13 de noviembre de 2020

Rafalet, de nombre, Cala.

           Domingo, 8 de noviembre. Era un domingo normal, soleado, con una temperatura moderada para el mes en el que estamos, teniendo en cuenta que en un mes es navidad. Qué rápido se dice y qué rápido pasa. No te has dado cuenta, han pasado 30 días y estás cantando villancicos. Pero aún no hemos llegado, y tenemos que disfrutar cada día como si fuera el último. ¡Qué Mr. Wonderful ha sonado eso!

Nos levantamos tarde, y cuando digo tarde, es tarde. Tampoco os penséis que eran las doce, pero para alguien que se levanta a las 7.15, era tarde. Nuestra idea era irnos de excursión, pero teníamos que buscar un sitio cercano. Cogimos a nuestro "menta chips" y pusimos rumbo a nuestro destino. Eso parecía un carnaval. Tanta gente paseando por allí, sorprendía. Aunque era domingo y lo veías más normal.

        El camino era corto, pero como decía Baltasar Gracián: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Justo al aparcar, ya empezabas andando sobre un caminito de tierra, lleno de árboles a los lados formando un arco sobre tu cabeza, al que solo le faltaban las flores. Aún no habíamos llegado al barranco, pero se empezaba a intuir. El olor de la hierba. La tierra mojada. El ruido de los pájaros cantando y la brisa que se iba metiendo entre la ropa en cuanto nos íbamos acercando al mar, indicaban que ya mucho no quedaba.

En ese momento, el mayor placer, cualquiera habría podido pensar que fuera el paisaje, pero nada más lejos de la realidad. Nuestra soledad entre los altos árboles hacía que el placer fuera poder andar sin mascarilla. Sí. Sin mascarilla. Todos sabéis a lo que me refiero y me daréis la razón. Actualmente ese es un pequeño placer, pequeño, pero placer, al fin y al cabo. Estar entre la naturaleza te hace estar más ligado al mundo en el que vivimos. Te escuchas a ti mismo, algo que no todos los días se puede hacer, por lo que siempre viene bien. Por eso todas las grandes urbes tienen sus jardines: Central Park, el Retiro, Hyde Park, Villa Borghese... Será que la gente intenta a veces evadirse del bullicio y la ciudad.

        Había ido ya a ese barranco; de pequeño, con el colegio. Siempre se iba por lo fácil que era y por "s'àvia alzina". Para quien no lo haya entendido; la "yaya encina". Un árbol de tronco inmenso que tenía más de 100 años. Nuestra mayor decepción vino cuando al llegar al final del barranco, nos encontramos el tronco decapitado, con un rimero de níscalos encima. Ese árbol que de pequeño te acogía, ahora restaba allí, inerte, utilizado como bandeja de cocina. El 2020 se había cargado hasta eso.

Lo único que nos quedaba era llegar al mar. Ahí estaba, justo al lado. No era una cala donde uno pudiera nadar, pero si avanzabas unos metros más, el mar mediterráneo ya se podía vislumbrar. El agua estaba calmada, aunque sabías que no siempre era así. La arena mojada que se te pegaba a los zapatos te lo chivaba. No podíamos hacer mucho más, por lo que tuvimos que desandar el camino andado. El olor de la hierba. La tierra mojada. El ruido de los pájaros cantando. Todo esto se juntaba en una selva; una selva reducida al tamaño de la isla.

Volvimos a pasar por el caminito de tierra, el arco de árboles y llegamos al coche. Había sido una excursión bonita; una excursión para pasar el día. Un domingo de noviembre normal, soleado. No nos dimos cuenta y terminaba el fin de semana. No te has dado cuenta y te has terminado mi artículo. Si no leísteis el del último día, os lo dejó aquí. Nos vemos en el próximo.

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