1 de marzo de 2023

Es(cultura) madrileña

Pedro de Mena. Corrado Giaquinto. Carlos IV. Juana de Augsburgo. Los Austrias y los borbones. Velázquez. Y muchos nombres más. Alguno no os sonará de nada (otros espero que sí), pero a mi, hasta este fin de semana, tampoco. ¿Y todo esto por qué? Como siempre, tengo inicios de entradas raros. Peculiares. Pero no por eso son malos. O eso espero. 

Este fin de semana han venido mis padres a Madrid, y no sabéis las ganas que tenía de verlos. Hacía dos meses que no los abrazaba, no me reía con ellos ni disfrutábamos del placer de comer juntos, y estos 3 días han servido para recargar pilas. Ezequiel y Daiana me dirán que ellos hace 2 años que no ven a los suyos, y yo sé de una que se habría muerto si nos pasa eso. 

Madrid es una ciudad que hemos visto ya mucho. Los rincones típicos nos los conocemos de pe a pa, y sin embargo, siempre descubrimos algo nuevo. La ciudad siempre te sorprende. Y esta, aún más. Había que buscar alicientes nuevos, motivos por los que seguir descubriendo, y lo hemos conseguido. 

El primer día le tocó a la Velázquez Tech. Exposición que se ha sumado a la moda de realizar un paseo inmersivo que te adentra en el mundo del autor y sus Meninas. Diego Velázquez (con el de Silva de por medio), nos enseñó el verdadero motivo de su cuadro y el porqué lo más importante somos nosotros. Foucalt decía que lo más important residía en su centro, en ese espejo en el que salen los reyes. Dalí decía que, si hubiera un incendio en el Prado, él salvaría el aire. El aire de la sala donde reside el retrato de la familia de Felipe IV -he tenido que buscarlo, porque había puesto la de Carlos IV, algo posterior perteneciente a Goya, para que veáis el lío de nombres-. Las meninas, seguramente, sea el cuadro más conocido de ningún pintor español, y hay que estar orgullosos. Un domingo por la mañana, con el sol reinando el cielo de Madrid, siempre es buen momento para entrar en esa sala, aunque sea en segunda fila, observar el marco, pensar en tus cosas, y despejar la cabeza. Aunque hayas visto mil veces ese cuadro, siempre merecerá la pena volver. Y volver. Y seguir volviendo a recordarlo. Aunque permanezca inerte, sin cambios. 

El segundo día le tocó el turno al Palacio Real. Realmente extraordinario. Tengo el vago recuerdo de ir cuando tenía 10 años. Ese verano en el que ganamos el Mundial. Una edad corta a la que ya te enteras de lo suficiente para reconocer la belleza de ese palacio, pero demasiado corta como para disfrutarlo todo. El sábado lo pudimos disfrutar, saborear, oler, sentir en cada una de sus salas. Mucho dinero en cada una de ellas, luz en sus galerías, y secretos que nunca viviremos. Siempre he pensado en qué haría yo si viviera ahí. La idea de correr en pelotas por el pasillo siempre me ha seducido, pero hace demasiado frío como para desear una neumonía. Coronas, soledad, cuadros y mil ojos mirándote creo que harían de mi estancia en palacio una severa penitencia. No me gustan los espacios grandes vacíos, y ese, la palabra grande se queda pequeña. Aunque me atrae la idea de tener 10 baños y probarlos todos. Algunos tenemos manías que no se pueden perder, ni tampoco explicar. De la visita me gustaría recordar, aparte de la gran explicación que nos hizo la guía -que fue un 10-, los huevos gordos de Carlos IV. Tan gordos que le llegaban al suelo paseando por la galería. Para los que hayan ido, recordarán que en la entrada principal hay una escalera, muy señorial, con una bóveda rellena de una pintura que seguramente valga más que yo toda mi vida. En un momento de su vida, le dijeron que tenía que cambiar de habitación por no sé qué motivo, y él, con toda su cara, dijo: yo no cambio nada. Me giráis las escaleras, y lo tenemos solucionado. Y este es el motivo por el que, al subir la escalera, el cuadro se ve del revés, y no como toca. Por los huevos del rey Carlos IV. No tuvo suficiente con perder todo lo que sus antepasados habían conquistado. 

