11 de junio de 2023

Pérgamo. Ciudadela de libros.

Empiezan a doler los pies. Las llagas aparecen y el calor aprieta. Estos factores solo me indican que llega el verano. Y que me he comprado sandalias nuevas. Y no solo lo digo yo. Mirad vuestra aplicación del tiempo y podréis confirmarlo -lo del tiempo digo-. El sonido de los pájaros no cesa, y el baño de la luz solar nos seduce hasta pasadas las nueve y media de la noche. Hoy es domingo, y termina una semana larga. Mi compañera de fatigas en el trabajo ha estado de vacaciones y eso siempre se nota. Ya le tocaba. A mi en un mes. 

        Por ese motivo, este fin de semana ha sido de exploración interior. Un sábado con Cris, donde terminamos prácticas de la universidad -nos queda nada ya- y salimos a tomar una cerveza. Qué bien se está en una terraza. Esa espuma de una doble fresquita que roza tus labios. Esas bravas que te dan de tapa. El ruido de la calle, de la gente, de la vida. Un beso, una caricia, o incluso un chiste. Si es mío, malo es. Ese azul del cielo y el verde de los árboles. Acacias creo. Papá, ayúdame. 

Todo esto contrasta con este día de hoy. No por el tiempo, que sigue siendo espléndido, sino por la compañía. Hay veces que uno está solo, y con el tiempo aprende a pasárselo bien. Me he levantado en la cama de Cris, extrañamente tarde, y más siendo una cama de 1,05. Ya nos queda poco. Después del desayuno, ella quedaba con sus padres, y yo he aprovechado las horitas que quedaban de fin de semana. Ya sin prácticas por hacer y con un día restante de Feria del Libro, había dos piezas de puzle que juntar. ¿Por qué no?

        El Retiro está precioso en esta época -¿y cuándo no?-, pero hoy brillaba especialmente. El lago lleno de barcas, gente en todos los rincones, hasta una banda de música interpretando los mejores temas del cine. Gente haciendo yoga, parejas paseando de la mano, abuelos con sus nietos en un banco, y grupos de amigos tomando una cerveza. El día se prestaba a eso. Yo iba a tiro fijo, con Chopin sonando en mis auriculares, en dirección a mi puesto favorito. Éramos una marea de gente andando hacia el mismo sitio, aunque algunos se han parado en otras casetas. La mía era la 145. Pérgamo. Reabierta hace menos de un año, esta es la librería más antigua de Madrid. Situada en pleno barrio Salamanca, y estos días, por duplicado en el parque del Retiro. No quiero hacer una crónica de periódico semanal, no es mi estilo. El mercado a veces pide entender el contexto, la actualidad. Pérgamo es la actualidad. Pérgamo es lo que hace que las librerías sigan existiendo. Y con ella, sus libreros. No hay nada más placentero que plantarte delante de 200 títulos, y que alguien te vaya guiando en el proceso de elección. Lo hace Ikea, lo hace Apple, incluso Druni. ¿Por qué no una librería? 

Me acuerdo de cuando vine con mi madre la semana pasada. Un poquito más y nos pilla la lluvia. Nos situamos delante de esa caseta y justo hube tenido dos libros en mis manos, el librero ya sabía exactamente qué ofrecerme. Escritores centroeuropeos. Quizás centroamericanos. Precisamente, Joseph Roth, cuya obra he empezado hoy a leer, fue la primera recomendación que me hicieron. Tuve a Broch, a Ordine, incluso a Joyce en mis manos, pero bastó un primer contacto con la obra de Kafka lo que le hizo darse cuenta de qué estilo era al que había prestado más atención. Dos libros comprados más tarde, nos fuimos mi madre y yo en dirección a otras librerías. “¿Cómo lo sabía?”, preguntó mi madre. Eso es lo que diferencia una buena librería, de una librería común. Esa persona que está frente al peligro, con un vistazo de la situación, sabe perfectamente a qué cliente tiene que decirle algo, y a cuál no. Hubo otras personas a la vez, y solo nos dijeron algo a nosotros. ¿Casualidad? No, sin duda. 

