30 de septiembre de 2021

Madridoterapia

¿Habéis sentido alguna vez esa sensación de estar en el sitio correcto en el momento exacto? ¿Esa sensación de saber que ese es tu lugar? ¿Esa misma sensación que sientes cuando eres pequeño y estás en tu casa con tu familia y amigos? Esa es la sensación que me viene a mi al pisar Madrid cada vez que voy. 

Como dije una vez hace más o menos un año, Madrid es esa ciudad que es lo que tu quieres que sea. Madrid es una ciudad terapéutica que te acoge y no te suelta si no quieres que te suelte. No será la ciudad perfecta para muchos, pero es mi ciudad. Madrid, sin quererlo, con el paso de los años ha pasado de ser una de las ciudades que menos había visitado, a mi segundo hogar.

Esto lo leerán mis padres y dirán: ¡oye, que en Menorca también estás genial! Totalmente cierto. Me cocinan, trabajo, estudio en mi salón con mi tocadiscos nuevo, juego a baloncesto y encima estoy con ellos, que es un punto más a favor. Pero esos momentos que me da Madrid de descanso, soledad, compañía, reflexión y alegría, no me los da ninguna otra ciudad. Madrid podrá estar sucia, podrá tener demasiada gente, podrá ser agobiante, o hasta contaminante, pero Madrid y su ambiente siempre convertirán un día malo en un día mucho mejor.

Puede que haya sido uno de los peores septiembres que recuerde, y cuando me tocó pensar en un regalo para mi futuro cumple, me auto-compré el billete para ir a mi segunda casa sin pensarlo ni un segundo. No vienen mal los autoregalos de vez en cuando, os los recomiendo. 

Llegar a Madrid y ver sus calles bañadas de naranja por los últimos rayos que lucía el sol a través de las ventanillas mojadas por la lluvia me hizo sentir que tenía 5 años y llegaba por primera vez a ese desconocido sitio. Era como si no hubiera pisado nunca la ciudad. Si habéis visto Tú a Londres y Yo a California, mi sensación era la misma que Annie, o Hallie, no sé cuál de las dos gemelas era, llegando a Londres por primera vez. Todo parecía nuevo y a la vez era todo conocido; Avenida América, Goya, Fuencarral, hasta Galileo. No había calle que no me resultara familiar, y mira que la mitad no las había pisado en la vida.

En casa -bueno, no en la mía, sino a la que iba- me esperaba mi querido amigo Rafel, amigo de la (casi) infancia, que lleva 4 años detrás de una ingeniería industrial que le está quitando el sueño, y el pelo. Eso sí, siempre con una sonrisa en la cara, que eso se agradece. Hacía un mes y algo que no nos veíamos, y durante el año pasado nos han dejado vernos poco. Es uno de esos amigos que siempre estará ahí, tenga un buen día, o el peor en años, pero siempre está para ayudarte, para hacerte reír o para hacerte un chiste de los suyos, que suele ir orientado a sus partes íntimas y poco agradables. 

Madrid también ha conseguido que me reencuentre con mis amigos de la universidad. A estos hacía casi un año que no los veía, y juntarnos todos (los que estábamos) para ir a comer y tomarnos algo quitó un poco esa espinilla que tenía de no haber podido despedirme nunca de ellos. El Covid llegó de imprevisto, como igual de improviso fue mi vuelta a Menorca y el cambio a otra carrera. Y ellos se quedaron ahí, sin el menorquín que dio nombre a nuestro grupo de amigos. Fue una terapia de grupo en la que todos fuimos contando nuestras historias, riéndonos, comiendo y bebiendo, algo que siempre ayuda en cualquier tratamiento. Ellos fueron el mejor psicólogo que uno necesitaba tener en ese momento, y encima me regalaron un par de cosas de ropa, que, para no verme en año y medio, atinaron suficiente en el gusto. ¡Así da gusto!

A la terapia psicológica, se unió también la parte física. Mens sana in corpore sano. No fui a correr, ni a jugar a baloncesto, ni siquiera estuve haciendo flexiones, pero hice algo que me daba vida entonces, y me la sigue dando ahora. Madrid tiene ese algo, que andes por donde andes, vas a encontrar lo que buscas. Yo me bajé del metro en Príncipe de Vergara, que por quien no lo sepa, está al otro lado del Retiro y andando, no sé cómo, llegué a Moncloa. Pasito a pasito, pasé por Goya, Colón, Alonso Martínez, San Bernardo… Iba buscando un metro que me llevara directo, y al final mis pasos me llevaron a casa. ¿El metro? ¿Se come? Paseaba por la calle y ese bullicio, ese olor característico a ciudad cosmopolita, esas luces de las tiendas, ese sonido de los coches pasando a tu lado, me iban entreteniendo a pesar de no llevar ni música, ni batería casi. Sin el móvil se podía vivir, y yo hasta ahora no lo había descubierto. Fue una hora de trayecto. Esos 4km consiguieron olvidarme de todo y centrar la mente en ese paseo, en cada uno de los 12.315 pasos que di (es broma, ni idea de los pasos que di, la verdad). Yo no sé vosotros, pero leer “El monje que vendió su ferrari” me está afectando más de lo que pensaba.

Este finde hemos salido de fiesta; he dormido en un sofá que a pesar de su condición me ha sido bastante cómodo; me he comido un McAitana con mis amigos de Menorca; he conocido a nuevas personas y amigos, que siempre viene bien y te alegran los días; he vuelto a estar en contacto con Luna, aunque sea por teléfono, que hacía mil años que no escuchaba su voz; hemos hecho vida de turista y comprado libros y discos de vinilo, y hemos comido. Mucho, mucho (me llevaría mil cajas de manolitos, jo).

