19 de mayo de 2022

Re-Read (ing) Barcelona

Barceloooonaa!! Todos habremos escuchado alguna vez esta canción que unió a Freddie Mercury con Montserrat Caballé en la intro de unos Juegos Olímpicos eternamente recordados.  Una mezcla que vendría a ser parecido a lo que ha hecho Rosalía: juntar flamenco y reggaetón, dos mundos totalmente distintos, que con un poco de esfuerzo, pegan hasta con cola. 

        ¿Por qué empiezo así la entrada? Porque no merece menos. Ni más tampoco. Hoy es un día especial, porque tras casi dos años que llevo escribiendo en este blog, nunca había podido dedicar una entrada a Barcelona, mi Barcelona querida. Vosotros no lo sabéis porque nunca lo he dicho, pero hubo un momento en el que me sabía el centro de la ciudad como si fuera la palma de mi mano. Es verdad que aún me la conozco bastante bien, pero ir 5 años después de la última vez, habiendo pasado una pandemia de por medio, ha hecho aparecer en mi palma algunas arrugas que yo no conocía y me dejaron un poquito perdido de primeras. 

Estamos hablando de un viaje que hicimos en diciembre. Ha pasado el tiempo, sí, pero como decíamos el otro día… pasa y pasará, y no por eso pierde la importancia. Llegamos con los amigos a Plaza Cataluña y volví a recordar un poco todas esas veces que había paseado por ahí con mis padres. El viaje había sido realmente improvisado, solo basta deciros que una semana antes yo solo me iba a Palma. Pero ahí estábamos, 5 menorquines, en un hostel de Plaza Cataluña, compartiendo habitación con un americano, un alemán y un francés. Parecía Toledo en tiempos de los Reyes Católicos (espero que entendáis por qué). 

        Fueron dos días, pero ¡qué días! Fueron 36 horas de pasear por todo el centro; 36 horas de comer y beber (con lo que nos gusta a nosotros el comercio y el bebercio); 36 horas de subir Montjuic y recorrernos toda la Gran Vía; 36 horas de salir de fiesta y terminar comiéndonos unos churros a las 5 de la mañana. Como veis, fueron 36 horas muy intensas en las que hicimos de todo un poco, pero si hay que recalcar dos cosas del finde estas dos serían, de menos a más importancia, el ver las luces de Navidad de Rambles y Portal de l’Àngel y la librería que descubrí gracias a ellos. 

Llegamos sobre las 18 y el sol se había apagado. La luna hacía su entrada en el cielo de Barcelona y todas esas luces ganaban más protagonismo, ya fueran las de El Corte Inglés o las del Mercat de Llúcia, situado en la plaza de la Catedral. Ahí, andaba yo buscando un caganer bonito para poner en el Belén, cuando me encontré el de Messi en el PSG. Habría sido un buen regalo para mis amigos culés, aunque debido a su alto precio decidí dejarlo en la estantería. Una pena.

        A la mañana siguiente, después de unas cuantas cervezas por la noche y haber cenado en el Mcdonalds de al lado del hostel, nos dirigimos a la Dick Waffle que se encuentra en plenas Rambles, justo delante del Liceu. Tiago y yo no lo teníamos claro, pero al final sucumbimos a ese gofre con chocolate blanco y oreo… Hay que decir que esos 17 centímetros eran deliciosamente ricos y dulces, por muy mal que suene. La vendedora, por suerte, estaba acostumbrada a ello.

Ese día transcurrió entre compras, cervecitas y una comida en un restaurante japonés que nos dejó la barriga a un maki de la explosión. Evidentemente, luego había que bajar todo eso, y decidimos poner rumbo a Montjuic desde Plaça Universitat. Esa media horita, entre paseo y carrera para subir las escaleras de la fuente mágica nos hicieron olvidar los nigiris y todas las gyozas que habían entrado en nuestra boca. Las vistas desde arriba eran preciosas, algo que no tenía recuerdo de haber podido contemplar nunca. Esa ciudad cuadriculada cortada por esa diagonal con algunos puntos que se desorganizaban, la montaña al fondo, el cielo azul, conformaban un cóctel perfecto para quedarnos ahí un ratito a disfrutar de la calma.