        Una semana después, he decidido volver. Hoy solo. Pero con las mismas ganas, incluso más después del primer encuentro. Hoy me he decantado por otro tipo de autor. Tras leer "La utilidad de lo inútil", Ordine ha vuelto a caer en mis manos. A ver con qué nos sorprende esta vez. 

Hay gente que compra por portada, por argumento, por autor, incluso por recomendación. Cris me suele decir que compro por portada, por si me parece bonita o no. Corrijo. Yo compro más por edición que por portada. Puede tener la portada más bonita que si lo de dentro no es agradable, seguramente no me lo compre. Anagrama, Salamandra, o Editorial Tusquets son algunas de esas marcas a las que uno les presta más atención. Porque ya sé cómo son. Porque siempre tienen algo bueno. Y porque siempre me pueden sorprender. No significa eso que no compre otras ediciones, pero es verdad que algo de ellas me atrapa en cada una de sus líneas.

        Ya son las 18.15 y escribo esto en la mesa de mi habitación, con Ray Charles de fondo en el tocadiscos. Ya no hace tanto sol, y el calor ha remitido. El café me hace compañía. Leal escudero. Escribir esto me transmite paz, y aunque ya se vaya acercando el lunes, me queda la ilusión de que mañana recojo mi máquina de escribir. Un auto-regalo que hace tiempo me quería hacer. Si me faltaba algo en mi carné de “fuera de mi época”, seguramente esa fuera una de ellas. Poco más queda por decir. Poco más puedo aportar. 

P.D. Si necesitáis alguna recomendación de algún libro, escribidme a mi Instagram, @trombonistaalavista, y algo podremos conseguir, sin duda. Al menos, leeros mi entrada, que es un primer paso que os llevará por buen camino. Seguro. 


20 de mayo de 2023

Una banda de orgullo.

Por fin puedo escribir esto. Eso de tenerte a mi lado todo el rato complica mi función. Y creo que mis fans y queridos lectores hacía tiempo que querían leer algo en este, nuestro blog. Seguro que sí, campeón. Tengo un momentito, estás duchándote, así que no puedo alargarlo mucho. Esto tendría sentido si hubiera terminado de escribir el día que empecé, pero bueno. 

        Ha sido un fin de semana de emociones. Nervios. Agobios. Salidas a terminar ciertos retoques y algunos problemas técnicos. Por fin, tras 5 años de mucho estudio, te acompañamos a tu graduación. Lo digo en plural porque esa misma suerte la tuvieron tus padres y tus abuelas en décima fila, muy cerquita tuya, y un servidor destinado al gallinero de la sala. Esto de estar sin el aire en Granada un 13 de mayo me lo tendrán que explicar, porque yo no lo entiendo. Un crimen al nivel de decir el andén del tren 1 minuto antes de su salida.  

Recuerdo esa primera vez que nos conocimos, recién habiendo empezado segundo de carrera. Nos faltaba mucho por delante, y poco nos íbamos a imaginar que, debido a la pandemia, yo iba a dejar la carrera y tú ibas a vivir lo que has vivido estos últimos 3 años. No voy a hablar de la pandemia, porque suficiente lo hicieron tus profesores, y también, que sepas que este artículo no está escrito con ChatGPT. Más faltaría. 

        Han sido 5 años de tu vida, y 4 de la nuestra, en la que he podido ver como has superado todas y cada una de las asignaturas que iban pasando en tu calendario. Civil, Penal, Procesal, Penal II, Civil III, y muchas otras de las que no entiendo ni su nombre. He visto también cómo el año pasado conseguiste una plaza en la Universidad de Ciencias Políticas que más personajes ilustres ha tenido en sus pasillos, y una plaza en la Universidad de España que cualquiera que estudie Derecho quiere pisar. Esa plaza en la Carlos ha permitido que este año encontrara yo también trabajo en nuestra querida Madrid y viviéramos nuestro primer año juntos. 3 años y pico después de empezar no está nada mal. Nos lo queríamos tomar con calma. 