Por todo esto, repito: Madrid es alegre, acogedora, bucólica y terapéutica. Madrid te sirve el día más feliz de tu vida y el más triste. Madrid es apta para todas las edades. Tendrá sus más y sus menos, pero lo que tú buscas, estará. Al menos, lo que busco yo, lo tiene. En un tiempo volveré, eso lo tengo más que claro, solo espero que no haya cambiado. Espero que sigan sus calles verdes, sus edificios marrones, sus cielos azules y sus calles repletas de gente. 

¿Habéis sentido alguna vez esa sensación de estar en el sitio correcto en el momento exacto? ¿Esa sensación de saber que ese es tu lugar? ¿Esa misma sensación que sientes cuando eres pequeño y estás en tu casa con tu familia y amigos? Esa es la sensación que me viene a mi al pisar Madrid cada vez que vuelvo. Porque a Madrid ya no voy, solo vuelvo. 

17 de septiembre de 2021

La vuelta al cole en 80 días

Ostras, después de estar tanto tiempo sin pasarme por aquí, no sé si me voy a acordar mucho de escribir. A ver, de escribir sí, evidentemente, porque es como ir en bici, pero la práctica hace al maestro, y ahora mismo, ni práctica, ni maestro, sinceramente. No os esperéis hoy una gran entrada. 

        Ha sido un verano movidito, con muchas sensaciones distintas; apareció el Covid en Menorca con la (no, o sí) celebración de Sant Joan y la llegada de turistas a nuestra querida islita. #FreeCovid hasta que empezaron a abrirse las primeras fronteras y cervezas. Ahí se embarulló la cosa, aunque al huir a Fuengirola, nos salvamos un poquito. Fue por poquito, porque por ahí también se fue agrandando la cosa, pero es que el verano es el verano, y según la cinética de partículas, cuanta más temperatura, más velocidad –“en Nando estaria orgullós. Lo xulo de sa física”-.

Como el año pasado, gran parte del verano lo pasé con mi querida Cris, disfrutando los dos juntos de unos días de vacaciones. El apartamento que os describí hace un mes y algo fue el mejor en el que hemos estado nunca, y las vistas que teníamos aún no se me han borrado de la cabeza. Como tampoco se nos borraba que en un mes empezaría de las aventuras más importantes de nuestra etapa como pareja. Mira que hemos superado cosas; pandemia, distancia por estudios, confinamientos, pocos vuelos… pero un Erasmus era lo único que nos faltaba. Si lo conseguimos, creo que pocas cosas nos quedan por aguantar. No será fácil, y menos a tanta distancia, pero “imaginémonos cosas chingonas”, como diría el Chicharito, y en menos que canta un gallo, que en este caso viene al pelo, volveremos a disfrutar juntos de un verano en pareja con cervezas y playitas. El tiempo dirá.

        A diferencia del año pasado, en este verano ha tocado trabajar. Y trabajar mucho. Ha sido diferente al trabajo de temporada, pero no sé si prefiero encontrarme en el aeropuerto contestándole a un guiri en qué bus tiene que montarse, o vendiendo Chromebooks en nuestra tiendecita de Alaior. Eso sí, las reuniones con Google, que no me las quite nadie. A día de hoy va llegando el momento de pedir un tiempo muerto, porque el agotador ritmo del día a día va quemando las neuronas y la paciencia. Y eso es algo que, en estos días, es más que necesario.

Este verano me he emocionado al ver a mi padre cumplir 50 años, aunque de mente tenga 12 a veces. Me he emocionado ver a mis padres viajar al hotel donde se conocieron para celebrar su 26º aniversario (ya, sé que no son las bodas de plata, pero es que el Covid les jodió un viaje a Milán). Me he emocionado al dejar a mi novia en el aeropuerto y no saber cuándo la iba a volver a ver. Me he emocionado al volver a ver a mi familia un año después de la última vez que nos volvimos a juntar todos. Hasta me he emocionado al recordar la época en la que jugaba al baloncesto y me he vuelto a apuntar. Sí. Como lo oís. Vuelvo a ser jugador de baloncesto. Bueno. Jugador no, pero delegado sí. Mi nivel es tan bajo, que ahora mismo no me ficha ni el club de veteranos de mi barrio, pero poco a poco voy asimilando jugadas y el buen ambiente del entreno hace que no juegue con la presión de tener que hacerlo perfecto. Y esto me da la vida. Durante un rato puedo meter alguna ostia para sacar la rabia acumulada, los agobios del trabajo, las ralladas de cabeza, y todo se olvida por una hora y media. Es verdad que tener que pensar en cortar, pasar, bloqueo y pick and roll, ayuda a no pensar en nada más. Ni en lo que voy a cenar luego (con lo importante que es para mi la comida), imaginad lo concentrado que estoy.

        También he empezado la universidad, pero al ser online, creo que me pondré este finde ya a empezar cosillas. No hay muchas, pero como se acumulen, tendré trabajo hasta diciembre, y no está ahora mismo el horno para bollos. Ale, después de 700 palabras, creo que ya va siendo hora de terminar este artículo. No será el mejor, pero no creo que sea el peor. A veces leo entradas anteriores y pienso, Aleix, ¿cómo pudiste escribir eso? Pues ea, ahí está, escrito para los siglos de los siglos. 

Los que hayáis echado de menos estas entradas, tranquilos, volvemos a la carga. A los que seáis nuevos, bienvenidos. Nos espera un año interesante en el que espero daros un poquito más la vara que el año pasado.

Y fin. Uf, qué cansado estoy. No estaba acostumbrado a esto eh… Preparo la bolsa y me voy a entrenar, que ya va siendo hora. Muchas gracias, y bienvenidos a la vuelta al cole. Bienvenidos a Le Lector. 2.0.