27 de abril de 2024

Esa es nuestra vida: intentar hacer literatura

Esa es nuestra vida: intentar hacer literatura, sí, pero también hablar de ella, porque hablar es también mantenerla viva, y mientras se mantenga con vida, la nuestra, por más inútil o trágicamente cómica o insignificante que sea, no estará del todo perdida. 

        “¿Cómo nos encontramos, este libro y yo? Por azar, como todo el mundo”. El azar, como bien nos explica Mohamed Mbougarr Sarr no es nada más que un destino que ignoramos. Igual que yo ignoraba el significado del título de su obra, hasta que un día, por azar, Pablo me preguntó si yo había leído “Los detectives salvajes”. La respuesta, en ese momento, fue que no. No sabía ni de qué libro se trataba. Esto fue hace unos 8 meses, recién terminando el caluroso verano que ahogaba Madrid en un aire contaminado y bochornoso. Ahora, a 27 de abril, las cosas han cambiado. El día es frío y lluvioso.

La más recóndita memoria de los hombres -sí, así de largo-, se ha convertido en una de las obras maestras de mi aún corta biblioteca. Fue un libro al que tuve que dar su cierto tiempo, porque a veces, no es el momento-. Definido por muchos como una segunda parte de “Los detectives salvajes”, con argumentos totalmente independientes, me atrevo a decir, sin temor a equivocarme que, por una vez, la segunda parte ha sido mejor que la primera. Y aquí puede que mucha gente se me eche encima. (Hay otros que dicen que Los galgos, los galgos es mejor que Rayuela -no tengo suficiente información-, así que, todo el mundo es libre de opinar). 

Bolaño es un excelente narrador, y eso creo que poca gente lo duda después de su larga y célebre trayectoria. Sin embargo, Mbougarr Sarr ha conseguido que, de su libro, no sobre ni una parte. Ni una página. Ni un solo párrafo. A través de un lirismo y un texto cuidado hasta el último detalle, su historia me absorbió a lo largo de sus 445 páginas hasta llegar a su clímax final. 

        El martes pasado, celebrando el día de Sant Jordi (y su coincidente Día del libro), me pasé obligatoriamente por mi librería de confianza y alguien pidió un libro para un chico de 25 años que le hiciera pensar, entretuviera y se saliese de los típicos títulos que cubren mesas en cualquier librería importante (igual de válidos y buenos). En ese instante, al escuchar la voz de Pablo, tuve un dejà vu y recordé las palabras que me dijo cuando me pilló mirando el libro por primera vez intentando decidirme a comprarlo. Es, a nivel literario, una obra maestra. Uno de esos libros que sabes que se van a recordar durante tiempo, sin tanto marketing como otros que ya hemos visto durante estos 4 meses que llevamos de año. Es un libro sobre política, historia, sobre la guerra, sobre la vida de un africano en Senegal con deseos de ver mundo. Es un libro que habla de la muerte y el olvido, de un escritor con aires de grandeza que desaparece, de un escritor en ciernes que anda tras los pasos del “Rimbaud negro” y también, un libro que habla de amor. Es un libro que lo tiene todo. Por eso es el ganador del Goncourt. Merecido. 

El libro es una defensa de toda la cultura africana, siempre infravalorada por todo el mundo. “Nuestra cultura está herida. La espina está clavada en su carne y es imposible sacarla sin morir”. Por eso, T.C.Elimane, ese escritor llamado a ser el nuevo “Rimbaud negro”, huye a París, intentando hacerse un nombre en la literatura francesa. A pesar de ser una persona de color, algo inusual en esa época en el continente europeo, usa esa cultura herida no como medalla, sino como cicatriz, como un mal recuerdo, porque la única manera de ganar es seguir luchando, hacer vida con nuestra historia, reconocerla y nombrarla, día y noche. 

        Mbougar Sarr, a través de Diégane Latyr Faye -ya os digo que los nombres han sido lo más complicado-, nos habla constantemente de la muerte, y por supuesto, de su antítesis. La vida, eso que define como lo que hay en medio de tal y vez, nos pertenece justo en el instante en que se nos escapa, y eso, para un escritor, es un horror. Siempre hay ese temor a no estar a la altura de lo que expresamos, de sentirse en una caverna sin salida, como diría Platón, de morir como un animal. Sin embargo, lo que cuenta es la vida, y por eso hay que escribir sin saber nada, con el objetivo de acabar lo mejor posible; es decir, con los ojos abiertos, verlo todo y no perderse una. 