Han sido 5 años, 3 universidades, 2 países, en los que me has contado mil cosas de tu carrera. A veces pienso que me la estoy sacando a la vez. Esto me dura hasta me cuentas algo y veo que lo único que entiendo era la teoría filosófica de la política que estudiaste en segundo. Te he acompañado a Getafe, entré en tu sede de Granada, y a punto estuve de hacerlo en París. Qué bonitos fueron esos días en las preciosas calles de tu erasmus. 

        Como todas las parejas que han vivido un camino largo, hemos tenido nuestros distintos tramos. El tramo de nubes y amor color rosa del principio. Las dificultades de la distancia y de un Covid que nos hizo vernos muy poco. La burbuja del erasmus que mantuvimos sin que explotara. La alegría de volver a Madrid. El momento de la ilusión de vivir en el mismo sitio, y la estabilidad de una pareja de 3 años y pico que han pasado como si fueran 10 y a la vez 1. Me quedo con cada una de ellas, y repetiría todo el camino una y otra vez para volver a este momento. El momento en el que te veo en las escaleras del palacio de Congresos de Granada con tu banda naranja y roja que combina a la perfección con tu vestido. Ni que lo hubieras pensado. 

Ahora se te abren varios caminos por delante: el duro y aventurero camino de una oposición, o la profesional y cambiante senda de la empresa legal y allegados. Hay múltiples opciones, y muchas de ellas correctas. Como decía Aristóteles, la felicidad solo se encuentra de una forma: cuando eches la vista atrás y no te arrepientas de tu vida, el camino habrá valido la pena. Escojas lo que escojas, ahí voy a estar para acompañarte, porque a pesar de que a veces te escuche en mi “mundo” (cierto es que tú tienes muchas más cosas a contarme), la alegría y sobresaltos de tu vida, hace de la mía una más alegre y sorprendente. 

        A pesar de todo esto, te queda un último empujón. Esta banda que te han puesto no vale de nada sin el título. Como a mi con la L del examen de conducir y el suspenso posterior. Te queda un último esfuerzo, y sé que, en comparación al resto, esto estará chupado para ti. Mi jurista y politóloga. Estoy orgulloso de ti. 

Te quiero. 

P.D. Por fin tienes tu entrada en mi blog, como has querido todos estos años :)


8 de abril de 2023

El cor de la ciutat.

Compta amb mi en l’últim sospir de la nit. I en el primer alè del dia. Así nos recibe Barcelona. Así nos invita a visitarla. Como un sueño profundo del que uno prefiere no despertar. Barcelona se ilumina decía una canción. Y este fin de semana brilló para recordarnos una vez más, que pase el tiempo que pase, Barcelona seguirá siendo Barcelona. 

        El sábado amanecía soleado, sin una nube en el cielo. Esa sensación al rozar tierra en el avión. Ese cosquilleo al salir. En el aeropuerto me esperaba mi hermano, invitado de honor a la experiencia que íbamos a vivir al día siguiente. Parecía que hacía mucho que no nos veíamos, y apenas han pasado 2 semanas. Nuestro primer viaje. Había venido alguna vez a Madrid, pero no es lo mismo. Viajar es ese verbo que te transporta a cualquier lado. Literalmente. Esa acción que uno desea hacer siempre que el tiempo se lo permite. Ese acto de no ir a ningún lado e ir a todos los sitios. Diría que no conozco a nadie que no quiera viajar. 

Barcelona nos recibió de la mejor manera posible, aunque el sello del Aerobus nos salió caro en comparación a mi última vez. Será culpa de la guerra. Siempre le tendré un cariño especial a esta ciudad. Fue el primer sitio al que viajé con mis padres justo con 1 año, y aunque no recuerde nada de esa vez, recuerdo todas las siguientes. Recuerdo esas visitas al zoo, al Maremagnum. Esa visita al Camp Nou y la foto con la equipación del Barça. Los paseos por las Rambles, l’Estación de Francia, Passeig de Gràcia y mi Apple Store. Merendar en el Corte Inglés y visitar cada tienda de Portal de l’Àngel. 

        Hemos crecido, y ya no somos esos niños a los que les gustaba Ronaldinho. Yo iba con mi Polaroid colgada al cuello y mi hermano tenía la ilusión de hacer su primer viaje “solo”. Un coctel molotov bonito al que se añadía la estancia en un hostel con 3 británicos, un indio y un par de chicas más. Nada nuevo para mi. 

