7 de julio de 2025

Papel Negro para piezas desencajadas

“Empecé a convertirme en menorquín hace casi tres años. Ocurrió cuando dejé Menorca y me mudé a Madrid”. Estoy ahora en el supermercado, en la sección de productos precocinados. Hay un bote de algo que comía en casa, pero la etiqueta es diferente. La sobrasada madrileña es un insulto para alguien que ha podido deleitarse con tal manjar. Observo ese bote parecido al del paté y de repente me golpea no la nostalgia, sino algo más frío: la conciencia de la distancia. No es echar de menos, es saber que ya no pertenezco a la normalidad de ese sabor. Es un cálculo mental constante: la conversión de moneda, de afectos, de identidad.

A veces, en el metro, cruzo una mirada con alguien. No nos conocemos, pero sé que sabe. Sabe lo que es tener el acento un poco fuera de sitio, la ropa un poco distinta, la broma que no se entiende. Es una microcomunidad de un segundo. Un parpadeo. Y luego nada. Incluso en casa. Cris me entiende. No hace falta que diga nada. Ella ya lo sabe, porque lleva años maquillando algunas eses como quien se disimula un moratón con corrector barato. Porque sabe que a veces un acento no es solo un acento, es una condena. Un gesto. Una sospecha. Una manera de decir “no eres de aquí” incluso cuando naciste en la calle de al lado. Y es que en esa mirada ajena, en esa escucha que juzga, reside todo el peso. El filósofo Jean-Paul Sartre lo llamó 'la Mirada'. Decía que cuando nos sentimos observados, dejamos de ser dueños de nuestra propia existencia para convertirnos en un objeto en el mundo del otro. El acento, entonces, es la prueba sonora de esa Mirada. Nos cosifica, nos convierte en “el de fuera”, “la andaluza”, “el menorquín”. Dejamos de ser una persona para ser una categoría, una anécdota geográfica para el que escucha.

Y entonces llego a casa. Tengo el libro de Teju Cole, Papel negro, abierto sobre las rodillas. El sol de la tarde entra por la ventana y dibuja un rectángulo de luz en el suelo de madera. Es un sol de Madrid, un sol que no es el mío, aunque ya casi no recuerdo cuál era el mío. Llevo tantos días viviendo fuera de mi casa que "mi casa" es una idea, un eco, más que un lugar al que se puede volver sin que algo se haya roto por el camino. 

Leo a Cole y siento esa sacudida que solo provocan las verdades que no sabías que necesitabas.Me lo escribe en la cara, sin pedir permiso. Él lo llama “africano”. Describe cómo es ser “africano” fuera de África, y lo define así: “compartir espacios mutuos con otros africanos y aprender a sentirse extranjero en la tierra extranjera”. Yo no soy africano, pero entiendo ese “africano” como una contraseña. 

Subrayo la frase con rabia, con amor. La leo otra vez. Quito la palabra "africano" y pongo en su lugar "menorquín", "andaluza", "gallego en Lavapiés", "alemán en Malasaña". Pongo "el que se fue". Y la frase sigue funcionando con la precisión de un bisturí. Porque de eso va todo. Cuando vives fuera, desarrollas un radar. Un sexto sentido para detectar a los otros que, como tú, andan con el mapa de otro sitio metido en la cabeza.

Cole le pone nombre a la mirada en el metro. A la hermandad silenciosa en la cola del pan. “Africano” no es un pasaporte, es una condición. Es la patria portátil que construyes con los otros que también llevan la casa a cuestas. Es saber que tu normalidad es la excepción del otro, y en esa excepción compartida, en ese rincón, construyes un “nosotros” temporal, frágil, pero real. Un refugio hecho de sobreentendidos.

No es patriotismo, es otra cosa. Es un refugio. Es cruzarte con alguien en el supermercado y escuchar un acento que te transporta a mil kilómetros y a diez años atrás. Es ese gesto mínimo, esa mirada de un segundo que dice: "tú también, ¿eh?". Tú también sabes lo que es sentir una punzada de nostalgia por una marca de galletas que aquí no existe, celebrar algo que a nadie más le importa. Cole lo llama "compartir espacios mutuos". Yo lo llamo construir islas. Pequeñas balsas de entendimiento en un océano de códigos que no siempre manejas. Es aprender a ser extranjero, sí, pero sobre todo, aprender a reconocer a los tuyos en la extranjería. Los tuyos ya no son los de tu pueblo o tu bandera, son los que comparten tu misma condición de pieza desencajada.

Sigo leyendo y el libro me desarma de nuevo. Porque una vez que has aprendido a ser extranjero, una vez que esa conciencia se te ha pegado a la piel, ya no hay vuelta atrás. Y es ahí donde Cole me lanza la segunda piedra, una que me da en el centro del pecho, justo aquí, donde guardo las cosas que duelen: “A veces siento en mi cuerpo una pérdida paradójica: la pérdida del olvido. Me descubro echando de menos una época anterior en la que lo que sabía era contingente y estaba siempre protegido por lo que desconocía”.

La pérdida del olvido. Joder. Es eso. Es exactamente eso. Antes de irte, tú eres. No te lo planteas. Eres de tu ciudad, de tu familia, de tu barrio. Tu identidad es como el aire, está ahí y no piensas en ella. Pero cuando te vas, cuando te conviertes en "el otro", tu identidad se vuelve un objeto que tienes que explicar, defender, negociar. La miras tanto, la analizas tanto, que se vuelve pesada.

Y entonces echas de menos no saber. Echas de menos la simpleza de ser sin ser consciente de ello. La ignorancia como un colchón blandito que te protegía del mundo. Hay una palabra alemana, de esas que son una caja de herramientas en sí misma: Unheimlich. La acuñó Heidegger y significa “lo inhóspito”, lo no-hogareño. Es la sensación de extrañeza que te asalta en tu propio hogar, o el darte cuenta de que ya no tienes uno. Esa es la verdadera pérdida. No has perdido tu casa, has perdido la sensación de “estar en casa” en el mundo. Te has vuelto unheimlich para ti mismo. Ahora sé demasiado. Sé lo que es sentirme de ninguna parte. Sé lo que es sentirme parte de algo que no es mío.  Sé lo que es que tu acento te delate. Sé lo que es la distancia. Y ese conocimiento es una carga. Es, como dice Cole, una pérdida que se siente en el cuerpo. Un cansancio en los hombros de tanto cargar con el propio pasaporte invisible.