Hay un fragmento que encarna a la perfección esa duda acerca de la vida que hemos tenido todos alguna vez. ¿Porqué estamos aquí? Y el senegalés no lo puede expresar de una forma más bonita: “Cada ser humano debe descubrir su pregunta. No hay otra finalidad a nuestra presencia aquí. (…) El sentido de la vida no se desvela hasta el final. No buscamos nuestra pregunta para encontrar el sentido de la vida. La buscamos para hacer frente al silencio de una pregunta rotunda e inflexible. Una pregunta que no tendría respuesta, cuya única finalidad sería la de recordar a quien la hace la parte de enigma que contiene su vida”. Después de escribir esto, se acomodó en su silla, se sirvió un whisky, y se quedó tan tranquilo.  

        Creo que después de un fragmento de esa fuerza, la entrada debe terminar aquí, porque no se puede decir nada más rotundo y de una forma más bella. Por este motivo, seguiremos con los ojos abiertos, viéndolo todo, escribiendo sin saber, viviendo sin conocer, para que finalmente, dentro de muchos años, la vida, en el momento en que se nos escape, nos pertenezca. Para que finalmente, dentro de muchos años, encontremos el sentido de nuestra vida. 


24 de abril de 2024

En Somo se surfea hasta la vida

12.30h de la mañana. Día soleado, aunque frío en comparación a nuestra querida tierra seca de Madrid. Estamos todos juntos en una habitación de un hostal perdido en medio de Cantabria. Bañadores puestos, toallas listas, chanclas de mi talla compradas y desayuno digiriéndose en nuestra barriga. Esa pulguita de bacon con cebolla caramelizada y brie que valió la pena repetir, se ha echado de menos días después. 

12.35h. Hay que salir escalonadamente, sin hacer mucho ruido. En nuestro idioma, no llamar la atención implica ir cantando la canción del herrete de “Phineas y Ferb”. Las caras son todo un poema. No nos apetece nada meternos en el agua. ¿Quién nos manda coger dos clases de surf de 2 horas dos días seguidos? No tenemos remedio… Además, si alguien fuera capaz de levantarse, tendría cierto sentido, pero la coordinación no ha sido lo nuestro. 

12.40h. Vemos el mar, giramos a la derecha hacia la escuela y nos reciben con una cara sonriente. Por dentro sabemos que su cara nos está queriendo decir un “os vais a cagar, petardos”, pero intentamos no pensar mucho en ello. “¿Tenéis clase, chicos?”. Sí, ya os digo yo que si no tuviéramos, por propia voluntad, seguramente no estaríamos ahí. 

12.42h. Nos dan el neopreno, y uno va al vestuario y procede a intentar ponérselo. Es lo peor de, algo que esperas que no llegue a ocurrir. En ese momento, recuerdas todo lo que has vivido ese fin de semana. Cuando los 7 salimos de Madrid en dirección a una de las primeras escapadas que hacíamos juntos. El viaje, que se había empezado a cocer a fuego lento en febrero, se escenificaba en ese tetris que supuso colocar las mochilas en un coche de 7 plazas con un maletero de un palmo y medio de amplitud. Hay veces que es más cuestión de testarudez que de posibilidades, y hay otras, en las que se necesita la mano femenina de alguien con paciencia y organización. Y esa era una de ellas. 

12.43h. Primera pierna del neopreno puesta. La parada en Lerma nos sirvió para recargar fuerzas, y ese vermut fue el indicativo del PH de alcohol que iba a predominar durante las siguientes 72 horas. Tras un par de horas más en el coche, descubriendo a Jimena Amarillo y “Costa Marrón”, llegamos a nuestro querido pueblo de Somo. Costa cantábrica. Una de las mecas del surf en España. El check-in fue muy rápido y después de pisar por primera vez la arena de esa playa ancha que podía recordar a la Bretaña de Dunkerque o a las playas anchas de Florida, decidimos coger el coche en dirección a Santander. Fueron de los 25 minutos en coche más bonitos que recuerdo haber vivido. Mar, montaña, casitas blancas, hasta las señales eran bonitas. Todos mirábamos el paisaje obnubilados por él, como si hiciera mucho tiempo que no veíamos algo parecido. 

