28 de marzo de 2024

Metafísica de un concierto

Falta una hora para el encuentro en el teatro. Todo el mundo a las 20h. Sentados y con las partituras preparadas. Peticiones del director que hay que cumplir, aunque luego no se cumpla. Antes de todo, necesitas afeitarte. Tu madre así te lo hace saber, y tú haces caso, como siempre. La sensación luego es extraña, pero presentar el concierto también implica estar presentable. 

Estás en la ducha, frente a la alcachofa, de la que sale agua caliente, casi ardiendo. Tu reflejo en la pared te acecha, pero te acompañan tus pensamientos. ¿Qué confidencias habrán escuchado esas paredes? Una pared blanca que invita a confesarte. Son momentos de ciertos nervios. En esa ducha piensas si la presentación está bien, si le va a gustar a la gente, si lo has hecho demasiado largo… La propia duda en si ya es suficientemente significante. El concierto como tal te da un poco más igual. El trabajo está hecho durante meses. Ya no se puede cambiar. 

El traje te espera, en la percha, como cada tarde de concierto. Bien planchado. No puede fallar nada. Camisa blanca, pantalones y americana azul marino, corbata roja y tirantes. Sí, soy más de tirantes que de cinturón. Y calcetines negros, con algún detalle que bien puede ser una pelota de tenis o un bate de béisbol. Depende del par que cojamos. Los zapatos aprietan un poco, pero nada que no se pueda aguantar. 

Una vez lo tenemos todo listo en el salón y el último toque de colonia está puesto -aunque en media hora se haya ido-, cogemos el coche y rezamos para que haya aparcamiento cerca del teatro. No es el caso. Está Mahón imposible últimamente. 

La compañía de mi hermano siempre ayuda, y más cuando el copiloto se encarga de poner música buena. Nos decantamos por un repertorio acorde al concierto que íbamos a dar unos minutos más tarde. De manera que “El rey León” y “La sirenita” suenan en nuestro pequeño Fiat haciéndolo vibrar. El cielo está negro y parece que quiere ponerse a llover, por lo que nos afanamos en llegar al teatro, maldiciendo los zapatos de traje por un rato. Llegando a la puerta, vas encontrando gente que te saluda, que ya espera a poder entrar y sentarse en su silla. 

A las 20, como pidió el director, estás sentado con tu instrumento, atril, todo preparado, y esperas 15 minutos para que todo empiece. Eso es la prueba de sonido. Tocar varios fragmentos para el que no ha podido venir al último ensayo, tocar varios fragmentos para ver cómo se oye desde el patio de butacas, tocar varios fragmentos para que el instrumento no esté frío. 

De repente, aparece tu tía, presidenta del teatro en el que dais el concierto y os dice que está todo sold out. Buena noticia para la banda. Es motivo para estar contentos. Una noticia de ese calibre antes de empezar siempre anima al grupo, aunque la procesión va por dentro. Y esto, tiene más sentido en días como en los que nos encontramos, aunque la lluvia esté arruinando momentos inolvidables que se vuelven tristes para muchas personas al no dejarnos ver salidas como la de la Buena Muerte en Jaén, el Cautivo, en Málaga, y ya veremos hoy si Tres Caídas o Macarena salen. 

Termináis de ensayar y vienen ya las prisas del último momento. El público va entrando, los músicos se ponen a hablar entre bambalinas y tú practicas el discurso en tu mente. “El micro lo tienes preparado a la derecha del escenario. Luego me lo das”. Perfecto. Las manos empiezan a sudar, si no sudaban ya, y la garganta se va secando. Hace mucho calor. ¿Eres el único? No, parece que no. Te colocas la corbata, que de repente te aprieta, y te colocas los bajos del pantalón. Todo perfecto. Sin embargo, en tu mente, todo se puede retocar. Menos la presentación, que eso saldrá como tenga que salir. 

Aviso de 5 últimos minutos. Se apagan las luces poco a poco y los músicos van saliendo y sentándose en sus sillas. Tengo el micro en la mano y solo falta que estén todos sentados y afinados para salir. “La”, hacen clarinetes y flautas. “Si”, los metales. Ahora sí. “Ánimo” me desean desde el pasillo. El ambiente se vuelve íntimo, desaparece el público en ese momento, y tú saludas. Escuchas aplausos y cuando han parado, ahí te toca a ti. Es tu turno. 