Ahora, fuera, cada gesto es una declaración. Cada palabra. Cada silencio. Lo que antes era aire ahora es una piedra que llevo en el bolsillo. Y la toco constantemente para asegurarme de que sigue ahí. Recuerdo mi calle, mi gente, mis costumbres con una nitidez que duele, una claridad que solo da la ausencia. No puedo olvidar porque ya no estoy allí para darlo por sentado. He perdido el derecho al bendito olvido, a la ignorancia feliz de simplemente ser.

Papel negro no es un libro de ensayos. Es un espejo. Teju Cole escribe desde su experiencia nigeriana, americana, global, pero lo que hace es ponerle nombre a la cicatriz. La cicatriz que nos queda a todos los que un día nos dimos cuenta de que la única forma de entender "casa" era marchándose de ella. Y al hacerlo, perdimos para siempre el privilegio de olvidarnos de quiénes éramos. Ya no hay protección. Solo queda el saber, y el cuerpo que lo siente. El sol se ha ido, la página está en sombra, pero la frase de Cole sigue ardiendo.

16 de junio de 2025

Lo mismo de siempre...para los de siempre

Ufff, el verano. La maldita, bendita, agotadora y maravillosa estación. Llega sigilosa, con ese calor pegajoso de mayo que te avisa que ya está aquí la juerga. Y luego, zas, se instala con toda su artillería. El primer helado de cucurucho que se te derrite por los dedos antes de que puedas darle dos lametones, el olor a crema solar en el súper, los chiringuitos montando sus toldos, y claro, el anuncio de Estrella Damm. Ese puñetero anuncio que, año tras año, consigue que se nos caiga la baba y que nos entren unas ganas locas de teletransportarnos a una cala de aguas turquesas con amigos que ríen a carcajadas.

Y es que Menorca ha sido siempre un telón de fondo perfecto para esa fantasía veraniega. No es la primera vez que sus calas, su luz y su gente nos hipnotizan desde la pantalla. ¿Quién no recuerda aquel mítico anuncio donde sonaba The triangles con su pegadizo "Applejack"? Un tema que se convirtió en la banda sonora oficiosa de mil veranos, anclado en la memoria colectiva como el aroma a salitre y protección solar. Aquellos anuncios vendían un sueño, una promesa de libertad y belleza en un paraíso cercano.

Marina Munar, en su artículo "Lo mismo de siempre", lo clava. Lo clava con esa precisión de cirujano que te hace pensar: joder, si es que es verdad. Esa necesidad imperiosa de volver al origen, a la esencia, a lo que nos conformó. La búsqueda de la calma en el caos, de la raíz en la maleza. Volver a ese pueblo de la infancia donde las calles olían a romero y a siesta, a la casa de la abuela con sus rebozados y sus VHS, a ese grupo de amigos con los que el tiempo no pasa. Es la nostalgia de lo auténtico, de lo que nos ancla a la tierra, de lo que nos recuerda quiénes somos cuando el mundo nos empuja a ser mil cosas a la vez. El anuncio de Estrella Damm es el epítome de esa búsqueda: gente guapa, en lugares idílicos, disfrutando de lo sencillo, volviendo a lo de siempre. Y nos lo creemos. Vaya si nos lo creemos.

Lo veo y me asombro. Veo esas calas a las que he ido alguna vez, que conozco, que he pisado. Y me asombro. Me asombro de lo bonita que es Menorca, sus pueblos blancos, sus gentes amables, sus plazas llenas de vida en las fiestas de Sant Joan o el olor a ginebra en el ambiente. Los bares de toda la vida. Las “formatjades”, los “flaons”, los “pastissets” y su “sobrassada”. Las canciones de toda la vida, el “tambor i es fabiol”, las guitarras y sus bandas de música. Sus playas vírgenes, calas y “macares”. Y aunque a veces, en el día a día, uno pueda parecer que no valora lo que tiene, que lo da por sentado, cuando ves tu tierra proyectada en una pantalla, tan idílica, tan perfecta, pero sabes que esa imagen ya no se corresponde del todo con la realidad, la sensación se jode. Se jode porque esa belleza se ha convertido, para sus propios habitantes, en un lujo inalcanzable.

Pero, y siempre hay un "pero" que te revuelve las tripas, hay algo que chirría. Algo que se te clava como una astilla en el ojo mientras ves a esa gente tan feliz chapoteando en el Mediterráneo. Es la frase de la abuela. Esa abuela adorable, con su sabiduría curtida por el sol y la sal, abuela de arrugas sabias, que pregunta con una inocencia desarmante: "¿Cuándo os vais?". Y ahí es donde se te cae el alma a los pies. Porque mientras los protagonistas del anuncio "vuelven", los de Menorca se van. O se quedan, pero asfixiados.

Esa frase es un puñetazo en el estómago. Es la cruda realidad que se esconde detrás de la postal idílica. Es el grito silencioso de una isla que ya no da más de sí. Los menorquines, los que viven ahí todo el año, los que mantienen viva la isla cuando los turistas se van, se ven obligados a una diáspora silenciosa o a la resignación. Ya no es que no disfruten igual de sus playas o de sus pueblos; es que no pueden acceder a ellos. Los precios del alquiler se disparan a cifras obscenas, inasumibles para un salario local. Lo que antes era el hogar de varias generaciones se convierte en un apartamento turístico, vaciando los pueblos de vida y de identidad propia.

Pienso en ese concepto de "no-lugar" de Marc Augé, esos espacios de tránsito, anónimos y despersonalizados, que no crean lazos ni historia. Menorca, con su masificación, corre el riesgo de convertirse en un enorme no-lugar durante el verano, un mero escenario para la fantasía ajena. Los supermercados se llenan de productos pensados para el turista, los bares y restaurantes cambian su carta para satisfacer la demanda globalizada, y las calas, antaño rincones de paz y encuentro local, se convierten en aparcamientos de toallas y sombrillas donde no cabe un alfiler. 

