18 de junio de 2022

Las dos obras maestras de Tallón

Hay personas que escriben para vivir. Las redacciones están llenas de ellas. Gente que basa las horas de su día en la escritura mecánica de textos que se leerán y olvidarán. Se levantan a las 7 y se pasan toda su jornada laboral, con suerte, pensando cómo exponer su particular historia. No obstante, hay otras, muy pocas en este mundo, que viven para escribir y pasan los hermosos 86400 segundos que dura su día en escribir palabras que no tanta gente leerá y recordará toda su vida. Bastará con una frase. Con un párrafo como mucho, pero esos son los escritores que uno siempre quiere encontrarse. Son a veces escurridizos, y no siempre los encuentras en su primer libro. Pueden pasar las páginas y no parecer ver la luz. Hay veces que hay que dar una segunda oportunidad, sabiendo sin embargo, que esa segunda oportunidad puede marcar una historia muy bonita que te unirá a ese escritor que se ha puesto delante de un papel y un boli y se ha inventado una historia. Nada nunca volverá a ser lo mismo. "Eres un dramático". Seguramente. No os niego esa posibilidad, pero cuando os ocurra algo así, estaréis agradecidos a que una vez, un bloggero de Menorca os aconsejó no dejar ese libro que podía convertirse en vuestra Biblia particular. 

Soy una persona que no me ciño a la lectura marketiniana. Todos esos libros que aparecen en portada en los escaparates de las grandes librerías no consiguen detenerme y hacerme entrar por sus grandes puertas. No me seducen todos esos libros de intriga, amor, dulces para adolescentes, con los que pasaría un muy buen rato, y al cabo de unos días no recordaría ni su portada. Suele ocurrir lo mismo con las personas con las que ligas de fiesta. Aparecen un día, haciendo mucho ruido, embriagados por la colonia del alcohol, y a la mañana siguiente muchas veces ni consigues recordarlas. Hace años ya que no termino sucumbiendo a esos grandes títulos que nos ofrecen las mayores editoriales del mundo, cuyo único propósito es vender páginas vacías llenas de letras. No digo que sean peores, sólo que no me ofrecen, a mi particularmente, la misma experiencia que otros menos comunes. No siempre es así. 

Así llegó Juan Tallón a mi vida. Xoan Tallón, supongo, para sus amigos. Original de Villardevós. O Vilardevós. Me lo tendrán que confirmar mis amigos gallegos. Filósofo de carrera, escritor de columnas en diversos periódicos, escritor de discursos para un ministro, novelista, gran amante de los materiales artísticos y con pánico a empezar una novela y morir en el transcurso. Padre de una hija que le está enseñando a decir que no (algo muy importante que muchos no sabemos hacer, según dice en una de sus columnas) y, persona que según su padre es prácticamente un inútil. Remarcando ese adverbio inicial, que no hace más que rebajar el grado de inutilidad. 

Me encontré con este autor, para mi desconocido, en uno de los posts que subió Coco Davez en su Instagram. En él, recomendaba dos de sus últimos libros: el primero, Rewind, por dejarla en shock y romperte el alma a cada página que avanzas. Esa Rue Romarin nunca volverá a ser lo mismo; el segundo, Obra Maestra, por ser todo lo contrario al anterior, y narrar con una multi perspectiva jamás antes leída por mi ojo, la pérdida por parte del Reina Sofía de una de las obras más pesadas de la historia de la escultura. Solo puedo asegurar, con total convicción y certeza, que la próxima vez que pise esos suelos originalmente rotos de mármol del museo madrileño (los cuales estaban destinados a ser parte de un hospital), lo primero que buscaré será ese Gernika. No el de Picasso, sino el de Serra. Richard Serra. 

Después de terminar las dos novelas, puedo confirmar que Rewind es la verdadera Obra Maestra de Tallón. Qué palabras más bien empleadas. Qué frases tan bien puestas. Qué historias viven sus protagonistas. Qué bonita es la vida cuando te das cuenta de que mañana puede no seguir ahí (Hume decía lo mismo hace 400 años y a mi me parece bonito que ese pensamiento haya evolucionado hasta el presente. No en un sentido Mr. Wonderful, sino en uno más poético y filosófico). 

