27 de abril de 2024

Esa es nuestra vida: intentar hacer literatura

Esa es nuestra vida: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar es también mantenerla viva, y mientras se mantenga con vida, la nuestra, por más inútil o trágicamente cómica o insignificante que sea, no estará del todo perdida. 

        “¿Cómo nos encontramos, este libro y yo? Por azar, como todo el mundo”. El azar, como bien nos explica Mohamed Mbougarr Sarr no es nada más que un destino que ignoramos. Igual que yo ignoraba el significado del título de su obra, hasta que un día, por azar, Pablo me preguntó si yo había leído “Los detectives salvajes”. La respuesta, en ese momento, fue que no. No sabía ni de qué libro se trataba. Esto fue hace unos 8 meses, recién terminando el caluroso verano que ahogaba Madrid en un aire contaminado y bochornoso. Ahora, a 27 de abril, las cosas han cambiado. El día es frío y lluvioso.

La más recóndita memoria de los hombres -sí, así de largo-, se ha convertido en una de las obras maestras de mi aún corta biblioteca. Fue un libro al que tuve que dar su cierto tiempo, porque a veces, no es el momento-. Definido por muchos como una segunda parte de “Los detectives salvajes”, con argumentos totalmente independientes, me atrevo a decir, sin temor a equivocarme que, por una vez, la segunda parte ha sido mejor que la primera. Y aquí puede que mucha gente se me eche encima. (Hay otros que dicen que Los galgos, los galgos es mejor que Rayuela -no tengo suficiente información-, así que, todo el mundo es libre de opinar). 

Bolaño es un excelente narrador, y eso creo que poca gente lo duda después de su larga y célebre trayectoria. Sin embargo, Mbougarr Sarr ha conseguido que, de su libro, no sobre ni una parte. Ni una página. Ni un solo párrafo. A través de un lirismo y un texto cuidado hasta el último detalle, su historia me absorbió a lo largo de sus 445 páginas hasta llegar a su clímax final. 

        El martes pasado, celebrando el día de Sant Jordi (y su coincidente Día del libro), me pasé obligatoriamente por mi librería de confianza y alguien pidió un libro para un chico de 25 años que le hiciera pensar, entretuviera y se saliese de los típicos títulos que cubren mesas en cualquier librería importante (igual de válidos y buenos). En ese instante, al escuchar la voz de Pablo, tuve un dejà vu y recordé las palabras que me dijo cuando me pilló mirando el libro por primera vez intentando decidirme a comprarlo. Es, a nivel literario, una obra maestra. Uno de esos libros que sabes que se van a recordar durante tiempo, sin tanto marketing como otros que ya hemos visto durante estos 4 meses que llevamos de año. Es un libro sobre política, historia, sobre la guerra, sobre la vida de un africano en Senegal con deseos de ver mundo. Es un libro que habla de la muerte y el olvido, de un escritor con aires de grandeza que desaparece, de un escritor en ciernes que anda tras los pasos del “Rimbaud negro” y también, un libro que habla de amor. Es un libro que lo tiene todo. Por eso es el ganador del Goncourt. Merecido. 

El libro es una defensa de toda la cultura africana, siempre infravalorada por todo el mundo. “Nuestra cultura está herida. La espina está clavada en su carne y es imposible sacarla sin morir”. Por eso, T.C.Elimane, ese escritor llamado a ser el nuevo “Rimbaud negro”, huye a París, intentando hacerse un nombre en la literatura francesa. A pesar de ser una persona de color, algo inusual en esa época en el continente europeo, usa esa cultura herida no como medalla, sino como cicatriz, como un mal recuerdo, porque la única manera de ganar es seguir luchando, hacer vida con nuestra historia, reconocerla y nombrarla, día y noche. 