Sin embargo, Augé, que era un tipo listo como pocos, también se sacó de la manga otra idea: que a veces, cuando un lugar se esfuma, cuando se desdibuja o se desvirtúa, su verdadera belleza reside precisamente en esa ausencia. En el recuerdo, en la evocación, en lo que ya no está. Y, joder, qué doloroso y qué cierto es eso. Por eso, quizás, estamos obligados a inventarnos nuestra propia Menorca. Una Menorca mental, a la medida de nuestros anhelos, una isla que solo exista en la cabeza, libre de masificaciones y especulaciones. Y seamos sinceros, de todas las Menorcas posibles, esa que nos vende el anuncio de Estrella Damm, esa de risas infinitas y calas desiertas, esa que parece sacada de un sueño, es, sin duda, la más atractiva. La que queremos creer. La que nos consuela, aunque sea por un ratito, de la cruda realidad.

Es la paradoja del crecimiento insostenible: lo que atrae al turista es, a la larga, lo que lo destruye. La búsqueda de nuestro propio paraíso, muchas veces, aniquila el paraíso de otros. Es el cuento del pastor que mata a la gallina de los huevos de oro, solo que en este caso, la gallina es una isla y los huevos, el bienestar de sus habitantes. ¿De qué sirve una belleza natural si solo unos pocos privilegiados pueden disfrutarla? ¿Dónde queda el sentido de comunidad, de pertenencia, cuando tu hogar se convierte en un parque temático?

Así que sí, el anuncio es precioso. Te vende un sueño. Te recuerda esa parte de ti que anhela volver a la sencillez. Pero detrás de la música pegadiza y las risas al sol, se esconde la paradoja del turismo masivo. La búsqueda de nuestro propio paraíso, muchas veces, destruye el paraíso de otros. Y esa es una reflexión que, por mucho que nos duela, no podemos ignorar cada vez que suena la canción del verano. Porque, al final, no todos "volvemos" a lo mismo. Algunos, simplemente, se ven obligados a irse.

Marina, tienes toda la razón. Volver a los orígenes, a "lo de siempre", a ese paraíso personal que nos reconecta con quienes somos, es algo precioso. Para ese grupo de catalanes del anuncio, es una experiencia fantástica, un lujo que pueden permitirse, un viaje de vuelta a la esencia. Pero, la verdad, es una idea que me remueve por dentro. Porque mientras ellos vuelven, yo me siento como esa abuela. Sé que os necesitamos, que la economía de la isla depende de vuestra presencia, pero hay una parte de mí que, aunque lo intente disimular, a veces no puede evitar preguntarse: ¿pero cuándo os vais?


13 de mayo de 2025

La dulce existencia (o cómo vivir tu propia película)

Hay libros que te acarician la frente como si te la estuviera tocando alguien que te conoce de verdad. La dulce existencia de Milena Busquets hace eso. No te agarra, no te zarandea, no quiere aleccionarte. Solo se sienta contigo a fumar un cigarro largo en una terraza con vistas al mar mientras se hace de noche. Y entonces empieza a hablar.

Lo que tiene Milena es que sabe mirar sin exigirle a la vida que le devuelva la mirada. Como si lo más bonito no fuera que la vida te pase por encima, sino que tú la observes pasar con un vestido ligero y una copa de vino en la mano, con una cierta ironía, como quien se sabe dentro de algo que no controla del todo. Algo que, sin embargo, eligió vivir. Y en eso pensaba yo —en esa dulzura que también es una forma de resistencia— cuando se me cruzó una imagen tonta: la de ese rodaje. No uno de Hollywood, ojo. Uno de esos que se montan deprisa, con sillas plegables y un catering de empanadillas frías. Uno en el que cada persona tiene un papel. El director, el guionista, los actores, los que esperan su momento con cara de no saber si les van a llamar o no.

Así vivimos nosotros también. Como si estuviéramos rodando una película cuya trama no acabamos de entender, pero en la que vamos repartiendo personajes a la gente que se nos cruza. A ti te toca hacer de amigo fiel. A ti de amada que llega de forma azarosa. A ti de madre que quizá no entiende nada pero quiere abrazarte igual. A ti de figurante que pasa y deja un olor, un gesto, una frase que se te queda toda la vida. Y lo más loco de todo: tú escribes el guion, tú eliges a los actores, tú decides el tono… pero luego resulta que nadie te hace caso. Ni siquiera tú mismo.

Y ahí es donde Milena brilla. Porque su libro no es solo un paseo por el amor, los recuerdos o la muerte. Es, en realidad, una declaración de intenciones: que la vida es una mezcla rara entre improvisación y coreografía, y que lo único sensato es elegir bien la luz, buscar el mejor encuadre y aceptar que a veces las tomas salen borrosas. Que hay días en los que todo el mundo está fuera de personaje y otros en los que la escena es tan perfecta que nadie se atreve a cortar.

Y luego está la madurez, claro. Ese animal extraño que nadie te enseña a cuidar y que un día se te cuela en casa sin avisar. Milena la menciona casi de paso, como quien abre una caja y descubre dentro algo que no esperaba: “Mi vida me había dejado de gustar y no sabía qué hacer para cambiarla, tal vez la madurez fuese aquello”. Y ahí, en esa frase que parece un desliz, está una de las verdades más limpias del libro.

Porque quizá la madurez no sea más que eso: darte cuenta de que hay cosas que ya no te gustan y que no sabes cómo se arreglan. Que los juegos ya no tapan las heridas. Que el deseo no basta para mover las piezas. Que el tiempo —ese editor que va tachando con bolígrafo— ha empezado a borrar los atajos. De niños, lo que no nos gustaba se podía esquivar con una canción, con un escondite, con un “ya se me pasará”. De adultos, hay días en que ni un abrazo, ni el psicoanalista, ni el mar consiguen mover un milímetro lo que duele. Y no porque nos hayamos vuelto cínicos, sino porque hemos aprendido que hay dolores que también forman parte del decorado.

