5 de julio de 2024

En busca del recuerdo perdido

Recordar es el acto de tener algo o alguien en la mente o en consideración. Normalmente, ese recuerdo suele ser pasado, un pasado que puede ser reciente o uno de hace muchos años, que suele tener sabor a nostalgia y un punto de aroma de azar. A veces el recuerdo se viste con lágrimas, también con risas alegres, hasta en ciertos momentos nos puede ayudar a aprobar un examen si ese recuerdo es correcto. El problema viene si no lo es. 

Recuerdo lo que comí ayer, recuerdo la primera vez que vi a mi novia; recuerdo la primera vez que entré en Pérgamo, el primer día en mi trabajo; recuerdo el último viaje a Santiago de Compostela y también el primer viaje a Roma que hice con mi familia; recuerdo nuestra última cena en Disbarat en Menorca; recuerdo la última playa en la que me metí hace una semana y parte de ello es por la quemadura que arrastro hace días; recuerdo las entrevistas para entrar en la empresa y cómo tardamos en conseguir un piso para Cris y para mi; recuerdo el primer día en la universidad, aunque ya no estudie la misma carrera; recuerdo el día que nos dijeron que cerraban las universidades por el Covid y el tiempo que tardamos en salir de casa; recuerdo el partido de baloncesto que jugué hace 2 años, más que nada porque jugué 5 minutos y recuerdo también el último concierto con la banda. 

No recuerdo lo que comí hace dos semanas, ni el primer libro que compré hace unos años; tampoco recuerdo el primer viaje que hice, aunque tengo la ligera sospecha de que fue a Barcelona por las fotos que quedan guardadas en casa; no recuerdo la primera vez que vi el mar y tampoco si me costó aprender a nadar; no recuerdo qué asignaturas he tenido en la carrera y tampoco recuerdo los 2 meses de confinamiento; no recuerdo cómo empecé a jugar a baloncesto ni el primer concierto que tuve con la banda con tan solo 8 años; creo que recuerdo menos cosas que las que no recuerdo. Y esto no lo recuerdo del todo.

Recordar es algo que todo el mundo puede hacer, con algunas excepciones, pero es verdad que no es fácil tenerlo siempre presente. A veces lo hacemos inconscientemente, algo se enciende en nuestro interior, pero el objetivo es recordar sin la necesidad de una señal, un símbolo, una imagen, o simplemente una palabra. El recuerdo es lo más fácil que pasa por nuestra mente y no nos damos cuenta. Ordine, en el ensayo que estoy leyendo ahora mismo, diferencia la definición que hace un diccionario de la palabra recordar por el hecho de que no es simplemente una acción pasiva que realizamos para rememorar algo pasado, sino que es una forma de crear nuestra propia identidad y comprender el mundo. “El hombre que no conoce su historia está condenado a repetirla”, es una frase que curiosamente dejó escrita un poeta español, y creo que nos muestra a la perfección la importancia que tiene el recuerdo, aunque muchas veces estemos condenados a repetir lo que ya hemos hecho. Recordar no es una opción sino más bien un deber moral que tenemos todos. 

Y aquí es donde entra el libro que da imagen a esta entrada. Un libro que compré por culpa de la lectura de otro que no hemos comentado aquí, pero que marcó un poco, un antes y un después en una literatura que no había cosechado nunca. La literatura rusa puede ser densa, histórica, tediosa y centrada en la revolución, sin embargo, Dovlátov tiene una pizca de humor que no me esperaba cuando cogí uno de sus libros y empecé a leer sus primeras páginas. Cuando le comenté a Pablo que estaba leyendo ese libro, que fue el primero que compré en Pérgamo, me recomendó a Juan Forn y sus columnas publicadas en Yo recordaré por ustedes. Y viniendo de Pablo, seguro que era bueno.

Yo recordaré por ustedes es una especie de diario, un diario de un viaje alrededor del mundo, de sus culturas, de su historia. Es un viaje alrededor de tradiciones, experiencias, anécdotas, libros, donde se habla de personajes famosos, artistas, gobernadores y otros dictadores. El conjunto de textos, que creo que supera el centenar, es un recuerdo en sí mismo. Juan Forn escribe semanalmente en el periódico Página/12 estas columnas para que nosotros no tengamos que esforzarnos en recordar y que quede todo escrito. “La escritura de un diario es un lazo con uno mismo cuando se pierden todos los lazos”.

