18 de junio de 2022
Las dos obras maestras de Tallón
19 de mayo de 2022
Re-Read (ing) Barcelona
¿Por qué empiezo así la entrada? Porque no merece menos. Ni más tampoco. Hoy es un día especial, porque tras casi dos años que llevo escribiendo en este blog, nunca había podido dedicar una entrada a Barcelona, mi Barcelona querida. Vosotros no lo sabéis porque nunca lo he dicho, pero hubo un momento en el que me sabía el centro de la ciudad como si fuera la palma de mi mano. Es verdad que aún me la conozco bastante bien, pero ir 5 años después de la última vez, habiendo pasado una pandemia de por medio, ha hecho aparecer en mi palma algunas arrugas que yo no conocía y me dejaron un poquito perdido de primeras.
Estamos hablando de un viaje que hicimos en diciembre. Ha pasado el tiempo, sí, pero como decíamos el otro día… pasa y pasará, y no por eso pierde la importancia. Llegamos con los amigos a Plaza Cataluña y volví a recordar un poco todas esas veces que había paseado por ahí con mis padres. El viaje había sido realmente improvisado, solo basta deciros que una semana antes yo solo me iba a Palma. Pero ahí estábamos, 5 menorquines, en un hostel de Plaza Cataluña, compartiendo habitación con un americano, un alemán y un francés. Parecía Toledo en tiempos de los Reyes Católicos (espero que entendáis por qué).
Fueron dos días, pero ¡qué días! Fueron 36 horas de pasear por todo el centro; 36 horas de comer y beber (con lo que nos gusta a nosotros el comercio y el bebercio); 36 horas de subir Montjuic y recorrernos toda la Gran Vía; 36 horas de salir de fiesta y terminar comiéndonos unos churros a las 5 de la mañana. Como veis, fueron 36 horas muy intensas en las que hicimos de todo un poco, pero si hay que recalcar dos cosas del finde estas dos serían, de menos a más importancia, el ver las luces de Navidad de Rambles y Portal de l’Àngel y la librería que descubrí gracias a ellos.
Llegamos sobre las 18 y el sol se había apagado. La luna hacía su entrada en el cielo de Barcelona y todas esas luces ganaban más protagonismo, ya fueran las de El Corte Inglés o las del Mercat de Llúcia, situado en la plaza de la Catedral. Ahí, andaba yo buscando un caganer bonito para poner en el Belén, cuando me encontré el de Messi en el PSG. Habría sido un buen regalo para mis amigos culés, aunque debido a su alto precio decidí dejarlo en la estantería. Una pena.
A la mañana siguiente, después de unas cuantas cervezas por la noche y haber cenado en el Mcdonalds de al lado del hostel, nos dirigimos a la Dick Waffle que se encuentra en plenas Rambles, justo delante del Liceu. Tiago y yo no lo teníamos claro, pero al final sucumbimos a ese gofre con chocolate blanco y oreo… Hay que decir que esos 17 centímetros eran deliciosamente ricos y dulces, por muy mal que suene. La vendedora, por suerte, estaba acostumbrada a ello.
Ese día transcurrió entre compras, cervecitas y una comida en un restaurante japonés que nos dejó la barriga a un maki de la explosión. Evidentemente, luego había que bajar todo eso, y decidimos poner rumbo a Montjuic desde Plaça Universitat. Esa media horita, entre paseo y carrera para subir las escaleras de la fuente mágica nos hicieron olvidar los nigiris y todas las gyozas que habían entrado en nuestra boca. Las vistas desde arriba eran preciosas, algo que no tenía recuerdo de haber podido contemplar nunca. Esa ciudad cuadriculada cortada por esa diagonal con algunos puntos que se desorganizaban, la montaña al fondo, el cielo azul, conformaban un cóctel perfecto para quedarnos ahí un ratito a disfrutar de la calma.
Al bajar del cielo volvimos otra vez al mundo terrenal. Las calles llenas de taxis y de gente se iban oscureciendo poco a poco, e iban reluciendo las luces de navidad en Gran Vía. Y ahí fue donde por un momento estuvimos en el segundo lugar que he destacado por importancia al principio de esta entrada: Re-read.
