23 de julio de 2024

La 100. Por todos nosotros.

No había llegado a las 100 entradas en este blog. No todavía. Hacía falta la imaginación de una tarde de verano, la textura de un helado de pistacho, la saladura del mar y el olor a puesta de sol. Mi amiga María no tenía una chamarra amarilla, pero tenía uno de los mejores inicios de cuento que -acordaros del nombre-. 

Las 100 entradas nunca fueron un objetivo. Físicamente, nunca fueron, aunque ahora mismo le esté dando forma como escultor que utiliza un teclado mecánico como herramienta de trabajo. En el salón de mi casa, en la penumbra de mi habitación en Madrid o en la del apartamento de Cris han nacido el 90% de las entradas de este blog. El resto, seguramente sean apuntes de un viajero que pierde el tiempo en un aeropuerto, solo, sin otra compañía que libros y un iPhone en el que teclear. Como escultor, cambio el yeso o el mármol por las palabras porque creo que se me dan algo mejor, aunque tampoco creáis que sirvo mucho más allá de esto que leéis casi bisemanalmente. Nunca fui creativo, ni original, y mucho menos, manitas. Además, todo el tema de ensuciarse las manos siempre me ha costado un poco; desde un simple donut a comerme una hamburguesa al lado del mar acompañado de mi novia en un paisaje inmejorable. Las manos, cuanto más limpias, mejor. 

Las 100 entradas nunca estuvieron en mi cabeza, hasta que hace relativamente poco, descubrí que ya llevaba 98. Allá por junio de 2020, un chico que estaba a punto de cambiar Madrid por Menorca estaba con su padre sentado en un 100 Montaditos. Él se había pedido el de pollo cajún con salsa barbacoa y yo recuerdo el de pollo kebab con salsa de yogur y lechuga, acompañado de unas patatas con cheddar y bacon. “Creo que voy a empezar a escribir un blog”, le solté. Había venido a ayudarme con la mudanza, y aunque no se pudo llevar mucho, recuerdo esos dos días con un ajetreo poco aconsejable para las temperaturas que nos acompañaban ahí por finales de un junio lleno de mascarillas.

Las 100 entradas no son una obsesión. No sabía de qué quería escribir el blog, aunque la idea principal siempre estuvo relacionada con los libros. Siempre he sido más de números, aunque el otro día, discutiéndolo con mis padres, llegamos a la conclusión que había sido simplemente por el hecho de la capacidad de mi padre por enseñármelas bien y poder entenderlas. Sin embargo, siempre he disfrutado mucho más con las letras; filosofía, historia, literatura… Disfruto con cada una de estas materias, con cada uno de los apuntes que descubro, con cada nueva cita, cada nuevo descubrimiento, con cada nuevo autor que pasa por mis manos. No hay nada que no me guste hasta llegar al punto de obsesionarme “un poco”. Luego, aparecerá otra cosa, y la que me obsesionaba dejará de obsesionarme y conseguirá asentarse en mi cabeza. 

Las 100 entradas son simplemente un número. Durante mi infancia siempre tuve como espasmos de creatividad que duraban relativamente poco; empezaba algo con mucha ilusión y a la semana o a las dos semanas ya dejaba de interesarme y lo dejaba a medias. Y cuando me propuse empezar este blog, el miedo a que volviera a pasar eso apareció otra vez por mi cabeza. En cierto modo, ha habido épocas que he sentido mi desconexión del blog hasta pasar varios meses sin escribir nada, y luego, escribir 5 entradas de carrerilla en dos semanas. Ni mucho ni tan poco. Pero tras 4 años de lecturas y apuntes, he llegado a la conclusión que haber escrito 1 entrada cada dos semanas es una periodicidad bastante buena para una persona que tiene un trabajo, una carrera y una vida social a la que atender muy felizmente -con eso me refiero a todas las cosas que hago con Cris, y con esta mención, sé que ya va estar feliz-. 