No recuerdo muy bien el día que empecé a leer este libro, pero es verdad que tengo una pequeña imagen de estar en el aeropuerto leyendo la primera parte de los escritos. No sé porqué siempre tengo recuerdos de aeropuertos. También recuerdo muy bien una de las frases sobre las que reflexiona Forn, muy relacionada con algo que dijo San Ambrosio: “nosotros leemos para adentro. Esa es la paradoja del libro: que, cuando leemos, nos vamos del mundo, pero ese irse del mundo enriquece nuestra experiencia del mundo”. Yo no suelo leer hacia afuera, me suele dar más vergüenza y en el metro es un poco complicado, pero creo que leer para adentro me hace reflexionar más acerca de lo que estoy leyendo. Esa lectura me instala en un sitio en el que pocas cosas me han llevado, y luego, debido a esa abstracción, me cuesta recordar. Mis entradas son una forma de recordar todo lo que he leído, lo que hago, lo que veo, pero sobretodo, explican y dejan por escrito lo que me importa recordar. Un viaje, un restaurante, un libro o una quedada con amigos.

Cortázar, y con esto mi amiga María estará contenta, decía lo siguiente: "La memoria se acude en ocasiones imprevistas, y entonces uno se da cuenta de que ha vivido más de lo que pensaba, de que el olvido es una forma de memoria latente, una memoria que no se resigna a desaparecer del todo." Por esta razón, que nadie nos quite las ganas de recordar. Recordad todo lo que podáis. Escribid para recordar. Haced fotos para recordar. Enviad cartas para recordar. Dejadlo en la red, o simplemente, en vuestra memoria. Y, mientras sea posible, yo recordaré por mi mismo. Porque siempre hay algo que vale la pena recordar. 


2 de julio de 2024

La vida es una herida con la que nacemos todos

Llegar de noche a un pueblo es como si nunca hubieras llegado. El autobús me dejó en la plaza, con las pocas luces titilando a lo lejos. Mis padres me esperaban en la casa, pero las puertas estaban cerradas y las luces apagadas. No había rastro de ellos. La última vez que hablamos fue hace dos horas, cuando el atardecer pintaba el cielo con ese tono anaranjado que siempre me llena de nostalgia. Recordé la llave extra, siempre colocada bajo la maceta en la entrada. Con una mezcla de esperanza y miedo, levanté la maceta y ahí estaba. ¡Bingo! Entré como lo hacía de niño, con esa mezcla de curiosidad y temor a lo desconocido.

La casa estaba vacía, como si me aguardara en un silencio expectante. No había señales de vida reciente: polvo acumulado, telas de araña y recuerdos flotando en el aire. ¿Dónde estarían mis padres? ¿Por qué no me esperaban? Miré al cielo, buscando respuestas entre las estrellas, y por un momento, volví a ser el niño que corría por estos pasillos.

Dejé mis maletas en la entrada y subí las escaleras. En la mesa del comedor, un objeto captó mi atención. Me acerqué lentamente, con el corazón latiendo con fuerza. Era un libro, de color verde, titulado Esta herida llena de peces. ¿Podría este libro decirme algo sobre mis padres?

Abrí el libro y comencé a leer las primeras líneas, precedidas por unos versos de Gabriela Mistral. La lectura era como el preludio de un concierto, llena de nerviosismo y expectativa. La voz de Lorena Salazar Masso, una autora desconocida para mí, resonaba con una claridad poética que me atrapó de inmediato.

La historia me llevó al malecón de Quibdó, donde una madre y su hijo compartían un momento de ternura instantes antes de montarse en una canoa. El niño, con la inocencia que todos llevamos dentro, llama a su madre “ma” al ver un pajarito. Esa simple palabra, cargada de amor y dependencia, resonó en mí como un eco de mi propia niñez. La madre, en un momento de reflexión, dice: “yo le enseño a ser él y me ayuda a deshacerme, a vivir bajo nuevas formas”. Comprendí entonces lo que Massimo Recalcati describe cuando habla de que “un hijo implica la descentralización en la vida de sus padres”. Un hijo trae consigo el fin de la vida anterior, esa vida construida entre dos personas, en la que de repente, se introduce una tercera parte a la que hay que enseñar el sentido mismo de la vida. 