Como su nombre bien indica, no se trata de una tienda oficial del FC Barcelona. Y si lo fuera, me temo que al club le queda tan poquito dinero que tendrían que cerrar por vacaciones durante un tiempo. Dejándonos de meter con el Barça, que suficiente tienen con jugar la Europa League (y haber quedado eliminados, que esto está escrito en enero), Re-Read es una librería de segunda mano donde cualquier lector sería feliz durante el rato en el que esté en la tienda. No solo por la cantidad de libros que uno puede encontrar en cualquiera de sus estanterías, sino por la calidad de ellos y la música de ambiente que a un friki del jazz le pone los pelos de punta (y otras cosas que mejor no comentamos). Para ser una tienda de segunda mano, todo estaba tan bien colocado y organizado que me podía recordar a mis paseos con Luna por La Central, en los que cada uno iba a su aire y nos perdíamos entre los pasillos repletos de títulos y nuevos autores que te apetecía descubrir.
Me habría podido llevar 1000 libros (por poder), pero la maleta no era mía y había que economizar peso. Yo me llevaba 6 y Ada otros 5. La competición entre los amigos había empezado. A ver quién se llevaba los mejores, aunque hay que decir que todos los que cogimos eran para cada uno, los mejores. Al ser fans de Harry Potter hubo uno que levantó ciertas ampollas en el grupo: ese no era otro que el de Historia de Quidditch, el cual encontré en un montoncito de libros enano. Sé que no me desearon ningún mal, pero en el fondo sé que querían que a mi libro le faltara alguna página -os aviso ya de que no ha pasado-. De allí salimos cargados y felices, listos para otra noche de fiesta, donde tras un momento de duda accedimos a pagar 20€ para entrar en una discoteca, y sin copa. Sí chicos, sí. Sin copa. Una mierda, pero bueno, dicen que una vez al año no hace daño, y esa fue la última de un 2021 que iba a quedar grabado en nuestras retinas de una forma u otra.
Leer libros y comprar libros son dos actividades totalmente distintas. Ir a Barcelona y vivir Barcelona también. Yo me quedo con la segunda. Más apasionante y divertida. Diferente y con muchas sensaciones. Multicultural y cosmopolita. Leer blogs y leer el mío, eso sí son dos actividades totalmente distintas. Os recomiendo la segunda, más que nada porque así tengo que escribir otra entrada y me entretengo.
Y ahora, hacemos un punto y aparte, hasta la siguiente entrada. Gracias, como siempre.
12 de mayo de 2022
Tic, tac. 40 días han pasado.
31 de marzo de 2022
Cronología de un aeropuerto
Esta vez son las 9 de la mañana. Día lluvioso con viento y malestar. Es pronto y el ambiente no augura demasiada felicidad. Mi madre acaba de dejarme en el aeropuerto, lugar que piso por décima vez este 2022 (evidentemente, teniendo en cuenta idas y vueltas) y estoy solo. Al llegar pronto y no tener la tarjeta de embarque, me siento en la cafetería y espero mientras no abren el mostrador de facturación. Enciendo mi portátil, algo que no hace ni 6 horas que he apagado antes de caer dormido, adelantar prácticas es lo que tiene, y abro mi blog.
Hacía mucho que no lo consultaba. ¿Cómo estará? Ya no me acuerdo ni cómo se llamaba, pero eso da igual, porque veo que alguien de Estados Unidos entró 81 veces hace un par de semanas. A nivel de números puede ser una mierda, pero que alguien que esté en el otro confín del mundo entre en mi blog y se pase por todas las entradas, es algo, si cabe, gracioso. Pero hay veces que la magia ocurre. Tengo mucho tiempo y muchas ideas en la cabeza, de manera que la única manera de sacarlas es escribiendo un poco. Os gustará o no, pero llevamos así un año y medio. Y ni tan mal.