Milena no lo dice a gritos. Lo susurra entre páginas: madurar es mirar a tu vida de frente, no gustarte del todo y, aun así, quedarte. No por resignación, sino por una suerte de amor cansado. De amor del bueno. Y en ese gesto —el de seguir escribiendo aunque la escena no sea perfecta— hay más dulzura que en todas las vidas idealizadas que nos inventamos para aguantar el día.

La dulce existencia no te enseña a vivir. Te muestra cómo alguien vive con el corazón un poco partido y el ego en su sitio. Cómo se puede amar sin contrato. Cómo se puede desear sin caer en el vértigo. Cómo se puede envejecer con risa baja y ganas de un segundo café. Y tú lo lees y piensas que sí, que ojalá esa fuera la película. Que ojalá viviéramos todos como si estuviéramos rodando También esto pasará: una cinta sin efectos especiales, con conversaciones que parecen escritas por alguien que escucha, con silencios que se quedan en la sala como el humo de un cigarro que nadie quiere apagar.

Porque al final, ¿no va un poco de eso? De saber que no hay toma buena si no hay emoción. De entender que el guion se reescribe cada mañana. De aceptar que la dulce existencia no es un lujo, ni una fantasía. Es, quizá, una manera de rodar esta vida sin gritar “acción”, pero con todas las ganas de que alguien, al fondo, susurre: qué bonita escena.

7 de mayo de 2025

Eligo in Summum Pontificem

Cuando muere un Papa, el mundo guarda la respiración. La noticia llega como un susurro seco: Francisco ha muerto. Y no es solo un cuerpo el que se enfría en Roma, ni una sotana la que queda vacía. Es algo más. Un temblor antiguo que recorre las cúpulas del Vaticano, las gargantas de los telediarios, los pasillos donde la historia —de repente— se vuelve materia blanda, maleable, a punto de ser reescrita. Porque cuando muere un Papa, se abre un umbral. Y todos —creyentes, descreídos, o simplemente curiosos— nos asomamos a él.

El cónclave no es solo una elección. Es un teatro de sombras con aroma a incienso y estrategia. Un encierro medieval con consecuencias ultramodernas. Un ritual cargado de siglos, donde lo místico y lo terrenal, rozándose la punta de los dedos, se besan con la boca cerrada. La muerte de Francisco no solo ha dejado una silla vacía; ha dejado en suspenso una pregunta que todos queremos hacer y nadie sabe cómo formular: ¿y ahora qué?

El clima no ayuda. El mundo fuera de los muros vaticanos está hecho trizas. Dentro, tampoco está mucho mejor. Se respira un aire denso, como si los frescos de la Capilla Sixtina también contuvieran su aliento. La Iglesia está rota. Fracturada por dentro, desconfiada por fuera. Y, sin embargo, vuelve a ser centro de atención. No porque aún nos creamos todo lo que dice, sino porque su silencio —ese humo blanco o negro— aún tiene el poder de agitar algo muy profundo en nosotros: la intuición de que algo importante se está decidiendo sin nosotros. Es curiosa la fascinación que arrastra este proceso. Quizá por eso no sorprende que se haya rodado una película como Conclave, de mirada contenida y sotana bien planchada. Pero más allá del decorado, lo que nos atrapa es la sensación de estar espiando el momento exacto en que el mundo se tuerce o se endereza un poco. De estar viendo en directo cómo se decide quién va a ser la próxima voz de Dios. O su silencio.

Y mientras las cámaras aún no se han apagado y los cardenales comienzan a llegar desde todos los rincones del planeta, uno no puede evitar preguntarse: ¿de verdad se puede elegir a un Papa en tiempos de ruptura? ¿Y si lo que está en juego no es solo un nombre, sino el alma misma de la Iglesia? 

Si antes el Espíritu Santo se descolgaba de las alturas para señalar con su dedo invisible al elegido —o eso nos contaban—, ahora parece más bien que baja con un contrato de coalición bajo el ala. Porque lo que está en juego ya no es solo la continuidad de una institución. Es una disputa sin disimulo por el sentido mismo de lo que significa ser Iglesia en un mundo que ya no espera nada de ella, pero que tampoco se libra del todo de su influjo.

Este cónclave no es un simple ritual. Es un ring. Un campo minado. Un juego de espejos entre dos Iglesias que ya casi no se hablan. De un lado, los que creen que aún se puede volver al mármol frío, al dogma firme, al púlpito en alto. Del otro, los que quieren una Iglesia en chancletas, que sepa llorar, que sepa escuchar. Progresistas contra conservadores. Francisco fue, durante años, ese intento improbable de puente, de equilibrista caminando sobre el alambre de las reformas. Pero ahora, muerto el equilibrista, vuelven las espadas a alzarse. Sobre la mesa hay palabras que antes solo se susurraban. Celibato. Mujeres en el sacerdocio. Abusos. Sinodalidad. Palabras que en los pasillos del Vaticano pueden sonar como gritos. O como amenazas. No son simples temas pendientes: son grietas tectónicas. El nuevo Papa tendrá que poner los pies justo ahí, donde tiembla todo.

Pero esto no va solo de liturgia. Va de geopolítica. De alianzas continentales. De si gana África o Europa, de si pesan más los votos de América Latina o los de los lobbies italianos. De si la Iglesia será refugio de los sin techo o refugio de los que temen perder poder. Porque la elección del Papa no es solo una cuestión religiosa. Es una jugada diplomática. Una operación quirúrgica sobre la identidad misma de una institución que, aunque tambalee, aún mueve los hilos de muchas más cosas de las que imaginamos. Hay cardenales que llegan a Roma con sus mochilas llenas de intenciones, de promesas, de venganzas. Otros, con una fe que aún cree que el Espíritu tiene algo que decir. Y algunos, con la esperanza de que esta vez el humo no sea solo humo. La fractura es real. Y no es solo interna. Es también la fractura del mundo. Este cónclave será también, en el fondo, una radiografía de nuestros miedos: el miedo a que todo cambie y el miedo a que no cambie nada.