Empecé a seguir al gallego en sus redes y me enteré de las columnas semanales que escribe en El Periódico de España. Cada una mejor escrita que la anterior. Sobre la idea del no, la dificultad de llevar a cabo una mudanza, o lo bonito que debe ser calvo para una persona que vive en el gerundio de peinarse. Me quedaría horas y horas leyéndolo y deseando escribir algún día, con una milésima parte de la calidad que él tiene. En una reciente entrevista con la pintora dejó la siguiente cita: “Lo imposible a veces tiende a la realización”. Ojalá tengas razón. O al menos, un poquito. 

Hasta que no ocurra, seguiremos intentando escribir con la calidad que ya conocéis y leéis en mis entradas. Como dice Tallón, lo importante no es escribir una buena novela, sino una nueva novela. Habrá otros blogs mejores, más interesantes, con más ingenio, o más educativos, pero me quedo con las personas que leéis este por, ¿diferente? Porque no tenemos un tema concreto (eso se ve a primera vista), no tenemos un área específica, ni siquiera una periodicidad. Escribo cuando me da la gana, y vosotros estáis allí siempre. Por eso os doy las gracias, por vuestro inmenso aguante y soporte hacia mi persona. Hay mucha gente gilipollas en el mundo, o eso dice el escritor, pero vosotros estáis lejos de ellos. De eso ya podéis estar seguros.

Muchas gracias. Nos vemos en la próxima. Hasta pronto.

19 de mayo de 2022

Re-Read (ing) Barcelona

Barceloooonaa!! Todos habremos escuchado alguna vez esta canción que unió a Freddie Mercury con Montserrat Caballé en la intro de unos Juegos Olímpicos eternamente recordados.  Una mezcla que vendría a ser parecido a lo que ha hecho Rosalía: juntar flamenco y reggaetón, dos mundos totalmente distintos, que con un poco de esfuerzo, pegan hasta con cola. 

        ¿Por qué empiezo así la entrada? Porque no merece menos. Ni más tampoco. Hoy es un día especial, porque tras casi dos años que llevo escribiendo en este blog, nunca había podido dedicar una entrada a Barcelona, mi Barcelona querida. Vosotros no lo sabéis porque nunca lo he dicho, pero hubo un momento en el que me sabía el centro de la ciudad como si fuera la palma de mi mano. Es verdad que aún me la conozco bastante bien, pero ir 5 años después de la última vez, habiendo pasado una pandemia de por medio, ha hecho aparecer en mi palma algunas arrugas que yo no conocía y me dejaron un poquito perdido de primeras. 

Estamos hablando de un viaje que hicimos en diciembre. Ha pasado el tiempo, sí, pero como decíamos el otro día… pasa y pasará, y no por eso pierde la importancia. Llegamos con los amigos a Plaza Cataluña y volví a recordar un poco todas esas veces que había paseado por ahí con mis padres. El viaje había sido realmente improvisado, solo basta deciros que una semana antes yo solo me iba a Palma. Pero ahí estábamos, 5 menorquines, en un hostel de Plaza Cataluña, compartiendo habitación con un americano, un alemán y un francés. Parecía Toledo en tiempos de los Reyes Católicos (espero que entendáis por qué). 

        Fueron dos días, pero ¡qué días! Fueron 36 horas de pasear por todo el centro; 36 horas de comer y beber (con lo que nos gusta a nosotros el comercio y el bebercio); 36 horas de subir Montjuic y recorrernos toda la Gran Vía; 36 horas de salir de fiesta y terminar comiéndonos unos churros a las 5 de la mañana. Como veis, fueron 36 horas muy intensas en las que hicimos de todo un poco, pero si hay que recalcar dos cosas del finde estas dos serían, de menos a más importancia, el ver las luces de Navidad de Rambles y Portal de l’Àngel y la librería que descubrí gracias a ellos. 