Por la tarde fuimos a la exposición de Tutankhamon. Una experiencia multisensorial de la que recordaremos el laberinto, la sala de realidad virtual (y el mareo que cogimos volando por Egipto con un águila al lado) y la foto de papá con su recreación como faraón. No tiene desperdicio. Hay imágenes que no se olvidan, y esa es una de ellas.

Finalmente, el último día tocó una visita que teníamos pendiente desde hace mucho tiempo. Y cuando digo mucho, es mucho. 13 años. Desde ese verano del Mundial. La visita al Monasterio de las Descalzas Reales (fundado por Juana de Augsburgo, hija de Carlos V, que es anterior a Carlos IV) era algo que a mi madre le hacía mucha ilusión. Ver qué había dentro de ese edificio, los cuadros que guardaban, los jardines que tenían… La cuestión es que no llevábamos 5 minutos, y el niño de delante lo entendió a la perfección. Hizo lo que todos hubiéramos deseado. Fingir mareo y salir de ahí. Nada como tener 8 años. La pobre hermana no fue tan lista y se comió la visita entera. De ahí nos quedó claro que nadie se mete con la de seguridad, que las monjas del pasado debían ser muy bajitas y que todo hacía referencia a iconografía tradicional y a la contrarreforma. Esas dos palabras las iba soltando cada pocos minutos el guía sin venir a cuento. A parte, según él, los pintores del siglo XVII pintaban diferente a los del XV (menudo fenómeno historiador), ni mejor ni peor, pero que cuando querían, pintaban bien. Esto, según él, hacía que los cuadros de autores como Goya, que son menos precisos, no estuvieran tan bien como los del Bosco. Este guía tenía los mismos huevos que Carlos IV. La visita fue de 5 justito, pero lo que nos hemos reído los dos días restantes no tiene precio. 

Y, por cierto, no dejemos en el olvido la manía de muchos museos de: prohibido hacer fotos. Guapos, la tenéis subida a Internet… ¡Qué más te da que la haga sin flash con el móvil! Y encima, por que te pongas borde, no te voy a hacer más caso. Es que estás mirando el Whatsapp y ya te vienen con la frase, que parecen un disco rayado. Seguro que en su casa su marido les dice: buenos días, y ellos le responden con: perdona, no se puede hacer fotos. Siempre se tiene que hacer una así de escondidas para joder. Aunque sea un selfie y salga borrosa. Pero por joder, lo que sea. El claustro lo tengo en mi carrete. Que es de lo poco potable ahí adentro. Luego te vas a París y el Louvre lo puedes fotografiar como te de la gana. 

Han sido muchos nombres, de los que algunos recordaré su inicial, o simplemente borraré, pero ha valido la pena. Cuando dejemos de ser estudiantes, eso sí, se ha terminado visitar nada, porque madre mía, cómo han subido los precios… Termino recordando una cosa: no hay nada como ser niño. Ya lo sabéis, cuando no os guste algo, mareo y para casa. Si así veo más a mis padres, creo que lo puedo intentar. Aunque ya sabéis que mi casa está siempre abierta para vosotros, y para el que quiera (fuera de familia solo con cita previa). Al blog, estáis siempre invitados. Y yo agradecido. Agradecido de que mis padres estén conmigo en las buenas y no tan buenas, de que me quieran, ayuden y aconsejen. Agradecido de que Cris haya vuelto de Italia. Y agradecido de vosotros, por leerme. Por que siga escribiendo. Y porque esto me alegre las semanas como hasta ahora. 


11 de febrero de 2023

Cidade da luz. Cidade da musica.

