26 de enero de 2024

El anhelo de raíces es eterno.

Esta reseña podría haberla escrito mucho tiempo atrás. O incluso no haberla escrito nunca. Sin embargo, tras un largo tiempo de estudio y de fiestas navideñas, junto a otras lecturas que han ido ocupando espacios vacíos que tenía, creo que mi primer club de lectura merece su sitio y relativa importancia en este blog. 

En diciembre, por primera vez desde que entré en el mundo de Pérgamo, coincidió un club de lectura en un día que no me tocaba ir a la oficina. Gracias a dios. Además, la editorial de ese mes era Gallo Nero, de la que solo había podido leer Rue de l’Odéon. Después de La librera de París, viví mi particular duelo leyendo y descubriendo la historia de su fundadora y autores que pasaron por allí durante una época excelsa en cuanto a la literatura anglosajona. La edición estaba cuidada, la traducción era mejor, y pensé en darle una oportunidad a la novela de ese mes: Anhelo de raíces. Además, había terminado Los detectives salvajes, y este libro de una escritora belga-americana, era un oasis en medio del desierto de Sonora.

“Había vivido a mi aire en todo lo que esta casa es y significa para mí durante ochos años hasta que me traje al «ancestro».” Así empieza el libro de May Sarton, mujer de cincuenta años que tras la muerte de sus padres y vagar sin rumbo por la vida, decide comprarse una casa en el campo. Destrozada, totalmente en ruinas. Y lo hace gracias al canto de un pájaro, motivo de “peso” para desembolsar todo ese dinero en una reforma que se antoja larga y costosa. Esa casa, metáfora de su vida, se irá reconstruyendo y decorando con muebles que consiguen enraizarla a sus padres, a su pasado, y también, a su futuro. Es fácil pensar que el acto que realiza la autora es una locura, y más a su edad, pero cuando vas leyendo entiendes que esa mujer, por mucho que viva idealizando un mundo que no es tan de color de rosa como nos lo pinta, hemos sido todos alguna vez en la vida. 

        Todos hemos querido dejarlo todo en algún momento; todos hemos querido irnos al campo, vivir de lo que sembramos (como Ramiro Pinilla imaginaba según El mar de Arrigunaga) y no depender de nadie; vivir apartados del mundo por un tiempo sin ninguna preocupación que no sea si nuestro jardín tiene suficientes flores o si los rayos de luz entran en el ángulo correcto. Por eso, las críticas recibidas en el club por la insuficiente realidad de la autora al siempre verlo todo más bonito de lo que realmente es, como sintiendo sin padecerlo, me parecen demasiado fuertes. Sarton podía no tener ni idea de jardinería, ni de economía, ni tampoco de relaciones sociales, pero cuando tu mundo se ha desvanecido por completo, te agarras a cualquier cosa para resurgir de ese infierno en el que te has sumido. 

A lo mejor la obra es sosa, sí, no dice mucho, y agradeces que no dure 100 páginas más, pero creo que se aprende también mucho de su lectura. Decía la editora que se había sorprendido de la cantidad de gente joven que había comprado la novela descubriendo así a la editorial y a su autora. Después de leerlo, a mi no me sorprende tanto, pensándolo bien. Nuestra generación puede ser una de las que más importancia esté dando a la salud mental, y aunque nuestros problemas no sean una postguerra como sufrieron los abuelos de muchos, la muerte de familiares como le ocurre a la autora, el desconocimiento en lo profesional o la exasperación de no poder vivir de lo que realmente te gusta, hacen la obra muy táctil a nuestros sentimientos, muy cercana y reconfortante. 

        Hay una frase que se me quedó en la retina, y diría que la resaltaría como una de mis favorita, que es la siguiente: “En aquel primer fin de semana establecí el rito de la cena. Cuando me sentara a la mesa, tenía que haber flores; debía haber una botella de vino y que la mesa estuviera puesta con esmero, como por el mejor sirviente”. Cuando digo que a veces hay que agarrarse a cualquier cosa para aguantar psicológicamente, a esto me refiero. Hay veces que basta con una botella de vino, unas flores, un buen libro y una mesa bien puesta. Esa estabilidad que nos da, esa calma, es igualable a lo que nos puede transmitir un buen abrazo. 