Empezó el día, y empezamos a andar. Ha sido un finde de andar mucho. Patearnos la ciudad de norte a sur. De este a oeste. Andar también te lleva a muchos sitios. Hablas, disfrutas la ciudad, su perfección geométrica, sus balcones de l’Eixample, sus taxis negros y amarillos, sus plataneros y sus adoquines florales en todas y cada una de sus calles. Una foto aquí, una foto allá. Recuerdos que veremos dentro de muchos años y nos harán sonreír. Esa foto con el turrón, en el restaurante japonés o dándole un beso a las patatas del Five Guys. La del Palau Blaugrana o el Parc de la Ciutadella. Esas fotos que nos contarán una historia que ya tendremos grabada en nuestra memoria. Nuestro primer viaje. Esa visita a la Sagrada Família y el New York Roll que nos comimos observando como dos abuelos esa iglesia que si no la más bonita, la más diferente del panorama europeo. Nos dejamos pocas cosas por hacer. Parc Güell, Tibidabo y Bunkers nos esperan para la próxima. Prometido. 

        Fue el fin de semana de la Kings League, esa competición que ha surgido de una idea loca, y seguramente se coma en breve a otras ligas perecederas, si todo sigue como hasta ahora.  Piqué, Ibai, DJ Mario… Recordaremos el Suuu que gritó cada persona en el campo, la llegada en Helicóptero, las batallas de gallos, el gol de Dorkis, el penalti de Adri, y los fuegos artificiales en la final. El himno del Barça mejor lo olvidamos. Si algo no se menciona, no tiene por qué haber pasado. Así y todo, no hubo nada que no dijeras: estamos viviendo una locura. Hasta nos dio el sol y nos pusimos morenos. Hay cosas que solo pasan una vez en la vida, y más vale aprovecharlas. Esta seguro fue una de ellas. 

Barcelona nos sedujo desde el primer momento. Con cada una de sus calles, con el mar de fondo, con esos bares en cada esquina y con esa luz que tanto la caracteriza. Lo dije una vez y lo repito. Hay pocas ciudades que te entran por la luz. Barcelona es una de ellas, sin duda. Esos rayos de sol que hacen que brille cada una de sus casas, que iluminan la montaña o que deslumbran calle Córcega a las 12 de la mañana, te atan de tal forma que es imposible no querer quedarte ahí. En el césped de la Ciutadella, en el banco de Montjuic o en un bar de la calle Roger de Llúria. 

        
Porque este viaje fue de recuerdos. Y lo recordaremos para mucho tiempo. Porque Barcelona es la ciudad que nos ha visto crecer a lo largo de los años. La ciudad a la que volveremos cuando necesitemos regresar a ese momento. El momento exacto en el que pareció que el tiempo volvía a 2015, y volvíamos a ser dos niños viajando con sus padres. Aunque esta vez, sin ellos. Repetiremos, eso seguro. Aunque pronto tendremos que hacer uno con ellos, que ya hace mucho que no vienen. 

Esta fue nuestra experiencia, y seguro que la de muchos más. Por eso os la dejo en este blog, para que viváis cada uno de nuestros movimientos. Porque ese día fueron nuestros, pero otro día fueron vuestros. Ahora, al menos, son de todos. Gracias por leer siempre este blog. Gracias por seguirnos. 


1 de marzo de 2023

Es(cultura) madrileña

Pedro de Mena. Corrado Giaquinto. Carlos IV. Juana de Augsburgo. Los Austrias y los borbones. Velázquez. Y muchos nombres más. Alguno no os sonará de nada (otros espero que sí), pero a mi, hasta este fin de semana, tampoco. ¿Y todo esto por qué? Como siempre, tengo inicios de entradas raros. Peculiares. Pero no por eso son malos. O eso espero. 

Este fin de semana han venido mis padres a Madrid, y no sabéis las ganas que tenía de verlos. Hacía dos meses que no los abrazaba, no me reía con ellos ni disfrutábamos del placer de comer juntos, y estos 3 días han servido para recargar pilas. Ezequiel y Daiana me dirán que ellos hace 2 años que no ven a los suyos, y yo sé de una que se habría muerto si nos pasa eso. 