Hay veces que la inspiración tarda en llegar. Se convierte en un ente escurridizo. Momentos de jet lag del que no se va ni en dos semanas. Hay gente que se va a la montaña, o al mar. Hay otros que se beben una copa (que ahora mismo no quiero ni oler). Yo me he sentado en la ventana. Algo tan simple como eso. En su pequeño alféizar con vistas a la calle, escuchando música de los vinilos nuevos que me compré. Nada como la séptima de Beethoven para volver a pulsar un teclado. 

        Esta entrada no es apta para nostálgicos, pero a mi me toca estar aquí, escribiendo, con una sonrisa de oreja a oreja, recordando esos momentos, esas analógicas, ese todo que vivimos hace ya un par de semanas en Oporto. Mi intención es dejar por escrito de la mejor manera, aunque sea una milésima parte de la felicidad que nos ha dejado en el cuerpo ese viaje. 

Es la primera vez que realizamos un viaje con Cris. Juntos. A un sitio que no sea Menorca o Málaga. Y tras tres años ya lo necesitábamos y nos lo habíamos ganado. No fue fácil, ya que con el trabajo y la universidad es complicado cuadrar fechas. Pero lo conseguimos, y vivir en Madrid tiene esa facilidad de encontrar vuelos a muchos sitios que nunca han aparecido en las pantallas del aeropuerto de Menorca. 

        No quiero hacer un simple diario y poneros en una lista todas las cosas que vimos. Seguramente me dejaría muchas, y a eso hay que sumarle todas las que no vimos. Aunque también os digo que la ciudad, muy grande, no es. Recuerdo la sensación al levantarnos el primer día y ver el río de color blanco. Teníamos el hotel a su lado, y toda esa zona, que era la de la Ribeira do Douro, estaba bañada por una niebla que vista desde la ventana parecía que flotabas por encima de las nubes. Tiré varias fotos, para recordarlo, pero creo que podrían pasar años, que esa estampa no se olvida. 

La luz es otro punto a tocar de la ciudad. Uno de los más importantes. Yo no he visto nunca una ciudad que brille tanto gracias a su luz. Madrid brilla con luz propia, pero tiene un tono más grisáceo, al igual que París. Menorca a veces es demasiado azul. Barcelona tiende a lo amarillo, pero Oporto estaba bañado de una luz de oro que hacía de la calle más estrecha y decadente, una calle bonita. Desde las 9 de la mañana hasta las 18, cada rincón tenía su encanto. Un tendedero en una venta con cuatro camisetas colgadas, el balcón de una casa corriente, o la fachada de la Sè. Una vez llegaba la noche, se apagaba el sol y daba paso a las luces del otro lado de la Ribeira, iluminando el cielo y creando un ambiente festivo en cada una de las calles. 

        La decadencia también está muy presente en la ciudad. Todo lo que tiene de bonito, lo tiene de viejo. Casas abandonadas sin un ápice de vida que le dan un toque misterioso. Ventanas con maderas para evitar a los okupas (¿o eso pasa más en España?). Paredes descalcificadas a la espera de un retoque tras muchos años sin ser arregladas por nadie. Tiendas, restaurantes que llevan sin abrir años, de los que parece que han tenido que huir y dejarlo todo a medio hacer. Digamos que ese decadentismo tenía su encanto.

Otro aspecto importante eran las baldosas. Tanto, que no me pude resistir a comprar uno como souvenir de la ciudad para mis padres. Verdes, amarillos, azules. Con flores, con figuras de ángeles, hasta con relieves de flores. Cada casa tenía el suyo. Su historia. Su presente. Y su futuro. Algunos más cuidados, y otros, como he dicho, reventados hasta el punto de estar troceados en la pared. Aguantándose la respiración para no caerse de ahí.

Y también la música. Seguramente el que más destacaba. En todos lados. De todos los tipos. Me sorprendió el primer día, y el último día, al llegar al aeropuerto, me faltaba ese ritmo, esa guitarra, esos acordes, ese saxofón, o cualquiera que pudieras pensar. Música pop, rock, heavy metal, jazz o bosa nova. No había género que se les resistiera. Y nada como hacer un amago de baile en frente del Monasterio de Serra do Pilar con el Hallelujah de fondo para recordarlo siempre. 