Siempre he pensado que los aeropuertos son un lugar de tránsito. De personas. Mercancías que van y vienen. De vehículos, que despegan, aterrizan, transitan por la ciudad que forma ese recinto. Y también, un lugar de tránsito de emociones. ¿Quién no ha llorado al dejar a alguien querido en frente de ese control "aleatorio" que te va a distanciar? ¿Quién no ha llegado feliz por irse de vacaciones unos días a algún lugar querido? ¿Quién no ha llegado dormido porque su vuelo salía a las 7 de la mañana y no podía ni con su alma? Reconozco que es de las peores sensaciones. Todos hemos dejado a alguien cercano, nos hemos reencontrado con amigos, hemos ido a recibir a algún conocido, o simplemente, nos ha tocado ir al aeropuerto a trabajar, que también estamos algunos de esos. El aeropuerto es ese lugar en el que un arco divide el permanecer y el volar. Volar literalmente. Pero también volar lejos de ti, de lo tuyo y de los tuyos.
Hoy era un día de esos que notas los nervios en el estómago. Pisas el baño más veces de lo normal, y parece que tu estómago está de resaca. Hasta que no ha abierto el mostrador número 33 destino Palma y he podido sacar la tarjeta de embarque, algo que me está dando dolores de cabeza cada vez que me toca viajar (o sino que se lo digan a mi entrenador), yo no podía pasar el control. Seguía solo y no he tenido que hacer ni cinco minutos de cola. Eso sí, justamente me ha tocado que me abrieran la maleta. "Perdone, ¿me puede acompañar?", me ha dicho. ¡Cómo no te voy a acompañar, mujer! ¡Si tenemos este ala del aeropuerto solamente para los dos! Aleatorio dicen... Evidentemente, no me he podido resignar. He abierto todo lo que he podido y más. Más vale que sobre que que falte decían en mi casa.
Tras 5 minutos de esperar los resultados, como si de un examen se tratara, he podido acceder a la puerta de embarque donde una hora más tarde empezaríamos a hacer cola para entrar en el avión. En ese momento, cuando he podido abrir mi mochila y sacar el libro escogido para este viaje, he dejado de estar solo. Kokoro, que así se llama esta narración del autor japonés Natsume Soseki (la o lleva una barrita encima que no sé ni como poner, así que espero que me perdonéis), tiene pinta de ser de esos libros que van a hacerme estallar la cabeza. ¡Cómo me gustan estos, y qué pocos hay!
El vuelo en sí no ha estado mal. No sé si llegábamos a 20 personas en un avión de 60 plazas, por lo que habríamos podido estar sin mascarilla y seguiríamos cumpliendo la distancia de seguridad. Pero no, todos con mascarillas y todo lo que haga falta. FFP2 de esta ya no, que son más incómodas que yo que sé. No sé cómo hemos podido llevarlas todos estos 2 años.
En Palma hacía el mismo tiempo que en Menorca, aunque un poco menos lluvioso y con más ambiente. La felicidad es la misma, pero se afronta de otra manera. Mi dirección estaba clara; McDonalds. El estómago, por muy de resaca que esté, necesita llenarse para afrontar otro vuelo, éste de dos horas. Sé que son las 12.30, pero sino, la ventana de la comida se iba a cerrar sin ser consumida y eso no puede ser. Solo le estoy haciendo un pequeño favor al señor McDo que diría mi hermano. Oye, te voy a echar de menos estos días. A ti y al NBA. Quedan pendientes unas cuantas partidas entre tus Bulls y mis Warriors.
Oigo ya la megafonía. "Llamada para el señor Aleix Gomila". Uy, ese soy yo. "Última llamada para el vuelo AF4235, con destino Paris Orly. Embarque por la puerta, 90". Ay esa pausa de suspense. Allá vamos. Cris, espérame, que voy con las pilas cargadas. Estos días, mientras yo me pego unas buenas vacaciones en la ciudad del amor y de la luz, os dejo esta entrada para que no me echéis de menos. Bienvenidos otra vez, a los nuevos y a los de siempre, al blog de LeLector. El blog de todos. Muchas gracias.