Llegamos sobre las 18 y el sol se había apagado. La luna hacía su entrada en el cielo de Barcelona y todas esas luces ganaban más protagonismo, ya fueran las de El Corte Inglés o las del Mercat de Llúcia, situado en la plaza de la Catedral. Ahí, andaba yo buscando un caganer bonito para poner en el Belén, cuando me encontré el de Messi en el PSG. Habría sido un buen regalo para mis amigos culés, aunque debido a su alto precio decidí dejarlo en la estantería. Una pena.

        A la mañana siguiente, después de unas cuantas cervezas por la noche y haber cenado en el Mcdonalds de al lado del hostel, nos dirigimos a la Dick Waffle que se encuentra en plenas Rambles, justo delante del Liceu. Tiago y yo no lo teníamos claro, pero al final sucumbimos a ese gofre con chocolate blanco y oreo… Hay que decir que esos 17 centímetros eran deliciosamente ricos y dulces, por muy mal que suene. La vendedora, por suerte, estaba acostumbrada a ello.

Ese día transcurrió entre compras, cervecitas y una comida en un restaurante japonés que nos dejó la barriga a un maki de la explosión. Evidentemente, luego había que bajar todo eso, y decidimos poner rumbo a Montjuic desde Plaça Universitat. Esa media horita, entre paseo y carrera para subir las escaleras de la fuente mágica nos hicieron olvidar los nigiris y todas las gyozas que habían entrado en nuestra boca. Las vistas desde arriba eran preciosas, algo que no tenía recuerdo de haber podido contemplar nunca. Esa ciudad cuadriculada cortada por esa diagonal con algunos puntos que se desorganizaban, la montaña al fondo, el cielo azul, conformaban un cóctel perfecto para quedarnos ahí un ratito a disfrutar de la calma.

        Al bajar del cielo volvimos otra vez al mundo terrenal. Las calles llenas de taxis y de gente se iban oscureciendo poco a poco, e iban reluciendo las luces de navidad en Gran Vía. Y ahí fue donde por un momento estuvimos en el segundo lugar que he destacado por importancia al principio de esta entrada: Re-read.

Como su nombre bien indica, no se trata de una tienda oficial del FC Barcelona. Y si lo fuera, me temo que al club le queda tan poquito dinero que tendrían que cerrar por vacaciones durante un tiempo. Dejándonos de meter con el Barça, que suficiente tienen con jugar la Europa League (y haber quedado eliminados, que esto está escrito en enero), Re-Read es una librería de segunda mano donde cualquier lector sería feliz durante el rato en el que esté en la tienda. No solo por la cantidad de libros que uno puede encontrar en cualquiera de sus estanterías, sino por la calidad de ellos y la música de ambiente que a un friki del jazz le pone los pelos de punta (y otras cosas que mejor no comentamos). Para ser una tienda de segunda mano, todo estaba tan bien colocado y organizado que me podía recordar a mis paseos con Luna por La Central, en los que cada uno iba a su aire y nos perdíamos entre los pasillos repletos de títulos y nuevos autores que te apetecía descubrir. 

        Me habría podido llevar 1000 libros (por poder), pero la maleta no era mía y había que economizar peso. Yo me llevaba 6 y Ada otros 5. La competición entre los amigos había empezado. A ver quién se llevaba los mejores, aunque hay que decir que todos los que cogimos eran para cada uno, los mejores. Al ser fans de Harry Potter hubo uno que levantó ciertas ampollas en el grupo: ese no era otro que el de Historia de Quidditch, el cual encontré en un montoncito de libros enano. Sé que no me desearon ningún mal, pero en el fondo sé que querían que a mi libro le faltara alguna página -os aviso ya de que no ha pasado-. De allí salimos cargados y felices, listos para otra noche de fiesta, donde tras un momento de duda accedimos a pagar 20€ para entrar en una discoteca, y sin copa. Sí chicos, sí. Sin copa. Una mierda, pero bueno, dicen que una vez al año no hace daño, y esa fue la última de un 2021 que iba a quedar grabado en nuestras retinas de una forma u otra. 