        Hay ciudades que no llaman la atención. Hay ciudades que no se llaman París, Londres o Nueva York, y puede parecer que no existen. Hay ciudades que están ahí, esperando su momento. Esperando a que alguien las descubra, las disfrute y las cuente a su gente. Porto es una de ellas. Porto es alegría. Porto es vino. Porto es luz, es tranquilidad, amor, fiesta, cuestas para arriba y para abajo, luz en cada rincón, sombras, comida, gaviotas, baldosas, pasteles de nata, francesinhas con patatas. Porto es la Sè, la iglesia del Carmen, la librería Lello, la Torre dos Clerigos, el puente de Don Luis, el palacio de la Bolsa, sus barcas en la Ribeira, su música, y sobretodo, felicidad. Porto es sinónimo de felicidad plena. La que tuvimos esos 3 días. 

No nos quedó nada por ver, pero yo repetiría. Repetiría por esa guitarrita tocando Desafinado. Por los besos en los pasos de peatones. Por todas las risas, por el desayuno, por las quejas de las cuestas, y por ti. Obrigado, Porto. Obrigado a todos por leerme. 


23 de enero de 2023

Soledad. Y buena compañía.

Pasado Riduerta encontraron un carro que hacía la misma ruta que ellos, y Matias, con ánimo de ahorrar aliento, preguntó al carretero si querría llevarles hasta las cañadas de la montaña. Así empezaba Víctor Català su Soledad, al que rindo homenaje hoy con esta entrada. Hoy no estábamos en Riduerta, ni había un carro que nos pudiera llevar de vuelta a nuestro coche, pero lo habríamos deseado con toda nuestra alma. 

        Hoy se ha levantado el día frío. Frío congelador del que no deja sacar las manos de los bolsillos. Frío del que te obliga a ponerte varias capas térmicas para no morir de hipotermia. Menos mal que ha llegado ese momento. Parecía que no íbamos a poder disfrutar de él este año. Pero ha llegado, y con fuerza. La misma que nos ha empujado a nosotros un buen domingo para ir de excursión a las afueras de Madrid, concretamente al río Guadalix. 

A las 11 habíamos aparcado el coche y empezábamos nuestra ruta. Por si alguien tiene curiosidad, mis compañeros de excursión de hoy han sido mis dos compañeros del trabajo que viven en Madrid y me llevan a Alovera. Mis padres madrileños. Bueno, argentinos. Sin ellos, seguramente, no podría trabajar donde trabajo. Y les debo mucho. Aparte de gasolina. Después de muchos trayectos y horas juntos, esos nervios con los que los conocí el primer día se han convertido en risas y confianza que uno agradece al pasar tanto tiempo con alguna persona. Si no, el trabajo se puede convertir en esas 8 horas que deseas que pasen para cobrar una nómina al final de mes. Con ellos siempre pasan mejor. Hasta uno tiene ganas de ir. 

        Llevábamos nuestros mejores atuendos, y todo preparado: agua, un bocadillo, la cámara, un libro -siempre hay que ir preparado por si acaso-, la chaqueta, las zapatillas y las gafas de sol. Gorro no tenía. Una pena. Habría ido increíblemente bien. El camino transcurría a continuación del río, y los momentos en los que más se separaba uno, lo podías seguir escuchando unos metros más allá. Verde por todos lados. Árboles que mi padre seguro identificaría. Yo no, la verdad. Algo debe tener ser graduado en Ingeniería Agrícola. Deformación profesional. Tras unos minutos caminados, encontramos la primera cascada que veríamos en la ruta. Tenía su encanto. Era pequeña, coqueta, brillaba con una luz especial, llena de verdes… Era la foto perfecta. Me había llevado la Polaroid por un momento como este. Saco la máquina, me la pongo en el ojo, la enciendo, y… sin batería. Perfecto. Lo mejor que podía pasar, y a principio de la excursión. Me dejé llevar tanto en lo analógico, que no fui a caer que necesitaba cargar la batería desde la última vez que la utilicé. Al menos tenía el móvil. 