A través del viaje por las metáforas y conversaciones del río Atrato, comprendemos la profundidad de los sentimientos de una madre hacia su hijo. Una mamá es una presencia constante, en las alegrías y en las adversidades. Es ese hombro en el que llorar, el abrazo que te consuela. Una madre es una herida y una cicatriz, algo que duele pero también sana. Un niño, en cambio, es niño en todas partes; no siente miedo, no se cohíbe, no siente vergüenza tampoco. Juega, y solo se interrumpe para soñar o comer.

El río, como metáfora de la vida, fluye por distintas ciudades, acompañando a la pareja a través de su cuenca. A lo largo de los años, nosotros, una comunidad de peces, vivimos al ritmo del agua. En el camino se suceden incendios que nos invitan a reflexionar sobre la vida. Incendios que, siendo recurrentes, pierden su poder inicial. La gente, cansada de malos momentos, deja de deprimirse por esos incendios y los acepta, como el niño que pierde un diente y espera el siguiente. Como niños, nos toca sonreír y vagar por ese río, un río que se convierte en una razón para vivir, para llegar a tierra firme. Como si no pasara nada.

El libro verde llegaba a su fin y yo me encontraba perdido en la selva de sus palabras, que dejaban un sol ardiente en el horizonte y se desplegaban hacia un lugar inexplorado. Por un momento, me olvidé de mis padres, del exterior, de mi isla y de mi gente. Por un instante, no había preocupación en mi cabeza, como ese niño de Quibdó al que envidiaba. Un niño cuya mirada tuve hace tiempo y que se desvaneció con los años, revelando una más cruda y real. Hay veces en que uno desearía mirar como un niño, con inocencia, como si nada. El final del libro, ese último capítulo, me dejó boquiabierto y desperté de un sueño que parecía no tener fin. El camino, que recorrí durante doscientas páginas por el río Atrato, valió la pena.

Como por arte de magia, la puerta de casa se abrió y aparecieron mis papás. El libro no me había dicho nada sobre ellos, y para saber dónde habían estado solo me quedaba preguntar. “Buscamos una canoa que nos llevara a los dos y a tu hermano desde que salimos de casa, hasta Bellavista”. ¿Bellavista? Llegar de noche a un pueblo es como no haber llegado, por eso, tomar un avión por la mañana suele ser lo habitual. Y lo mejor.


22 de junio de 2024

¡Quítate los zapatos que me pisas la alfombra!

Recuerdo en los tiempos de mi infancia, cuando mis cabellos lucían rubios y mis preocupaciones eran otras, la inalcanzabilidad de una pareja adulta. Ese momento en el que dos personas decidían irse a vivir juntas se asomaba lejos, utópico. El tiempo iba pasando, y con los años, esa sensación se fue acercando, poco a poco, como un tren llegando a su estación. La mayoría de edad denotaba el fin de una etapa que había durado la mayor parte de nuestra vida. No obstante, 2020 fue el año del cambio definitivo.

En primer lugar, una pandemia que obligó a reorganizarse, a volver a los inicios, a no salir de casa y disfrutar de la familia, del tiempo, de esas pequeñas alegrías que nos da la vida y así decrecer el ritmo frenético que llevábamos en nuestro día a día; en segundo lugar, un cambio de carrera, porque cuando ves que algo no funciona, más vale parar y no seguir, aunque sea por “vivir la experiencia”. Me pregunté: “¿seguro que esto es lo mío? Yo no perdía dos años, porque la vida, en esos dos años, me enseñó muchas otras cosas; en tercer lugar, esa oportunidad de trabajo, que me abrió las puertas de una nueva vida futura, aunque en ese momento no lo supiera; y finalmente, esa bajada a la feria. Esa historia que podremos contar en un futuro, esa noche que tú y yo, sin decirnos una sola palabra, entendimos que eso no era un final, sino que, de hecho, podía ser un inicio de algo. Recuerdo en los tiempos de mi adolescencia, cuando mis cabellos lucían castaños y mis preocupaciones eran otras, la cercanía de una pareja adulta.               