“Buenas noches”, empiezas. El resto, ya es pasado.  


25 de marzo de 2024

Qué lugar tan pequeño para un infierno tan grande.

Qué lugar tan pequeño para un infierno tan grande. Esta frase ya es un eslogan. Hasta podría ser una metáfora de la vida. Pero para Silvia Labayru significa más. Mucho más. Es su vida. 

El día es soleado, me encuentro en la habitación de mi piso, como cada mañana, y las acacias empiezan a brotar. Se acerca la primavera, es algo que se nota. Se siente en cada capa de ropa que uno se quita, en el alboroto de las terrazas por la noche, hasta se escuchan pájaros cantar por encima de las ambulancias. La alarma hoy se ha hecho más dura que nunca, pero el karaoke de ayer valió la pena. Mañana me voy a casa a pasar unos días y hay que dejar las cosas lo más listas posible. Y más, cuando ayer me dieron la noticia de escribir la primera recomendación en la newsletter de mi librería favorita. En mi salón, con el disco de Rita sonando, espero a Leila, como cada día estas dos últimas semanas. Llega tarde, algo inusual. Me llama: “estoy llegando, cerraron el metro y tuve que andar desde Canal”. 

Cuando llega, la veo por la ventana. La calle flota en ese brillo dorado matinal donde sus rizos negros se vuelven aún más oscuros. “¿Qué tal el libro? ¿Lo terminaste?”, pregunta nada más entrar. Me gusta su acento argentino. Se parece a mis dos compañeros de trayectos al trabajo, a mis padres adoptivos en Madrid. “Perdona el desorden, ayer tuvimos fiesta y no me dio tiempo a recogerlo todo. Sí, pude terminarlo, ya por fin”. Me mira, y sin hablar sé qué me está preguntando. “Bien, ha estado muy bien. Creo que, conociéndote, esperaba más. O simplemente, esperaba otra cosa”. Es así. Sin saber nada de la historia, lo compré con la idea de leer una narración de ficción. “No esperabas un reportaje narrativizado”. En absoluto. ¿Puedo decir que me ha sorprendido? Totalmente. ¿Que es el mejor libro de la década? No lo tengo tan claro. El tiempo dirá. ¿Que es el mejor reportaje que se ha hecho en años? Sin ningún lugar a duda. 

Como cada mañana, le preguntó si quiere café. No, me basta con un vaso de agua. El café no le gusta demasiado, y prefiere mantenerse lejos de la cafeína. Nos sentamos y nos pusimos a hablar. De Silvia, cómo no. Ha sido el tema común estos últimos días, y sin conocerla, la siento como alguien muy cercano. Alguien a quien conoces de hace mucho tiempo. 

        -¿Cómo hiciste para que Silvia te contara toda esa historia? A ti, que no la conocías. A ti, siendo periodista. Cuando ella misma decía que no quería ser una víctima toda su vida, que había hecho cosas, ahora que era feliz. 

        -La verdad, no lo sé. El camino nos cruzó, y empezamos a hablar. La escucho narrar su vida, pero no la veo vivir. Silvia habla con la verdad de saberse en frente del miedo y haber sobrevivido a él. Con la verdad de sentirse viva. Habla de un pasado que está más presente que nunca, que no deja de acompañarla. En Madrid, Buenos Aires o Marbella. Silvia habla con la verdad, y eso, tras el horror, ya es mucho. 

        -Sin embargo -la corto-, ella siempre dice que hay momentos de amor en momentos como esos. Incluso en la ESMA. 

        -Claro. Y más cuando estás embarazada como lo estaba ella. No te queda otra para sobrevivir. Lo que tú no sabes es que son los hijos los que te protegen a ti. Te protegen del riesgo de no estar amarrado. Ahí está el sentido de la existencia. No en la muerte, como siempre se ha dicho. En la vida. Sí, en la vida, pero en la de otro. En la de tu hijo, tus padres, tu pareja o tus amigos. 

     -¿Cómo era preguntarle sobre violaciones, torturas, momentos que seguro se le clavaron en la mente para siempre?

      -Siempre hay cierto morbo por las violaciones, pero la tortura es sagrada, porque en ella hay puro sufrimiento -hizo una pausa lo suficientemente corta como para no dejarme preguntar-. Y no por que la violación sea menos dolorosa, sino porque siempre fue sospechosa de haberla provocado, de no haberse resistido lo suficiente. “Si te violaron, fue forzado, pero bueno, a lo mejor te gustó”. ¿Cómo que y si me gustó? ¿Es menos violación si me gusta?