Proseguimos el camino junto a un grupo de amigos y su perro llamado Toto. Toto, hoy vas a dormir para dos días. Madre mía, cómo corría el perro. De atrás, adelante, otra vez atrás, y así continuamente. Lo ha dado todo en todo momento, incluso en el agua, sin un respiro. Al final ha sido uno más en nuestra excursión. Tras un rato buscando a Toto, hemos llegado a las cascadas del Hervidero. Más imponentes que la primera, pero no tan naturales, a mi gusto. Natural, de naturaleza, porque la primera tenía una roca recta más artificial que el bótox del que hablaron en la oficina. Había mucha más roca, más altura, e impresionaban mucho. Nos subimos a la cima de donde caía el agua para disfrutar de las vistas, y para comprobar cómo el frío dejaba helada el agua que se encharcaba al no caer hacía el “laguito”. Las placas que se formaban podían ser tranquilamente del tamaño del torso de una persona, pero poner el pie y romperlo era hasta relajante. Ese “crec” que se escuchaba. Como romper individualmente el papel de burbujas. Relajante. 

        Más tarde, para seguir el recorrido del río, hemos tenido tiempo para perdernos entre un campo donde iban apareciendo vacas de debajo de las piedras. El caminito para personas que pensábamos que existía era en realidad cacas de vaca pisadas por ellas mismas, y seco. Cuando ya hemos visto uno que tenía cuernos, hemos creído que era buen momento de volver al camino correcto. Un rato después, ya hemos puesto rumbo al Azud del Mesto. Por un momento hemos pensado en llegar a Pedrezuela, un pueblo de ahí al lado. Si había un Burger, ese era nuestro objetivo. Al ver que no había nada, hemos parado y nos hemos comido nuestro bocadillo de jamón. Muy aceitoso me lo hice. Eso de no tener dispensador se notó. 

Una vez hemos comido, hemos emprendido el camino de vuelta, por un trozo mucho más cómodo de recorrer. La verdad que la ida, cómoda, lo que se dice cómoda, no ha sido. La vuelta sí, aunque el cansancio hacía mella y la hora y media de la ida ha parecido 5 minutos comparado con la vuelta. El coche ha sido un oasis en medio del desierto, y la ducha al llegar a casa, me ha devuelto a 36 grados la temperatura corporal. 

        Pasado Riduerta encontraron un carro que hacía la misma ruta que ellos, y Matias, con ánimo de ahorrar aliento, preguntó al carretero si querría llevarles hasta las cañadas de la montaña. Hoy no estábamos en Riduerta, pero San Agustín de Guadalix se debe parecer mucho más a Riduerta que a Madrid. Se debe parecer mucho más a Menorca, de lo que se parece a Madrid. Porque el río Guadalix y las cascadas del Hervidero han sido un pequeño locus amoenus donde relajarse del estrés cosmopolita y disfrutar de un domingo de calma y buena compañía para coger fuerzas para la semana. Ahora nos espera Oporto. Cris, prepara la maleta que en nada nos vamos. 

Gracias por leer hasta el final. Esta entrada se la dedico a Edu, que seguro que la ha leído hasta aquí, y me encanta que lo haga y me lo diga. Siempre podré aprender cosas nuevas, como que Alovera no es manchega. Con San Agustín de Guadalix lo he comprobado por si acaso. Nos vemos a la próxima. Gracias a todos, como siempre. 


13 de enero de 2023

2023, vamos a por ti.

Vuelvo a escribir. Creo que han pasado unos dos meses de la última vez. El trabajo, la universidad, el metro y muchas cosas más han impedido encontrar un momento. Un momento que he dedicado a mi chica, a quedar con mis amigos, a ver a mis padres, a pasear por Madrid o a leer. 