Francisco ya no está. Pero su voz, ronca y arrastrada, todavía resuena por los corredores de mármol del Vaticano como un eco incómodo. Como una pregunta que nadie se atreve del todo a responder: ¿y ahora qué?

El primer papa venido del fin del mundo se empeñó en girar la silla de Pedro, como dice Cercas, hacia los márgenes. Donde olía a cloaca y no a incienso. Donde la Iglesia había sido ausente, o peor aún, verdugo. Su pontificado fue una patada suave, pero constante, al centro de gravedad de una institución aficionada a los tronos. Reformó la Curia como quien mueve los muebles de una casa vieja: sin demolerla, pero dejando claro que ya no era un museo, sino una cocina donde todavía se podía guisar algo. El suyo fue un liderazgo incómodo. Por latinoamericano, por jesuita, por andar diciendo que prefiere una Iglesia accidentada a una inmóvil. Por ese empeño en mirar hacia los pobres, hacia los migrantes, hacia las mujeres —aunque aún sin darles todo el lugar que merecen—. Un Papa que hablaba más de compasión que de castigo. Más de procesos que de dogmas. Y eso, claro, le ganó más enemigos que amigos en ciertas sacristías. Ahora, muerto el hombre, comienza la batalla por su memoria. Y por su herencia.

Habrá quienes lleguen al cónclave con la intención de continuar su línea, de no desandar lo andado. Son los que entienden que el cristianismo, si quiere seguir vivo, debe hablar en voz baja y caminar con los últimos. Son los que creen que una Iglesia sin empatía es solo una administración de símbolos vacíos. Muchos de ellos vienen del Sur global, de diócesis donde el poder no lo da un cargo, sino el haber comido del mismo plato que los demás. Pero también están los otros. Los que llevan años esperando su momento para deshacer la apertura y volver a cerrar filas. Los que sueñan con una Iglesia fuerte, piramidal, viril. Los que ven en la ternura de Francisco una debilidad. Los que creen que ya ha habido suficiente misericordia y que es hora de volver al orden. Y entonces, ¿qué queda del legado de Francisco? Queda esa tensión. Ese duelo no declarado entre continuidad y ruptura. Entre quienes lo ven como un reformador valiente y quienes lo pintan como una amenaza con sotana blanca. Queda la intuición de que este cónclave no elegirá solo un Papa, sino también un relato. Un relato sobre qué hacer con lo que Francisco dejó empezado. Puede que el humo sea blanco. Pero debajo, el fuego sigue encendido.

Hay algo profundamente cinematográfico en la idea del cónclave: puertas que se cierran con llave, secretos que se susurran entre sotanas, silencios que pesan más que cualquier discurso. No sorprende que el cine haya sentido la tentación —una y otra vez— de colarse entre los muros del Vaticano, como si pudiese romper el voto de silencio a base de planos bien iluminados.

Conclave, la película dirigida por Edward Berger y protagonizada por Ralph Fiennes, se mete justo ahí: en la cocina cerrada donde se elige al sucesor de Pedro. Lo hace sin la necesidad de levantar la voz, sin los excesos barrocos a los que suele sucumbir el cine cuando habla de religión. Aquí hay sobriedad, pero también tensión. Porque lo que se juega no es solo quién llevará el anillo del Pescador, sino también qué tipo de Iglesia caminará los próximos años. No hace falta destripar la trama —que bastante inteligente es— para intuir que lo que nos muestra Conclave no es solo un thriller político. Es una exploración de la conciencia. Una indagación sobre qué ocurre cuando los hombres de fe se enfrentan, en una sala cerrada, al vértigo del poder absoluto. El personaje de Fiennes se convierte en el espejo donde se reflejan las dudas, las ambiciones y los silencios de una institución que parece eterna, pero que también tiembla cuando se apaga la voz del Papa. Y claro, uno se pregunta: ¿es así en la realidad? ¿Tan tenso, tan cerrado, tan imprevisible?

La respuesta es, como todo en Roma, ambigua. El cónclave es efectivamente uno de los procesos más herméticos que quedan en el mundo. Ni periodistas, ni asesores, ni aparatos electrónicos. Solo cardenales encerrados y el Espíritu Santo, si uno quiere creerlo. Pero también hay rumores, bloques de poder, estrategias soterradas, vetos no dichos. Como en Conclave, no todo es oración. También hay cálculo. Y miedo. Y memoria. El cine, en este caso, no inventa. Amplifica. Nos da imágenes para una cosa que, por definición, no tiene imágenes. ¿Qué ocurre cuando se apagan las cámaras, cuando los trajes rojos desaparecen del balcón? El cine rellena ese hueco con su propia liturgia. Y nosotros, espectadores de fuegos lejanos, terminamos creyendo que lo que ocurre ahí dentro es tal cual como lo vimos. Ojalá. O qué miedo. Porque el verdadero poder del cine, cuando se encuentra con la Iglesia, no es contarnos la verdad, sino dejarnos con la duda de si alguna vez la conoceremos.

Los rostros empiezan a alinearse en columnas de diarios y quinielas vaticanas. Cardenales de nombres largos y pasados complejos, biografías tejidas entre el incienso y los pasillos diplomáticos. Algunos han pastoreado almas en villas de emergencia; otros han negociado con dictadores de sonrisa blanca y manos sucias. En las páginas del Osservatore Romano y en las tertulias de la curia, ya se susurran los nombres: Tagle, el asiático que habla al corazón; Zuppi, el italiano que no teme pisar la calle; Peter Turkson, el africano de verbo suave y mirada encendida; O’Malley, el americano con aire de monje franciscano. ¿Serán ellos los favoritos reales o solo espejismos en el humo blanco que aún no ha subido? Más allá de las apuestas, la verdadera pregunta es: ¿qué queremos que represente el nuevo Papa? ¿Un administrador que mantenga el edificio en pie? ¿Un profeta que lo dinamite y vuelva a empezar? ¿Un símbolo del sur global, como lo fue Francisco, que entienda el dolor del mundo no desde los mármoles de Roma, sino desde los pies descalzos de los márgenes?