Madrid es una ciudad que hemos visto ya mucho. Los rincones típicos nos los conocemos de pe a pa, y sin embargo, siempre descubrimos algo nuevo. La ciudad siempre te sorprende. Y esta, aún más. Había que buscar alicientes nuevos, motivos por los que seguir descubriendo, y lo hemos conseguido. 

El primer día le tocó a la Velázquez Tech. Exposición que se ha sumado a la moda de realizar un paseo inmersivo que te adentra en el mundo del autor y sus Meninas. Diego Velázquez (con el de Silva de por medio), nos enseñó el verdadero motivo de su cuadro y el porqué lo más importante somos nosotros. Foucalt decía que lo más important residía en su centro, en ese espejo en el que salen los reyes. Dalí decía que, si hubiera un incendio en el Prado, él salvaría el aire. El aire de la sala donde reside el retrato de la familia de Felipe IV -he tenido que buscarlo, porque había puesto la de Carlos IV, algo posterior perteneciente a Goya, para que veáis el lío de nombres-. Las meninas, seguramente, sea el cuadro más conocido de ningún pintor español, y hay que estar orgullosos. Un domingo por la mañana, con el sol reinando el cielo de Madrid, siempre es buen momento para entrar en esa sala, aunque sea en segunda fila, observar el marco, pensar en tus cosas, y despejar la cabeza. Aunque hayas visto mil veces ese cuadro, siempre merecerá la pena volver. Y volver. Y seguir volviendo a recordarlo. Aunque permanezca inerte, sin cambios. 

El segundo día le tocó el turno al Palacio Real. Realmente extraordinario. Tengo el vago recuerdo de ir cuando tenía 10 años. Ese verano en el que ganamos el Mundial. Una edad corta a la que ya te enteras de lo suficiente para reconocer la belleza de ese palacio, pero demasiado corta como para disfrutarlo todo. El sábado lo pudimos disfrutar, saborear, oler, sentir en cada una de sus salas. Mucho dinero en cada una de ellas, luz en sus galerías, y secretos que nunca viviremos. Siempre he pensado en qué haría yo si viviera ahí. La idea de correr en pelotas por el pasillo siempre me ha seducido, pero hace demasiado frío como para desear una neumonía. Coronas, soledad, cuadros y mil ojos mirándote creo que harían de mi estancia en palacio una severa penitencia. No me gustan los espacios grandes vacíos, y ese, la palabra grande se queda pequeña. Aunque me atrae la idea de tener 10 baños y probarlos todos. Algunos tenemos manías que no se pueden perder, ni tampoco explicar. De la visita me gustaría recordar, aparte de la gran explicación que nos hizo la guía -que fue un 10-, los huevos gordos de Carlos IV. Tan gordos que le llegaban al suelo paseando por la galería. Para los que hayan ido, recordarán que en la entrada principal hay una escalera, muy señorial, con una bóveda rellena de una pintura que seguramente valga más que yo toda mi vida. En un momento de su vida, le dijeron que tenía que cambiar de habitación por no sé qué motivo, y él, con toda su cara, dijo: yo no cambio nada. Me giráis las escaleras, y lo tenemos solucionado. Y este es el motivo por el que, al subir la escalera, el cuadro se ve del revés, y no como toca. Por los huevos del rey Carlos IV. No tuvo suficiente con perder todo lo que sus antepasados habían conquistado. 

Por la tarde fuimos a la exposición de Tutankhamon. Una experiencia multisensorial de la que recordaremos el laberinto, la sala de realidad virtual (y el mareo que cogimos volando por Egipto con un águila al lado) y la foto de papá con su recreación como faraón. No tiene desperdicio. Hay imágenes que no se olvidan, y esa es una de ellas.