        Mbougar Sarr, a través de Diégane Latyr Faye -ya os digo que los nombres han sido lo más complicado-, nos habla constantemente de la muerte, y por supuesto, de su antítesis. La vida, eso que define como lo que hay en medio de tal y vez, nos pertenece justo en el instante en que se nos escapa, y eso, para un escritor, es un horror. Siempre hay ese temor a no estar a la altura de lo que expresamos, de sentirse en una caverna sin salida, como diría Platón, de morir como un animal. Sin embargo, lo que cuenta es la vida, y por eso hay que escribir sin saber nada, con el objetivo de acabar lo mejor posible; es decir, con los ojos abiertos, verlo todo y no perderse una. 

Hay un fragmento que encarna a la perfección esa duda acerca de la vida que hemos tenido todos alguna vez. ¿Porqué estamos aquí? Y el senegalés no lo puede expresar de una forma más bonita: “Cada ser humano debe descubrir su pregunta. No hay otra finalidad a nuestra presencia aquí. (…) El sentido de la vida no se desvela hasta el final. No buscamos nuestra pregunta para encontrar el sentido de la vida. La buscamos para hacer frente al silencio de una pregunta rotunda e inflexible. Una pregunta que no tendría respuesta, cuya única finalidad sería la de recordar a quien la hace la parte de enigma que contiene su vida”. Después de escribir esto, se acomodó en su silla, se sirvió un whisky, y se quedó tan tranquilo.  

        Creo que después de un fragmento de esa fuerza, la entrada debe terminar aquí, porque no se puede decir nada más rotundo y de una forma más bella. Por este motivo, seguiremos con los ojos abiertos, viéndolo todo, escribiendo sin saber, viviendo sin conocer, para que finalmente, dentro de muchos años, la vida, en el momento en que se nos escape, nos pertenezca. Para que finalmente, dentro de muchos años, encontremos el sentido de nuestra vida. 


24 de abril de 2024

En Somo se surfea hasta la vida

12.30h de la mañana. Día soleado, aunque frío en comparación a nuestra querida tierra seca de Madrid. Estamos todos juntos en una habitación de un hostal perdido en medio de Cantabria. Bañadores puestos, toallas listas, chanclas de mi talla compradas y desayuno digiriéndose en nuestra barriga. Esa pulguita de bacon con cebolla caramelizada y brie que valió la pena repetir, se ha echado de menos días después. 

12.35h. Hay que salir escalonadamente, sin hacer mucho ruido. En nuestro idioma, no llamar la atención implica ir cantando la canción del herrete de “Phineas y Ferb”. Las caras son todo un poema. No nos apetece nada meternos en el agua. ¿Quién nos manda coger dos clases de surf de 2 horas dos días seguidos? No tenemos remedio… Además, si alguien fuera capaz de levantarse, tendría cierto sentido, pero la coordinación no ha sido lo nuestro. 

12.40h. Vemos el mar, giramos a la derecha hacia la escuela y nos reciben con una cara sonriente. Por dentro sabemos que su cara nos está queriendo decir un “os vais a cagar, petardos”, pero intentamos no pensar mucho en ello. “¿Tenéis clase, chicos?”. Sí, ya os digo yo que si no tuviéramos, por propia voluntad, seguramente no estaríamos ahí. 

12.42h. Nos dan el neopreno, y uno va al vestuario y procede a intentar ponérselo. Es lo peor de, algo que esperas que no llegue a ocurrir. En ese momento, recuerdas todo lo que has vivido ese fin de semana. Cuando los 7 salimos de Madrid en dirección a una de las primeras escapadas que hacíamos juntos. El viaje, que se había empezado a cocer a fuego lento en febrero, se escenificaba en ese tetris que supuso colocar las mochilas en un coche de 7 plazas con un maletero de un palmo y medio de amplitud. Hay veces que es más cuestión de testarudez que de posibilidades, y hay otras, en las que se necesita la mano femenina de alguien con paciencia y organización. Y esa era una de ellas. 