Las 100 entradas están a punto de ocurrir. Y tras 4 años, 9000 visitas -aunque muchas seguro sean mías-, y más de 100.000 palabras escritas, puedo decir que me siento ciertamente orgulloso de esto que he podido ir haciendo. Literariamente no tiene ningún valor y está lejos de tenerlo. Siempre consideré que mi escritura era simple, aunque poco a poco haya ido ganando una manera de escribir que siento mía. Siempre escribí sobre lo que quería escribir; ha habido épocas en las que me iba de excursión por Menorca y este blog era mi manera de escaparme un poco de una realidad que en ese momento me costaba asimilar; ha habido épocas en las que he leído mucho más y me ha apetecido compartir esas lecturas y los apuntes que podía ir tomando yo con vosotros; habéis compartido viajes conmigo, aunque no hayan sido muchos y habéis escuchado conciertos a través de mis palabras; habéis vivido una mudanza conmigo, mi relación casi entera, habéis vivido un cambio de trabajo y un nuevo rumbo en mi vida. En 100 entradas he escrito sobre todo lo que me ha apasionado en estos años, con pelos y señales, en un blog en el que, si bien nunca me importaron las visitas, siempre fue agradable ver qué entradas eran las que gustaban más. Sin ninguna duda, la del agua amarilla de Zaragoza va a ser difícilmente superada por ninguna otra, aunque LinkedIn ayudó a que sucediera así. Cuanto más compartáis, más feliz es el narrador de esta bella historia. Una historia que esperamos que se mantenga firme y duradera durante todo el tiempo que haga falta. 

Junté todas las entradas esparcidas por el blog, y sin cerrar este portátil que tanto me acompaña, me acosté. Quizá no tendría una chamarra amarilla como María, y el principio de mi entrada no sería mío, pero lo que sí habría conseguido sería mi centésima entrada. Una entrada acompañada de cada una de las personas que se ha pasado algún día a leer el blog. Una entrada que es el logro de 4 años de ir probando en esto de la escritura. Una entrada que es mucho más que una entrada. 

La 100. Por todos vosotros. 


12 de julio de 2024

¿Cuánto falta para hacerme mayor? Todavía un poco.

Todos habéis sentido miedo alguna vez. A las arañas, a la oscuridad, a los espacios abiertos, al mar. Sin embargo, durante los primeros años de vuestra vida, el miedo a decepcionar a unos padres es mucho más común de lo que crees. Un miedo a que ese hijo perfecto que ellos habían creado, no lo sea por un momento. Un miedo que se puede convertir en rabia, o incluso en lágrimas. 

Como decía Perogrullo mucho antes que Quijote o Quevedo -el escritor, no el cantante-, en la historia siempre hay una primera vez. Y si hay siempre una primera vez, esta fue la primera en la que alguien te pidió una reseña de un libro. Ese libro tenía que estar en el blog. Entonces, el libro prometía. Encontrar el momento perfecto para abrir el libro y adentrarte en sus primeras páginas se demoró más de lo esperado, pero la prosa de Nuccio Ordine te tenía atrapado y cuando te encuentras en su océano de palabras, el frescor de sus referencias y su inteligencia te deslumbran hasta llegar a la orilla del final.

Llegó la noche y poco a poco se fueron encendiendo las lucecillas del salón de casa. Con la barriga llena y la mente en blanco, lista para la aventura, cogiste el libro y te dispusiste a empezar un viaje. Para ti, todos los libros son pequeños viajes a través de historias, cuentos, pensamientos, donde el autor nos deja una pequeña parte de si mismo. Y de repente, estaba dentro.

A lo largo de la infancia, esa época curiosa en la que los sentimientos son algo tan efímero y volátil que aparecen y desaparecen como fideos en una sopa de invierno, siempre has querido romper un molde. Un molde que se ha ido formando gracias a tus padres, tus profesores, tus amigos… pero una vez vas creciendo, una pregunta se va instalando en tu cabeza poco a poco; ¿cuándo serás capaz de crear tú mismo ese molde? ¿Cuándo serás capaz de romper esos moldes y hacerlos a tu medida?