12.44h. La segunda pierna cuesta más, y te sientas para poder hacer más fuerza. Mención aparte merece el helado de Regma. De mi boca puede que saliera un, “Alberto, como no vayamos ya, vas a encontrarte un puñetazo de la nada”. Eso dicen. Yo no lo recuerdo. Los mejores helados que yo he probado nunca, y con una de las mayores cantidades jamás vistas. A Patri le gustaba compartir y dejó un poquito en el suelo para que las palomas fueran a probarlo.

12.45h. Subes la segunda pierna y se te empieza a apretar toda la zona peligrosa. La compañía del viaje no ha podido ser mejor. 6 amigos, bautizados ya como “Smash Friends”, junto a Cris, que se apuntó al escuchar Surf y se ha convertido en una amiga más del grupo Amigos aplastados. Las bromas de Lafu, la calma de Cande, la sencillez de Patri para levantarse, la maternidad de Elena, la organización de Alberto, y las confidencias y orgullo que sentí por Cris. Toda y cada una de las personas, aportaba algo distinto al grupo, y la cerveza nos unía alrededor de la comida. 

12.47h. Salías al sol a que te dieran la tabla, intentando no sentir frío por ningún lado. El acantilado de Langre se convirtió en un sitio donde jubilarnos, montar una granja y criar animales. Aunque lo último se lo dejamos a Lafu y a su vaca Margarita. Llevar bebida y sentarte en unas rocas nunca había sido tan cómodo, aunque un rato más y me habría salido un chichón en el culo. 

12.50h. Tenías la tabla más grande de la escuela, y aún así, sabías que no te ibas a levantar. Seguramente ha sido lo más cercano a ir al matadero que vamos a experimentar nunca. Algún insulto por parte del profesor, faltadas que ni Broncano, humillaciones, unos manguerazos contra la pared que ni en el siglo XX y un frío que ni en el Ártico. Aún así, podemos decir que la técnica del 3 Y 4 nos la sabemos. Otra cosa es que sepamos ponerla en práctica. 

13.00h. Estamos en la playa, entrando en el mar. El pie entra en contacto con el agua y empieza la criogenización. Si os soy sincero, podría estar más fría. O, por otro lado, nuestra cabeza ya no razona como toca y hemos perdido el sentido de la temperatura corporal. Ves las primeras olas y te animas a intentar surfear alguna, y ahí, justo en el momento en el que tu cabeza está centrada solo en la posibilidad de levantarte, te das cuenta de una cosa. Surfear parece algo rapidísimo, que en dos segundos ha pasado, pero luego te subes a la tabla y la ola pasa lenta. Te da tiempo a apreciar el agua, el sol que cae sobre ti, el color blanco de la ola. Por esta razón, con un par de días de experiencia, creo poder decir que el surf es como la vida. Esa vida llena de momentos que pasan volando por delante nuestra que hay que tratar de disfrutar hasta el último segundo, apreciando el azul del mar, el verde de Cantabria, las cervezas con amigos, los helados de Regma, las puestas de sol en una playa entera para ti, hasta las vueltas a tu vida un domingo después de 3 días de vacaciones. 

13.05h. Te has pegado una buena castaña y te has comido la tabla. La vida es eso que pasa entre que te pones un neopreno y te das la primera ostia. Por eso, cuando no recordemos la máxima de vivir hasta el momento más sencillo, todos debemos volver a estos 3 días, recordar las fotos y pensar lo siguiente: “Quien se mueva, es…”.


28 de marzo de 2024

Metafísica de un concierto

Falta una hora para el encuentro en el teatro. Todo el mundo a las 20h. Sentados y con las partituras preparadas. Peticiones del director que hay que cumplir, aunque luego no se cumpla. Antes de todo, necesitas afeitarte. Tu madre así te lo hace saber, y tú haces caso, como siempre. La sensación luego es extraña, pero presentar el concierto también implica estar presentable. 