        Ha sido un año que ha tenido muchos momentos distintos. Una montaña rusa de aventuras, que no de emociones. Ha sido un año intenso, como una de esas colonias varoniles que no te abandona ni aunque dejes de ponértela. Todos tenemos una que nuestra pareja no soporta. Seguramente, intentara recordar todas las cosas importantes que han pasado me dejaría muchas, y es mejor que no lo haga, porque luego, una vez termine de escribir esto, me va a venir a la cabeza y aún me voy a sentir peor. 

Pero como cada año desde que empecé este blog, me gustaría hacer un resumen rápido de todas las cosas que hemos vivido, que no han sido pocas. Empecé el año en Jaén, pasando mi primera nochevieja lejos de mi familia. Por facetime sabe distinto, pero esa excursión a Cazorla el día después sirvió para calmar la resaca y disfrutar de un paisaje increíble con una muy buena compañía. Esa entrada la tenéis ya en el blog, por lo que yo os recomendaría leerla (por si se os ha olvidado, que seguro que la habéis leído ya). En el trabajo tuvimos la primera mudanza del año, y empezamos febrero en un nuevo local mucho más cómodo para el nivel de trabajo que teníamos. Pasamos de una oficinita de 6 metros cuadrados, a una planta aceptable para una empresa pequeña de Alaior (pequeña, pequeña… bueno, con potencial). 

        En abril volví a Paris, ciudad de la que me enamoré con Cris, llegando a ir a ver al PSG, club querido durante los primeros 6 meses del año por fichar a Messi, hasta su eliminación en Champions (qué temporada más bonita, por dios) y terminando el curso odiándolo (dichoso Mbappé). Volvimos a disfrutar de la Semana Santa, casi 3 años después de la última vez que pudimos hacerlo, esta vez ya, con todos los pasos, las procesiones y toda la parafernalia que montamos y queremos. 

Ya no volví a París, pero acompañé a uno de mis amigos a comprar un anillo de compromiso. Imaginad la cara que se me quedó al ser de las últimas cosas que pensaba que pasarían este año. Con el calor llegó la playa, llegó Fuengirola y empezaron las entrevistas para encontrar un trabajo en Madrid. Llevaba un par de meses tirando algún currículum, pero tampoco obtenía respuesta alguna. Mis amigos de la universidad se graduaron y yo sigo en tercero, pero ya nos queda nada y esto está chupao. Fui a Marbella por primera vez, tocamos en un montón de fiestas con la banda y volví a ver a mi abuela de Málaga. 

        Y llegaron las fiestas de Mahón, las últimas. Unas fiestas que recordaré porque en ellas se dio la llamada más importante seguramente de mi reciente vida. Yo estaba tocando y el móvil me vibró; sabía que serían ellos, y efectivamente, minutos después llegó el correo. Estaba dentro. Me iba a Madrid e iba a compartir ciudad con Cris después de 3 años en distancia. El cambio iba a ser grande, y despedirme de mis padres iba a ser lo más complicado. Y sigue costando cada vez que te vas. Aquí llegó la segunda mudanza del año. 

Llegué a Madrid y empecé a trabajar sin tener día de reflexión y acomodo. He aprendido a marchas forzadas y doy las gracias por la oportunidad que se me ha dado. Seré el más junior de la oficina, y soy muy junior, pero estas oportunidades a veces pasan una vez en la vida, y hay que darlo todo para que se mantenga el sueño el máximo posible. Es la mejor universidad que podría tener, aunque la real la tenga que estudiar en el coche yendo a trabajar. Volví a ver a mis amigos de allí después de dos años sin apenas verlos, y conocí a gente increíble gracias al carácter de estos, mis amigos, madrileños. 