Finalmente, el último día tocó una visita que teníamos pendiente desde hace mucho tiempo. Y cuando digo mucho, es mucho. 13 años. Desde ese verano del Mundial. La visita al Monasterio de las Descalzas Reales (fundado por Juana de Augsburgo, hija de Carlos V, que es anterior a Carlos IV) era algo que a mi madre le hacía mucha ilusión. Ver qué había dentro de ese edificio, los cuadros que guardaban, los jardines que tenían… La cuestión es que no llevábamos 5 minutos, y el niño de delante lo entendió a la perfección. Hizo lo que todos hubiéramos deseado. Fingir mareo y salir de ahí. Nada como tener 8 años. La pobre hermana no fue tan lista y se comió la visita entera. De ahí nos quedó claro que nadie se mete con la de seguridad, que las monjas del pasado debían ser muy bajitas y que todo hacía referencia a iconografía tradicional y a la contrarreforma. Esas dos palabras las iba soltando cada pocos minutos el guía sin venir a cuento. A parte, según él, los pintores del siglo XVII pintaban diferente a los del XV (menudo fenómeno historiador), ni mejor ni peor, pero que cuando querían, pintaban bien. Esto, según él, hacía que los cuadros de autores como Goya, que son menos precisos, no estuvieran tan bien como los del Bosco. Este guía tenía los mismos huevos que Carlos IV. La visita fue de 5 justito, pero lo que nos hemos reído los dos días restantes no tiene precio. 

Y, por cierto, no dejemos en el olvido la manía de muchos museos de: prohibido hacer fotos. Guapos, la tenéis subida a Internet… ¡Qué más te da que la haga sin flash con el móvil! Y encima, por que te pongas borde, no te voy a hacer más caso. Es que estás mirando el Whatsapp y ya te vienen con la frase, que parecen un disco rayado. Seguro que en su casa su marido les dice: buenos días, y ellos le responden con: perdona, no se puede hacer fotos. Siempre se tiene que hacer una así de escondidas para joder. Aunque sea un selfie y salga borrosa. Pero por joder, lo que sea. El claustro lo tengo en mi carrete. Que es de lo poco potable ahí adentro. Luego te vas a París y el Louvre lo puedes fotografiar como te de la gana. 

Han sido muchos nombres, de los que algunos recordaré su inicial, o simplemente borraré, pero ha valido la pena. Cuando dejemos de ser estudiantes, eso sí, se ha terminado visitar nada, porque madre mía, cómo han subido los precios… Termino recordando una cosa: no hay nada como ser niño. Ya lo sabéis, cuando no os guste algo, mareo y para casa. Si así veo más a mis padres, creo que lo puedo intentar. Aunque ya sabéis que mi casa está siempre abierta para vosotros, y para el que quiera (fuera de familia solo con cita previa). Al blog, estáis siempre invitados. Y yo agradecido. Agradecido de que mis padres estén conmigo en las buenas y no tan buenas, de que me quieran, ayuden y aconsejen. Agradecido de que Cris haya vuelto de Italia. Y agradecido de vosotros, por leerme. Por que siga escribiendo. Y porque esto me alegre las semanas como hasta ahora. 


11 de febrero de 2023

Cidade da luz. Cidade da musica.

Hay veces que la inspiración tarda en llegar. Se convierte en un ente escurridizo. Momentos de jet lag del que no se va ni en dos semanas. Hay gente que se va a la montaña, o al mar. Hay otros que se beben una copa (que ahora mismo no quiero ni oler). Yo me he sentado en la ventana. Algo tan simple como eso. En su pequeño alféizar con vistas a la calle, escuchando música de los vinilos nuevos que me compré. Nada como la séptima de Beethoven para volver a pulsar un teclado. 

        Esta entrada no es apta para nostálgicos, pero a mi me toca estar aquí, escribiendo, con una sonrisa de oreja a oreja, recordando esos momentos, esas analógicas, ese todo que vivimos hace ya un par de semanas en Oporto. Mi intención es dejar por escrito de la mejor manera, aunque sea una milésima parte de la felicidad que nos ha dejado en el cuerpo ese viaje. 

Es la primera vez que realizamos un viaje con Cris. Juntos. A un sitio que no sea Menorca o Málaga. Y tras tres años ya lo necesitábamos y nos lo habíamos ganado. No fue fácil, ya que con el trabajo y la universidad es complicado cuadrar fechas. Pero lo conseguimos, y vivir en Madrid tiene esa facilidad de encontrar vuelos a muchos sitios que nunca han aparecido en las pantallas del aeropuerto de Menorca. 