Estás en la ducha, frente a la alcachofa, de la que sale agua caliente, casi ardiendo. Tu reflejo en la pared te acecha, pero te acompañan tus pensamientos. ¿Qué confidencias habrán escuchado esas paredes? Una pared blanca que invita a confesarte. Son momentos de ciertos nervios. En esa ducha piensas si la presentación está bien, si le va a gustar a la gente, si lo has hecho demasiado largo… La propia duda en si ya es suficientemente significante. El concierto como tal te da un poco más igual. El trabajo está hecho durante meses. Ya no se puede cambiar. 

El traje te espera, en la percha, como cada tarde de concierto. Bien planchado. No puede fallar nada. Camisa blanca, pantalones y americana azul marino, corbata roja y tirantes. Sí, soy más de tirantes que de cinturón. Y calcetines negros, con algún detalle que bien puede ser una pelota de tenis o un bate de béisbol. Depende del par que cojamos. Los zapatos aprietan un poco, pero nada que no se pueda aguantar. 

Una vez lo tenemos todo listo en el salón y el último toque de colonia está puesto -aunque en media hora se haya ido-, cogemos el coche y rezamos para que haya aparcamiento cerca del teatro. No es el caso. Está Mahón imposible últimamente. 

La compañía de mi hermano siempre ayuda, y más cuando el copiloto se encarga de poner música buena. Nos decantamos por un repertorio acorde al concierto que íbamos a dar unos minutos más tarde. De manera que “El rey León” y “La sirenita” suenan en nuestro pequeño Fiat haciéndolo vibrar. El cielo está negro y parece que quiere ponerse a llover, por lo que nos afanamos en llegar al teatro, maldiciendo los zapatos de traje por un rato. Llegando a la puerta, vas encontrando gente que te saluda, que ya espera a poder entrar y sentarse en su silla. 

A las 20, como pidió el director, estás sentado con tu instrumento, atril, todo preparado, y esperas 15 minutos para que todo empiece. Eso es la prueba de sonido. Tocar varios fragmentos para el que no ha podido venir al último ensayo, tocar varios fragmentos para ver cómo se oye desde el patio de butacas, tocar varios fragmentos para que el instrumento no esté frío. 

De repente, aparece tu tía, presidenta del teatro en el que dais el concierto y os dice que está todo sold out. Buena noticia para la banda. Es motivo para estar contentos. Una noticia de ese calibre antes de empezar siempre anima al grupo, aunque la procesión va por dentro. Y esto, tiene más sentido en días como en los que nos encontramos, aunque la lluvia esté arruinando momentos inolvidables que se vuelven tristes para muchas personas al no dejarnos ver salidas como la de la Buena Muerte en Jaén, el Cautivo, en Málaga, y ya veremos hoy si Tres Caídas o Macarena salen. 

Termináis de ensayar y vienen ya las prisas del último momento. El público va entrando, los músicos se ponen a hablar entre bambalinas y tú practicas el discurso en tu mente. “El micro lo tienes preparado a la derecha del escenario. Luego me lo das”. Perfecto. Las manos empiezan a sudar, si no sudaban ya, y la garganta se va secando. Hace mucho calor. ¿Eres el único? No, parece que no. Te colocas la corbata, que de repente te aprieta, y te colocas los bajos del pantalón. Todo perfecto. Sin embargo, en tu mente, todo se puede retocar. Menos la presentación, que eso saldrá como tenga que salir. 

Aviso de 5 últimos minutos. Se apagan las luces poco a poco y los músicos van saliendo y sentándose en sus sillas. Tengo el micro en la mano y solo falta que estén todos sentados y afinados para salir. “La”, hacen clarinetes y flautas. “Si”, los metales. Ahora sí. “Ánimo” me desean desde el pasillo. El ambiente se vuelve íntimo, desaparece el público en ese momento, y tú saludas. Escuchas aplausos y cuando han parado, ahí te toca a ti. Es tu turno. 

“Buenas noches”, empiezas. El resto, ya es pasado.  