        Me levanto de la cama, con las legañas pegadas, la cara arrugada y con sueño atrasado. Sigues durmiendo, hacia el lado derecho, como todos los días. Te miro, te doy un beso en la frente y me voy al salón. No quiero poner la tele, prefiero leer. Así no se oyen ruidos desde la habitación. Tengo que habituarme a este nuevo escenario. Abro la primera página del libro, y a pesar del sueño, las palabras poco a poco van entrando en mi cabeza, una a una, y yo voy disfrutando del libro que tengo en mis manos. Puede ser el de Pol Guasch o el de Sara Gallardo. También el de George Perec, hasta Lolita, de Nabokov. ¿Quién sabe? En todo caso, disfruto cada una de esas páginas en la tranquilidad de este salón, que poco a poco se ha ido llenando de vida, de flores, de historias y cuadros, de libros y discos, de nosotros.

En algún momento en el que no soy consciente de mi alrededor, empieza a sonar la Suite Bergamesque de Debussy en el piso de abajo. La vecina, o vecino, de sexo desconocido, suele practicar diariamente. Hay días que la descubrimos practicando escalas, otros en los que nos deleita con los Liebestraum de Liszt, hasta prueba los conciertos de Rachmaninoff. Es algo que me impresiona y me intriga. Me gustaría conocer a ese músico, o música, poder hablar con él o ella y decirle: “espero cada día el momento en que los primeros acordes del piano empiezan a sonar y vibrar en nuestra casa”. Tras un día largo en el trabajo, la mejor medicina puede ser simplemente el inicio de cualquier sinfonía de Beethoven. Me he planteado dejar de pagar Spotify -lo pagan mis padres-.

        ¿En qué momento puedo venir a despertarte? ¿Hay alguna norma que diga cuándo es considerado como demasiado tarde? ¿Cuál es el límite en el que ya me puedo salvar de un enfado evitable? Creo que voy a esperar 10 minutos más. El libro me está gustando. El ritual en el que se ha convertido ese momento por la mañana me llena el corazón de alegría. Si en algún momento imaginé cómo podía ser la vida viviendo contigo, sé que me quedé corto con las expectativas. Ya lo sabes, pero no me canso de repetírtelo.

En 2 meses hemos pasado de compartir maletas para fines de semana en los que uno iba a casa del otro, encontrarnos compañeros de piso en el salón, compartir un solo baño con amigas y organizar momentos de cocina en los que no hay espacio para tantos, a poder ver una película tranquilamente sentados en el sofá, con tu bol de palomitas de Taylor Swift, a tener el congelador lleno de tuppers solo para nosotros; a poder “convidarnos” cuando queremos, echarnos ese vermú y nuestras patatillas. En 2 meses hemos pasado de compartir maletas para fines de semana a disfrutar de nuestro hogar.

        Sé que no va a ser nuestro hogar definitivo, porque la vida es muy larga, y nos falta mucho por vivir. Sueños que aún parecen lejanos, como una hipoteca, una casa más grande, o simplemente un jardín, van apareciendo poco a poco al final de esta estación. El tren acaba de llegar, y no sé cuánto tiempo parará. Disfrutemos de la parada, esta vez en Retiro, por primera vez juntos, haciendo camino para llegar en un futuro, más o menos lejano, a la siguiente estación. 5 años han pasado muy rápido, pero cuando uno disfruta, el tiempo vuela. Como decía Dovlátov, somos exactamente lo que sentimos que somos. Nada más. Y aquí modifico. Yo, me siento profunda e irreparablemente feliz. Independientemente del lugar, la felicidad es contigo.

Me levanto del sofá, dejo el libro en la mesita de centro, me pongo las zapatillas fuera de la alfombra para no pisarla, y me dirijo a nuestra habitación. No me acostumbro aún a llamarla “nuestra”. Abro la puerta, intentando no hacer ruido. Me acerco a ti, poco a poco, y no me queda otra que decirte:

¿Perrucheo?