La Iglesia no elige solo un nombre. Elige una dirección. Un tono. Elige cómo se cuenta a sí misma ante un mundo que, cada vez más, le da la espalda. El nuevo Papa heredará un Vaticano con las costuras visibles: una fe que envejece en Europa y se multiplica en África, una estructura que arrastra escándalos sin cerrar y jóvenes que no saben si arrodillarse o simplemente apagar la luz. La Iglesia necesita reforma, sí, pero también consuelo. Necesita autoridad moral, pero no la que se impone a golpes de dogma, sino la que se gana con gestos. Necesita reconciliar su tradición de siglos con el temblor del presente, con preguntas incómodas que ya no puede seguir barriendo bajo la alfombra del misterio. Y entre tanto, los fieles esperan. No en masa, pero sí en silencio. Los jóvenes, si es que miran, lo hacen con los brazos cruzados. Los críticos ya afilan la pluma, mientras otros —los más inocentes o los más valientes— aún sueñan con una Iglesia que vuelva a parecerse a Jesús y no a su caricatura. Porque, al final, de eso se trata el cónclave: de elegir quién va a interpretar ese papel imposible. El de encarnar el amor, en una institución que lleva siglos jugando a la política. 

En un mundo que lo enseña todo —con filtros, con clics, con spoilers a tiempo real—, hay algo profundamente turbador y casi anticuado en el hecho de que ciento y pico hombres, vestidos de rojo, se encierren a rezar y votar en silencio bajo una bóveda dorada. Que dejen afuera los móviles, las declaraciones, las cámaras, y entren solo con lo que creen, lo que temen y lo que sueñan. El cónclave sigue siendo eso: una pausa fuera del mundo que, sin embargo, decide sobre él. Y por más titulares que se escriban, por más películas que se rueden con planos de túnicas arrastradas y conspiraciones susurradas, hay algo que nunca llega a capturarse del todo. Algo que tiene que ver con el recogimiento, con la carga simbólica de siglos, con esa sensación de que lo que está en juego no es solo una persona, sino una manera de mirar el mundo.

Porque elegir un Papa no es elegir un jefe. Es legitimar una voz, una forma de amar, una forma de hacer política desde la fe, de mirar al pobre, al migrante, a la mujer, al que duda, al que no cree. Es decidir si el Evangelio sigue siendo un incendio o si queda ya solo la ceniza.

Y entonces, cuando el humo blanco ascienda y suene el nombre —que todos fingiremos conocer—, no será el final, sino apenas el principio de una nueva forma de preguntar: ¿quién somos ahora?, ¿quién decidimos ser?, ¿en qué creemos cuando creemos?

El misterio sigue. Y tal vez eso sea lo más cristiano que nos queda.


5 de mayo de 2025

Con C de Carta a Mario Obrero

Estimat Mario,

No sé si ets un geni o un miracle, i en el fons m’és igual, perquè el més important és que estàs aquí, escrivint. No escribiendo porque haya que escribir, sino escribiendo como quien se está salvando. Y también, un poco, “como quien quier salvanos a los demás” (como quien quiere salvarnos a los demás).

La paraula “geni” a vegades sona a estàtua freda, a marbre de bust ilustre en una biblioteca municipal, pero contigo no. Contigo, la palabra genio adopta ese otro significado, ese carácter semántico que no necesita gritar para que se le escuche desde la otra punta del país. “Zeren eta izugarrizko izaera eduki behar da zuk bezala idazteko “ (Porque hay que tener mucho, muchísimo carácter para escribir como tú lo haces): sin miedo a decir, sin miedo a desear.

Y sí, desear. Esa palabra que en algunos idiomas lleva un sí escondido dentro. Como si en desear ya estuviera el permiso para hacerlo. Tú lo haces: deseas, escribes, nombras. Y en eso de nombrar está todo. Porque cuando se deja de nombrar algo, ese algo se encoge. Se arruga. Desaparece. Por eso es tan importante tu manera de hablar de la lengua —de las lenguas— como si fueran seres vivos, delicados, preciosos, rotos. “Como se fosen persoas ás que se quere coidar”. (Como si fueran personas a las que se quiere cuidar)

Vivim en un país que prefereix la queixa a l’atenció. Un país donde se pueden hablar siete lenguas pero se decide discutir solo en una. Una que se impone, que coloniza, que arrasa. Y lo peor no es eso. Lo peor es que encima nos creemos que no pasa nada. Que con el castellano basta. Como si tener un idioma fuera suficiente para explicarlo todo. Como si no se nos estuvieran cayendo las palabras por las grietas del olvido.

Però tu, Mario, madrileny que parles com si fossis del món sencer, saps que no. Que cada idioma que aprenem és una manera nova de mirar les flors, “d'entender les aves” (de entender las aves), isiltasunak izendatzeko (para nombrar los silencios). Que cada palabra es una posibilidad. Que cada acento es un refugio. Que no se trata de utilidad ni de mercado, sino de memoria. De dignidad. De resistencia.

El idioma, decías, viene de "lo propio". Pero cuando se habla, ya no es solo tuyo. Se vuelve casa para otros. Se vuelve huésped. Qué bonita esa palabra: huésped. El que aloja y el que es alojado. Como si todos fuéramos, de algún modo, invitados de paso en lenguas que nos preceden. Llengües que són abans que nosaltres i que, si no fem res, deixaran de ser.

Y sí, clar, el de sempre: l’anglès, el que és estranger, el que sona modern. El menú en brunch i el adiós al mosto. Però a tu no et dona vergonya aprendre asturianu. O euskera. O aranés. “Porque sabes que hai xestos que nun se pueden traducir”. (Porque sabes que hay gestos que no se pueden traducir) Que hay “hitzak” (palabras) que solo existen en un rincón del mundo, i que quan aquestes paraules desapareixen, també desapareix aquest racó. Decía Durrell que el idioma crea el carácter nacional. Y qué miedo me da eso. Porque si es verdad, estamos vendiendo nuestro carácter, nuestro genio, barato. Lo estamos cambiando por un algoritmo. Por un “hola” que se diga igual en todos lados. Ni adéu, ni adeus, ni Agur. Lo estamos cambiando por una identidad que no dice nada. Porque el olvido es también una forma de violencia. Porque la globalización, cuando pasa por la lengua, también deja huérfanos.