Leer libros y comprar libros son dos actividades totalmente distintas. Ir a Barcelona y vivir Barcelona también. Yo me quedo con la segunda. Más apasionante y divertida. Diferente y con muchas sensaciones. Multicultural y cosmopolita. Leer blogs y leer el mío, eso sí son dos actividades totalmente distintas. Os recomiendo la segunda, más que nada porque así tengo que escribir otra entrada y me entretengo.

Y ahora, hacemos un punto y aparte, hasta la siguiente entrada. Gracias, como siempre. 


12 de mayo de 2022

Tic, tac. 40 días han pasado.

¿Os acordáis de la última entrada que escribí en este blog? Ha pasado más de un mes, y en este mes muchas cosas han pasado. Tal vez no tantas. Alcaraz ha ganado sus primeros Masters 1000, la inflación ha seguido subiendo, la guerra en Ucrania avanza ante la pasividad del mundo, nadie está a gusto con el poder de España… Tal vez no pasen tantas cosas. Lo único que sigue su curso de forma imparable es el tiempo. Esos segundos que para algunos son un mundo y para otros una miseria. Tic, tac, decía Pedrerol. Tic, tac suena en nuestro reloj. Aunque sea imposible parar ese sonido que confirma que ha pasado un segundo más de nuestra vida, hay veces que desearía pararlo todo y congelarme en los momentos que hemos vivido. 
 
        Tic. Pararía el tiempo justo en el día en el que escribí la anterior entrada. Oh, Paris. Oh, bendita ciudad que te encandila con el simple hecho de estar. De ser. Esos árboles, que en ese preciso instante florecían de purpúreos y alegres colores, nos recordaban que hay momentos que más vale disfrutarlos en vez de capturarlos. No tengo casi fotos de esos días. Tal vez por que no se necesitan fotos de los momentos que se quedan grabados en nuestra mente. Tal vez porque París seguirá allí muchos años más. Perpetua. Invariable. Desafiando a esos segundos que intentamos parar, como si no pasaran para ella. Si tengo que escoger el momento perfecto para visitar la ciudad, seguramente me quedaría en ese: ese momento de cielo azul que poco a poco va dejando su espacio a un cielo anaranjado con el que cerrar el día; esos paseos en los que observas los tejados “a la mansarda” de color gris en el que imaginas a un bohemio escribiendo su novela; ese camino desde el Arco de Triunfo a la Concorde guiado por sus altos árboles perfectamente cortados; esos momentos en los que paras en una cafetería al borde de la calzada para tomarte un café o unas patatas; todas las creperías del barrio Latino en las que parar después de visitar la Shakespeare & Company y todos esos monumentos a la vuelta de la esquina que nos quedan por visitar. No hay rincón sin encanto. O, puede ser, no quisimos verlo. La noche acaecía sobre cada una de sus calles, y no se nos ocurría otro plan que visitar la Torre Eiffel y su espectáculo de luces. Puede que pasen los años, y sin duda, pasarán, pero esos días en París quedarán para ti y para mí, guardados. Volveremos, Cris, sin duda. Esos crêpes de Trocadero no se van a quedar sin ser probados de nuevo. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo en ese momento en el que Rodrygo marcó el 2-1 contra el todopoderoso City y nos paró el corazón a todos los madridistas. Mira que este año no vamos exentos de sustos. Aunque tampoco de milagros. El PSG, Chelsea, o Sevilla en liga, habían sido testigos de algunas de las remontadas más increíbles que habíamos vivido en los últimos años. Y lo decimos algunos que hemos visto ganar una Champions en el minuto 93. Pero lo de ese día, hace dos semanas, era impensable. Imposible. No iba a ocurrir, pensábamos todos. O sí. Tenías esa pequeña esperanza guardada que abría la posibilidad al enésimo milagro de esta temporada. Y ocurrió. Después de un partido en el que el paso de los minutos iba cavando nuestra propia tumba, con un City lanzado al ataque y un Madrid salvado por Mendy y Courtois en la misma línea de gol, aparecieron los nuevos para salvarnos una vez más y demostrar que esta competición es la nuestra. Tampoco quiero decir mucho más porque esta entrada no se trata de una crónica deportiva, pero si tuviera que parar el tiempo, este sería uno de los momentos en los que lo pararía. Ese minuto en el que todo cambió. En el que el Bernabéu sonó más fuerte que nunca. En el que nos ganamos nuestro billete a París, mira que casualidad. Tac. 
 