12.43h. Primera pierna del neopreno puesta. La parada en Lerma nos sirvió para recargar fuerzas, y ese vermut fue el indicativo del PH de alcohol que iba a predominar durante las siguientes 72 horas. Tras un par de horas más en el coche, descubriendo a Jimena Amarillo y “Costa Marrón”, llegamos a nuestro querido pueblo de Somo. Costa cantábrica. Una de las mecas del surf en España. El check-in fue muy rápido y después de pisar por primera vez la arena de esa playa ancha que podía recordar a la Bretaña de Dunkerque o a las playas anchas de Florida, decidimos coger el coche en dirección a Santander. Fueron de los 25 minutos en coche más bonitos que recuerdo haber vivido. Mar, montaña, casitas blancas, hasta las señales eran bonitas. Todos mirábamos el paisaje obnubilados por él, como si hiciera mucho tiempo que no veíamos algo parecido. 

12.44h. La segunda pierna cuesta más, y te sientas para poder hacer más fuerza. Mención aparte merece el helado de Regma. De mi boca puede que saliera un, “Alberto, como no vayamos ya, vas a encontrarte un puñetazo de la nada”. Eso dicen. Yo no lo recuerdo. Los mejores helados que yo he probado nunca, y con una de las mayores cantidades jamás vistas. A Patri le gustaba compartir y dejó un poquito en el suelo para que las palomas fueran a probarlo.

12.45h. Subes la segunda pierna y se te empieza a apretar toda la zona peligrosa. La compañía del viaje no ha podido ser mejor. 6 amigos, bautizados ya como “Smash Friends”, junto a Cris, que se apuntó al escuchar Surf y se ha convertido en una amiga más del grupo Amigos aplastados. Las bromas de Lafu, la calma de Cande, la sencillez de Patri para levantarse, la maternidad de Elena, la organización de Alberto, y las confidencias y orgullo que sentí por Cris. Toda y cada una de las personas, aportaba algo distinto al grupo, y la cerveza nos unía alrededor de la comida. 

12.47h. Salías al sol a que te dieran la tabla, intentando no sentir frío por ningún lado. El acantilado de Langre se convirtió en un sitio donde jubilarnos, montar una granja y criar animales. Aunque lo último se lo dejamos a Lafu y a su vaca Margarita. Llevar bebida y sentarte en unas rocas nunca había sido tan cómodo, aunque un rato más y me habría salido un chichón en el culo. 

12.50h. Tenías la tabla más grande de la escuela, y aún así, sabías que no te ibas a levantar. Seguramente ha sido lo más cercano a ir al matadero que vamos a experimentar nunca. Algún insulto por parte del profesor, faltadas que ni Broncano, humillaciones, unos manguerazos contra la pared que ni en el siglo XX y un frío que ni en el Ártico. Aún así, podemos decir que la técnica del 3 Y 4 nos la sabemos. Otra cosa es que sepamos ponerla en práctica. 

13.00h. Estamos en la playa, entrando en el mar. El pie entra en contacto con el agua y empieza la criogenización. Si os soy sincero, podría estar más fría. O, por otro lado, nuestra cabeza ya no razona como toca y hemos perdido el sentido de la temperatura corporal. Ves las primeras olas y te animas a intentar surfear alguna, y ahí, justo en el momento en el que tu cabeza está centrada solo en la posibilidad de levantarte, te das cuenta de una cosa. Surfear parece algo rapidísimo, que en dos segundos ha pasado, pero luego te subes a la tabla y la ola pasa lenta. Te da tiempo a apreciar el agua, el sol que cae sobre ti, el color blanco de la ola. Por esta razón, con un par de días de experiencia, creo poder decir que el surf es como la vida. Esa vida llena de momentos que pasan volando por delante nuestra que hay que tratar de disfrutar hasta el último segundo, apreciando el azul del mar, el verde de Cantabria, las cervezas con amigos, los helados de Regma, las puestas de sol en una playa entera para ti, hasta las vueltas a tu vida un domingo después de 3 días de vacaciones. 

13.05h. Te has pegado una buena castaña y te has comido la tabla. La vida es eso que pasa entre que te pones un neopreno y te das la primera ostia. Por eso, cuando no recordemos la máxima de vivir hasta el momento más sencillo, todos debemos volver a estos 3 días, recordar las fotos y pensar lo siguiente: “Quien se mueva, es…”.