En un momento en el que el cambio climático, la igualdad y el futuro laboral centran nuestras discusiones y debates políticos, quizá la conversación más urgente sea aquella que apenas hemos empezados: la del idioma. La riquesa del nostre país no resideix únicamente en els seus recursos materials o en el seu poder econòmic, sino también en su capacidad de mantener y proteger su esencia. Y nuestra esencia, en gran medida, está tejida en la diversidad de unas lenguas que hemos dado por sentadas, como si fueran inmutables, creyendo que no necesitarían protección porque “siempre iban a estar ahí”. Pero ahora, mientras esas lenguas se desvanecen bajo el peso de la globalización y uniformidad, ahora que vemos que eso es insuficiente, puede que en un futuro no tan lejano tengamos que lamentar su pérdida, y con ella, la pérdida de nuestra identidad colectiva.

I aleshores apareixes tu, Mario, escrivint com qui tira pedres a les finestres del silenci. Y das en el clavo. Porque no hay tanta diferencia entre pedir limosna, casarse por lo civil o hablar tu lengua si todo te lleva al mismo sitio: el olvido.

Potser no ens salvi un madrileny, dius. Però si aquest madrileny escriu com tu, si es preocupa com tu, si es planta davant el món amb un poema entre les dents, llavors potser, tan sols potser, hi hagi esperança.

Gracias por las cartas. “Amorruagatik” (Por la rabia). Por la ternura. Por no pedir permiso. Eskerrik asko, gràcies, gracias, Mario, per recordar-nos que cada paraula que diem pot ser un petit acte de revolució.

Amb una forta gratitud,

Un huésped agradecido.

14 de abril de 2025

Lágrimas de Narazeno

Las lágrimas del Nazareno amenazaron desde la primera luz. No caían, pero estaban ahí, latiendo en el cielo como un párpado a punto de parpadear. Y todos —todos— vivíamos con el cuello torcido, mirando hacia arriba, como si en las nubes alguien nos fuera a escribir el destino en mayúsculas. A las nueve de la mañana, el pronóstico era una condena. A las once, justo cuando la Eucaristía empezaba a murmurar dentro de la iglesia y el incienso perfumaba el ambiente, el parte meteorológico cambiaba de tono. No mucho, pero lo suficiente como para sembrar la esperanza entre cucharadas de arroz y pecados veniales. ¿Había influido el rezo? ¿La súplica colectiva? ¿Ese “por favor” mental que cada uno lanzó en su idioma secreto mientras mojaba el pan en el caldero? Puede que sí. O puede que el Nazareno, tan silencioso y tan nuestro, decidiera darnos una tregua. No una bendición, no un milagro. Una tregua. Un ratito. Como diciendo: “Salid, que este año os lo habéis ganado”.

La comida fue un ritual paralelo. Nadie hablaba de lo que importaba, pero todos lo llevábamos en el gesto. Miradas furtivas al móvil. Meteorólogos improvisados que interpretan el radar como si fuera un evangelio apócrifo. Menorca no es Sevilla, no hace falta recordarlo, pero aquí un día menos es un golpe directo al pecho. Perder el Domingo de Ramos era como perder el corazón y tener que seguir andando.

Y llegaban. Uno a uno. Con los capirotes bajo el brazo, algunos con lamparones que hablaban de lluvias  recientes que aún no se habían terminado de secar. Los trajes colgados en la percha y la ropa interior escogida con cuidado, como si también eso tuviera algo de sagrado. El cielo seguía gris. Un gris denso, rugoso, de esos que no sabes si terminan en tormenta o en milagro. Pedíamos. No a gritos, sino como se piden las cosas importantes: para dentro. Solo un par de horas, decíamos. Solo eso. Y luego, que llueva lo que tenga que llover.

El Via Crucis, con sus catorce estaciones, se hizo eterno. Más que nunca. Una penitencia real. Los pies ardiendo, la espalda rígida, la espera suspendida en cada paso que no se daba. El cielo, inmóvil, como si también él esperara. Y entonces, la decisión. Se levanta el paso. Los tambores despiertan. Y todo se pone en marcha.

Salimos. Más deprisa que otros años, pero con la misma fe, la misma tristeza bonita en los ojos. Las calles parecían recién peinadas. Las farolas encendidas demasiado pronto, el cielo como un telón a punto de caerse. Pocas veces he visto a mi ciudad tan guapa. Tan rendida. Caminábamos como si tuviéramos que ganarnos cada metro. Y tal vez era eso: caminar para existir, para que no se nos olvide lo que duele y lo que salva.

Me pegué al cajón. Cerré los ojos. No como quien los cierra para dormir, sino como quien se apaga un momento para poder sentir más fuerte lo que hay dentro. Dejé que el redoble hiciera su trabajo: arrastrarme, deshacerme. Como una corriente tibia y seca que me deslizaba por dentro, separando las partes de mí que suelen ir apretadas, controladas, en su sitio. Pensé que los que lo ven de frente —con su móvil en alto, sus ojos llenos de la imagen— no saben lo que se siente al no ver nada. Al borrarse. Porque ahí, con la frente rozando la madera y el sonido bombeando desde el suelo hasta las costillas, uno se convierte en otra cosa. Ya no eres cuerpo. Eres sombra. Eres una cadencia. Una respiración compartida con otros a los que tampoco les ves la cara, pero con los que estás conectado por algo más fuerte que la vista. Eres madera. Y dentro de ti, retumba algo que no sabes si es un recuerdo, una oración o simplemente el ruido de estar vivo y en silencio al mismo tiempo.

En ese instante, todo desaparece. Los años, las preocupaciones, los “qué voy a hacer con mi vida”. No hay futuro ni pasado, ni siquiera cuerpo: solo una especie de conversación muda contigo mismo. Como si el tambor, más que sonar, hiciera preguntas. ¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Qué te duele? Y tú no respondes con palabras, sino con una entrega quieta, con ese abandono que solo sucede cuando de verdad dejas de resistirte.