19 de junio de 2024

Por ganarme la vida, la estoy perdiendo

Hablar de mayo y del Retiro puede no significar mucho para mucha gente. No tienen mucho en común, quiero decir, a parte de pasar cada año, se mantiene inerte en la vida de la gente. Sin embargo, hay algo que tienen en común, que hace de este periodo uno de los más bonitos del año madrileño. Existe la Navidad con sus luces, el otoño con sus ocres y tonos marrones, las fiestas de los pueblos y barrios con sus cervezas, los domingos de Rastro con sus vermús, y las dos semanas en las que el parque se convierte en uno de los lugares más bonitos del mundo: la feria del libro.

Ir a desfilar por la pasarela de casetas sin ningún título en la mente es, a la vez, lo mejor y lo peor que puede ocurrir. Leía hace algunas semanas un artículo donde el escritor indicaba que, la librería que consigue que el título que ibas buscando no sea el único que compres, sino que añadas otro que hayas visto encima de una de sus mesas, son las que vale la pena visitar. Más de 300 casetas en fila, con unos 200 libros por cabeza, hacen nada más y nada menos que la posible suma de 60.000 títulos en un recorrido que asemeja al de un IKEA: ese pasillo que va guiándote por cada uno de los diferentes tipos de productos para que, en vez de comprar cojines, te lleves los manteles, una silla, un par de flores y un posible armario para tu despacho. Y cuando sales, dices; “¡Mierda! Se me han olvidado los cojines”. En la feria, puede pasar algo similar. 

Y de repente, mientras estaba ahí, ojeando algunos títulos que podían llegar a ser potenciales compras para mi biblioteca, que ya no es mía, sino de Cris y mía -un tema que ya contaré en breve-, me acordé de un libro. Un pequeño libro azul, cuaderno de Anagrama, recién recomendado por escritoras como Paula Ducay o actores como Carlos Cuevas, Estuve aquí y me acordé de nosotros

        Anna Pacheco, periodista y escritora especializada en temas sociales, aborda a través de unas 150 páginas, un tema muy candente, y más en estas fechas: el turismo, el trabajo turístico y la clase. Siendo menorquín, es un tema que he vivido en mis propias carnes, viviendo el turismo y trabajando para él en una agencia de aeropuerto. Las críticas eran buenas, y siendo recomendación de María, nada podía fallar. Me quedará la espinita de que no llegué a que me lo pudiera firmar, aunque imagino que el día en el que esto se pueda solucionar sucederá más pronto que tarde. Esto no es un guiño a la posibilidad de encontrarme con ella y poder hablar de su estudio, un estudio que ha servido de inspiración para un futuro proyecto que quiero empezar a desarrollar. 

Para mi sorpresa, el libro no trata tanto el auge del turismo en nuestro país, que también, sino las condiciones de trabajo de una empresa dedicada a ello. Y aunque ya no trabajo en el mundillo, ha habido muchas afirmaciones, casos y ejemplos que se pueden aplicar no solo a empresas turísticas, sino también a empresas de otros sectores, dejando un reguero de apuntes subrayados en cada una de las páginas que se iban sucediendo. 

Ha sido un libro que he leído mayoritariamente por la noche, esperando un avión a las 4 de la mañana, en un aeropuerto lleno de grupos de amigos esperando a embarcar. De manera que, el ambiente que me rodeaba escenificaba a la perfección todos los diferentes capítulos que iba terminando. Esos turistas, que me acompañaban a altas horas de la madrugada, viajan para olvidarse de lo que son por unos días, porque el lujo es ante todo una actitud, y esto, Pacheco lo escribe a la perfección. En Menorca hay una lista de sitios que uno no se puede perder, y los puedo recitar de memoria: Macarella, Macarelleta, Fornells, la Cova de’n Xoroi, el Poblat de Pescadors, Pont de’n Gil y Ciudadela. ¿Hay sitios mejores? Sin ninguna duda -aunque ese atardecer de verano en Pont de’n Gil es difícil de olvidar-, pero esa foto, la foto que todos los turistas se hacen en el mismo sitio, no hace nada que no sea certificar el viaje frente al resto. He estado aquí. Check.