        Tic. Pararía el tiempo finalmente el día 24 de abril. ¿Por qué? Tras una larga temporada entrenando por primera (segunda) vez con el club en el que me crie, jugamos nuestro último partido en casa. Recuerdo el momento de la última charla. Del último calentamiento. El último salto inicial. La última falta apuntada. Y también, la última victoria. Ha costado, y no hemos conseguido nuestro objetivo, pero lo hemos dado todo. Nos hemos dejado la piel en cada uno de los encuentros en los que nos ha tocado sufrir, o bien, la gran calidad de nuestros rivales, o bien, la intranquilidad de vernos 20 arriba y pensar que, un día más, íbamos a perder. No ha habido un partido tranquilo. Nuestro carácter no nos lo permitía. Pero al final hemos ganado 6, y nos hemos colocado a media tabla, algo que a principio de temporada nadie se imaginaba. Me quedo con el esfuerzo de todos y orgulloso, y que, a pesar de yo ser un simple novato delegado, me lo he pasado como nunca en un banquillo que voy a extrañar cuando no lo pise. Me quedo con haber jubilado a nuestro entrenador tras más de media vida dedicada al club con una última victoria; no hemos podido regalarle todas las que queríamos, ni la 2ª plaza de Menorca, pero nos llevamos un amigo para muchos años más, aunque raje de nosotros a pleno pulmón de vez en cuando. Tac. 
 
Tic, tac. Vuelven a pasar los segundos. Como veis, el tiempo pasa volando. Y sólo han pasado 40 días. Aunque si lo pensamos bien, 40 días no son nada. Pero también lo son todo. Espero veros pronto, tengo algo que contaros de Barcelona que hace mucho tengo guardado y mis amigos ya me lo están reclamando. Cuidaros, y nos vemos en la próxima. Tic, tac.   

31 de marzo de 2022

Cronología de un aeropuerto

Esta vez son las 9 de la mañana. Día lluvioso con viento y malestar. Es pronto y el ambiente no augura demasiada felicidad. Mi madre acaba de dejarme en el aeropuerto, lugar que piso por décima vez este 2022 (evidentemente, teniendo en cuenta idas y vueltas) y estoy solo. Al llegar pronto y no tener la tarjeta de embarque, me siento en la cafetería y espero mientras no abren el mostrador de facturación. Enciendo mi portátil, algo que no hace ni 6 horas que he apagado antes de caer dormido, adelantar prácticas es lo que tiene, y abro mi blog. 

Hacía mucho que no lo consultaba. ¿Cómo estará? Ya no me acuerdo ni cómo se llamaba, pero eso da igual, porque veo que alguien de Estados Unidos entró 81 veces hace un par de semanas. A nivel de números puede ser una mierda, pero que alguien que esté en el otro confín del mundo entre en mi blog y se pase por todas las entradas, es algo, si cabe, gracioso. Pero hay veces que la magia ocurre. Tengo mucho tiempo y muchas ideas en la cabeza, de manera que la única manera de sacarlas es escribiendo un poco. Os gustará o no, pero llevamos así un año y medio. Y ni tan mal. 