1 de marzo de 2022
Día de Baleares. 1 año más.
Como día festivo que es, la oficina estaba cerrada. Y eso solo significa una cosa: o es un día en el que se puede dormir, o es un día en el que se pueden hacer cosas con la familia y amigos que normalmente no podemos. No por no querer, más bien por tiempo. Ay, el tiempo. Ese tiempo que tendremos cuando nos jubilemos, sin embargo, lo que no tendremos serán fuerzas para hacer todas las cosas que siempre hemos deseado.
En mi familia llevaban unos días ya de puente, o acueducto casi, porque llevan 5 días de vacaciones. Trabajar en el colegio tiene esa ventaja: vacaciones cuando la conselleria manda. Y si la conselleria dice que hay puente, hay puente. Y vamos si hay puente. Yo me lo he tomado de otra forma. Puente no tenía, pero me he puesto enfermo con anginas, y de los 5 días, 4 he estado en casa sin moverme. Unas grandes vacaciones, depende de como se mire.
Hoy, ya casi al 100% recuperado, aunque nunca se esté del todo perfecto, nos hemos liado la manta a la cabeza, hemos arrancado el coche y nos hemos dirigido al norte. Y tan al norte. Cala el Pilar era nuestro destino, aunque no en sí su playa, sino una que se encuentra al lado. Tiene tantos nombres que no sé si me acuerdo de uno: Racó de’n Bombarda. O Cala Alforinet. Ni idea. Algo de eso me suena.
Llevábamos los tres nuestras ropas más excursionistas, la mochila con agua, por si acaso siempre, y nuestros móviles. Uno nunca sabe cuando lo puede necesitar. El Camí de Cavalls nos aguardaba, lleno de árboles de todo tipo y bichos que se pegaban a ellos rogando una vida más. Había procesiones de orugas por todos lados, buscando árboles donde pegarse, pero a la velocidad con la que iban, va a llegar el verano y seguirán ahí, paseando. También había más familias, disfrutando de sus días de fiesta, o puente. O lo que sea. Durante esas excursiones es el único momento en el que la gente que por la calle no te saludaría, básicamente porque no te conoce, suelta un “Hola”, o un “Bon dia” que se ve normal, a pesar de no saber quien es. La cosa es que no pasa con algunos, no. Pasa con todos, y si van separados, varias veces.
Poco a poco nos hemos ido acercando a la playa. Tocaba subir una montaña, y se nota en las piernas el año de jugar a baloncesto. Menos mal del físico y de mis entrenadores personales en los que se han convertido mis amigos. Sin ellos habría costado más.
El aliciente para llegar a la playa no era ni un picoteo, ni encontrarme a Cristina, sino ver una playa llena de piedras redondas gigantes en las que uno se podía sentar. O esa era la leyenda. Lo que hemos visto desde lejos eran piedras normales que no valían la hora de andar que habíamos recorrido. Pero una vez hemos estado cerca de esa “arena” formada por los macs, o mags, que así se llama este tipo de piedras en Menorca, ya ha sido otra cosa bien distinta. No te podías sentar encima, pero poner los dos pies a la vez, sí. Y eso mola.
La subida luego, bueno. Horrible, la verdad. Larga y pronunciada, pero qué le vamos a hacer, this is Menorca. Bonita y con cuestas a partes iguales. Siempre estoy diciendo que me encanta Madrid, que es la ciudad donde quiero vivir, que la vida en esa ciudad es (casi) perfecta, pero sé que donde siempre querré volver, porque como en ese sitio, en ninguno, es a casa. A mi mar azul y prados verdes. A mi Menorca.
Porque no vale solo celebrarlo el día 1. De nuestras queridas islas se es todos los días del año o no se es. Aunque al resto del mundo os digo: si queréis playita, buen tiempo, fiestas, bienestar y tranquilidad… Yo no me lo pensaría. Al menos, para el día 1. Feliz día de las Baleares.