Después de un largo análisis, crees que ese momento tampoco llega nunca. Vas creando, descubriendo, aprendiendo, pero los amigos siguen ahí, aparece gente nueva, una pareja, unos compañeros de oficina, un futuro casero al que hay que gustarle… Leyendo el libro, te queda claro relativamente pronto que ese momento que tanto deseamos, el momento de libertad ansiado desde la juventud quizá jamás llegué. Quizá jamás seas capaz de poder jugar en ese futuro que durante tiempo has deseado. Durante una época de tu vida, libertad es sinónimo a fiesta y alcohol, en otra, sabe a casa con jardín, en un futuro, huele a hijos, un Golden Retriever y felicidad conjunta, para finalmente llegar a una época en la que la libertad sea simplemente no pasar por el hospital, leer un libro en un banco y ver a esa familia que has creado crecer. Os volveréis a ver dentro de seis meses, dice la psicóloga.

Crecer, en tu caso, que habías pasado tu infancia en una isla donde en verano se vive hasta el extremo y en invierno todo se calma, fue necesitar una salida a una ciudad grande, sin darte cuenta de que en una ciudad el tiempo pasa como si hablase muy rápido, sin entenderlo. Corriendo de un sitio para otro, trabajando la mayor parte del día, esperando al metro, esperando en el super, esperando en un restaurante. Crecer, en tu caso, significó no valorar del todo eso que tenías en su momento y lanzarte al vacío del ahora.

Con esta novela de Paula, entras en una fase totalmente desconocida: reseñar la novela de alguien a quien conoces personalmente. Y si tuvieras que destacar lo mejor, sería esa segunda persona que gobierna toda la trama de forma invisible. Qué difícil es escribir en segunda persona y qué fácil lo hace. Ya te gustaría a ti hacerlo así. Siempre has soñado con escribir en segunda persona, desde que tu profesor de castellano te lo enseñó en tercero de la ESO. ¿Qué será de él ahora?

La consciencia es esa segunda persona con la que hablas en cualquier momento; en casa, en el trabajo, en una reunión… a veces, tiene forma de madre, de abuela, o de novia, y seguramente, aunque en ese momento no lo creas, van a tener razón. Da gusto hablar sin que nadie te interrumpa, porque hablar sin que nadie te escuche, eso es más común.

Ahora que nadie nos mira es un conjunto de relatos que está lleno de amor, pero también de desamor. Hay miedo, miedo a crecer, a fallarle a alguien, a seguir fallándote a ti mismo. Hay también un viaje en búsqueda de tu lugar en el mundo, aunque en ese viaje te equivoques una y otra vez de destino. Tiene lágrimas y discusiones. Tiene una infancia llena de amistad, de coreografías en los recreos, de castigos y de vacaciones en familia con el descapotable abierto. Tiene una historia familiar detrás, y muchos momentos de hablar con uno mismo. Tiene también mucha verdad; porque a veces, con la verdad basta. Ahora que nadie nos mira tiene 100 páginas. Ahora que nadie nos mira tiene 10 pequeños relatos. Ahora que nadie nos mira tiene todo lo que uno puede pedirle a una novela y tiene a una autora que sabe lo que quiere, una autora que ha hablado mucho con ella misma y ha aprendido a hablar contigo.

Hubo una época en la que todo parecía más sencillo, amable, como la playa por las mañanas. Sin embargo, tras haber leído esta pequeña historia, me quedo con el ahora, con los moldes, con mi familia, con mis miedos y con mis aprendizajes. ¿Cuánto falta para hacerme mayor? Tampoco tanto.

7 de julio de 2024

Mucha carne, un accidente acuático y un poquito de mez(s)cal

7 de julio, 11.55 de la mañana. Sol radiante en el cielo madrileño, sin nube alguna que pronostique lluvia. Enciendo la televisión para hacer tiempo. Todo el mundo se prepara en las calles de Pamplona para el tradicional chupinazo -nada tiene que ver con un chupitazo-. Camisetas blancas y pañuelos rojos inundan las calles navarras a la espera de sus ansiadas fiestas, mientras, en mi casa me preparo para la posterior barbacoa con mi grupo de amigos. 

