Os sonará el nombre, y seguro habéis visto alguna vez ese cuadro. Cuando uno va al museo que lo acoge, como hijo en adopción desde hace más de un siglo, el principal atractivo es esa pintura, que no destaca tanto por su tamaño como por su significado. “¿Eso es todo?”, me preguntó Cris al llegar frente a él, habiendo pasado la correspondiente cola para poder sacar una foto. “La verdad es que sí, yo pensaba que era más grande”. Qué decepción. No me esperaba un Las meninas, pero sí algo con más dimensión. La verdadera esencia viene en frascos pequeños. Y tan pequeños.
Salimos de ahí con una sensación agridulce. El cuadro era bonito, pero no tenía tanto como para haberse convertido en ese enigma que es hoy en día. También es cierto que no era el día que mejor estuviéramos de ánimo como para disfrutarlo -bien lo resumen los treinta minutos que pasamos vagando por los pasillos y salas del museo, buscando a tientas la salida para tomar un café y sentarnos en algún sillón cómodo-.
Y un mes después, por la magia del destino, el agua de azar, llegó a mis manos el libro El affaire Arnolfini. Dani, ahora entiendo tu obsesión. Después de ciento y pocas páginas, necesito volver a ese museo. Después de ciento y pocas páginas, ese libro consiguió un espacio en mi mente para varios días. Un librito pequeñito, con alma de thriller, ha conseguido lo que el cuadro no consiguió en su momento. Dejarme en vela, necesitado de más información, saber quién es esa mujer, por qué hay palabras escritas con los objetos, otros que no se reflejan en un espejo donde deberían aparecer…
“Observad, seguid observando, observad siempre, sólo así se llega a ver”. Esta frase, que el autor introduce de manera muy adecuada, resume muy bien el libro, y resume muy bien lo que intentó conseguir Van Eyck. El hecho de observar, a veces, en esta realidad frenética en la que vivimos, se nos olvida. Pasamos de observar a mirar, a mirar de reojo, sin buscar nada, sin objetivos. Es un mirar vacío, en el que las cosas que tenemos frente a nuestros ojos, desaparecen -no por arte de magia, sino por nuestra propia… llamémoslo vaguería-. Este cuadro de un matrimonio, que por todos los estudios que se han hecho y rehecho, parece holandés o de la zona norte de Europa, en una fecha exacta entre junio y septiembre, representa muchas cosas. ¿Pero seguro que es un matrimonio?
Un eje vertical central que separa dos mundos; un reflejo de un perro que hace acto de presencia y desaparece; dos personas al fondo que no sabemos quiénes son; unos zuecos llenos de barro con forma de r; unas zapatillas en forma de v; una lámpara con una sola vela encendida; un espejo que refleja el exterior; un baúl que representa lo terrenal; esas manos que se rozan sin tocarse; un juramento; y un nombre un tanto peculiar. ¿Arnolfini? ¿Arnaulfo? ¿Hernoul-le-Fin? ¿Quién es ese hombre? Que me mira y me… Bueno, en resumen. Hay muchos puntos en los que debemos dejar posar nuestra mirada; muchos puntos que debemos estudiar y dudar, porque la duda es lo que convierte este cuadro en lo que es hoy en día: uno de los más importantes de la historia.
No sabemos si quién está en ese cuadro es el propio autor, al estilo velazquiano (aunque Velázquez sea posterior), un noble o el mismísimo rey de Flandes. Lo único que sabemos, es que Jan Van Eyck estuvo allí. Y yo, ahora mismo, también. Después de un análisis en el que he podido compartir confidencias con mi almohada, hemos decidido que hay que volver a Londres. ¿Cuándo? Eso ya lo veremos. Hay que comprar la entrada, e instalarnos en la sala 56, día y noche. Porque como no tengamos cuidado, cualquier día ha desaparecido uno de los protagonistas.
Viva Van Eyck y que viva también Dani, por recomendarme este librazo. El cuadro, a partir de ahora, vivirá en mi toda la vida.
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