Evidentemente no. Es lo mismo. Por poco placer que pueda haber, esa imagen, ese roce, queda en el cuerpo marcado para toda una vida. Una vida que una vez ha tocado fondo, uno tiene que intentar recuperar de alguna manera. El libro es un poco como una liberación, una forma de expulsar todo lo que quedó dentro, cerrar un ciclo. 

        -El libro es una manera de responder a preguntas de hace dos décadas que quedaron flotando en el viento. El libro es un reflejo de todas las charlas que tuve con Silvia, en las que siempre hubo una pendulación entre lo monstruosa que fue su vida y lo trivial que ha sido después -cerró Leila a mi pregunta.

        -¿Qué ocurrió para que el destino final de Silvia saliera cara? ¿Qué motivo había para mantenerla con vida?

        -Una llamada. La llamada. O simplemente el azar. La cuestión es que Silvia, 30 años después, solo pide tiempo. Tiempo para disfrutar. Que el ciclo que supuso la ESMA y derivados no se cierre más tarde que el ciclo de la vida. Tenía tanto dolor por dentro, tanto desgarro, que cuando tu le preguntas dónde vive, ella responde: “En el limbo”. 

Qué sensación más horrible la de decir: vivo y no vivo. Simplemente, estoy. Aunque hay veces que basta con estar. El sueño de mi vida es estar en mi jardín, con un libro, mis hijos, mi mujer, música, y que me dejen en paz. Así, es imposible que me aburra. “Chao Leilita, chao querida”. Así podría haber terminado mi charla con ella si la conociera de algo, pero no tengo ese placer. Leila es de esas personas que tienen algo especial en la manera de hablar, en la forma de expresarse. Esa manera de conseguir engancharte a lo más ínfimo, desde el dolor, el amor y saber cómo decir las cosas. No habré hablado con ella nunca, pero puedo decir que he leído La Llamada. 

¿Y ahora qué? ¿Qué sigue? Una cena en una terraza, y un vuelo mañana por la mañana. En una vida que pasa. Como todas. Solo basta una llamada. Así, es imposible que me aburra.


16 de marzo de 2024

Vuelos insomnes. Historias entre Madrid y Menorca

Marzo. Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Hay maneras y maneras de empezar una novela, y esta, para mi, es de las mejores. O al menos, de las más sinceras, en las que Hardwick se nos muestra tal y como es. 

Así explota Noches insomnes, la primera novela que leí de Elizabeth Hardwick, escritora inmensa que durante muchos años estuvo relegada a la posición de “mujer de” -algo sufrido por muchas mujeres excepcionales a lo largo de la historia-. Digo que fue la primera novela porque recientemente pude leer Historias de Nueva York. Con los dos libros me llevé la última copia, algo que, digo yo, tiene que significar alguna cosa. 

En el libro que publicó en 1979, un par de años tras la muerte de su marido, reconocido escritor americano del siglo XX, se nos muestra desnuda, frente a su libreta, como si de un diario se tratara. La traductora de estas obras, en la charla que ofreció para unos pocos privilegiados que tuvimos la suerte de asistir a Pérgamo esa tarde, nos dijo que había mucho de autobiografía en esas líneas, pero que no era un libro autobiográfico. Vemos a una Hardwick que nos muestra la poca relación que mantiene con su madre, su sentimiento como mujer, las relaciones que mantiene con otros, su amistad con Billie Holiday, invitada de honor de su apartamento, y muchos más temas desde un punto de vista muy poco personal, pero muy íntimo. Como si a vista de pájaro se tratara, entramos en su vida sin que ella nos la describa. 

El tono que utiliza la americana, sin embargo, es mágico e hipnotizador. Pocas veces un texto pasa por delante de tus ojos de tal forma, tan claro, tan sensible, tan como si estuviera pensado en voz alta durante una noche insomne. Seguramente, cuando ya te da igual todo y tu reputación ha sido pisoteada por tu exmarido y muchas otras personas, se escribe de otra forma. Mucho más relajada, atrevida, sin ataduras ni complejos, mirando a la vida a los ojos, admitiendo que ésta nunca te va a devolver la mirada. Hardwick crea una obra brillante que, desde su impersonalidad, nos transporta a su vida. Una vida que, sencillamente, pasa. 