7 de julio, 13.00 del mediodía. Salgo hacia el Mercadona porque tengo que comprar patatas, aceitunas y tinto -luego descubrí que querían tinto, y no tinto de verano-. Hace un año descubrí Pérgamo de una forma totalmente azarosa. Navegando por Instagram me apareció un reel donde dos libreros desconocidos presentaban su visión de la librería a ojos de Wes Anderson. No había escuchado a nadie hablar de ese pequeño local en la calle General Oraá y me puse a investigar. Lo que empezó con una simple investigación por sus redes y su historia se convirtió en obsesión, aunque no tenía nunca el momento para ir en persona y poder descubrirlo sin una pantalla de por medio. 

7 de julio, 13.30 del mediodía. Con todo comprado y las cervezas en la mochila, cojo el 146 con destino Los molinos. Vino la feria y luego llegó el verano, por lo que durante un par de meses no pude llegar a conocer ese lugar. Menorca me esperaba para disfrutar de sus playas y me conformé con la librería de mi pueblo, que tiene muy buen catálogo. Durante ese tiempo veía las redes y le decía a Cris que yo quería conocer a esa gente, que daría lo que fuera por estar en los actos que preparaban, ayudar a la librería de alguna forma e ir conociendo poco a poco a los chicos que la llevaban. Todo esto, sin conocerlos de nada. 

7 de julio, 14.10 del mediodía. Llegamos a la urbanización y Jacobo nos abre, dando comienzo nuestra fiesta. Ahí nos esperan ya María y Daniel, los norteños, encendiendo el fuego. Y llegó noviembre y con ello la Feria Internacional de ¿Guadalajara? De repente, un día se alinearon los astros y pude ir a visitar la librería, tras mucho tiempo dando el coñazo con ella. Ahí, me encontré a Pablo y a María, que me recomendaron sendos libros que ya he leído y disfrutado. Una vez ya fui la primera vez, las siguientes fueron bastante seguidas. Tuvieron lugar también algunos vermuts y la fiesta de aniversario, donde poco a poco, fuimos cogiendo confianza. 

7 de julio, 14.30 del mediodía. El fuego está en marcha y pronto empezaremos a preparar la carne. Hay pinchitos, salchichas, choricitos, hasta lomo. De beber, nos conformamos con cerveza. Mis visitas se fueron haciendo semanales y lo que en un principio eran visitas en búsqueda de libros se fueron convirtiendo en visitas para hablar con María y Daniel, responsables de la librería en esos días que Pablo no estaba. Ahí, conocí también a Eri, que en ese momento solo ayudaba con la sección infantil. 

7 de julio, 16.00 de la tarde. Hemos empezado a comer y vamos haciendo rutas de tres en tres camino a la piscina. El sol es caluroso y la cerveza helada. Intentamos buscar la sombra, pero no cabemos todos. Después de navidad, era uno más en las quedadas de La Sota para tomar algo después del cierre. Ahí descubrí que una “cheve” no era una forma guay de decir “cerveza”, sino que en México se dice así. Neta. 

7 de julio, 18.00 de la tarde. La primera visita a la piscina se salda con una herida en la frente de Elena. Parece la prima de Harry Potter, aunque a ella le queda mucho mejor. Había otra forma de saber el fondo de la piscina, pero así, supimos que en ese lado no debíamos tirarnos. Las quedadas se fueron haciendo frecuentes y cualquier acto era bueno para terminarlo celebrando en el bar de al lado. Ese grupo que se fue formando, lo más parecido a la generación del 27 que yo he vivido, estaba lleno de escritores, poetas, activistas culturales y aduladoras de Paul Mescal. Cómo un hombre es capaz de levantar tal pasión entre todo el colectivo. 

7 de julio, 20.00 de la noche. La barbacoa ya se apaga y aparece en la mesa el mezcal. Yo, virgen de este alcohol, hecho un sorbo a la petaca. Ugh. Toso. Es fuerte. Creo que tengo ya suficiente. Esa petaca pasa por todo el mundo, como si fuera un ritual de iniciación. En el grupo tenemos a Elena con la herida en la cabeza, con unos guisantes a modo de hielo, María, coja tras haberse enganchado con el aspersor del jardín, y otros lesionados de poca gravedad por no ver algún cristal. 