Siempre he pensado que los aeropuertos son un lugar de tránsito. De personas. Mercancías que van y vienen. De vehículos, que despegan, aterrizan, transitan por la ciudad que forma ese recinto. Y también, un lugar de tránsito de emociones. ¿Quién no ha llorado al dejar a alguien querido en frente de ese control "aleatorio" que te va a distanciar? ¿Quién no ha llegado feliz por irse de vacaciones unos días a algún lugar querido? ¿Quién no ha llegado dormido porque su vuelo salía a las 7 de la mañana y no podía ni con su alma? Reconozco que es de las peores sensaciones. Todos hemos dejado a alguien cercano, nos hemos reencontrado con amigos, hemos ido a recibir a algún conocido, o simplemente, nos ha tocado ir al aeropuerto a trabajar, que también estamos algunos de esos. El aeropuerto es ese lugar en el que un arco divide el permanecer y el volar. Volar literalmente. Pero también volar lejos de ti, de lo tuyo y de los tuyos.

Hoy era un día de esos que notas los nervios en el estómago. Pisas el baño más veces de lo normal, y parece que tu estómago está de resaca. Hasta que no ha abierto el mostrador número 33 destino Palma y he podido sacar la tarjeta de embarque, algo que me está dando dolores de cabeza cada vez que me toca viajar (o sino que se lo digan a mi entrenador), yo no podía pasar el control. Seguía solo y no he tenido que hacer ni cinco minutos de cola. Eso sí, justamente me ha tocado que me abrieran la maleta. "Perdone, ¿me puede acompañar?", me ha dicho. ¡Cómo no te voy a acompañar, mujer! ¡Si tenemos este ala del aeropuerto solamente para los dos! Aleatorio dicen... Evidentemente, no me he podido resignar. He abierto todo lo que he podido y más. Más vale que sobre que que falte decían en mi casa. 

Tras 5 minutos de esperar los resultados, como si de un examen se tratara, he podido acceder a la puerta de embarque donde una hora más tarde empezaríamos a hacer cola para entrar en el avión. En ese momento, cuando he podido abrir mi mochila y sacar el libro escogido para este viaje, he dejado de estar solo. Kokoro, que así se llama esta narración del autor japonés Natsume Soseki (la o lleva una barrita encima que no sé ni como poner, así que espero que me perdonéis), tiene pinta de ser de esos libros que van a hacerme estallar la cabeza. ¡Cómo me gustan estos, y qué pocos hay!

El vuelo en sí no ha estado mal. No sé si llegábamos a 20 personas en un avión de 60 plazas, por lo que habríamos podido estar sin mascarilla y seguiríamos cumpliendo la distancia de seguridad. Pero no, todos con mascarillas y todo lo que haga falta. FFP2 de esta ya no, que son más incómodas que yo que sé. No sé cómo hemos podido llevarlas todos estos 2 años. 

En Palma hacía el mismo tiempo que en Menorca, aunque un poco menos lluvioso y con más ambiente. La felicidad es la misma, pero se afronta de otra manera. Mi dirección estaba clara; McDonalds. El estómago, por muy de resaca que esté, necesita llenarse para afrontar otro vuelo, éste de dos horas. Sé que son las 12.30, pero sino, la ventana de la comida se iba a cerrar sin ser consumida y eso no puede ser. Solo le estoy haciendo un pequeño favor al señor McDo que diría mi hermano. Oye, te voy a echar de menos estos días. A ti y al NBA. Quedan pendientes unas cuantas partidas entre tus Bulls y mis Warriors.

Oigo ya la megafonía. "Llamada para el señor Aleix Gomila". Uy, ese soy yo. "Última llamada para el vuelo AF4235, con destino Paris Orly. Embarque por la puerta, 90". Ay esa pausa de suspense. Allá vamos. Cris, espérame, que voy con las pilas cargadas. Estos días, mientras yo me pego unas buenas vacaciones en la ciudad del amor y de la luz, os dejo esta entrada para que no me echéis de menos. Bienvenidos otra vez, a los nuevos y a los de siempre, al blog de LeLector. El blog de todos. Muchas gracias.

1 de marzo de 2022

Día de Baleares. 1 año más.