Aunque no es el mejor libro que haya leído, comparto en parte la crítica en cuanto al poco contenido y me excluyo en el sentir de que para escribir esto, mejor que no escriba. No seré el mejor amante de leer un libro sobre lo bonitas que son las flores, ni tampoco puedo saber el sentir de la autora al 100%, como sí ocurre en Diario de una soledad según su editora, pero sí creo que es un libro que viene muy bien para leer delante de una chimenea, con un café bien caliente y debajo de una manta. Hay veces que solo se necesita eso.


11 de enero de 2024

El misterioso caso de la sala 56

Ocurrió en noviembre, y algo en mi me decepcionó. Esperaba sentir algo más. Un cosquilleo, esas mariposas en el estómago. Esto último, lo sentíamos, pero no por la escena que estábamos presenciando en aquel instante. Nos encontrábamos en Londres, en la sala 56 de la National Gallery, y frente a nosotros, uno de los cuadros más famosos, únicos, de la historia del arte: el matrimonio Arnolfini.

        Os sonará el nombre, y seguro habéis visto alguna vez ese cuadro. Cuando uno va al museo que lo acoge, como hijo en adopción desde hace más de un siglo, el principal atractivo es esa pintura, que no destaca tanto por su tamaño como por su significado. “¿Eso es todo?”, me preguntó Cris al llegar frente a él, habiendo pasado la correspondiente cola para poder sacar una foto. “La verdad es que sí, yo pensaba que era más grande”. Qué decepción. No me esperaba un Las meninas, pero sí algo con más dimensión. La verdadera esencia viene en frascos pequeños. Y tan pequeños.

Salimos de ahí con una sensación agridulce. El cuadro era bonito, pero no tenía tanto como para haberse convertido en ese enigma que es hoy en día. También es cierto que no era el día que mejor estuviéramos de ánimo como para disfrutarlo -bien lo resumen los treinta minutos que pasamos vagando por los pasillos y salas del museo, buscando a tientas la salida para tomar un café y sentarnos en algún sillón cómodo-.

        Y un mes después, por la magia del destino, el agua de azar, llegó a mis manos el libro El affaire Arnolfini. Dani, ahora entiendo tu obsesión. Después de ciento y pocas páginas, necesito volver a ese museo. Después de ciento y pocas páginas, ese libro consiguió un espacio en mi mente para varios días. Un librito pequeñito, con alma de thriller, ha conseguido lo que el cuadro no consiguió en su momento. Dejarme en vela, necesitado de más información, saber quién es esa mujer, por qué hay palabras escritas con los objetos, otros que no se reflejan en un espejo donde deberían aparecer…

“Observad, seguid observando, observad siempre, sólo así se llega a ver”. Esta frase, que el autor introduce de manera muy adecuada, resume muy bien el libro, y resume muy bien lo que intentó conseguir Van Eyck. El hecho de observar, a veces, en esta realidad frenética en la que vivimos, se nos olvida. Pasamos de observar a mirar, a mirar de reojo, sin buscar nada, sin objetivos. Es un mirar vacío, en el que las cosas que tenemos frente a nuestros ojos, desaparecen -no por arte de magia, sino por nuestra propia… llamémoslo vaguería-. Este cuadro de un matrimonio, que por todos los estudios que se han hecho y rehecho, parece holandés o de la zona norte de Europa, en una fecha exacta entre junio y septiembre, representa muchas cosas. ¿Pero seguro que es un matrimonio?

        Un eje vertical central que separa dos mundos; un reflejo de un perro que hace acto de presencia y desaparece; dos personas al fondo que no sabemos quiénes son; unos zuecos llenos de barro con forma de r; unas zapatillas en forma de v; una lámpara con una sola vela encendida; un espejo que refleja el exterior; un baúl que representa lo terrenal; esas manos que se rozan sin tocarse; un juramento; y un nombre un tanto peculiar. ¿Arnolfini? ¿Arnaulfo? ¿Hernoul-le-Fin? ¿Quién es ese hombre? Que me mira y me… Bueno, en resumen. Hay muchos puntos en los que debemos dejar posar nuestra mirada; muchos puntos que debemos estudiar y dudar, porque la duda es lo que convierte este cuadro en lo que es hoy en día: uno de los más importantes de la historia.

No sabemos si quién está en ese cuadro es el propio autor, al estilo velazquiano (aunque Velázquez sea posterior), un noble o el mismísimo rey de Flandes. Lo único que sabemos, es que Jan Van Eyck estuvo allí. Y yo, ahora mismo, también. Después de un análisis en el que he podido compartir confidencias con mi almohada, hemos decidido que hay que volver a Londres. ¿Cuándo? Eso ya lo veremos. Hay que comprar la entrada, e instalarnos en la sala 56, día y noche. Porque como no tengamos cuidado, cualquier día ha desaparecido uno de los protagonistas.