7 de julio, 21.30 de la noche. Llego a casa, y pienso en el día que va terminando mientras el sol se va poniendo. Si me dicen hace un año que estaría de barbacoa con el grupo de amigos de Pérgamo, creo que pocas cosas me harían más ilusión. Gracias a ello he estado en la feria vendiendo libros como uno más, he conocido a anestesistas, a una doctorada en Astrofísica, a editores increíbles, a Pol Guasch, a la madre de María, a un abogado que da charlas en París que ya es amigo y a todo mi grupo de amigos, cada uno más increíble que el anterior. 

De repente, abro los ojos. ¿Todo esto que ha pasado es real? Enciendo el móvil y son las 10 de la mañana. Enciendo la tele y las calles de Pamplona empiezan a llenarse. Camisetas blancas y pañuelos rojos inundan las calles. Creo que ha sido un sueño. Mejor. Así puedo volver a vivirlo. Que viva la literatura, que viva Cortázar, Borges y la madre que los… 


5 de julio de 2024

En busca del recuerdo perdido

Recordar es el acto de tener algo o alguien en la mente o en consideración. Normalmente, ese recuerdo suele ser pasado, un pasado que puede ser reciente o uno de hace muchos años, que suele tener sabor a nostalgia y un punto de aroma de azar. A veces el recuerdo se viste con lágrimas, también con risas alegres, hasta en ciertos momentos nos puede ayudar a aprobar un examen si ese recuerdo es correcto. El problema viene si no lo es. 

Recuerdo lo que comí ayer, recuerdo la primera vez que vi a mi novia; recuerdo la primera vez que entré en Pérgamo, el primer día en mi trabajo; recuerdo el último viaje a Santiago de Compostela y también el primer viaje a Roma que hice con mi familia; recuerdo nuestra última cena en Disbarat en Menorca; recuerdo la última playa en la que me metí hace una semana y parte de ello es por la quemadura que arrastro hace días; recuerdo las entrevistas para entrar en la empresa y cómo tardamos en conseguir un piso para Cris y para mi; recuerdo el primer día en la universidad, aunque ya no estudie la misma carrera; recuerdo el día que nos dijeron que cerraban las universidades por el Covid y el tiempo que tardamos en salir de casa; recuerdo el partido de baloncesto que jugué hace 2 años, más que nada porque jugué 5 minutos y recuerdo también el último concierto con la banda. 

No recuerdo lo que comí hace dos semanas, ni el primer libro que compré hace unos años; tampoco recuerdo el primer viaje que hice, aunque tengo la ligera sospecha de que fue a Barcelona por las fotos que quedan guardadas en casa; no recuerdo la primera vez que vi el mar y tampoco si me costó aprender a nadar; no recuerdo qué asignaturas he tenido en la carrera y tampoco recuerdo los 2 meses de confinamiento; no recuerdo cómo empecé a jugar a baloncesto ni el primer concierto que tuve con la banda con tan solo 8 años; creo que recuerdo menos cosas que las que no recuerdo. Y esto no lo recuerdo del todo.

Recordar es algo que todo el mundo puede hacer, con algunas excepciones, pero es verdad que no es fácil tenerlo siempre presente. A veces lo hacemos inconscientemente, algo se enciende en nuestro interior, pero el objetivo es recordar sin la necesidad de una señal, un símbolo, una imagen, o simplemente una palabra. El recuerdo es lo más fácil que pasa por nuestra mente y no nos damos cuenta. Ordine, en el ensayo que estoy leyendo ahora mismo, diferencia la definición que hace un diccionario de la palabra recordar por el hecho de que no es simplemente una acción pasiva que realizamos para rememorar algo pasado, sino que es una forma de crear nuestra propia identidad y comprender el mundo. “El hombre que no conoce su historia está condenado a repetirla”, es una frase que curiosamente dejó escrita un poeta español, y creo que nos muestra a la perfección la importancia que tiene el recuerdo, aunque muchas veces estemos condenados a repetir lo que ya hemos hecho. Recordar no es una opción sino más bien un deber moral que tenemos todos. 