En Historias de Nueva York, el concepto es otro totalmente distinto. La escritora que se nos presenta a través de Noches Insomnes en 1979, resulta que empezó a escribir en 1946 una colección de cuentos sobre historias de Nueva York y Kentucky, su pueblo natal.  De 13 historias, magníficas todas, como bien me dijo Érika, me quedo con 2: Tardes en casa y Un amor de temporada. Por su significado, por su manera de decir algo que muchas veces he llegado a pensar y uno nunca consigue ponerle palabras. El primero, trata de la vuelta de la protagonista a su casa natal. Tras un tiempo viviendo en Nueva York, alejada de su familia, vuelve, aterrada, a una casa que dejó por aburrimiento y miedo a estancarse, buscando en la gran ciudad un sueño, una vida que prometía fuegos artificiales, amor, felicidad y muchas otras cosas. Cuando llega a Kentucky, a ese hogar, no encuentra esos demonios que había imaginado, ni siquiera ese horror monótono y literal habitual, sino que se descubre, atónita, recordando callejones, viejas historias vividas, rostros de familiares que se habían vuelto borrosos. Tras unos días en casa, descubre que es feliz en ese aburrimiento, y su única queja es que “la radio siempre está puesta”. Cuando vine a vivir a Madrid, mi sueño fue también esa vida que no tenía en Menorca; salir de la monotonía, tener tantos planes que no te queden días, buscar en la capital una actividad social que en mi casa no era tan posible. 2 años después, lo celebro totalmente, porque soy feliz, con mi gente, mi pareja, un trabajo que me gusta, pero de vez en cuando, añoro esa monotonía. Esa manera de subir las escaleras tan típica de mi padre; el olor del cuarto de mi hermano al pasar por delante de la puerta; los abrazos de mi madre, y hasta tumbarme en el sofá con ellos durante 2 días. En las vueltas, no busco nada más. Basta eso para ser feliz. 

En Un amor de temporada, veo en Adele, ese FOMO (Fear of Missing Out) que tenemos todos. Tenemos tanto miedo de perdernos algo, de no vivir algo que podría ser increíble, que nos olvidamos de disfrutar lo que realmente vivimos. Matt, pareja de la protagonista, le dice que cuando haya visto todos los lugares más ostentosos los podrá olvidar y disfrutar de los pequeños lugares sin descubrir que tenemos al alcance de la mano. Ella, deseosa de ver mundo, joven, historiadora en potencia, activa culturalmente, decide irse a Europa para escribir una tesis sobre su pintor favorito, Van Eyck. ¿A quién no le gustaría irse a Ámsterdam y disfrutar de los girasoles, el mar y la pintura? Tras un tiempo ahí, no solo no puede escribirlo por una cuestión de inspiración, sino que el trabajo que se ve obligada a realizar para vivir, no es el que ella deseaba, algo que provoca un total inconformismo en la joven. “No había pedido un trabajo agradable -que lo era-. Me había exigido algún tipo de logro”, algo que no sucedió. Iba del trabajo a casa, se echaba crema, se tumbaba en la cama y se preparaba para una cita. En mi caso, no me echo crema, pero sí disfruto de mis cenas con Cris, regulares cada pocos días, disfrutando de los ratos libres que nos deja el día a día y también desearía un trabajo en el que pudiera lograr algo y no ser simplemente uno más. Como dice Nuccio Ordine, a veces buscamos la utilidad en lo inútil, en vez de dársela a lo que realmente la tiene. ¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Esa es la cuestión. 

Creo que, como Hardwick dice, prefiero tener poco tiempo para hacerme preguntas, bien estar trabajando, o bien preparándome para una cena con Cris, o en Pérgamo disfrutando de una charla, dormirme agotado y extrañamente feliz. Ese debe ser el truco.


10 de marzo de 2024

El agua de Zaragoza es amarilla

Son las doce de la mañana. El día está gris y quiere lloviznar. Entramos en un bar. ¿Cuántas cañas? Una, dos… Diez cañas y diez pinchos. Así acabamos un fin de semana lleno de comida, risas, fotos, abrazos, cervezas y descubrimientos. Coincidir con tus compañeros de Barcelona es muy complicado, por no decir casi imposible. Las cenas de Navidad son separadas, y la distancia lo hace todo más complicado. Hay gente que tras estar con ellos un año y medio hablando diariamente, no sabíamos ni cómo eran. Pero hay veces que a uno se le enciende la bombilla y decide hacer un viaje conjunto. ¿Adónde? A mitad de camino. Zaragoza era el sitio perfecto. Terminamos la caña y nos vamos a otro. 