        Y hoy escribo esto desde mi nuevo piso. Madrid me ha dado muchas cosas bonitas, pero el transporte hasta la oficina se lo quedó guardado para otros. La mía está en Alovera. Para el que no le suene, el pueblo fronterizo con la provincia de Guadalajara, pero por la parte de la Alcarria. Tras 3 meses he buscado un piso más cercano a mi transporte, y lo he encontrado. La zona es buena, la gente es guay, y el piso es grande. Tiene terraza, salón usable, y todo al alcance de la mano. Esperemos quedarnos mucho tiempo. 

Este ha sido un año de aprendizaje. De viajes, de lectura, de ocio, de música, de fiesta, de comidas, de nuevas experiencias, de nuevos compañeros, de nuevos retos, de empezar a ser independiente, de poner lavadoras, de limpiar el piso, de aprender a cocinar, de mudanzas, de fútbol, de baloncesto, de amistades, de familia, de pareja y de felicidad. Sobretodo, felicidad. Este año la vida me ha quitado alguna cosilla, pero me ha regalado muchas más buenas. Y eso es lo que realmente importa. Cuando uno es feliz, el resto no le importa una mierda. Es más importante saber que hay cosas por las que no podemos hacer nada e intentar disfrutar de las que sí podemos cambiar, que darle importancia y quejarnos por cosas ajenas y no disfrutar de las buenas que se nos ponen delante, aunque sean muy poco relevantes. Una vez te das cuenta de esto, aunque parezca muy míster wonderful, el resto es mucho más fácil -en mi cabeza sonaba mucho más sencillo, y lo he tenido que releer 3 veces-.

Y hasta aquí la entrada de hoy. La última entrada de 2022 -aunque sea la primera de 2023-. Un año que nos ha dejado muy buen sabor de boca. Por lo que, brindemos por otro año así, con salud, con trabajo, con amor, felicidad y que el siguiente sea, mínimo, como este, o mejor. 

Chin chin. 


4 de noviembre de 2022

¡Qué bonito volver a verte, Madrid!

Leo en el metro. Estudio en el coche. Trabajo en Guadalajara. Juego a baloncesto en Las Tablas. Vivo con un coreano, un italiano y un francés al que he visto una vez en un mes. Parece un chiste. Tengo un casero invisible. Tardo una hora y media en llegar a trabajar. No tengo espacio para mis libros, pero tengo una pantalla de 27 pulgadas. Cocino en mis ratos libres, y hago ejercicio por la mañana. Veo a mi novia siempre que puedo, y a mis amigos los fines de semana. Esta es mi vida en Madrid. Quien lea esto puede pensar que está siendo horrible, que debo querer volver a Menorca ya… Seguramente, si alguien del trabajo lo leyera, me estaría riñendo por haberme ido de mi querido paraíso del que ya han podido disfrutar de la sobrasada. Sin embargo, todo lo contrario. 

        Llevo poco más de un mes en la capital. 40 días. Como Jesús en el desierto. Aunque yo tengo un metro que me lleva a todos lados (menos a trabajar, sí), y comida siempre que mi cuerpo lo necesite. En estos 40 días me ha dado tiempo a muchas cosas. He visto al Madrid en el Bernabéu, al Madrid de baloncesto en el Wizink -dos veces-; he probado las empanadas argentinas y los alfajores originales traídos casi de la misma base del Perito; he visto salir el sol a través de la ventanilla del coche y un montón de accidentes al volver a casa; he visto a famosos por la calle y he ido al cine con mi novia; he comido en sitios nuevos y he vuelto a mis clásicos favoritos; he descubierto nuevas paradas de metro, nuevas zonas, y mucha gente. He tenido una boda en Menorca y su correspondiente despedida. He ido al Rastro, a las Torres Kio, al Barrio de la Concepción, he recorrido la M-30 subido en una moto y hasta me paseo por las Tablas dos veces a la semana. 

