El primer baño de Aleix. La primera vez en la playa, el primer castillo de arena, todas esas fotos se convierten ahora en más que simples recuerdos, sino en un caleidoscopio a una época que ya no volverá. Y aunque ahora no alcancen a despertar en mi la sensación de estar ahí, de sentarme en la orilla, escuchar el rumor de las olas del mar, sentir la caricia salina de la brisa marina, me permiten por un instante, efímero quizás, volver a mi casa. A mi hogar.
Envidio algunas veces, de manera sutil, a la gente que ha podido experimentar la magnitud de una primera vez de la forma más pura. Porque las primeras veces, a pesar de su inexperiencia, destilan una esencia única, imborrable en la memoria: tu primer beso, las primeras notas de tu primer concierto, tu primera entrevista de trabajo, tu primera declaración de la renta, tu primera vez visitando un país lejano, o la adrenalina en tu primera vez conduciendo un coche. Sé que son momentos que siempre permanecerán en mi memoria. Y aunque entre ellos no esté la primera vez que vi el mar, intuyo que cada regreso a su orilla será como un retorno a un refugio para el alma. El mar, como un confidente eterno, siempre estará allí, imperturbable, dispuesto a envolverme con la espuma que trata de escapar de sus entrañas. Es como si en ese abrazo salino, me estuviera, de cierta forma, mostrando la continuidad de una historia, una historia que se renueva a cada marea.
Platón ya lo anunciaba en sus novelas: Panta rei, como le atribuía a Heráclito. Todo fluye, sería la traducción más correcta. Y creo que no le falta la razón. Soy consciente que el mar, en mi enésima peregrinación a revivir esa primera vez en sus orillas, no estará de la misma forma que como lo dejé. La vida, como las olas, tampoco se detiene. Mis padres cumplen años, mi hermano ya no es ese pequeño trombonista que me llegaba al pecho, mis amigos van escribiendo la historia de sus vidas en Menorca, Costa Rica, Mallorca, Madrid, la banda de música cambia de repertorio, el equipo de baloncesto ha subido de categoría, tiendas abren y otras cierran en un afán de dar vida a nuestro pequeño pueblo. Hay nuevos turistas, y otros que repiten, mientras barcos, algunos relucientes y otros testigos de antiguas travesías, continúan su eterno vaivén. Todo fluye. Y a pesar de este dinamismo, natural y necesario, creo que hay cosas que tienen, o más bien, deben, permanecer inalteradas. Porque sé que, por mucho que nada sea igual, esa siempre será mi casa. Aunque esa primera vez que contemplé el mar se haya desvanecido en el olvido, al regresar, deseo recordar su aroma, su brillo, incluso su azul. Porque sé que, por mucho que nada sea igual, ahí estará mi familia esperándome, con la misma paciencia con la que el mar espera tocar tierra. Porque sé que, por mucho que nada sea igual, cuando vuelva del mar, aquí, en la tierra, me espera mi gente, mi segunda familia.
Por eso, aunque no me acuerde de esa primera vez en la que vi el mar, lo esencial radica en convertir cada ocasión en esa primera vez que viviste hace tiempo. El mar permanecerá ahí, imperturbable testigo, pero de nosotros depende vivir cada momento como si fuera la última vez. O como si fuera la primera.
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