        Al bajar del cielo volvimos otra vez al mundo terrenal. Las calles llenas de taxis y de gente se iban oscureciendo poco a poco, e iban reluciendo las luces de navidad en Gran Vía. Y ahí fue donde por un momento estuvimos en el segundo lugar que he destacado por importancia al principio de esta entrada: Re-read.

Como su nombre bien indica, no se trata de una tienda oficial del FC Barcelona. Y si lo fuera, me temo que al club le queda tan poquito dinero que tendrían que cerrar por vacaciones durante un tiempo. Dejándonos de meter con el Barça, que suficiente tienen con jugar la Europa League (y haber quedado eliminados, que esto está escrito en enero), Re-Read es una librería de segunda mano donde cualquier lector sería feliz durante el rato en el que esté en la tienda. No solo por la cantidad de libros que uno puede encontrar en cualquiera de sus estanterías, sino por la calidad de ellos y la música de ambiente que a un friki del jazz le pone los pelos de punta (y otras cosas que mejor no comentamos). Para ser una tienda de segunda mano, todo estaba tan bien colocado y organizado que me podía recordar a mis paseos con Luna por La Central, en los que cada uno iba a su aire y nos perdíamos entre los pasillos repletos de títulos y nuevos autores que te apetecía descubrir. 

        Me habría podido llevar 1000 libros (por poder), pero la maleta no era mía y había que economizar peso. Yo me llevaba 6 y Ada otros 5. La competición entre los amigos había empezado. A ver quién se llevaba los mejores, aunque hay que decir que todos los que cogimos eran para cada uno, los mejores. Al ser fans de Harry Potter hubo uno que levantó ciertas ampollas en el grupo: ese no era otro que el de Historia de Quidditch, el cual encontré en un montoncito de libros enano. Sé que no me desearon ningún mal, pero en el fondo sé que querían que a mi libro le faltara alguna página -os aviso ya de que no ha pasado-. De allí salimos cargados y felices, listos para otra noche de fiesta, donde tras un momento de duda accedimos a pagar 20€ para entrar en una discoteca, y sin copa. Sí chicos, sí. Sin copa. Una mierda, pero bueno, dicen que una vez al año no hace daño, y esa fue la última de un 2021 que iba a quedar grabado en nuestras retinas de una forma u otra. 

Leer libros y comprar libros son dos actividades totalmente distintas. Ir a Barcelona y vivir Barcelona también. Yo me quedo con la segunda. Más apasionante y divertida. Diferente y con muchas sensaciones. Multicultural y cosmopolita. Leer blogs y leer el mío, eso sí son dos actividades totalmente distintas. Os recomiendo la segunda, más que nada porque así tengo que escribir otra entrada y me entretengo.

Y ahora, hacemos un punto y aparte, hasta la siguiente entrada. Gracias, como siempre. 


12 de mayo de 2022

Tic, tac. 40 días han pasado.

¿Os acordáis de la última entrada que escribí en este blog? Ha pasado más de un mes, y en este mes muchas cosas han pasado. Tal vez no tantas. Alcaraz ha ganado sus primeros Masters 1000, la inflación ha seguido subiendo, la guerra en Ucrania avanza ante la pasividad del mundo, nadie está a gusto con el poder de España… Tal vez no pasen tantas cosas. Lo único que sigue su curso de forma imparable es el tiempo. Esos segundos que para algunos son un mundo y para otros una miseria. Tic, tac, decía Pedrerol. Tic, tac suena en nuestro reloj. Aunque sea imposible parar ese sonido que confirma que ha pasado un segundo más de nuestra vida, hay veces que desearía pararlo todo y congelarme en los momentos que hemos vivido. 
 