        No quiero hacer un simple diario y poneros en una lista todas las cosas que vimos. Seguramente me dejaría muchas, y a eso hay que sumarle todas las que no vimos. Aunque también os digo que la ciudad, muy grande, no es. Recuerdo la sensación al levantarnos el primer día y ver el río de color blanco. Teníamos el hotel a su lado, y toda esa zona, que era la de la Ribeira do Douro, estaba bañada por una niebla que vista desde la ventana parecía que flotabas por encima de las nubes. Tiré varias fotos, para recordarlo, pero creo que podrían pasar años, que esa estampa no se olvida. 

La luz es otro punto a tocar de la ciudad. Uno de los más importantes. Yo no he visto nunca una ciudad que brille tanto gracias a su luz. Madrid brilla con luz propia, pero tiene un tono más grisáceo, al igual que París. Menorca a veces es demasiado azul. Barcelona tiende a lo amarillo, pero Oporto estaba bañado de una luz de oro que hacía de la calle más estrecha y decadente, una calle bonita. Desde las 9 de la mañana hasta las 18, cada rincón tenía su encanto. Un tendedero en una venta con cuatro camisetas colgadas, el balcón de una casa corriente, o la fachada de la Sè. Una vez llegaba la noche, se apagaba el sol y daba paso a las luces del otro lado de la Ribeira, iluminando el cielo y creando un ambiente festivo en cada una de las calles. 

        La decadencia también está muy presente en la ciudad. Todo lo que tiene de bonito, lo tiene de viejo. Casas abandonadas sin un ápice de vida que le dan un toque misterioso. Ventanas con maderas para evitar a los okupas (¿o eso pasa más en España?). Paredes descalcificadas a la espera de un retoque tras muchos años sin ser arregladas por nadie. Tiendas, restaurantes que llevan sin abrir años, de los que parece que han tenido que huir y dejarlo todo a medio hacer. Digamos que ese decadentismo tenía su encanto.

Otro aspecto importante eran las baldosas. Tanto, que no me pude resistir a comprar uno como souvenir de la ciudad para mis padres. Verdes, amarillos, azules. Con flores, con figuras de ángeles, hasta con relieves de flores. Cada casa tenía el suyo. Su historia. Su presente. Y su futuro. Algunos más cuidados, y otros, como he dicho, reventados hasta el punto de estar troceados en la pared. Aguantándose la respiración para no caerse de ahí.

Y también la música. Seguramente el que más destacaba. En todos lados. De todos los tipos. Me sorprendió el primer día, y el último día, al llegar al aeropuerto, me faltaba ese ritmo, esa guitarra, esos acordes, ese saxofón, o cualquiera que pudieras pensar. Música pop, rock, heavy metal, jazz o bosa nova. No había género que se les resistiera. Y nada como hacer un amago de baile en frente del Monasterio de Serra do Pilar con el Hallelujah de fondo para recordarlo siempre. 

        Hay ciudades que no llaman la atención. Hay ciudades que no se llaman París, Londres o Nueva York, y puede parecer que no existen. Hay ciudades que están ahí, esperando su momento. Esperando a que alguien las descubra, las disfrute y las cuente a su gente. Porto es una de ellas. Porto es alegría. Porto es vino. Porto es luz, es tranquilidad, amor, fiesta, cuestas para arriba y para abajo, luz en cada rincón, sombras, comida, gaviotas, baldosas, pasteles de nata, francesinhas con patatas. Porto es la Sè, la iglesia del Carmen, la librería Lello, la Torre dos Clerigos, el puente de Don Luis, el palacio de la Bolsa, sus barcas en la Ribeira, su música, y sobretodo, felicidad. Porto es sinónimo de felicidad plena. La que tuvimos esos 3 días. 

No nos quedó nada por ver, pero yo repetiría. Repetiría por esa guitarrita tocando Desafinado. Por los besos en los pasos de peatones. Por todas las risas, por el desayuno, por las quejas de las cuestas, y por ti. Obrigado, Porto. Obrigado a todos por leerme.