Es una forma de rezar sin decir nada. De encontrarte sin tener que buscarte. Ahí, pegado al cajón, con los ojos cerrados y el alma en carne viva, uno se escucha. No con los oídos, sino con esa parte secreta que casi nunca usamos. La que solo se activa cuando el mundo se calla y tú decides no llenarlo de ruido.

Y entonces, sí: eres latido.

Y ahora, los capirotes verdes están sobre la tabla de planchar. Hay algo en eso que duele y reconforta. Porque están secos. Porque están ahí. Porque esta vez, el Nazareno esperó. Un año más.

11 de abril de 2025

Ceci n'est pas un bar

Podría haberse llamado Bar Manolo, Bar La Plaza, Bar La Estación, o directamente Bar Central, como quien dice “el bar”. Pero no, fue Bar Urgel. Así, sin más. Un nombre con pretensiones de anonimato, como si se escondiera entre otros mil bares que podrían llamarse igual, en cualquier esquina de esta España nuestra, que a veces parece más una resaca de vino peleón que un país. Porque lo que hace al Bar Urgel ser el Bar Urgel no es el letrero, ni el toldo roído por el sol, ni siquiera la máquina tragaperras con el sonido de la derrota. Es la gente. La fauna. El ecosistema de parroquianos que podrían haberse escapado de cualquier otro bar de los que huelen a fritanga y nostalgia.

Pablo Gallego, madrileño de verbo limpio y mirada sucia (en el buen sentido), se mete hasta la cocina en ese mundo que no necesita más tesis que una ronda bien tirada. Decide dejarse de academicismos y se lanza a retratar, sin escudo ni red, esa España que se escurre entre los dedos: la de las baldosas blancas con cenefa azul, la de la radio encendida a todo trapo, la de los bares que existían antes de que las cañas costaran cinco euros y vinieran con espuma de algas. Porque están los bares, y luego están los bares de verdad. Los que tienen las servilletas esas que no limpian pero decoran el suelo. Los que sirven bravas que abrasan la lengua y el alma. Los que aún ofrecen pinchos de tortilla con tanto pan que podrías emparedar una pena entera. Los que no han sucumbido a la tiranía del brunch, los que aún creen que un cortado puede arreglar una mañana. Esos bares, sí, son cápsulas del tiempo, pero no por nostalgia: por pura supervivencia.

Aunque claro, no todo es espuma de cerveza y miradas cómplices. También están los de siempre, los que se quedaron anclados en los ochenta, con comentarios que duelen más que el orujo. Están los camareros con manos de piedra pómez y corazón blandito. Están los olvidados, los que no salen en las estadísticas, los que coleccionan derrotas como si fueran sellos. Pero ¿acaso no somos todos un poco esa gente, aunque llevemos zapatos nuevos?

Y al final, cuando crees que ya lo has visto todo, Gallego te suelta una receta de tortilla como quien comparte un secreto de familia. Una receta que, si la miras bien, no se aleja tanto de cómo escribe él: huevos batidos con cuidado, patatas que han conocido el fuego lento, y un punto de sal que solo se consigue viviendo lo suficiente.

        - ¿Sabes lo que pasa? Que cuando lo mezclas todo en un documento hay que removerlo lo justo. Lo mezclas, echas un poquito de sal y lo remueves todo, pero no demasiado. Nada de cebolla. La gente no sabe, pero la literatura es sin cebolla, de toda la vida. No la necesita. Yo le echo entre seis y ocho huevos, eso va en función de los párrafos. Si te gusta más jugosita, le echas más recursos. Bien de metáforas, pero no mucho. Nada más escribirlo, te esperas un rato y, cuando ya ves que tienes que darle la vuelta, subes el fuego y del otro lado lo dejas menos tiempo y listo. La literatura no es una ciencia exacta, quien te diga lo contrario miente. Se aprende a base de hacerla. Todos los días, y una y otra y otra. Y vas viendo. Yo hay días que he llegado a cocinar diez escritos de ocho huevos cada uno. Claro, que ya llega un momento en el que escribes automáticamente porque se te ha quedado. Escribo tan pim pam pim pam pim pam que se me olvida si les he echado, yo qué sé, sal. O una antítesis. Y a veces les echo sal dos veces, pero entonces le añado otro párrafo por si acaso, para que rebaje. La receta al final forma parte de ti, quiero decir, que vas viendo. Porque mira, al final te das cuenta de que a la gente le da igual. Unos días está mejor y otros días peor, pero no les va la vida. Siguen leyendo y te lo piden y se lo comen. Si no les gusta, ese día no te dicen nada, que yo me doy cuenta. Ahora, te digo una cosa, el día que te sale bien… Cucha, el día que tú sólo con estar batiendo los párrafos dices, uf, hoy sí, hoy estoy inspirao… Buah, el mejor párrafo de sus putas vidas.   

Y entonces pasa lo que pasa: cierras el libro con la misma sensación que cuando sales del bar un martes cualquiera, habiendo dicho que solo ibas a tomar una. Pero claro, una cosa llevó a la otra. Una caña, una conversación, una risa, un recuerdo, una tristeza que se coló sin que nadie la invitara. Porque en el fondo, Bar Urgel no es un bar: es un espejo con olor a aceite recalentado donde nos vemos todos, un poco más rotos, un poco más vivos.

Pablo Gallego no solo escribe sobre bares. Escribe sobre lo que pasa cuando te sientas en una silla de formica y decides no mirar el móvil. Sobre lo que se cuece en una cocina pequeña donde siempre hay sitio para uno más. Sobre esa España que no es trending topic, pero que sigue ahí, aguantando el tipo, como un camarero con resaca un domingo por la mañana. Y tú, que pensabas que era solo otro libro sobre bares, acabas queriendo abrazar a todos los personajes, pedir otra ronda y, si te dejan, echar una mano con las patatas. Porque, al final, lo único que queremos es eso: un lugar donde volver sin tener que explicar nada. Aunque se llame Urgel. Aunque podría llamarse cualquier otra cosa.