15 de octubre de 2024

Seré inmortal, porque yo soy tu destino.

Cuando un grupo de música que te ha acompañado durante años decide separarse, suele provocar en sus fans una sensación de soledad y vacío difícil de llenar, solo comparado con algo que más vale no invocar. Algo que uno había amado hasta memorizar letras y bailes, deja de existir como una única unidad para pasar a existir en lo desconocido, o en el mejor de los casos, por separado.  

El motivo puede ser diverso: el cantante principal, habitualmente sobreexpuesto a la popularidad, busca su propio camino; diferencias imaginando el devenir del grupo, o simplemente, por motivos económicos. Siempre es cuestión de dinero. Queen se separó, y Mercury tuvo que volver. One Direction se separó. Take That se separó. Mecano se separó y vemos cómo les ha ido. 

        El caso de La Oreja de van Gogh no es ajeno a este modus operandi. Cuando en el pasado se decidió cambiar de cantante, Leire apareció como una nueva oportunidad para modernizar una banda que se había cansado de triunfar. Cuando uno ha ganado tanto es difícil seguir con hambre -o eso dicen los futbolistas-. Amaia era la que había decidido dar un paso atrás y su imagen quedaría envuelta en un aura de inmortalidad que recordaríamos años después. Todos hemos sido aquel que al escuchar esas canciones que tantas veces sonaron en las radios de miles de coches en todas las carreteras, colegios, oficinas y hogares españoles deseamos que Amaia volviera, aunque fuera para un concierto. Leire, sin embargo, fue el parche. Una voz igual de sobresaliente se convirtió en el remplazo de un ídolo, algo complicado, casi imposible, de sustituir. Mucho ha durado. 

Cuando este verano uno de los malditos conciertos del Bernabéu regaló al público la aparición estelar de Amaia en el concierto de Karol G, algo se rompió. Ese ídolo de la infancia de toda una generación reaparecía tras muchos años en la sombra. Esa melancolía que muchos sentían al escuchar al grupo, se había convertido en el motivo perfecto para soñar con la idea utópica, idílica, de volver a verla en acción. Sólo había un problema. Leire. Y en ese momento, justo en esa ovación al recibir a la artista en la canción de Rosas, las cabezas de los hombres del grupo empezaron a funcionar. ¿Cuánto vamos a ganar con nuestra gira ya pactada? ¿Cuánto podemos ganar con una nueva gira con Amaia? La diferencia sería abismal. ¿Cuánta gente iría a un concierto de La Oreja de van Gogh en el que cantara Amaia? Miles, incluso cientos de miles. El grupo juega con la baza a favor de la memoria, un arma muy poderosa en los tiempos actuales. Una memoria que seguramente se emborrona por una expectativa que va a ser fácil de cumplir, en el caso de que termine ocurriendo. Solo volver a esa infancia, a ese momento ya pasado, valdrá los 100€ que podrán costar las entradas.  

Es cuestión de tiempo, como todo, que esta suposición se haga realidad. Y sino, tiempo al tiempo, aunque creo que Amaia gana mucho más como ídolo y ente propiedad del recuerdo que como una cantante resurgida de la muerte. Alguien, en uno de esos momentos lúcidos que uno tiene en el momento más inesperado, escribió los siguientes versos: "Después de ti entendí / que el tiempo no hace amigos / qué corto fue el amor / y qué largo el olvido". Igual ese amor que ahora sentimos por el recuerdo podría haber sido eterno. Cuando un grupo de música que te ha acompañado durante años decide separarse, suele provocar en sus fans una sensación de soledad y vacío difícil de llenar. Sin embargo, hay dos versos que uno debe recordar: "seré inmortal / porque yo soy tu destino". 


10 de octubre de 2024

¿Qué es el mar?, dijeron los peces

Dos peces jóvenes van nadando por una pecera cuando de pronto se cruzan con uno más viejo que les saluda con las aletas y les comenta educadamente: "Buenos días, chicos. ¿Qué tal está hoy el agua?". Los dos peces jóvenes le devuelven el saludo al pez más viejo con un simple gesto y continúan su camino un rato más en silencio hasta que uno de ellos se vuelve hacia el otro y le pregunta: "Tío, ¿qué coño es el agua?".

Llueve. Lleva todo el día lloviendo y se escucha que es por el huracán que está causando estragos en las costas americanas -ahora que estoy escribiendo esto hace un sol que ni en mayo-. Ha empezado octubre y con él ha llegado el frío, por lo que uno a veces necesita resguardarse en un café bien caliente donde calentar las yemas de las manos. Y si se acompaña de una galleta de pistacho, mucho mejor. 

El verano tiene esa casuística distinta donde el mundo real parece pararse para dar espacio a un tiempo de relajación, fantasía y reflexión donde uno puede darse cierta prioridad, una prioridad inexistente los 10 meses restantes. Madrid, y el trabajo, pueden extasiar hasta caer en una rutina mortífera sin un descanso posible. Pérgamo, ahora vuelve a estar lleno, como antaño, de amigos, compañeros de los escritores, conocidos de la librería, paseantes curiosos... Algunos tardan en llegar, pero se colocan en las sillas del final. Mojados unos, sudados otros. 