25 de marzo de 2024

Qué lugar tan pequeño para un infierno tan grande.

Qué lugar tan pequeño para un infierno tan grande. Esta frase ya es un eslogan. Hasta podría ser una metáfora de la vida. Pero para Silvia Labayru significa más. Mucho más. Es su vida. 

El día es soleado, me encuentro en la habitación de mi piso, como cada mañana, y las acacias empiezan a brotar. Se acerca la primavera, es algo que se nota. Se siente en cada capa de ropa que uno se quita, en el alboroto de las terrazas por la noche, hasta se escuchan pájaros cantar por encima de las ambulancias. La alarma hoy se ha hecho más dura que nunca, pero el karaoke de ayer valió la pena. Mañana me voy a casa a pasar unos días y hay que dejar las cosas lo más listas posible. Y más, cuando ayer me dieron la noticia de escribir la primera recomendación en la newsletter de mi librería favorita. En mi salón, con el disco de Rita sonando, espero a Leila, como cada día estas dos últimas semanas. Llega tarde, algo inusual. Me llama: “estoy llegando, cerraron el metro y tuve que andar desde Canal”. 

Cuando llega, la veo por la ventana. La calle flota en ese brillo dorado matinal donde sus rizos negros se vuelven aún más oscuros. “¿Qué tal el libro? ¿Lo terminaste?”, pregunta nada más entrar. Me gusta su acento argentino. Se parece a mis dos compañeros de trayectos al trabajo, a mis padres adoptivos en Madrid. “Perdona el desorden, ayer tuvimos fiesta y no me dio tiempo a recogerlo todo. Sí, pude terminarlo, ya por fin”. Me mira, y sin hablar sé qué me está preguntando. “Bien, ha estado muy bien. Creo que, conociéndote, esperaba más. O simplemente, esperaba otra cosa”. Es así. Sin saber nada de la historia, lo compré con la idea de leer una narración de ficción. “No esperabas un reportaje narrativizado”. En absoluto. ¿Puedo decir que me ha sorprendido? Totalmente. ¿Que es el mejor libro de la década? No lo tengo tan claro. El tiempo dirá. ¿Que es el mejor reportaje que se ha hecho en años? Sin ningún lugar a duda. 

Como cada mañana, le preguntó si quiere café. No, me basta con un vaso de agua. El café no le gusta demasiado, y prefiere mantenerse lejos de la cafeína. Nos sentamos y nos pusimos a hablar. De Silvia, cómo no. Ha sido el tema común estos últimos días, y sin conocerla, la siento como alguien muy cercano. Alguien a quien conoces de hace mucho tiempo. 

        -¿Cómo hiciste para que Silvia te contara toda esa historia? A ti, que no la conocías. A ti, siendo periodista. Cuando ella misma decía que no quería ser una víctima toda su vida, que había hecho cosas, ahora que era feliz. 

        -La verdad, no lo sé. El camino nos cruzó, y empezamos a hablar. La escucho narrar su vida, pero no la veo vivir. Silvia habla con la verdad de saberse en frente del miedo y haber sobrevivido a él. Con la verdad de sentirse viva. Habla de un pasado que está más presente que nunca, que no deja de acompañarla. En Madrid, Buenos Aires o Marbella. Silvia habla con la verdad, y eso, tras el horror, ya es mucho. 

        -Sin embargo -la corto-, ella siempre dice que hay momentos de amor en momentos como esos. Incluso en la ESMA. 

        -Claro. Y más cuando estás embarazada como lo estaba ella. No te queda otra para sobrevivir. Lo que tú no sabes es que son los hijos los que te protegen a ti. Te protegen del riesgo de no estar amarrado. Ahí está el sentido de la existencia. No en la muerte, como siempre se ha dicho. En la vida. Sí, en la vida, pero en la de otro. En la de tu hijo, tus padres, tu pareja o tus amigos. 

     -¿Cómo era preguntarle sobre violaciones, torturas, momentos que seguro se le clavaron en la mente para siempre?