Trabajamos cada año para irnos de vacaciones, para demostrar un estatus que solo es válido si viajas, si compras productos caros, si… Si te vas a Soria de vacaciones, el nivel cultural que demuestras no es el mismo que quien se va a Cadaqués, Menorca o Islas Cíes. Hay sitios, y SITIOS. En el libro, se nos muestra un claro ejemplo con La piel quemada (1967), dirigida por Josep Maria Forn, que plantea la idea de que “el turismo no se hace solo, sino que lo hacen los trabajadores a cambio de miseria”. Estamos normalizando una forma de vivir y, sobre todo, de consumir, que va a conseguir que, por intentar disfrutar de la vida, la estemos perdiendo. Y es esa la sensación que se tiene muchas veces trabajando, cuando empezar a las 9 de la mañana puede significar salir de casa a las 7:30, y llegar a las 20, una vez has terminado a las 18.30. ¿Trabajo para poder vivir, o vivo para trabajar? Cuando termino mi horario, no tengo tiempo ni ganas de más, y cuando dispongo de tiempo, debo gastar para demostrar que vivo. Benedetti tiene unas palabras muy bonitas que ilustran este momento: “nadie pedirá informes ni balances ni cifras / y sólo tendré horario para morirme / pero el cielo de veras que no es éste de ahora / ese cielo de cuando me jubile / habrá llegado demasiado tarde”.

"Hay veces que nos llega justito para lo que hay que pagar. Alquiler -por las nubes-, electricidad, gasolina. Hay que comer. Hay que vivir también. La familia, la pareja. La vida es eso". Y nada más que eso. Sin embargo, cada vez se hace más difícil. Los sueldos no suben, y si antes, este tema se convertía en una de las prioridades de todos los trabajadores, ahora lo urgente es trabajar mejor. La necesidad de tener más dinero, algo utópico, en vez de verse como una consecuencia de una situación a erradicar, se ha constituido como algo inevitable de nuestro tiempo. Es lo que nos ha tocado vivir. Es lo que hay, se repite. Nos toca conformarnos.

¿Es posible otro tipo de turismo? Habrá que reformular las prácticas a las que estamos acostumbrados. El problema vendrá cuando ese turismo de proximidad al que últimamente damos tanta importancia se convierta en exótico. En ese momento, el paraíso estará perdido, y los destinos morirán. Y tocará volver a buscar otra manera de demostrar ese afán de descubrimiento, construyendo alternativas a un consumo desesperado, de evasión, para que en un futuro no tengamos que afirmar: me acordé de todo lo que no hicimos cuando pudimos. 


13 de junio de 2024

¡Bienvenidos a la Eras Tour!

Pocas frases han suscitado tal vociferación en una multitud. Pocas palabras han tenido un efecto tan eufórico en sus oyentes. Pocas oraciones han provocado tal sinfín de emociones en un grupo de personas, que fueron desde la alegría al llanto, pasando por la locura y el éxtasis. Con cuatro simples palabras, Taylor Swift nos tenía a todos a sus pies. ¿Y qué pinto yo en todo esto? Mucho más de lo que creéis. 

        Todo empezó hará cerca de un año, cuando aparecieron las primeras entradas para un concierto único en el Santiago Bernabéu (no entraremos a valorar la magnitud de estadio en que se ha convertido) de una artista colosal que ha ido ganando fans y haters por igual tras este año lleno de conciertos y éxitos. Unas entradas que se agotaron en menos de una hora y que consiguieron sacar lágrimas en los ojos de mi novia muchas noches antes de acostarse, en la ducha cantando sus canciones, o viendo Tiktoks antes de dormir. Era su sueño. Un sueño que no se iba a cumplir a no ser que comprara una entrada de reventa por 400€ que el azar podía dejarte sin validez ese mismo día.