Y aquí es donde entra el libro que da imagen a esta entrada. Un libro que compré por culpa de la lectura de otro que no hemos comentado aquí, pero que marcó un poco, un antes y un después en una literatura que no había cosechado nunca. La literatura rusa puede ser densa, histórica, tediosa y centrada en la revolución, sin embargo, Dovlátov tiene una pizca de humor que no me esperaba cuando cogí uno de sus libros y empecé a leer sus primeras páginas. Cuando le comenté a Pablo que estaba leyendo ese libro, que fue el primero que compré en Pérgamo, me recomendó a Juan Forn y sus columnas publicadas en Yo recordaré por ustedes. Y viniendo de Pablo, seguro que era bueno.

Yo recordaré por ustedes es una especie de diario, un diario de un viaje alrededor del mundo, de sus culturas, de su historia. Es un viaje alrededor de tradiciones, experiencias, anécdotas, libros, donde se habla de personajes famosos, artistas, gobernadores y otros dictadores. El conjunto de textos, que creo que supera el centenar, es un recuerdo en sí mismo. Juan Forn escribe semanalmente en el periódico Página/12 estas columnas para que nosotros no tengamos que esforzarnos en recordar y que quede todo escrito. “La escritura de un diario es un lazo con uno mismo cuando se pierden todos los lazos”.

No recuerdo muy bien el día que empecé a leer este libro, pero es verdad que tengo una pequeña imagen de estar en el aeropuerto leyendo la primera parte de los escritos. No sé porqué siempre tengo recuerdos de aeropuertos. También recuerdo muy bien una de las frases sobre las que reflexiona Forn, muy relacionada con algo que dijo San Ambrosio: “nosotros leemos para adentro. Esa es la paradoja del libro: que, cuando leemos, nos vamos del mundo, pero ese irse del mundo enriquece nuestra experiencia del mundo”. Yo no suelo leer hacia afuera, me suele dar más vergüenza y en el metro es un poco complicado, pero creo que leer para adentro me hace reflexionar más acerca de lo que estoy leyendo. Esa lectura me instala en un sitio en el que pocas cosas me han llevado, y luego, debido a esa abstracción, me cuesta recordar. Mis entradas son una forma de recordar todo lo que he leído, lo que hago, lo que veo, pero sobretodo, explican y dejan por escrito lo que me importa recordar. Un viaje, un restaurante, un libro o una quedada con amigos.

Cortázar, y con esto mi amiga María estará contenta, decía lo siguiente: "La memoria se acude en ocasiones imprevistas, y entonces uno se da cuenta de que ha vivido más de lo que pensaba, de que el olvido es una forma de memoria latente, una memoria que no se resigna a desaparecer del todo." Por esta razón, que nadie nos quite las ganas de recordar. Recordad todo lo que podáis. Escribid para recordar. Haced fotos para recordar. Enviad cartas para recordar. Dejadlo en la red, o simplemente, en vuestra memoria. Y, mientras sea posible, yo recordaré por mi mismo. Porque siempre hay algo que vale la pena recordar. 


2 de julio de 2024

La vida es una herida con la que nacemos todos

Llegar de noche a un pueblo es como si nunca hubieras llegado. El autobús me dejó en la plaza, con las pocas luces titilando a lo lejos. Mis padres me esperaban en la casa, pero las puertas estaban cerradas y las luces apagadas. No había rastro de ellos. La última vez que hablamos fue hace dos horas, cuando el atardecer pintaba el cielo con ese tono anaranjado que siempre me llena de nostalgia. Recordé la llave extra, siempre colocada bajo la maceta en la entrada. Con una mezcla de esperanza y miedo, levanté la maceta y ahí estaba. ¡Bingo! Entré como lo hacía de niño, con esa mezcla de curiosidad y temor a lo desconocido.