Viva Van Eyck y que viva también Dani, por recomendarme este librazo. El cuadro, a partir de ahora, vivirá en mi toda la vida.


8 de enero de 2024

Vivir en lo imposible: La sociedad de la nieve.

¿Qué pasa cuando el mundo te abandona? ¿Cuando no tienes comida y te estás muriendo? ¿Cuando no tienes ropa y te estás congelando? La respuesta está en la montaña. La respuesta está en La sociedad de la nieve.

        Pocas veces he salido sin palabras de un cine; pocas veces una película me ha tenido dos horas pegado a la pantalla sin pestañear; pocas veces he empatizado tanto con unos personajes que han vivido algo que yo no; pocas veces me he estremecido de esa forma -seguramente en Lo imposible- al borde de las lágrimas; pocas veces he esperado los créditos finales como si la película siguiera.

Siento que, tras ver la película, no ha habido otro tema en mi cabeza que no sea ese: la vida de Numa, la vida de Pancho, Roberto, y cada uno de los que sobrevivieron y también de los que no pudieron hacerlo. 

        Si tuviera que destacar una cosa de la película -tarea difícil-, por encima de todo pondría la fotografía. Qué difícil es con una sola imagen mostrar la desesperación de dos personas al ver un mar de montañas frente a sus ojos. Evidentemente, la espectacularidad de las imágenes del accidente es sorprendente y escalofriante, pero los planos de la montaña consiguieron enmudecerme. Ese vasto terreno de color blanco, esas rocas que parecen imposibles de recorrer, ese azar de no saber con qué va a sorprenderte la tierra el día siguiente. Es capaz de detener el tiempo para que tú, como espectador, sientas la agonía de sus protagonistas.

Actualmente, al contar con TikTok, sé que el algoritmo funciona cuando solo me aparecen vídeos sobre los actores, sobre los personajes a los que representan, entrevistas a JA Bayona, incluso entrevistas que dieron los sobrevivientes hace un tiempo en relación al lanzamiento de una película que iba a mostrar la crudeza, pero también muchos otros más sentimientos de la imposible hazaña que consiguieron. No era la primera, ya que ¡Viven! ya había enseñado al mundo lo que fue eso. Pero esto no es ¡Viven!, algo de lo que uno se da cuenta al empezar el largometraje. La narración de Numa, último muerto del grupo, hace que La sociedad de la nieve experimente un salto hacia la humanidad que representan esos 72 días que estuvieron sepultados entre los Andes. Al verlo muerto, ahí ya te derrumbas, ahí ya dejas de ver la luz al final del túnel. 

        Ver que al quinto día ya hay gente que se está muriendo nos da una imagen de lo que fue alcanzar los más de dos meses en ese avión, y del espíritu de supervivencia que mantuvieron a base de comer lo que tenían. Se han conservado fotografías, alguna cadena de los que murieron, hasta cartas que le escribía uno de los que había sobrevivido a su pareja sin saber si la iba a volver a ver. 

“-Rossi andá pidiéndole permiso ya a Bettina para venir este verano a La Paloma conmigo, pero no por una semana sino por todo el verano, porque después de eso yo no puedo ni tengo valor para estar ni un segundo lejos de ti”. Después de eso, yo no me volvía a separar de mis seres queridos en ningún momento. Después de eso, yo no volvía a coger un avión. Después de eso, la vida se te aparece de otra forma. Después de eso, lo único que importa es disfrutar, porque estar tan cerca de la muerte como estuvieron esos chicos -porque tienen mi edad-, y sobrevivir, es algo heroico, mágico, que tenía que suceder así porque al de arriba le dio la gana. 

¿Es la mejor película del año? Estamos a día 8 y yo ya lo puedo confirmar. Va a ser muy difícil que algo supere esto. Yo, aún no lo he superado, incluso deseo volver a verla, perderme en la poesía de la odisea imposible de unos jóvenes que serán siempre recordados por enfrentarse a la nieve y a ellos mismos. 

P.D. Contaba Enzo (actor que representa a Numa), que la película fue grabada en Sierra Nevada, donde era mucho más fácil grabar. En Los Andes, donde fueron un fin de semana para saber lo que sintieron esos chicos, sobrevivir era imposible. Los -30 grados hacen de la gesta algo que, si hubiera pensado un guionista, diríamos que es una locura. Chapó por Bayona. Una vez más.