Entramos en otro bar. Diez cervezas y diez saquitos. ¿Qué llevan? Torrezno, huevo de codorniz y salsa carbonara. Están para corre****, nos decía Celia. Dejémoslo ahí. Llegamos el viernes por la tarde, después de una jornada de trabajo que se había hecho larga esperando que llegara la hora de salir. Con la maleta preparada y las ganas (a pesar del sueño) de disfrutar de un fin de semana atípico que no sabemos cuándo podremos repetir, nos montábamos en un AVE con dirección Zaragoza, donde nos encontraríamos con la gente de Barcelona. Un equipo de 10 se juntaba con otro de 12 personas. El taxista, merengue de nacimiento, nos fue contando hasta dejarnos en el hotel que Zaragoza era una ciudad muy buena que no sabía explotar todo su potencial. No la conocía. No podía juzgar. Quedaban 48 horas por delante para descubrir, conocer y disfrutar una ciudad que de primeras parecía más dormitorio y acabó siendo una ciudad con más marcha que ninguna. Si que estaba para… chuparte los dedos, el saquito. Nos vamos a otro. 

Entramos en otro bar. Diez cervezas y 3 de patatas bravas. Encontrarse con gente a la que hablas cada día pero no has visto nunca es lo más parecido a un rencuentro de familia después de un trimestre estudiando fuera. Abrazos, risas, gritos y un recepcionista flipando de que 20 personas adultas se comporten como niños de 12 años. Y mejor así. Conocer a personas que te han hecho reír con solo unas palabras en reuniones o conocer a otras con las que has podido chocar profesionalmente y descubrir que son lo más majo que existe en la faz de la tierra. Así se hace equipo. Y 48 horas después, lo notas. Será más difícil que algo te siente mal ahora, o decirle algo de forma más borde. El lazo que te une es distinto. Así se hace equipo. Llegan las patatas y es un milhojas de patata con salsa brava. Seguramente la mejor que has probado nunca. Nos vamos a otro. 

Entramos en otro bar. Diez cervezas y diez pinchos de champiñones con salsita. Esto es típico de aquí. El “tubo” de Zaragoza tiene más bares por metro cuadrado que Menorca en toda la isla. Y uno no se puede ir de ahí sin probar algo de todos y cada uno de los sitios. Despedidas de soltera, grupos de amigos que salen a cenar, compañeros de trabajo haciendo un afterwork o parejas que quieren tomarse algo por la calle antes de ir a casa. Pocas veces he visto esa cantidad de gente, aunque las calles estrechas lo magnifican todo un poco. Nos vamos a otro. 

Entramos en otro bar. Diez cervezas y croquetas de arroz negro con alioli. Otros, de gallina con chocolate. Otros, de gorgonzola y manzana. Hablar con tus compañeros de algo que no sean cuotas, clientes, transportes, customer o quejas, hace que de repente alguien te sorprenda con su capacidad para hacer reír al resto. Y menos mal de estos especímenes, en peligro de extinción, porque dan a ese grupo una vida que sin ellos no sería lo mismo. Y yo no sé si el Quini o el Miqui del pueblo de Toledo de nuestro querido Carlos será real, pero así como él nos cuenta todas sus historias, solo deseas que siga habiendo historias durante muchos años más. Nos vamos a otro bar. 

Entramos en otro bar. Diez cervezas y dos de pulpo a la gallega. Al haber ido a Galicia, ya ves si sabe bien o no. Este pulpo sería del Ebro, pero qué rico. De repente, nos encontramos frente al Pilar. Esa calle, parecida a Larios, con flores en las farolas y una imponente basílica al final. La estampa era preciosa. Entramos, los 25, decididos. Había que ver a la Pilarica. Y poner una vela, algo que no suelo hacer nunca. Si el otro día decía que en Galicia el abrazo al apóstol había servido para pedir por los míos, aquí, la vela y la virgen hicieron lo suyo para que volviera a pedir. No salió mal hace dos semanas. A ver si con esta hay suerte. No ha habido muchas veces que en una iglesia haya conectado tanto con lo que ahí se está viviendo -sí me suele pasar, en cambio, con nuestro Nazareno-. Aquí, en el Pilar, eso no ha sido así. Esos techos inmensos, el altar donde está resguardada esa estatua pequeña a la que veneran centenares de personas, las pinturas, la gente, el significado, todo eso consiguió que conectaras con algo más. ¿El qué? Algo. Da igual el qué. Nos vamos a otro bar. 

