Bajamos del escenario y la gente iba a seguir de fiesta un rato más. Sin embargo, mis fuerzas eran las de un espagueti cocido que poco a poco se va cayendo en la olla. Más blanco de lo normal, llegué a casa, donde me esperaba una comida que sabe a merienda. El bocadillo de “pop amb ceba” en el jaleo había sido bueno, pero las albóndigas de mi madre a las 18.30 de la tarde supera a cualquier otra cosa. 

        Terminamos el día saliendo de casa al final, en dirección a uno de los últimos actos de las fiestas. A uno de los últimos actos del verano. El cierre de todo. Las “corregudes” y el “darrer toc” indicaron que el verano se iba terminando. Y esta entrada, también. Han sido días intensos, de algún modo, de despedida, con muchos sentimientos encontrados, recuerdos de muchos años subiendo a ese escenario, tocando por las calles, y disfrutando de la gente que te importa y te apoya cada día. Gracias a todos por estar. 

Y gracias a todos por leer. Bones Festes de Gràcia. Fins l’any que ve, si Déu vol.