Si tuviera que elegir mi lugar favorito de esta etapa, sería el metro. Sí, el metro. Suele sorprenderme el hecho de entrar de día y salir de noche, o estos días, al contrario. El cambio de hora nos ha hecho un poco de daño. Aunque a mi esto de que sea de noche a las 18 me gusta -fusiladme, que no siento el dolor-. He renovado el bono dos veces, y esto de que cueste 10€ me gusta de cada vez más. Qué pena que dure hasta diciembre, o eso dicen… A ver si pasa como con la mascarilla y se olvidan de cambiar la norma. Ver las caras de toda esa gente a las 7 de la mañana, deseando que pase su jornada laboral, solo anima un poco más. Menos mal que llevo ya un café encima. 

        En estos 40 días en el desierto he vuelto a tener esa sensación de vivir en el sitio más bonito del mundo. De mi mundo. Ese lugar idealizado con arena blanca en el que cualquier rincón, por muy pintarrajeado que esté, es de los que recuerdas mucho tiempo con una sonrisa en la cara. Evidentemente hay sitios feos con ganas, y personas feas también, pero tampoco se lo decimos a la cara, y menos en un blog. Así que con Madrid igual. Madrid tiene un no sé qué que te envenena, tiene un qué sé yo que te entra por las venas, te enamora, te ciega los ojos y no te deja ver más. Puedes ir a cualquier otro sitio, que, como el encanto de Malasaña, La Latina, Chamberí o el mismísimo barrio de Recoletos, nada vas a encontrar. No hablo ni del Prado, el Reina o el barrio Salamanca. Una persona solo necesita pasearse por cualquiera de sus calles para darse cuenta de que ha encontrado la ciudad ideal. Una ciudad que te acoge con los brazos abiertos, igual que su gente. 

Siempre recordaré las palabras que me decían antes de venirme por primera vez: los madrileños son gente bastante arisca. ¿Arisca? O he tenido mucha suerte o he caído muy bien. Eso seguro que es gracias a mis padres. Creo que me he juntado con más personas diferentes en 4 semanas que en 2 años en Menorca. También puede ser culpa mía esto último (y tengo suerte de mis amigos), pero es algo diferente. Tal vez no volverás a ver a ninguna de esas personas, pero te invitan. Y vente a tomar unas cerves. Y vamos al Rastro. Y hoy salimos de fiesta. Y hoy nos quedamos a cenar aquí. Y hoy porqué no vamos a tomarnos un café y hablamos. Lo bueno es que hay tantas cosas por escoger a tan distintas horas, que, aunque llegues a las 20 a Madrid, vas a encontrar algún plan por hacer. Pero os recomiendo que no decidáis ir a La casa encendida, porque vaya mierda de exposición. 

        En estos 40 días me he aficionado a la música clásica. Gracias Roger y tu Piú classico. A los clásicos de la literatura. A Lorca. A Joyce. A una buena cerveza al sol. A un buen par de cafés por la mañana. A una pachanga en el parque. Al reggaeton en el coche a las 8 de la mañana. A las formaciones a las 9. A teletrabajar en casa y levantarme 20 minutos antes. Este año me faltan mis vinilos. Eso sí, la librería en mi futura casa ya está negociada. Y también he descubierto muchas cosas; a guardar las llaves y el móvil volviendo de fiesta. A que hay pocas personas que dan las gracias a los camareros cuando te traen un café. A que hay que pedir ayuda cuando uno lo necesita. A guardar los documentos importantes correctamente. Y a que cuántos más amigos tengas, mejor será tu vida. 

Leo en el metro. Estudio en el coche. Trabajo en Guadalajara. Juego a baloncesto en Las Tablas. Vivo con un coreano, un italiano y un francés al que he visto una vez en un mes. Parece un chiste. Tengo un casero invisible. Tardo una hora y media en llegar a trabajar. No tengo espacio para mis libros, pero tengo una pantalla de 27 pulgadas. Cocino en mis ratos libres, y hago ejercicio por la mañana. Veo a mi novia siempre que puedo, y a mis amigos los fines de semana. Esta es mi vida en Madrid, y si tuviera que volver a elegir, la elegiría cien mil veces más.