1 de marzo. Si ayer mis amigos andaluces celebraban el día de su comunidad, no hemos tardado los baleares ni un día en celebrarlo también por nuestra cuenta. Envidia sana. Es broma. Mira que celebrar dos días seguidos teniendo 365 en un año… 

        Como día festivo que es, la oficina estaba cerrada. Y eso solo significa una cosa: o es un día en el que se puede dormir, o es un día en el que se pueden hacer cosas con la familia y amigos que normalmente no podemos. No por no querer, más bien por tiempo. Ay, el tiempo. Ese tiempo que tendremos cuando nos jubilemos, sin embargo, lo que no tendremos serán fuerzas para hacer todas las cosas que siempre hemos deseado. 

En mi familia llevaban unos días ya de puente, o acueducto casi, porque llevan 5 días de vacaciones. Trabajar en el colegio tiene esa ventaja: vacaciones cuando la conselleria manda. Y si la conselleria dice que hay puente, hay puente. Y vamos si hay puente. Yo me lo he tomado de otra forma. Puente no tenía, pero me he puesto enfermo con anginas, y de los 5 días, 4 he estado en casa sin moverme. Unas grandes vacaciones, depende de como se mire. 

        Hoy, ya casi al 100% recuperado, aunque nunca se esté del todo perfecto, nos hemos liado la manta a la cabeza, hemos arrancado el coche y nos hemos dirigido al norte. Y tan al norte. Cala el Pilar era nuestro destino, aunque no en sí su playa, sino una que se encuentra al lado. Tiene tantos nombres que no sé si me acuerdo de uno: Racó de’n Bombarda. O Cala Alforinet. Ni idea. Algo de eso me suena.

Llevábamos los tres nuestras ropas más excursionistas, la mochila con agua, por si acaso siempre, y nuestros móviles. Uno nunca sabe cuando lo puede necesitar. El Camí de Cavalls nos aguardaba, lleno de árboles de todo tipo y bichos que se pegaban a ellos rogando una vida más. Había procesiones de orugas por todos lados, buscando árboles donde pegarse, pero a la velocidad con la que iban, va a llegar el verano y seguirán ahí, paseando. También había más familias, disfrutando de sus días de fiesta, o puente. O lo que sea. Durante esas excursiones es el único momento en el que la gente que por la calle no te saludaría, básicamente porque no te conoce, suelta un “Hola”, o un “Bon dia” que se ve normal, a pesar de no saber quien es. La cosa es que no pasa con algunos, no. Pasa con todos, y si van separados, varias veces. 

        Poco a poco nos hemos ido acercando a la playa. Tocaba subir una montaña, y se nota en las piernas el año de jugar a baloncesto. Menos mal del físico y de mis entrenadores personales en los que se han convertido mis amigos. Sin ellos habría costado más. 

El aliciente para llegar a la playa no era ni un picoteo, ni encontrarme a Cristina, sino ver una playa llena de piedras redondas gigantes en las que uno se podía sentar. O esa era la leyenda. Lo que hemos visto desde lejos eran piedras normales que no valían la hora de andar que habíamos recorrido. Pero una vez hemos estado cerca de esa “arena” formada por los macs, o mags, que así se llama este tipo de piedras en Menorca, ya ha sido otra cosa bien distinta. No te podías sentar encima, pero poner los dos pies a la vez, sí. Y eso mola. 

        La subida luego, bueno. Horrible, la verdad. Larga y pronunciada, pero qué le vamos a hacer, this is Menorca. Bonita y con cuestas a partes iguales. Siempre estoy diciendo que me encanta Madrid, que es la ciudad donde quiero vivir, que la vida en esa ciudad es (casi) perfecta, pero sé que donde siempre querré volver, porque como en ese sitio, en ninguno, es a casa. A mi mar azul y prados verdes. A mi Menorca.

Porque no vale solo celebrarlo el día 1. De nuestras queridas islas se es todos los días del año o no se es. Aunque al resto del mundo os digo: si queréis playita, buen tiempo, fiestas, bienestar y tranquilidad… Yo no me lo pensaría. Al menos, para el día 1. Feliz día de las Baleares.