Entramos en otro bar. Venga, la última. Diez cervezas y unas anchoas con vodka y limón. ¿Vodka? ¿Ha dicho Vodka? Sí, sí. Ya verás. Han sido 48 horas donde ha habido de todo. Un bocadillo de bacon para desayunar en un bar muy bonito; copas en un callejón mientras un saxofonista nos deleitaba con su música; un karaoke en el que hemos demostrado nuestra calidad como equipo; muchas caminatas; una visita al río Ebro, que va más rápido de lo que pensaba; un hotel muy bonito y un compañero que ronca más que un tractor por la noche; paseos por el centro iluminado; compras de cintas del Pilar e imanes para la nevera; comidas exóticas y otras más típicas -siempre recordaremos la oreja y la brocheta de cebra-; muchas cervezas, terrazas y cubatas; retiradas a tiempo que son victorias; cafés para revivir a un muerto; charlas con toda la gente que podías y así conocerlos mejor; descubrir una ciudad preciosa; descubrir gente increíble; muchos abrazos, muchas risas; y en estos dos días, hemos hecho equipo. Así se hace equipo, de verdad. 

Después de 48 horas intensas, con ojeras y sueño, hemos cogido el tren y en 50 minutos estábamos en Yebes. Y así, hoy, por fin, 48 horas después, hemos bebido agua otra vez. El agua de Zaragoza es amarilla y sabe a cerveza. 


5 de marzo de 2024

El apóstol de la lluvia.

En Santiago de Compostela, esa ciudad en la que la lluvia gobierna sus días y las calles empedradas sienten las emociones de los peregrinos, vivió el fin de semana pasado uno de sus peores temporales en meses -creo-. Hay veces, sin embargo, que el destino es caprichoso, y éste quiso que Cris y yo viajáramos a tierras gallegas para celebrar su cumpleaños en el mejor momento meteorológico de la costa gallega. Aunque su cumpleaños fuera hace un mes, más vale tarde que nunca. 

        Volar de noche durante una hora y media puede provocar dos reacciones totalmente distintas en la gente; dormir hasta escuchar que vas a aterrizar y dormir hasta que ya has tocado tierra y tu compañero se ve en la obligación de despertarte, provocando un malhumor general. A esas horas no está pagado… La llegada fue tranquila, y el cielo prometía un día tranquilo, algo gris, que acentuaba ese aire de misterio del campo verde y majestuoso que se alzaba entre los destellos del amanecer. Los árboles, organizados y estructurados en cuadrículas perfectas, mostraban el norte tal y como es en nuestra imaginación: verde, rural, frío, precioso. 

Llegar a tu hotel cuando vas de viaje se convierte en ese medicamento que debes tomarte para calmar todo el estrés que has vivido durante las horas anteriores. El trayecto al aeropuerto de madrugada, el tiempo de espera interminable, una hora de vuelo, llegar a tu destino, adivinar dónde tienes que ir, coger el transporte para llegar al hotel… hasta que finalmente, una vez llegas, no tienes tiempo para disfrutarlo y relajarte porque tienes que salir a descubrir. A vivir. 

El desayuno también puede convertirse en un momento peligroso si no encuentras el sitio perfecto -en el caso de no desayunar en el hotel-. Para nosotros, Café Iacobus, fue una especie de oasis en mitad del desierto. Donde a las 10 todo estaba cerrado, ahí apareció esa pequeña cafetería. Esas tostadas con pan de coca, con tomate y jamón ibérico supieron a gloria durante esos tres días que nos convertimos en ese cliente habitual que tanto vanagloria Hannah Jane Parkinson en “La alegría de las pequeñas cosas”. No hay nada como la sensación de que en un sitio ya te conozcan y sepan lo que quieres. 