        Tic. Pararía el tiempo justo en el día en el que escribí la anterior entrada. Oh, Paris. Oh, bendita ciudad que te encandila con el simple hecho de estar. De ser. Esos árboles, que en ese preciso instante florecían de purpúreos y alegres colores, nos recordaban que hay momentos que más vale disfrutarlos en vez de capturarlos. No tengo casi fotos de esos días. Tal vez por que no se necesitan fotos de los momentos que se quedan grabados en nuestra mente. Tal vez porque París seguirá allí muchos años más. Perpetua. Invariable. Desafiando a esos segundos que intentamos parar, como si no pasaran para ella. Si tengo que escoger el momento perfecto para visitar la ciudad, seguramente me quedaría en ese: ese momento de cielo azul que poco a poco va dejando su espacio a un cielo anaranjado con el que cerrar el día; esos paseos en los que observas los tejados “a la mansarda” de color gris en el que imaginas a un bohemio escribiendo su novela; ese camino desde el Arco de Triunfo a la Concorde guiado por sus altos árboles perfectamente cortados; esos momentos en los que paras en una cafetería al borde de la calzada para tomarte un café o unas patatas; todas las creperías del barrio Latino en las que parar después de visitar la Shakespeare & Company y todos esos monumentos a la vuelta de la esquina que nos quedan por visitar. No hay rincón sin encanto. O, puede ser, no quisimos verlo. La noche acaecía sobre cada una de sus calles, y no se nos ocurría otro plan que visitar la Torre Eiffel y su espectáculo de luces. Puede que pasen los años, y sin duda, pasarán, pero esos días en París quedarán para ti y para mí, guardados. Volveremos, Cris, sin duda. Esos crêpes de Trocadero no se van a quedar sin ser probados de nuevo. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo en ese momento en el que Rodrygo marcó el 2-1 contra el todopoderoso City y nos paró el corazón a todos los madridistas. Mira que este año no vamos exentos de sustos. Aunque tampoco de milagros. El PSG, Chelsea, o Sevilla en liga, habían sido testigos de algunas de las remontadas más increíbles que habíamos vivido en los últimos años. Y lo decimos algunos que hemos visto ganar una Champions en el minuto 93. Pero lo de ese día, hace dos semanas, era impensable. Imposible. No iba a ocurrir, pensábamos todos. O sí. Tenías esa pequeña esperanza guardada que abría la posibilidad al enésimo milagro de esta temporada. Y ocurrió. Después de un partido en el que el paso de los minutos iba cavando nuestra propia tumba, con un City lanzado al ataque y un Madrid salvado por Mendy y Courtois en la misma línea de gol, aparecieron los nuevos para salvarnos una vez más y demostrar que esta competición es la nuestra. Tampoco quiero decir mucho más porque esta entrada no se trata de una crónica deportiva, pero si tuviera que parar el tiempo, este sería uno de los momentos en los que lo pararía. Ese minuto en el que todo cambió. En el que el Bernabéu sonó más fuerte que nunca. En el que nos ganamos nuestro billete a París, mira que casualidad. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo finalmente el día 24 de abril. ¿Por qué? Tras una larga temporada entrenando por primera (segunda) vez con el club en el que me crie, jugamos nuestro último partido en casa. Recuerdo el momento de la última charla. Del último calentamiento. El último salto inicial. La última falta apuntada. Y también, la última victoria. Ha costado, y no hemos conseguido nuestro objetivo, pero lo hemos dado todo. Nos hemos dejado la piel en cada uno de los encuentros en los que nos ha tocado sufrir, o bien, la gran calidad de nuestros rivales, o bien, la intranquilidad de vernos 20 arriba y pensar que, un día más, íbamos a perder. No ha habido un partido tranquilo. Nuestro carácter no nos lo permitía. Pero al final hemos ganado 6, y nos hemos colocado a media tabla, algo que a principio de temporada nadie se imaginaba. Me quedo con el esfuerzo de todos y orgulloso, y que, a pesar de yo ser un simple novato delegado, me lo he pasado como nunca en un banquillo que voy a extrañar cuando no lo pise. Me quedo con haber jubilado a nuestro entrenador tras más de media vida dedicada al club con una última victoria; no hemos podido regalarle todas las que queríamos, ni la 2ª plaza de Menorca, pero nos llevamos un amigo para muchos años más, aunque raje de nosotros a pleno pulmón de vez en cuando. Tac. 
 
Tic, tac. Vuelven a pasar los segundos. Como veis, el tiempo pasa volando. Y sólo han pasado 40 días. Aunque si lo pensamos bien, 40 días no son nada. Pero también lo son todo. Espero veros pronto, tengo algo que contaros de Barcelona que hace mucho tengo guardado y mis amigos ya me lo están reclamando. Cuidaros, y nos vemos en la próxima. Tic, tac.