En diciembre, por primera vez desde que entré en el mundo de Pérgamo, coincidió un club de lectura en un día que no me tocaba ir a la oficina. Gracias a dios. Además, la editorial de ese mes era Gallo Nero, de la que solo había podido leer Rue de l’Odéon. Después de La librera de París, viví mi particular duelo leyendo y descubriendo la historia de su fundadora y autores que pasaron por allí durante una época excelsa en cuanto a la literatura anglosajona. La edición estaba cuidada, la traducción era mejor, y pensé en darle una oportunidad a la novela de ese mes: Anhelo de raíces. Además, había terminado Los detectives salvajes, y este libro de una escritora belga-americana, era un oasis en medio del desierto de Sonora.
“Había vivido a mi aire en todo lo que esta casa es y significa para mí durante ochos años hasta que me traje al «ancestro».” Así empieza el libro de May Sarton, mujer de cincuenta años que tras la muerte de sus padres y vagar sin rumbo por la vida, decide comprarse una casa en el campo. Destrozada, totalmente en ruinas. Y lo hace gracias al canto de un pájaro, motivo de “peso” para desembolsar todo ese dinero en una reforma que se antoja larga y costosa. Esa casa, metáfora de su vida, se irá reconstruyendo y decorando con muebles que consiguen enraizarla a sus padres, a su pasado, y también, a su futuro. Es fácil pensar que el acto que realiza la autora es una locura, y más a su edad, pero cuando vas leyendo entiendes que esa mujer, por mucho que viva idealizando un mundo que no es tan de color de rosa como nos lo pinta, hemos sido todos alguna vez en la vida.
Todos hemos querido dejarlo todo en algún momento; todos hemos querido irnos al campo, vivir de lo que sembramos (como Ramiro Pinilla imaginaba según El mar de Arrigunaga) y no depender de nadie; vivir apartados del mundo por un tiempo sin ninguna preocupación que no sea si nuestro jardín tiene suficientes flores o si los rayos de luz entran en el ángulo correcto. Por eso, las críticas recibidas en el club por la insuficiente realidad de la autora al siempre verlo todo más bonito de lo que realmente es, como sintiendo sin padecerlo, me parecen demasiado fuertes. Sarton podía no tener ni idea de jardinería, ni de economía, ni tampoco de relaciones sociales, pero cuando tu mundo se ha desvanecido por completo, te agarras a cualquier cosa para resurgir de ese infierno en el que te has sumido.
A lo mejor la obra es sosa, sí, no dice mucho, y agradeces que no dure 100 páginas más, pero creo que se aprende también mucho de su lectura. Decía la editora que se había sorprendido de la cantidad de gente joven que había comprado la novela descubriendo así a la editorial y a su autora. Después de leerlo, a mi no me sorprende tanto, pensándolo bien. Nuestra generación puede ser una de las que más importancia esté dando a la salud mental, y aunque nuestros problemas no sean una postguerra como sufrieron los abuelos de muchos, la muerte de familiares como le ocurre a la autora, el desconocimiento en lo profesional o la exasperación de no poder vivir de lo que realmente te gusta, hacen la obra muy táctil a nuestros sentimientos, muy cercana y reconfortante.
Hay una frase que se me quedó en la retina, y diría que la resaltaría como una de mis favorita, que es la siguiente: “En aquel primer fin de semana establecí el rito de la cena. Cuando me sentara a la mesa, tenía que haber flores; debía haber una botella de vino y que la mesa estuviera puesta con esmero, como por el mejor sirviente”. Cuando digo que a veces hay que agarrarse a cualquier cosa para aguantar psicológicamente, a esto me refiero. Hay veces que basta con una botella de vino, unas flores, un buen libro y una mesa bien puesta. Esa estabilidad que nos da, esa calma, es igualable a lo que nos puede transmitir un buen abrazo.
Aunque no es el mejor libro que haya leído, comparto en parte la crítica en cuanto al poco contenido y me excluyo en el sentir de que para escribir esto, mejor que no escriba. No seré el mejor amante de leer un libro sobre lo bonitas que son las flores, ni tampoco puedo saber el sentir de la autora al 100%, como sí ocurre en Diario de una soledad según su editora, pero sí creo que es un libro que viene muy bien para leer delante de una chimenea, con un café bien caliente y debajo de una manta. Hay veces que solo se necesita eso.