La casa estaba vacía, como si me aguardara en un silencio expectante. No había señales de vida reciente: polvo acumulado, telas de araña y recuerdos flotando en el aire. ¿Dónde estarían mis padres? ¿Por qué no me esperaban? Miré al cielo, buscando respuestas entre las estrellas, y por un momento, volví a ser el niño que corría por estos pasillos.

Dejé mis maletas en la entrada y subí las escaleras. En la mesa del comedor, un objeto captó mi atención. Me acerqué lentamente, con el corazón latiendo con fuerza. Era un libro, de color verde, titulado Esta herida llena de peces. ¿Podría este libro decirme algo sobre mis padres?

Abrí el libro y comencé a leer las primeras líneas, precedidas por unos versos de Gabriela Mistral. La lectura era como el preludio de un concierto, llena de nerviosismo y expectativa. La voz de Lorena Salazar Masso, una autora desconocida para mí, resonaba con una claridad poética que me atrapó de inmediato.

La historia me llevó al malecón de Quibdó, donde una madre y su hijo compartían un momento de ternura instantes antes de montarse en una canoa. El niño, con la inocencia que todos llevamos dentro, llama a su madre “ma” al ver un pajarito. Esa simple palabra, cargada de amor y dependencia, resonó en mí como un eco de mi propia niñez. La madre, en un momento de reflexión, dice: “yo le enseño a ser él y me ayuda a deshacerme, a vivir bajo nuevas formas”. Comprendí entonces lo que Massimo Recalcati describe cuando habla de que “un hijo implica la descentralización en la vida de sus padres”. Un hijo trae consigo el fin de la vida anterior, esa vida construida entre dos personas, en la que de repente, se introduce una tercera parte a la que hay que enseñar el sentido mismo de la vida. 

A través del viaje por las metáforas y conversaciones del río Atrato, comprendemos la profundidad de los sentimientos de una madre hacia su hijo. Una mamá es una presencia constante, en las alegrías y en las adversidades. Es ese hombro en el que llorar, el abrazo que te consuela. Una madre es una herida y una cicatriz, algo que duele pero también sana. Un niño, en cambio, es niño en todas partes; no siente miedo, no se cohíbe, no siente vergüenza tampoco. Juega, y solo se interrumpe para soñar o comer.

El río, como metáfora de la vida, fluye por distintas ciudades, acompañando a la pareja a través de su cuenca. A lo largo de los años, nosotros, una comunidad de peces, vivimos al ritmo del agua. En el camino se suceden incendios que nos invitan a reflexionar sobre la vida. Incendios que, siendo recurrentes, pierden su poder inicial. La gente, cansada de malos momentos, deja de deprimirse por esos incendios y los acepta, como el niño que pierde un diente y espera el siguiente. Como niños, nos toca sonreír y vagar por ese río, un río que se convierte en una razón para vivir, para llegar a tierra firme. Como si no pasara nada.

El libro verde llegaba a su fin y yo me encontraba perdido en la selva de sus palabras, que dejaban un sol ardiente en el horizonte y se desplegaban hacia un lugar inexplorado. Por un momento, me olvidé de mis padres, del exterior, de mi isla y de mi gente. Por un instante, no había preocupación en mi cabeza, como ese niño de Quibdó al que envidiaba. Un niño cuya mirada tuve hace tiempo y que se desvaneció con los años, revelando una más cruda y real. Hay veces en que uno desearía mirar como un niño, con inocencia, como si nada. El final del libro, ese último capítulo, me dejó boquiabierto y desperté de un sueño que parecía no tener fin. El camino, que recorrí durante doscientas páginas por el río Atrato, valió la pena.

Como por arte de magia, la puerta de casa se abrió y aparecieron mis papás. El libro no me había dicho nada sobre ellos, y para saber dónde habían estado solo me quedaba preguntar. “Buscamos una canoa que nos llevara a los dos y a tu hermano desde que salimos de casa, hasta Bellavista”. ¿Bellavista? Llegar de noche a un pueblo es como no haber llegado, por eso, tomar un avión por la mañana suele ser lo habitual. Y lo mejor.