        ¿Qué puede hacer uno en Santiago? Sinceramente, poco. Pero esto tiene algo bueno, y es que puedes exprimir toda la acción en un fin de semana y saber que no te has perdido nada. Entre lo más destacable, y quiero dejar para el final el punto fuerte, una de las cosas que más disfrutamos fue callejear. El centro de Santiago consta de un máximo de 15 calles seguramente, las cuales todas y cada una de ellas confluyen en la Plaza del Obradoiro. Entres por donde entres, salgas por donde salgas, la plaza de la Catedral se convierte en ese centro neurálgico que en verano todo el mundo pisa arrodillándose y dando las gracias por ese camino que ha realizado, y en febrero luce menos llena, esta vez de turistas que aprovechan un fin de semana o puentes para descansar. Era gracioso como al irnos nosotros llegaban andaluces para celebrar el puente de Andalucía. Y luego, llegarían baleares para hacer lo mismo. Seguro. 

Disfrutamos de las empanadas gallegas, que probamos de una tienda típica perdida entre una de esas calles estrechas y sombrías que producen ese laberinto entre el complejo catedralicio. Imaginaos esa típica abuela que ha cocinado desde que se ha levantado a las 5 de la mañana, 5-6 empanadas de diferentes sabores y las ha puesto a la venta en su casa. Esa tienda, podía ser perfectamente eso. No había nada más auténtico. Disfrutamos también de toda la comida restante. Pulpo “a feira”, almejas a la plancha, pinchos que pensábamos típicos del País Vasco, patatas, y todo lo que se nos pusiera por delante, hasta churros con chocolate. Tuvimos tiempo de pedir un buen McDonald’s y cenar en nuestra habitación de hotel tras un día que había sido muy largo, y pasarnos por la librería de Cronopios, en honor a nuestro querido y adorado Cortázar.

Fuimos a Coruña también, de excursión, de escapada, más bien. Viendo el panorama del primer día, buscamos algo distinto para hacer porque viendo que iban a ser tres días de rodear la catedral, queríamos ver algo distinto. El problema vino cuando al llegar a la capital nos encontramos con un temporal de viento y lluvia que agitaba mi chubasquero como si fuera la vela mayor de una de las carabelas de Colón. Entre eso y el logo de Camino de Santiago marcado en azul y amarillo, la estampa no podía ser más graciosa. E incómoda -y lo digo por experiencia-. La excursión tuvimos que acortarla debido a la imposibilidad de hacer nada que no fuera estar en un bar y probar la Estrella en Galicia, su ciudad natal. Y nada mejor que hacerlo con las vistas de María Pita. 

        Después, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicaremos a recordar las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar el viaje, le pregunté a Cris qué era lo que había disfrutado más. Ella siempre me responderá lo mismo: “La visita a la Catedral, el Pórtico de la Gloria, y el abrazo al Apóstol”. Hay momentos que quedan grabados en tu retina para siempre, y los 1800 segundos que forman esa media hora en la que pudimos observar ese pórtico, valieron la pena, todos y cada uno de ellos. Con la cabeza mirando al cielo, observando detenidamente, nos sentimos un poquito más cerca de Dios. Literalmente. A veces nos olvidamos de pedir, y el abrazo al Apóstol fue el motivo perfecto para pedir por nosotros y los nuestros, en un recuerdo que quedará por siempre en nuestra cabeza.  

Galicia calidade, aunque nos quedara la espinita clavada de la lluvia. Volveremos, sin lugar a duda, como peregrinos. Comeremos pulpo, empanadas, churros y celebraremos la vida.  


2 de marzo de 2024

Una declaración de dependencia

“En los últimos años había algo doloroso en la organización de la barbacoa, porque en la lista de los invitados se veía cada vez con más nitidez con qué personas íbamos a acabar perdiendo el contacto.” Este es uno de los primeros párrafos de la nueva obra de Rebekka de Witt. Así empieza Declaración de dependencia. Así empieza, dejando ir, abandonándose a una soledad. O a una intimidad, más bien dicho. 

        Coincidir con la autora de un libro en una charla, conferencia, diálogo, puede ser algo habitual, pero no lo es tanto cuando ésta es belga. Sin embargo, el otro día, se dio la magia y pudimos disfrutar en Pérgamo de una charla filosófica, reflexiva, íntima, de una autora joven que ha dejado en su libro una reivindicación del problema actual que tenemos con la dependencia. 