Pasaron meses sin noticias, sin ninguna mención a un segundo concierto, con algunos rumores y otros posts de clubes que no saben cómo ganar fama. Eso es otro tema. Llegó marzo y con las primeras flores de primavera llegaron nuevos códigos para un nuevo concierto. Un segundo concierto, en primer lugar, antes del concierto que era el primero, que pasaba a ser el segundo. ¿Qué? En fin, el resultado fue que conseguimos dos entradas, tras horas de cola y un precio para nada desorbitado. Íbamos a ver a Taylor Swift. En ese momento no era consciente de la magnitud de tal evento. 

        Se fue acercando la fecha y se fueron sucediendo preparativos que incluían la elección del outfit, la compra de purpurina, pegatinas y un algoritmo de Tiktok basado en información del pre-concierto, posibles anuncios, y compras de merchandising. Éste, llegó el martes 27 a la tienda del Bernabéu. Después de un día de trabajo, con el que llegué a Recoletos a las 19 de la tarde, nos íbamos a mi templo del futbol para ver si podíamos comprar algo para Cris. Una vez ahí, sorprendidos por la cola, que no fue larga, se fue no con una camiseta, sino también con una sudadera que no se va a quitar hasta que tenga 80 años. Y no es para menos. La va a amortizar. Estudió el terreno, los accesos y el bar de al lado, que no falte ese vermut en las noches calurosas del Madrid de mayo. 

Llegó el gran día. Empieza el protocolo Swift en Calle General Pardiñas. Exfoliación y bronceado del cuerpo a las 10. Discografía completa sonando por Spotify. Última prueba del vestido a las 12. Comida para coger fuerzas a las 13.30. Retoques de purpurina y accesorios a las 15 y se pone rumbo al Bernabéu. No bastaba con llegar antes con lo que llegamos mucho antes -de la apertura de puertas-. Había que ver el ambiente, cambiar pulseras, beber mucha agua, ver grupos de gente vestida con botas de cowboy y minifaldas y otros que se habían equivocado y pensaban que era febrero y volvía carnaval. 

        El otro día leí un artículo en el que la autora se consideraba un término que creo adecuado a mi postura frente a ese momento. No me considero fan de Taylor, ni mucho menos como Cris, aunque le he cogido cariño y me está gustando escuchar de vez en cuando sus canciones -al vivir ahora con Cris eso viene a ser en todo momento-, pero sí me considero “swiftcurioso”. No la odio, ni creo que sea una mojigata, o una fresca como llegué a escuchar, pero tampoco me apasiona a niveles religiosos. Y ahí nos presentamos, preparados para vivir uno de los mejores, sino el mejor concierto de mi vida, y sin duda, el mejor día de la vida de mi novia. 

Este artículo es básicamente, por y para ella, para que dentro de años, cuando a lo mejor vuelva a quedar poco para verla, en el Bernabéu, Wembley, Milán o Paris, lea esta entrada y recuerde esa sensación al ver a los bailarines entrar; al ver ese carrito de la fregona y el griterío de la gente al empezar la cuenta atrás; que recuerde el “It’s been a long time”; los primeros acordes de Miss americana en los que solo se escuchaban miles de voces cantar a unísono; recuerda también tu sonrisa al ver a tu Taylor; sus looks en cada una de sus eras; su versión de All too well de 10 minutos en los que lloraste tres veces mostrando que es una de las canciones más bonitas que vas a escuchar; recuerda también todo el disco de Reputation, y su 1989; recuerda el momento del niño y el sombrero; todas las veces que Taylor se dirigió a vosotros, como un cura se dirige a su parroquia llena de fieles; recuerda Karma y el bridge de Cruel Summer y The smallest man who ever lived; recuerda los fuegos artificiales, la ovación en Champagne problems y el momento en que se despidió de todos con un “Hasta pronto”. 

Los días post-concierto han sido complicados. Nadie te enseña a superar esas 3 horas y media en las que la piel se te eriza, las pupilas se dilatan y tus oídos intentan procesar todo lo que está escuchando. Y aunque la respuesta no sea ir a todos los conciertos de esta gira, nunca se sabe lo que puede pasar. Porque sé, aunque tú digas que va a ser complicado, que no va a ser la última vez que la veas. Y yo, tu swiftcurioso, quiero estar ahí contigo, para disfrutar juntos otra vez de una de las mejores experiencias que hemos vivido. …Ready for it?