Claves de una política global fue una de las novedades veraniegas de la editorial Arpa, que con El tiempo Perdido se ganó mi respeto y admiración, y hoy, sus tres autores se sentaban frente al público para presentar y debatir sobre la situación política actual, las guerras simultáneas de Gaza y Ucrania, la policrisis y el cambio climático. Creo que el haberme hecho mayor ha derivado en un placer epicúreo a través de planes como este. Hay un gozo tranquilo, duradero en las charlas que provocan que mi cabeza se aleje del trabajo y el día a día para profundizar en temas que no domino tanto. Nunca me ha interesado mucho el tema político, pero como dijo Mariana Enriquez en el prólogo del libro que ya reseñé en este blog de Juan Forn, la amalgama de géneros, el mestizaje de formatos que van pasando por mis manos a la hora de enlazar lecturas han conseguido que pueda atender una charla sobre política global y el tema me interese hasta el punto de escribir esta reseña.

        Sería difícil quedarme con ciertos esbozos de los temas que tocaron durante la hora y media que duró la charla, pero hubo un par de frases que resonaron en mi cabeza durante un rato como para apuntarlas en los Diarios que ha sacado el iPhone en su nueva actualización. Buena actualización, aunque no sé si para mi salud ocular es bueno -apostaría que no-. 

Decía Carlos Corrochano, el director de la obra y entre otras cosas, profesor en Science Po, que uno de los paradigmas actuales que nos encontramos es que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. Un ejemplo sería la Inteligencia Artificial. Ixtaso, coautora, comentó acerca de la nueva tecnología que nace, que al ser “cloudcentrista” no hay un material que nos preocupe, sin embargo, sí hay una materialidad que afecta a las dinámicas de poder y aumenta la vulnerabilidad de todas esas zonas que no disponen de ellas. Viendo esto, queda la duda de si lo nuevo que puede nacer, es bueno, o preferimos mantener lo antiguo. 

Reflexionando durante la charla, y es algo que comenté en la última entrada, creo que vivimos en un mundo que se ha establecido durante tantos siglos que ahora, en un momento que nosotros consideramos crítico, donde todo está “perdido”, la religión, la familia, la patria, los valores tradicionales, no somos capaces de crear raíces para que nazca de una nueva base, esa sociedad moderna que andamos buscando. Decía Xan que para que eso sucediera en el siglo XX, tuvo que ocurrir una de las mayores masacres de la historia de la humanidad y que no debemos caer en el riesgo de que vuelva a suceder. Claro, ahí introducimos el concepto de, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para conseguir esa paz que queremos? ¿La guerra? ¿Darle las llaves del poder a un país en concreto? No debería ser una opción. Ni siquiera en nuestro pensamiento. 

A lo largo de la historia ha habido tantas crisis que es difícil decir que la de ahora es una de las más profundas, porque no conocemos como fueron las revoluciones del siglo XIX, o lo que sintieron nuestros antepasados en la Edad Media, sin embargo, cada generación ve lo suyo como lo más importante, como lo más crítico. Por eso, vuelve a aparecer ahora el concepto de utopística, más que de utopía, porque no buscamos ese ideal que ya vemos como un imposible, sino que buscamos posibles maneras de conseguir una sociedad más adaptada a la realidad del mundo en el que vivimos ahora. Una utopía mucho más pragmática, y menos centrada en la fe. Debemos preguntarnos más acerca de “¿qué debemos hacer?” y no “¿qué somos?”. Los tiempos han cambiado y durante siglos, la pregunta que ha monopolizado la teoría filosófica ha sido la segunda, junto a “¿de dónde venimos?”. Cuando la ciencia y la religión ya han compartido sus teorías, sus creencias, sus premisas, toca pensar en algo nuevo, en otra respuesta. Pero parece que somos incapaces de cambiar las cosas.

Carlos decía, atribuyendo a Tronti, que el pensamiento debe ser extremo, sin embargo, la acción consecuente, prudente. Romper las barreras de la imaginación, sabiendo que hay ciertos límites que no vamos a poder cambiar. ¿Y si a lo mejor no estamos preparados para que nazca nada nuevo? Y creo que el problema viene, como dice Clara Ramas, cuando estos valores que creemos perdidos no se han evaporado sin más, sino que permanecen como ruinas por las que se da una guerra cultural permanente para devolverles la vida. Mientras haya personas que estén ancladas en ese pasado, en “lo viejo”, siempre que intente nacer algo nuevo va a haber una lucha que ya explicó Marx hace dos siglos y que ahora no nos parece tan lejano. Y así sucede la historia. 

¿Y si los dos peces no andaban tan equivocados? ¿Y si somos nosotros los que nadamos en el mar sin saber lo qué es? Dos jóvenes van paseando por la calle cuando de pronto se cruzan con una persona mayor que les saluda con una mano en el bastón y les comenta educadamente: "Buenos días, chicos. ¿Cómo va la vida?". Los dos jóvenes le devuelven el saludo al viejo con un simple gesto y continúan su camino un rato más en silencio hasta que uno de ellos se vuelve hacia el otro y le pregunta: "Tío, ¿qué coño es la vida?".