La conversación, bien llevada por Carlos J. González (@aspirar_al_uno), y con buen gusto para encontrar citas en autores clásicos y más modernos, enmarcada en una librería abarrotada, empezó con un ejemplo sobre los alumnos de éste, con su contestación a la pregunta de si se sentían solos. La respuesta general fue afirmativa, dejando claro que actualmente, por mucho que la vida esté hecha para unirnos, como nos indican todos esos amigos de los que disponemos en las redes sociales, cada vez estamos más aislados y nos cuesta más relacionarnos. ¿Cuántas veces nos hemos callado algo por miedo a ser rechazados, o simplemente ignorados? Yo creo que podríamos tener casos así, diariamente. Y en colegios, cuando uno se está formando como persona, como ser humano, compañero, amigo, éstos pueden aumentar. 

En este mundo actual, tan polarizado, creía la autora que tal vez estamos enfermos de Platón. Ese “Alma y cuerpo” que tanto defendía, esa dicotomía entre el mundo sensible y el inteligible, puede verse amenazada por los peligros del exterior. Muchas veces generamos sentimientos que no sabemos canalizar, otras, no nos damos cuenta de ellos, y otras, simplemente preferimos reprimirlos, porque vemos la dependencia de la otra persona como algo malo. “La independencia es una fuente de desilusión y desánimo”, escribía la autora. Contar cosas nuestras, internas, a las que no hemos dado voz nunca, puede generarnos intranquilidad porque pensamos que el otro creerá que somos un problema. Y en esto, estuvo muy agudo: en el colegio se nos enseña a hacer las cosas solos, pero luego, la vida, cuando toca enfrentarse a los peligros de verdad, nunca lo estamos. Y menos ahora. Pienso en los problemas que puedo tener en el trabajo, y siempre hay una mano que te recoge, aunque siempre sea la misma. 

Aristóteles, seguramente uno de mis filósofos favoritos, decía: “¿para qué hemos venido?”. Al mundo, aquí, al ahora. Protágoras, en uno de sus diálogos, le contestó: “nos criaron para contemplar el cielo”. Y no sólo para contemplar el cielo, sino para compartirlo con alguien. Ya hemos dicho varias veces que el ser humano es un ser social, y compartir es la principal característica que nos define como lo que somos. Compartir es vivir, diría mi prima. 

        Vemos al otro como alguien que no es igual que yo, alguien totalmente distinto, ajeno a nosotros, lejano. Sin embargo, el otro, es simplemente otro yo, otra manera de vivir, sentir. Con el tiempo hemos perdido la capacidad de contar al otro nuestra manera de ver el cielo, nuestra manera de ver la vida y también, de vivirla. Por miedo, por inseguridad, o porque hemos comprado la narrativa de que ser independientes es lo mejor que podemos tener. Y esto, nos ha hecho perder la alegría de hacer algo en compañía, dejando la soledad, como algo necesario. 

De Witt dijo que una verdad se cuenta entre tres personas, y me parece muy interesante. Cuando solo lo sabe 1, es una locura, y cierto es que un pensamiento puede conducirte ahí; entre 2, es un secreto. Y estos pueden llevar a la traición. Solo queda, de esta manera, una opción: escribir un blog y que lo sepan, mínimo, 3 personas -mi madre, mi novia, y alguno más perdido que lee esto-. 

Para finalizar la charla, que se acercó a la hora, sintiendo en mi interior que habían sido 20 minutos, Carlos le preguntó si había alguna manera de ser dependientes sin sentir un peso. No, la respuesta era definitivamente no. Dependientes ya lo éramos, por lo que esto, ya estaba respondido, pero sí que para sentirnos mejor, había que crear nuevas imágenes para que veamos que la dependencia es algo bonito, común, humana. Nos ensimismamos tanto en la individualidad y la productividad que dejamos de ver el mundo. Por eso, hay veces que se necesita parar y disfrutar de una sola cosa. Una. No mil. Sin móviles, sin estímulos exteriores. 

¿Por qué lo has escrito? Por dinero. La verdad es que tenía gracia, y a pesar de ser en inglés, se entendió todo muy bien. No solo su narrativa era clara, sino también sus gestos, sus respiraciones. Dejaba muy claro lo que pensaba en cada respuesta. Algo que no había podido hacer todas esas veces que la gente le había preguntado por la dependencia. Por eso, escribió este libro. Por cada una de las veces que no pudo contestar en el momento y la respuesta apareció más tarde. Ésta fue su venganza. Y esta, es mi entrada. 

Disfrutad la compañía, la dependencia, no tengáis miedo de decir las cosas, y no os guardéis vuestros sentimientos. ¿Nos falta alegría? Tal vez. Hay veces, sin embargo, que basta respirar, y contemplar el cielo.