      -Siempre hay cierto morbo por las violaciones, pero la tortura es sagrada, porque en ella hay puro sufrimiento -hizo una pausa lo suficientemente corta como para no dejarme preguntar-. Y no por que la violación sea menos dolorosa, sino porque siempre fue sospechosa de haberla provocado, de no haberse resistido lo suficiente. “Si te violaron, fue forzado, pero bueno, a lo mejor te gustó”. ¿Cómo que y si me gustó? ¿Es menos violación si me gusta?

Evidentemente no. Es lo mismo. Por poco placer que pueda haber, esa imagen, ese roce, queda en el cuerpo marcado para toda una vida. Una vida que una vez ha tocado fondo, uno tiene que intentar recuperar de alguna manera. El libro es un poco como una liberación, una forma de expulsar todo lo que quedó dentro, cerrar un ciclo. 

        -El libro es una manera de responder a preguntas de hace dos décadas que quedaron flotando en el viento. El libro es un reflejo de todas las charlas que tuve con Silvia, en las que siempre hubo una pendulación entre lo monstruosa que fue su vida y lo trivial que ha sido después -cerró Leila a mi pregunta.

        -¿Qué ocurrió para que el destino final de Silvia saliera cara? ¿Qué motivo había para mantenerla con vida?

        -Una llamada. La llamada. O simplemente el azar. La cuestión es que Silvia, 30 años después, solo pide tiempo. Tiempo para disfrutar. Que el ciclo que supuso la ESMA y derivados no se cierre más tarde que el ciclo de la vida. Tenía tanto dolor por dentro, tanto desgarro, que cuando tu le preguntas dónde vive, ella responde: “En el limbo”. 

Qué sensación más horrible la de decir: vivo y no vivo. Simplemente, estoy. Aunque hay veces que basta con estar. El sueño de mi vida es estar en mi jardín, con un libro, mis hijos, mi mujer, música, y que me dejen en paz. Así, es imposible que me aburra. “Chao Leilita, chao querida”. Así podría haber terminado mi charla con ella si la conociera de algo, pero no tengo ese placer. Leila es de esas personas que tienen algo especial en la manera de hablar, en la forma de expresarse. Esa manera de conseguir engancharte a lo más ínfimo, desde el dolor, el amor y saber cómo decir las cosas. No habré hablado con ella nunca, pero puedo decir que he leído La Llamada. 

¿Y ahora qué? ¿Qué sigue? Una cena en una terraza, y un vuelo mañana por la mañana. En una vida que pasa. Como todas. Solo basta una llamada. Así, es imposible que me aburra.


16 de marzo de 2024

Vuelos insomnes. Historias entre Madrid y Menorca

Marzo. Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy. Hay maneras y maneras de empezar una novela, y esta, para mi, es de las mejores. O al menos, de las más sinceras, en las que Hardwick se nos muestra tal y como es. 

Así explota Noches insomnes, la primera novela que leí de Elizabeth Hardwick, escritora inmensa que durante muchos años estuvo relegada a la posición de “mujer de” -algo sufrido por muchas mujeres excepcionales a lo largo de la historia-. Digo que fue la primera novela porque recientemente pude leer Historias de Nueva York. Con los dos libros me llevé la última copia, algo que, digo yo, tiene que significar alguna cosa. 

En el libro que publicó en 1979, un par de años tras la muerte de su marido, reconocido escritor americano del siglo XX, se nos muestra desnuda, frente a su libreta, como si de un diario se tratara. La traductora de estas obras, en la charla que ofreció para unos pocos privilegiados que tuvimos la suerte de asistir a Pérgamo esa tarde, nos dijo que había mucho de autobiografía en esas líneas, pero que no era un libro autobiográfico. Vemos a una Hardwick que nos muestra la poca relación que mantiene con su madre, su sentimiento como mujer, las relaciones que mantiene con otros, su amistad con Billie Holiday, invitada de honor de su apartamento, y muchos más temas desde un punto de vista muy poco personal, pero muy íntimo. Como si a vista de pájaro se tratara, entramos en su vida sin que ella nos la describa. 

El tono que utiliza la americana, sin embargo, es mágico e hipnotizador. Pocas veces un texto pasa por delante de tus ojos de tal forma, tan claro, tan sensible, tan como si estuviera pensado en voz alta durante una noche insomne. Seguramente, cuando ya te da igual todo y tu reputación ha sido pisoteada por tu exmarido y muchas otras personas, se escribe de otra forma. Mucho más relajada, atrevida, sin ataduras ni complejos, mirando a la vida a los ojos, admitiendo que ésta nunca te va a devolver la mirada. Hardwick crea una obra brillante que, desde su impersonalidad, nos transporta a su vida. Una vida que, sencillamente, pasa. 

En Historias de Nueva York, el concepto es otro totalmente distinto. La escritora que se nos presenta a través de Noches Insomnes en 1979, resulta que empezó a escribir en 1946 una colección de cuentos sobre historias de Nueva York y Kentucky, su pueblo natal.  De 13 historias, magníficas todas, como bien me dijo Érika, me quedo con 2: Tardes en casa y Un amor de temporada. Por su significado, por su manera de decir algo que muchas veces he llegado a pensar y uno nunca consigue ponerle palabras. El primero, trata de la vuelta de la protagonista a su casa natal. Tras un tiempo viviendo en Nueva York, alejada de su familia, vuelve, aterrada, a una casa que dejó por aburrimiento y miedo a estancarse, buscando en la gran ciudad un sueño, una vida que prometía fuegos artificiales, amor, felicidad y muchas otras cosas. Cuando llega a Kentucky, a ese hogar, no encuentra esos demonios que había imaginado, ni siquiera ese horror monótono y literal habitual, sino que se descubre, atónita, recordando callejones, viejas historias vividas, rostros de familiares que se habían vuelto borrosos. Tras unos días en casa, descubre que es feliz en ese aburrimiento, y su única queja es que “la radio siempre está puesta”. Cuando vine a vivir a Madrid, mi sueño fue también esa vida que no tenía en Menorca; salir de la monotonía, tener tantos planes que no te queden días, buscar en la capital una actividad social que en mi casa no era tan posible. 2 años después, lo celebro totalmente, porque soy feliz, con mi gente, mi pareja, un trabajo que me gusta, pero de vez en cuando, añoro esa monotonía. Esa manera de subir las escaleras tan típica de mi padre; el olor del cuarto de mi hermano al pasar por delante de la puerta; los abrazos de mi madre, y hasta tumbarme en el sofá con ellos durante 2 días. En las vueltas, no busco nada más. Basta eso para ser feliz. 

En Un amor de temporada, veo en Adele, ese FOMO (Fear of Missing Out) que tenemos todos. Tenemos tanto miedo de perdernos algo, de no vivir algo que podría ser increíble, que nos olvidamos de disfrutar lo que realmente vivimos. Matt, pareja de la protagonista, le dice que cuando haya visto todos los lugares más ostentosos los podrá olvidar y disfrutar de los pequeños lugares sin descubrir que tenemos al alcance de la mano. Ella, deseosa de ver mundo, joven, historiadora en potencia, activa culturalmente, decide irse a Europa para escribir una tesis sobre su pintor favorito, Van Eyck. ¿A quién no le gustaría irse a Ámsterdam y disfrutar de los girasoles, el mar y la pintura? Tras un tiempo ahí, no solo no puede escribirlo por una cuestión de inspiración, sino que el trabajo que se ve obligada a realizar para vivir, no es el que ella deseaba, algo que provoca un total inconformismo en la joven. “No había pedido un trabajo agradable -que lo era-. Me había exigido algún tipo de logro”, algo que no sucedió. Iba del trabajo a casa, se echaba crema, se tumbaba en la cama y se preparaba para una cita. En mi caso, no me echo crema, pero sí disfruto de mis cenas con Cris, regulares cada pocos días, disfrutando de los ratos libres que nos deja el día a día y también desearía un trabajo en el que pudiera lograr algo y no ser simplemente uno más. Como dice Nuccio Ordine, a veces buscamos la utilidad en lo inútil, en vez de dársela a lo que realmente la tiene. ¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar? Esa es la cuestión. 

Creo que, como Hardwick dice, prefiero tener poco tiempo para hacerme preguntas, bien estar trabajando, o bien preparándome para una cena con Cris, o en Pérgamo disfrutando de una charla, dormirme agotado y extrañamente feliz. Ese debe ser el truco.